Un compromiso con el arte 8 . El vinilo
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8 . El vinilo

El estudio se volvió un trasiego de lienzos, entregas de materiales, tablones llenos de fotografías, restos de comida y bebida mezclados con pintura. Elena se asomaba sin decir nada al ver que ese lugar volvía a llenarse de imaginación y debates.

—No, no, ese pincel no. Coge ese, el del mango marrón.

—¿Este?

—No, el otro. El del pelo blanco, que traza una pincelada más fina.

El ayudante miraba perdido la cantidad de pinceles que había en la mesa. Agarró uno rezando para que fuera el que decía Lorel.

—Sí, ese. Por fin.

—Pero si este también sirve.

—No, ese no deja el mismo trazado.

—Tiene otro tipo de pelo, ¿no?

—En efecto, querido Watson.

La pintora ambientaba el lugar de trabajo con diferentes piezas de música clásica de su colección de vinilos que Navin estaba empezando a aborrecer. Algunas veces deseaba escuchar otro tipo de música, algo menos melancólico y con más marcha.

—En las entrevistas tuyas que he visto hablas de la gran influencia de tu padre al ser artista. Pero si tu padre no lo hubiera sido, ¿seguirías con la idea? —le preguntó, intentando retrasar el momento en el que ponía un nuevo vinilo de música clásica para poder descansar los oídos.

—Es una pregunta difícil, la verdad. —Lorel agarró el disco y lo metió otra vez en su funda—. Nunca puedes saberlo a ciencia cierta, pero yo creo que, si a alguien le gusta hacer algo, lo hará, ya bien sea con veinte años o con cincuenta. Si a ti te gusta dibujar, pase lo que pase, acabarás sacando tiempo, aunque te dediques a vender casas u otra cosa.

—Sí, pero no es lo mismo el trabajo de un abogado, que el de alguien dedicado al arte, ni el de un estudiante de Bellas Artes que curra en un restaurante de comida rápida y no llega a fin de mes.

—Ya… Pero creo que, si encuentras el modo, puedes llegar a dejar una huella más permanente que la del abogado. Es decir, vale, el abogado puede que parezca más importante porque tiene mucho dinero para estar en las grandes exposiciones y hacer cuadros inmensos, pero puede que le falte algo, y eso es, una historia que contar. Si no transmite algo más allá de la técnica que use, puede que se le recuerde unos años y luego pase al olvido. No sé si me he explicado bien. No consiste en la cantidad de obras que hagas, sino en la gestión de tus ideas.

—Bueno, no estoy de acuerdo. Pero no quiero meterme en un embolao.

—Ya, puede que yo no sea el mejor ejemplo al venir de una familia de renombre.

—A ver, es que a cualquiera le gustaría tener tu éxito.

—¿Tú crees? Porque yo creo que lo que quieren es la imagen de ese éxito. No todo es perfecto en el fondo.

—Te busco a una doble mientras ella hace una entrevista y tú te vas de vacaciones. —bromeó sin saber qué decir, para quitarle profundidad al tema. Puede que debajo de esa imagen escayolada ya hubiera una fractura incurable.

—Ja, estaría bien. Yo tan solo quiero que mis cuadros se recuerden para la eternidad. Menos mal que tengo a Elena.

—Me cae bien.

—A mí también, exceptuando cuando compro chocolatinas y me deja solo una.

—Yo pondría una caja fuerte en la cocina.

La gracia del joven fascinaba a Lorel y hacía que se olvidara de sus dolores de pierna, aunque tan solo fuera durante un par de horas.

Un domingo, Navin y Fernando dieron un paseo por el Rastro, repleto de incomparables antigüedades. Mientras Navin se interesaba por unos marcos para reutilizarlos, su amigo se acercó a un puesto donde vendían cajas llenas de vinilos.

—Eh, mira.

El joven dejó los marcos y se acercó.

—Están bastante bien de precio.

El señor del puesto se acercó a ellos, intentando persuadirlos para que se llevaran alguno.

—En muy buen estado, jóvenes. Suenan de maravilla. Miren estos de aquí.

Navin sonrió al reconocer la carátula de uno de ellos.

Al día siguiente, cuando Lorel le mandó poner otro vinilo de Chopin, Navin levantó el brazo del tocadiscos.

—Espera, espera, espera. He traído una nueva adquisición para tu colección. No mires.

La artista cerró los ojos.

—A ver qué vas a poner… Más te vale que suene bien.

Él sacó el vinilo de la mochila y lo colocó en el tocadiscos. Una melodía energética de los setenta comenzó a inundar la habitación y Navin empezó a chasquear los dedos.

Lorel abrió los ojos y vio al joven bailar de una forma extraña.

—Pero ¿qué es esto? —dudó escuchando el ritmo frenético de la canción.

Susana entró al estudio para recoger una bandeja de tazas y Navin la agarró para que bailara con él. Lorel se partía de la risa al verlos y, sin darse cuenta, acabaron cantando la letra.

A partir de ese momento, los dos comenzaron a sacar conversaciones musicales entre pincelada y pincelada.

La artista también pintaba añadiendo detalles y observando la obra desde lejos mientras comía barritas Mikado de chocolate que de vez en cuando le ofrecía.

Pero no todo era de color de rosa. Muchas veces, Lorel le indicaba que tenía que volver a pintar algo porque no salía como esperaba.

—Navin, ese color tiene que ser más oscuro.

—Si lo pongo más oscuro, no va a destacar con el magenta.

—Pero, aunque no destaque, por su propio tono ya hacen contraste.

—Entonces no tiene luz.

—Claro que tiene luz. ¿No ves la composición?

—¡Claro que la veo!

Navin hizo un aspaviento con el pincel lleno de pintura, dejando un pegote en el cuadro. Ambos se quedaron mirando la mancha y el ayudante corrió para borrarlo con un trapo.

—No, no, déjalo. —Lorel lo paró.

Navin se puso a su lado, observando el cuadro desde lejos.

—No queda mal —concluyó.

El joven intentaba incluirla dentro de la composición sin ninguna lógica. «En fin, no todo tiene sentido en el arte», pensó.

Después de una larga jornada, Lorel volvía a quedarse sola en el estudio, observando cada detalle de los lienzos al óleo.

Susana la llevó a su habitación y le preparó una sopa de pescado para cenar.

—¿Está segura de que no quiere una infusión relajante para dormir? —le ofreció recogiendo la bandeja.

—No, gracias. Debería de volver a casa ya, Susana. Es tarde, descanse.

—Como usted quiera. Que descanse, hasta mañana.

La artista se acurrucó y cerró los ojos. El silencio de su cabeza se vio interrumpido por unas voces que la acabaron despertando. Encendió la luz de la mesita de noche y empezó a ojear varios libros de arte que tenía al lado y dibujó algún que otro boceto abstracto a lápiz, acumulando papeles y libros por toda la cama. Cuando las manecillas del reloj se alinearon en horizontal, sus párpados empezaron a caer poco a poco, hasta quedarse dormida sin esperar que sus sueños se convirtiesen en pesadillas…

“Aquella mañana de verano se levantó con energías para seguir pintando el mural. Entró por la puerta trasera del edificio para que pudiera pintar sin gente alrededor. Se colocó el mono azul y se puso manos a la obra mientras escuchaba la radio. Se alejó de la pared para ver cómo iba quedando la pintura y se tropezó con un cubo de pintura que tenía detrás, perdió el equilibrio y metió el pie dentro de otro cubo. Su cuerpo se inclinaba en tensión hacia las escaleras. Los golpes pasaron a cámara rápida y su mente se nubló. Parpadeó con la mirada borrosa, intentando levantarse con las manos manchadas de pintura, al mismo tiempo que retumbaban las voces en su cabeza diciendo que no se moviera.”

—¡NOOO! —Lorel se despertó hiperventilando.

Intentó apaciguar su respiración acelerada y miró el reloj, que marcaba las seis de la mañana. Se arrastró hacia el baño y abrió el grifo del lavabo. Mojó una toalla y se la puso en la frente, deslizando la espalda por la pared hasta sentarse en el suelo de baldosas refrescantes. Susana, que ya había llegado, entró a la habitación y la ayudó a incorporarse.

Navin, como cada tarde, fue al estudio, pero Lorel estaba cansada de no haber dormido en condiciones. Mientras pintaba se giró para preguntarle una cosa, pero sus ojos estaban cerrados y su cabeza se había inclinado hacia abajo.

—Emm… —El joven se quedó quieto y carraspeó, pero ella no se movía. Se acercó y le puso la mano delante de la nariz para ver si seguía respirando.

—¿Qué haces? —Lorel le habló con los ojos cerrados.

—Nada. —Navin, sobresaltado, volvió a su sitio.

—Sigo viva, si es lo que querías saber.

—Ya, claro.

El joven siguió pintando hasta que Lorel comenzó a sentir unas ganas terribles de ir al baño. Intentó aguantar apretando las piernas, pero no podía.

—Tengo que ir al servicio.

—¿Al servicio? ¿Ahora? —dudó Navin.

—Tienes que llevarme, rápido.

—¿No está Susana? ¡Susana!

—No está, ha salido.

—Y si esperamos a que venga…

—¿Qué quieres, que me lo haga encima?

—No, claro que no.

Navin dejó la paleta con cuidado y empujó la silla hasta el aseo.

—No metas la silla dentro, que no cabemos.

—¿No podrían haber hecho una puerta más ancha?

Los dos forcejearon con la silla hasta que Lorel se puso en pie y cerró la puerta detrás de ella. Él se apartó al escuchar la tapa del váter y se quedó observando el gran estudio de arte que desearía tener en un futuro, con vidrieras de colores y cuadros gigantes.

—Ya, venga, ¿no estabas pintando? —abrió la puerta del baño manteniendo el equilibrio sobre un pie.

—Perdón, este estudio es gigantesco —Navin la ayudó con la silla de ruedas.

Lorel levantó una ceja sin darle importancia.

Pintaron hasta que el disco de vinilo llegó a su fin. La artista se quedó comparando el ejemplo con el cuadro de delante.

—Ahora ya entiendo por qué ponía «Total discreción» en el contrato —murmuró Navin al ver la preciosidad de la pintura.

Lorel esbozó una sonrisa orgullosa y se comió un croissant como descanso.

—¿Y tú tienes novia?

Navin se giró atónito ante tal pregunta.

—Emm, ¿no?

—¿Y novio?

—Pero, bueno, ¿esto qué es, un programa de citas a ciegas?

—Perdón, es que me había apostado cincuenta euros con Susana si no me atrevía a preguntártelo. —Lorel le ofreció comida.

—Pues no has perdido. —el ayudante paró de colocar los tubos de óleo y aceptó el croissant. —Tuve una en el instituto.

—Ah. ¿Y cómo era?

—Prefiero no recordarla porque me engañó con uno de mis mejores amigos.

Saboreó la mantequilla.

—Ups, lo siento en el alma.