Un compromiso con el arte 7 . Indecisión
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7 . Indecisión

Las hojas secas de los árboles caían al suelo, acumulándose como recortes de cartón, a la vez que las nubes se imponían en el cielo, provocando que el ánimo de la artista se apagara. No tenía ganas de dirigirle la palabra a nadie, ni al ayudante que venía esa misma tarde.

Aprovechó su solitaria mañana para trabajar en lluvias de ideas, seleccionar imágenes de revistas, fotografías, películas y poemas mientras se sumergía en internet.

Después de varias búsquedas, tecleó el nombre de Navin, pero no encontró mucha información para deshacerse de él. Aunque fuera un buen estudiante, no se fiaba y no quería que tocara ni uno de sus pinceles. Sus obras tenían que ser suyas, creadas solo y exclusivamente por ella. No podía permitir que otras manos crearan algo por inercia sin saber de dónde salían esas ideas.

Cuando el ayudante llegó de la mano de Elena, le dio una lista con varias tareas que tenía que hacer firmando abajo del todo con «Y ni una sola pregunta».

Navin se armó de paciencia al ver que Lorel no estaba de buen humor y se dedicó a seguir la lista, que básicamente consistía en mover algún que otro lienzo de gran tamaño, abrir la puerta cuando pedía material a domicilio, barrer, limpiar el fregadero, los ventanales…, en fin, todo menos pintar. Se preguntaba si realmente merecía la pena estar allí.

Pasaron unos días y ambos seguían trabajando, distanciados, bajo el mismo techo. Incluso cuando la artista hacía una pregunta y Navin le contestaba, ella se respondía a sí misma.

Un día, Navin observó los dibujos que había hecho después de la visita al museo y pensó en enseñárselos a la pintora. Tal vez así pudiera hacer algo más que barrer y fregar.

Cuando llegó al estudio, su nivel de confianza fue disminuyendo, pero tenía que hacer un esfuerzo. Se acercó a la mesa donde ella estaba concentrada, consultando información en su portátil con unas gafas para ver de cerca, las cuales se quitó al ver a Navin sentado frente a ella.

—He estado haciendo todo lo que me ha dicho… y, ya que sigo aquí, me gustaría dejarle unos dibujos que hice del día del museo.

Mientras Navin hablaba, Lorel seguía mirando el portátil, asintiendo con la cabeza.

—Mira esto. ¿Qué opinas?

Navin observó la pantalla del ordenador y pensó: «¿Pero ¿qué? ¿Un robot con forma de mano?».

—He estado viendo ofertas y parece fiable. Se recarga con enchufe, va con un programa de ordenador, lo puedes controlar con la voz, no hace ruido… —señaló entusiasmada.

Él no sabía qué decir. Después de haber hecho las tareas de la lista, siendo lo más educado posible durante una semana, sin hacerle ninguna pregunta… y ahora Lorel le salía con esto. Intentó no perder los nervios y aclarar la situación.

—No quiere que pinte sus cuadros, ¿verdad?

—No puedo dejar que mi trabajo lo hagan otros.

—Entonces, ¿qué hago yo aquí? ¿No tenía que terminar unos cuadros para la feria? —Navin la miró con decepción.

Lorel se restregó los ojos, pero él continuó hablando.

—No lo entiendo. He sido siempre puntual, he limpiao y organizao to lo que me ha dicho. Mi comportamiento ha sido de lo más ejemplá. ¿Y, aun así, no confía en mí? Vale, cómprese esa máquina, que seguro que es mejor que yo. —Indignado, salió del estudio—. No he venido aquí a malgastar mi tiempo en lo que no tendría que estar haciendo —murmuró.

Ella juntó las manos viendo cómo salía por la puerta. No podía engañar al público. Sus cuadros tenían su firma desde el día que empezó a pintar. No podía ceder la creación de unas pinturas de repente, sabiendo que pronto volvería a pintar ella sola, como lo había estado haciendo desde siempre.

Había heredado un apellido de artistas que no quería manchar con la ayuda de alguien que no formaba parte de aquel ecosistema. Sabía que estaba perdiendo el tiempo, tanto el suyo como el de Navin, y no podía seguir jugando al ajedrez, moviendo piezas de un lado para otro sin atacar.

Se quedó sola en el estudio, barajando la idea del robot para pintar sus cuadros. Se estrujó la cara del estrés y vio la carpeta azul de Navin encima de la mesa. La abrió, sumergiéndose en folios llenos de expresionismo abstracto con múltiples colores, texturas y anotaciones. Su mirada se encontraba flotando de asombro en un mar de ideas.

Llena de éxtasis visual, cerró el cuaderno y se fijó en el lienzo blanco que tenía sobre el caballete. Ya había tomado una decisión y no había vuelta atrás.

Navin se levantó cansado, sintiendo el cuerpo más pesado. No había parado en toda la noche de darle vueltas a la cabeza. ¿Se había comportado mal? ¿Tenía que haberle dado más tiempo? ¿No tenía que haberle dicho nada? ¿Había perdido una buena oportunidad? ¿No tenía que habérselo tomado tan mal y seguir haciendo tareas? ¿Podía ser que no estuviera destinado a esto?

La alarma del móvil sonó como un disparo de salida, pero enseguida la apagó. Se vistió, puso la tostadora, preparó la mochila, sacó las tostadas quemadas y, al girarse, tiró la taza de café al suelo. Miró al techo lleno de rabia.

—¡Ah! —se quejó. No obstante, recogió los restos y salió de casa con la tostada en la boca.

La clase de pintura fue horrible, no podía concentrarse. Los colores del bodegón no eran los que tenían que ser, y cada vez que miraba las flores se ponía a pensar en lo poco delicado que había sido. Su profesora, Julia, se dio cuenta de que no estaba trabajando como solía y se acercó para hablar con él.

—Navin… —Miró su cuadro—. No vas nada mal, pero hoy no te he visto del todo concentrado. ¿Estás bien?

El alumno siguió recogiendo los botes de acrílico.

—Sé lo de las prácticas —susurró Julia.

Navin esperó a que sus compañeros salieran de clase para que estuviesen a solas.

—¿Usted cree que una obra tiene menos valor si la pinta un ayudante que si la crea el propio artista?

—Posiblemente, pero, al fin y al cabo, es la potencia y calidad que tiene la obra lo que cuenta. Lo demás son historias entre los que pintan y los que no.

—Ya.

—Cuando nos enteramos de que hay artistas que tienen talleres haciendo sus obras, estos trabajan bajo el nombre de ese artista como si fuera una firma de ropa. Que una obra tenga más valor que otra por ser creada por el propio artista, ya eso queda en la conciencia de cada uno.

—Hay muchas opiniones al respecto, entonces.

—Otra cara más sobre el mundo del arte.

Al salir de la clase el teléfono móvil de Navin comenzó a sonar.

—¿Sí?

—¿Navin Tavira? ¿Podría venir esta tarde al estudio de Lorel? Necesita firmar unos documentos —informó Susana al otro lado del teléfono.

—Sí, allí estaré. —Y colgó con desconsuelo.

No tenía que haberle dicho nada, absolutamente nada, tenía que haber aguantado, aunque fuera mirando. A ver, tampoco podía evitar que Lorel tomara las decisiones que mejor le convenían y eso tenía que respetarlo. A lo mejor había encontrado otra opción y él ya no estaba incluido.

Volvió a pisar el suelo del estudio convencido de que sería la última vez que lo hiciera. Lorel estaba en la silla de ruedas delante del escritorio, con el cuaderno y un documento sobre él, iluminada por la luz de las vidrieras.

—Por favor, toma asiento.

Navin, nervioso, se sentó delante de ella. Su garganta se secaba y sus manos empezaban a sudar. Antes de que la artista soltara una lluvia de comentarios sobre él, su modestia se manifestó.

—Lo siento, lo siento si algo de lo que he dicho o hecho estaba fuera de lugar.

—Navin… —la pintora intentó calmarlo.

—Entiendo que no quiera que siga aquí.

Ella tomó aire.

—Sabes que firmaste esto, ¿no? —Lorel le dio el contrato de prácticas.

El joven lo cogió y vio diferentes flechas a lápiz y «Ojo» en varios apartados del documento.

—Sí, lo firmé delante de Elena, tengo una copia en casa.

—Y supongo que tienes en cuenta lo siguiente. —Lorel empezó a leer con énfasis diferentes párrafos ojeando el documento—: «El estudiante en prácticas accede a dar apoyo al desarrollo creativo de la artista sin ninguna representación de su nombre en ningún medio publicitario ni en las propias obras». —Pasó de página—. «Después de realizar las obras bajo la supervisión de la artista Lorel Mansot y una vez sean publicadas, el ayudante no podrá tomar acciones legales para su reconocimiento como autor de las obras». —Hizo una pequeña pausa y continuó—: «El estudiante recibirá una cantidad monetaria al mes por el trabajo realizado como mano de obra». «Al firmar este documento acepta todos los términos anteriores».

Lorel dejó caer el contrato encima de la mesa.

—Emm…, ya lo leí, está todo bastante claro y bien escrito —respondió Navin.

Ella lo observó extrañada. No parecía que le diera importancia a renunciar a su autoría a cambio de dinero o por el simple hecho de trabajar para ella.

—¿Te lo leo otra vez? —Se acercó el contrato—. ¿Eres consciente de que al firmar este documento…?

—… acepto los términos anteriores. Lo sé.

—¿No tienes nada que decir al respecto?

—No. ¡Afú! Sé lo que busca y agradezco que ese contrato sea lo bastante claro. Incluso para que un artista se plantee su forma de trabajo —concluyó el joven.

—Bien, pues. —Asintió con la cabeza, captando su tono firme—. Te olvidaste tu carpeta y me tomé la libertad de verla. —Lorel la abrió —. Son muy buenos.

Navin parpadeó, perplejo.

—Gracias. ¿De verdad lo cree?

—¿Tú qué piensas?

—No lo sé, es lo que ha dicho —titubeó.

—Si tú crees que son buenos, lo serán. Si crees que son malos, también lo serán. Nadie puede definir lo que haces excepto tú mismo —Lorel le devolvió el cuaderno.

Navin pensó en que siempre esperaba la opinión de otra persona para construir la suya cuando no siempre era lo que realmente pensaba. Todas sus creencias se veían influenciadas por comentarios positivos y muchos otros negativos.

—Vamos a tener que darnos prisa si queremos pintar los cuadros a tiempo para la feria de arte.

Navin la miró lleno de ilusión.

—¿Crees que podrás terminarlos?

—Sin ninguna duda —afirmó.

—Pues venga, vamos. El tiempo apremia. Sácame de este escritorio —pidió, haciendo que Navin se levantara—. Y no vuelvas a hablarme de usted, por favor.