Un compromiso con el arte 6 . El museo
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6 . El museo

El ayudante se presentó en la puerta del estudio de Lorel con una vestimenta más casual, preparado para pintar. Llamó y Elena apareció con el teléfono móvil entre las manos bastante ajetreada, como siempre.

—¡Pero si es nuestro queridísimo ayudante! —exclamó rodeando sus hombros—. No sabes lo mucho que me alegra que estés aquí. Si pasa cualquier cosa, ya sabes.

Ella hizo un gesto de llamada.

—Claro.

—Confío en ti. —Elena le dio una palmadita en el brazo mirando a Susana, que estaba sacando a Lorel en silla de ruedas.

—No se preocupe.

Lorel parecía desprender un aura más positiva que la del primer encuentro, o puede que fuera el maquillaje que se había puesto. Vestía un abrigo largo azul Klein que acentuaba la estructura de sus hombros y hacía juego con una boina azul celeste que destacaba con su media melena castaño rojizo. Sus ojos estaban ocultos bajo unas gafas negras redondas de Chanel que evitaban que la claridad del cielo nublado la molestase. Pero, a pesar de eso, Navin no entendía por qué las llevaba puestas. A lo mejor era para pasar desapercibida, quién sabe.

Navin se acercó para ayudarla, pero Susana ya había hecho todo el trabajo.

—Cuidado con los frenos, a veces se atascan.

El joven agarró los mangos de la silla de ruedas y Susana le animó.

—Buena suerte.

—Si nos vamos ya, mejor —refunfuñó Lorel.

—Que se os dé bien. Adiós, querido.

—¿Dirección? —preguntó Navin, despidiéndose con la mirada de Susana.

—Todo recto, al Museo del Prado —respondió la mujer, impaciente por moverse.

Con el desplazamiento de la silla y el viento rozando su cara, la pintora se fue animando mientras observaba el ajetreo de la gente y los coches. Había estado demasiado tiempo dentro de su silencioso y desolador estudio.

—¿Qué vamos a hacer allí?

—Necesito inspiración para terminar una serie de cuadros para la feria de arte CONARTE, seguro que la conoces.

—Sí, la que hacen en el palacio de Cibeles.

—En efecto. ¿Llevas lápiz y papel por si tienes que hacer algún boceto? —dijo Lorel mientras esperaban para cruzar la calle.

—No se preocupe, voy armado.

Un hombre mayor se lo quedó mirando.

—Quería decir… preparado. —Navin sonrió al hombre, que cruzó la calle en unos segundos.

—¿Qué obras quiere ver? ¿De varias exposiciones?

—Insisto en que dejes de hablarme de usted. Parece que me voy a jubilar ya.

—Lo siento.

—Cuando lleguemos al museo te lo diré.

Una gota de agua cayó en su mano.

—Umm, ¿ya va a llover? —dudó al observar el cielo—. Eh, para en ese portal.

—¿En la tienda de muebles?

—Sí, y así esperaremos a que pase la lluvia, antes de que no podamos volver y entremos mojados al museo.

Los dos se quedaron unos segundos delante del escaparate en silencio sin que cayese ni una gota.

—No cae na… —Navin rompió el silencio al ver que estaban perdiendo tiempo.

—Y si…

—Llegaremos en menos que se pinta un Pollock.

—Bueno… Vale, pero si empieza a llover mucho nos paramos en las taquillas del principio, no puedo mojarme la escayola.

—Pues vámonos.

Lorel, nerviosa, cruzaba los dedos para que no lloviese demasiado.

Los dos salieron pitando hacia el museo, pero a mitad del camino las gotas comenzaron a caer con más fuerza. Lorel, asumiendo lo que iba a suceder, abrió su paraguas y lo colocó encima de su cabeza. Navin no esperaba esa tormenta. Llevaba puesta una cazadora vaquera que se caló por completo, al igual que la capucha de la sudadera.

El aguacero no cesó, hasta que llegaron a la puerta de los Jerónimos del museo. El ayudante se paró, exhausto, pensando en que, por lo menos, habían llegado, pero no en el estado. Tenía la chaqueta empapada por completo y la capucha había mojado sus rizos negros, que caían sobre sus ojos de color ámbar.

—¿Está bien tu escayola? —intentó recuperar el aliento.

Lorel se quitó el paraguas de encima, se quitó las gafas de sol y le clavó una mirada tan fría que el joven apretó sus dientes con fuerza.

—¡Estoy empapada!

—Lo siento mucho. De verdad, no sabía que iba a caer… —seguía lloviendo con truenos—…esto.

—¡Mi abrigo…! ¡Ay, madre, las vendas! —Lorel se tocó la pierna para comprobar la escayola.

—El lado bueno es que por fin hemos llegado. ¿¡Eh!? —El joven intentó que se olvidara de la situación.

La artista no quería ni verlo.

—Antes de un Pollock, antes de un Pollock. Serás tonto —refunfuñó en voz baja.

Navin se tocó la capucha mojada sin entender lo que había dicho.

—Anda, entremos para secarnos cuanto antes.

Pasaron el control de seguridad.

—¡Oye, oye, oye! ¿A dónde vas ahora? —exclamó Lorel.

—Tengo que ir al servicio, enseguida vuelvo.

La artista, con la respuesta entre los labios, se quedó en la entrada con el freno echado, rodeada de un ambiente tranquilo, hasta que un grupo de turistas chinos se acumuló cerca de ella.

—¿Nos hace una foto? —preguntó uno de ellos.

—Claro, ¿cómo no?

Lorel sacó varias fotos rápido y se despidió de ellos. Al ver que no había mucha gente alrededor, se relajó y agachó la cabeza para limpiarse las gafas.

—¿Perdone? ¿Eres Lorel Mansot, la pintora? —preguntó una mujer que andaba por allí.

—¿Sí? —contestó entre dientes.

—¿Me puedo hacer una foto contigo?

Mientras, en el servicio, Navin se peleaba con su chaqueta y el secador de manos. No podía dejar de pensar en que tenía que haber cogido un paraguas o una cazadora impermeable antes de salir del piso.

—¡Venga, vamos, sécate, rápido! —le decía a la ropa.

Unos ingleses entraron al baño hablando entre ellos.

—No sabía que era Lorel Mansot. ¿Tú lo sabías? Cuánta gente se ha juntado.

Navin salió despavorido con la cazadora en la mano, recordando que la había dejado sola. El joven esperaba una masa de paparazzis con flashes y guardias de seguridad intentando tapar a Lorel, pero nada más salir vio a dos niños pequeños en el suelo dibujando a sus pies.

—¿Todo bien? —dijo extrañado al ver que no había gente.

—Sí. Estos dos podrían hacer tu trabajo a la perfección.

Los niños le enseñaron los dibujos con el rostro de Lorel.

—Muy bien, las gafas las habéis clavado. Sois unos artistas.

La madre de los niños se los llevó despidiéndose de ella agitando la mano de los dos pequeños.

—Adiós, Lorel. Adiós.

Navin observó a los niños, tan alegres con el retrato de la artista, mientras se ponía la chaqueta.

—¡Qué adorables! —dijo para sí. Esa escena le había parecido tierna hasta que la voz seca de ella lo hizo volver a la realidad.

—Sala 43. —Lorel le tendió un mapa.

Él lo cogió con desdén pensando que ella sería más amable por estar dibujando con dos niños, pero estaba equivocado. Lo miró y lo volvió a mirar, tratando de orientarse entre números, colores y plantas hasta que acabó empujando la silla.

Pasearon de sala en sala, entre obras de Rosa Bonheur y Marguerite Marie Benoit, entre muchos otros autores. Se sentaron en un banco delante de la pintura Falenas, de Carlos Verger Fioretti. La figura de la mujer que miraba a los espectadores parecía hipnotizarlos.

—¿Me puedes sacar un bloc de dibujo y un estuche de la mochila?

Lorel abrió el cuaderno con dificultad y sacó un lapicero. Le daba reparo dibujar delante de la gente, pues la mano con la que solía pintar tan bien ahora estaba escayolada.

El joven se puso a su lado, en un banco aparte, y sacó el mismo material. Después de hacer un boceto, la observó de reojo, intentando dibujar con su mano inmóvil.

—Emm… ¿Necesitas…? —Iba a preguntarle si necesitaba ayuda, pero al darse cuenta de que sonaba obvio y vergonzante, se detuvo antes de decir nada.

Navin observó la venda que asomaba por la manga del jersey.

—Tengo una idea.

Sacó de su mochila cinta de carrocero, que se suele utilizar para sujetar el papel al tablero de los caballetes. Se levantó y cogió el lapicero, sujetándolo con cinta en la mano vendada.

Lorel movió el brazo escayolado.

—Genial. ¿Y con esto se supone que voy a dibujar mejor?

—Lo sé, no va a ser gran cosa, pisha, pero si no te sirve, te lo puedo quitar. —El ayudante ya se estaba esperando otra bronca o alguna comparación con que alguien lo habría hecho mejor; sin embargo, escuchó:

—Déjalo, probaré a usar las dos manos. Gracias.

Navin sonrió y volvió a sentarse.

—Puedes anotar palabras o describir la obra en el cuaderno. No hace falta que todo sean bocetos de las pinturas.

—Vale.

Después de realizar varios apuntes, continuaron con el itinerario. La artista se sentía como una niña en el carrito intentando decirle a su padre que se acercara a los cuadros que quería ver y su expresión se fue ablandando.

Mientras Lorel escribía en una tablet sobre sus piernas, Navin se acercó a un cuadro pequeño que pasaba desapercibido: una mujer desnuda, sentada con los brazos entrecruzados que cubrían parte de su pecho, tapándose la cara con las manos. En el fondo, a su izquierda, una tela roja y a su derecha, una azul. Tomó nota del título y el autor, Desnudo de mujer, de José Jiménez Aranda. Esa postura del cuerpo con la cara oculta entre las manos, encogiéndose, le había llamado la atención, sobre todo, no porque fuera una mujer, sino por el concepto que mostraba. Un conflicto interno que todo ser humano tiene alguna vez en su vida entre situaciones muy dispares, como pueden llegar a ser un color cálido, rojo, y un color frío, azul. Las órdenes que te llegan de la realidad en contra de tu poder y lo que debes hacer en contra de lo que quieres hacer.

Entre tanto, Lorel lo observaba de reojo, ya que ese cuadro había retenido al joven demasiado tiempo.

—Eh, yo sigo aquí.

Los dos habían recogido suficiente información como para tomarse un descanso en la cafetería del museo. Lorel miró la escayola y empezó a despegar la cinta de carrocero.

—No. ¡Mi obra maestra! —bromeó él.

Lorel dejó delante de ella una bola de cinta.

—¿La quieres?

—¿Para?

—¿No pensarás que voy a tirar medio rollo de cinta? —dijo la artista, que quería aprovechar al máximo cualquier material que sirviera para trabajar, aunque no le faltase dinero.

—No, no, claro que no. —Cogió la bola de cinta y la guardó en la mochila.

Lorel tomó un sorbo de café mientras observaba cómo Navin jugaba con un sobre de azúcar entre sus dedos.

—¿Estás bien?

—¿Yo? Sí, es que no esperaba que cayese esa tormenta.

—No me lo recuerdes, por favor.

—Vale.

Los dos bebieron y observaron sus respectivos cuadernos, intrigados.

—¿Puedo ver lo que has hecho? —preguntó Lorel.

—¿Yo puedo ver el tuyo también? —saltó Navin.

La artista se quedó pensando en si darle su cuaderno o no, pero le pareció justo hacer un intercambio.

Con una expresión seria, Navin se lo acercó deslizándolo por la mesa.

—Cuidadito, ¿eh? —Ella esbozó una sonrisa antes de desprenderse del suyo.

Desde que ambos los abrieron no intercambiaron ni una sola palabra.

Lorel comenzó a analizar cada dibujo a bolígrafo o con lápices de colores que se superponían con otros, textos poéticos y otros no tanto, como la lista de la compra. Después de pasar varias páginas sin ningún espacio en blanco, llegó a una que tenía un retrato a grafito con un realismo especial. Era ella en una foto que publicaron en un artículo de la revista francesa Le Monde Peint que le hizo recordar su pasado en París.

Alzó la vista hacia Navin, que seguía inmerso en su cuaderno, lleno de dibujos y recortes de revistas que sobresalían por los bordes. En cuanto se fascinaba por unas páginas con manchas abstractas se olvidaba por completo del resto, así hasta que llegó a unas con texto escrito. El joven comenzó a leer palabras de inspiración y determinación que se mezclaban con cuentas de diferentes tipos. Apoyó el cuaderno en la mesa y la artista se dio cuenta de que el chico había llegado demasiado lejos.

Como acto reflejo, Lorel cerró el cuaderno de Navin volcando su vaso, que casi moja los bordes del cuaderno de la artista. Él reaccionó rápido, retirándolo de la mesa, mientras Lorel, con una mano, levantaba el vaso y ponía servilletas encima. Navin cogió servilletas también para secar el cuaderno y ella, al ver que estaba tocándolo demasiado, se lo quitó.

—Trae, dámelo. —gruñó.

—Perdón, está siendo una tarde bastante mojada.

La artista bajó la mirada y ahogó una risa.

—¿Eso ha sido una sonrisa? —preguntó Navin tocándose la barbilla.

—Me ha hecho gracia. —admitió guardando su cuaderno y apretó los labios.

Navin se recostó en el asiento con orgullo al verla feliz por fin.

—¿Y cómo es vivir del arte? —preguntó con confianza.

—Guau, directo al grano. —tomó un sorbo de café provocando que Navin se sonrojase. —Yo no soy la más indicada para responderte porque no vivo sólo de mis cuadros, ¿sabes? Me rodeo de personas que tienen más que yo, que buscan en el arte un lugar para entretenerse, invertir y sentirse parte de algo superfantástico. —pronunció la última palabra con gusto.

—Tener contactos, ¿no? —Navin no se quedó conforme con esa respuesta. Puede que ese cuaderno tuviera demasiadas operaciones numéricas; no eran de medidas y de obras, sino varias sumas y restas de números con palabras como «Ganancias» y «Pérdidas» y símbolos de euros. En la universidad le hablaban poco de la vida real, era como estar en una burbuja de la que esperaba salir con las prácticas de empresa.

—Además tienes que formarte en estrategias de marketing y en más cosas que lleva Elena sobre contabilidad, en fin. Yo en tu lugar haría otra cosa. —Lorel agarró el cuaderno para revisar las esquinas mojadas dejando al joven sin palabras.