5 . El estudio #2
—Pues que vaya más rápido.
—Mira, yo ya no puedo más. Si piensas que voy a vender ese cuadro, ya te puedes ir olvidando.
—Vale.
Navin escuchó un golpe pegajoso al otro lado de la cortina, que se abrió descubriendo a Elena con la camisa manchada. El joven se asustó pensando que era sangre, pero no, tan solo era pintura roja.
—Tiene…
—No te preocupes, está concentrada trabajando. —Se colocó la mano encima—. Puedes pasar. Si necesitas algo, estaré en el patio. Otra camisa más para lavar… —murmuró.
El joven entró con cuidado al estudio como si fuera un campo de batalla, pisando despacio.
—Te dejo con tu ayudante, Navin. —Elena lo empujó para que no tuviera miedo.
Se acercó más a la artista fijándose en uno de los catálogos que había sobre la mesa.
—Me encantó esta exposición en el Palacio de Cristal, transmitía mucha calma cuando pasabas por…
Una risa seca e incrédula lo sobresaltó.
—Calma —añadió Lorel moviendo la mano manchada de rojo.
Navin se giró hacia ella, descubriendo un rostro cubierto con gafas de sol negras, pelo alborotado, un chándal y una bata. Se quedó sin respiración al verla ahí en carne y hueso.
—Elena me ha ofrecido que le ayude —se justificó.
—Ajá… —Lorel apoyó el rostro en su mano izquierda y manchándose de pintura roja. Le daba igual su presencia.
Navin no sabía qué pensar. La artista que tenía delante, con el rostro manchado de pintura roja que parecía sangrar, representaba una imagen trágica que pedía ayuda a gritos, pero también indiferencia. El joven no recordaba que ella fuera así de oscura. Tenía que intentar sacar brillo a esos pensamientos sombríos.
Le acercó un trapo que tenía a escasos metros de él y se lo dio. Ese gesto hizo que la pintora fuera un poco más amable.
—Gracias… —murmuró mientras se limpiaba la mano como podía.
—Navin, Navin Tavira. Soy estudiante de tercer año de la Facultad de Bellas Artes. Mis compañeros y yo seguimos con entusiasmo su trabajo desde que terminó sus estudios.
—Me impresiona que sigan hablando de mí. ¿Y qué quieres?
—Eh… ¿Cómo? —La miró sin saber a qué venía esa pregunta.
—¿Dinero?, ¿fama?, ¿sorprender a una chica?, ¿ganarte mi respeto? O, mejor aún, ¿seducirme para que te deje como heredero de mi fortuna? En serio, dime, ¿qué quieres? —insistió con un tono neutro.
—¿Ayudarla?
—Ya, pero ¿a cambio de qué? No me puedo creer que vengas como un santo inocente.
—No la entiendo. Elena me ha hecho un contrato de prácticas remunerado y yo estoy aquí para aprender el oficio. O eso creo.
—No me hables de usted, que tampoco soy tan mayor.
—Vale.
—Que te quede claro que no voy a ser la mentora que te impulsa a alcanzar el éxito. No voy a aguantar halagos a mi trabajo cada vez que me veas y no voy a dejar que alguien como tú venga a empujar esta silla de ruedas. Así que ya te puedes ir, gracias por venir.
Lorel se puso el trapo encima de la cabeza como si fuera un local con el cartel de «Cerrado».
—Yo… No voy a negar que la admiro muchísimo y que su trabajo es importante en el mundo del arte —titubeó Navin—. Pero si sigue ahí respirando es porque el destino ha decidido asustarla para ver si el miedo se apodera de su vida o, por el contrario, se levanta con más fuerza todavía. Yo estoy dispuesto a echarle una mano, o echarle un pincel. Es decisión suya aceptarme. No vengo a hacer más que eso.
Lorel, con la cabeza debajo del trapo, recordó la llamada de su madre en el hospital diciendo que, a pesar de todo, siguiera luchando sin perder ni un minuto con el mismo espíritu que antes, siendo ella misma.
Pero, claro, no contaba con un ayudante entre sus planes.
Se quitó el trapo y lo miró de arriba abajo. «¿Saldrán las cosas bien?», pensó.
—Mañana a las cuatro de la tarde. No se admiten retrasos —refunfuñó.
—Seré puntual, se lo prometo. Gracias. —Navin fue a estrecharle la mano, pero la retiró mirando sus manos, una manchada y la otra escayolada—. ¿Tengo que traer algo en especial?
—Habla con Elena.
—Vale. Hasta mañana. —El joven salió fugaz del estudio.
—Veamos cuánto dura —murmuró la artista.
Elena observó desde el patio de luces cómo el joven salía del estudio y fue a buscarlo al salón.
—¿Qué te ha dicho?
—Que empiece mañana.
Los ojos de Elena se abrieron de emoción.
—Bien, sígueme. —Se dirigió al despacho, donde sacó un contrato—. ¿Me firmas aquí?
—Claro, pero… —dudó el estudiante—, respecto a las clases de la universidad, solo puedo venir por las tardes.
—Sí, no te preocupes. Con tal de tener los cuadros hechos, me vale. Te dejo mi tarjeta en caso de emergencias, mi correo ya lo tienes.
Navin leyó el contrato por encima antes de firmarlo.
—¿A qué hora vienes mañana? —preguntó Elena organizando los papeles.
—Me ha dicho que a las cuatro. ¿Tengo que traer algo?
—Sí, mejor tráete tus pinceles, no quiero que se moleste. Puedes traer una bolsa y dejarla en el estudio.
—Vale, aunque no tengo muchos. —dijo para sí mismo.
—Bueno, pues nos vemos mañana por la tarde. ¡La batalla empieza! —Elena soltó un grito agudo, entusiasmada.
—Sí, claro. Hasta mañana. —Navin cerró la puerta del piso con sentimientos encontrados. Se quedó mirando la fachada del edificio en el barrio de Salamanca pensando en cuántas veces pasaría por ahí hasta terminar los cuadros que le pedían.
Con el contrato debajo del brazo volvió a casa y buscó los cuadros en la cuenta de Instagram de la artista. «Madre mía, ¿podré hacer yo esto? —pensó—. Tengo que trabajar con total exactitud, no se tiene que notar nada. Madre mía, dónde me he metido». Abrió la carpeta del contrato, donde ponía en negrita «Discreción total».
Fernando estaba en su habitación, concentrado en un collage, cuando oyó la puerta abrirse.
—Hola.
Navin apareció en el marco de la puerta tapándose la cara con las manos.
—No te lo vas a creer… —Se tiró en la cama.
—¿Qué ha pasado? — Fer paró de cortar papeles.
—¿Qué he hecho? —murmuró Navin.
—¿Eh? ¿Pero a cuántos artistas tienes que ayudar? —bromeó Fernando.
Navin se incorporó y miró a su amigo.
—¿Recuerdas las noticias que dieron mucho de qué hablar en la clase de pintura?
—Lorel Mansot. ¿La artista que se cayó por las escaleras con pintura? ¿¡Esa!?
—Sí, yo tampoco me lo creo. —Navin asintió con la cara entre las manos.
—¿Es como en las entrevistas que vimos en clase?
—Sí, bueno…
—¿Cómo que «bueno»? Explícate.
Navin cogió un libro y lo empezó a hojear.
—No sé si recuerdas el vídeo que vimos en clase, en el que salían varios artistas de la universidad con sus trabajos, tan apasionados y alegres, presentándose como el futuro de una nueva era. —Navin le enseñaba a Fer los cuadros del libro como si le estuviera contando un cuento—. Bueno, pues esa imagen inspiradora que tenía yo de ese vídeo desapareció.
Fer observó el cuadro de Antonio Saura con brochazos blancos, negros y grises.
—¿Tan mal estaba? —Fernando se rio ante su descripción.
—No se quitó ni las gafas de sol cuando me vio, parecía que tenía resaca.
Su amigo cogió el libro y buscó otro cuadro.
—Lo más probable es que Lorel Mansot estuviese así. —Fernando abrió el libro mostrando el Retrato de Helena de Kay, de Winslow Homer. Una mujer cabizbaja con un vestido negro.
—¿A ti te haría gracia ponerte enfermo y dejar los cuadros sin terminar? ¿A que no? Pues eso. Dale tiempo, es normal.
—Ya, bueno, no sé qué pensar.
—Deberías de alegrarte, no todos los días se conoce a una artista famosa.
Navin se quedó observando la pintura de Helena de Kay.
—Fer, no le digas a nadie lo de las prácticas, todavía estoy en fase de prueba o eso creo.
—¿En fase de prueba? Es exigente, eh. Y eso que tú sacas muy buenas notas.
—Sí, puede que a los tres días me veas buscando prácticas como tú.
—Yo te daré una estampa de santa Sonia Delaunay, no te preocupes. Seguro que te ganas su confianza.