5 . El estudio
Navin decidió salir a correr por el parque del Retiro. Pasó por delante del mítico estanque con algunas barcas que alegraban el paisaje y se dirigió hacia el paseo de las Estatuas, donde se imaginó una persecución contra un criminal, adelantando a varios corredores. Llevaba una buena distancia recorrida cuando una llamada interrumpió la música de OneRepublic de su móvil.
—¿Navin Tavira? —preguntó una voz femenina desde el teléfono.
—Un momento… —contestó con la respiración acelerada.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, sí, es que estaba… corriendo… pero continúe, la escucho… —Exhausto, se apoyó al lado de una escultura.
—Soy Elena, de la entrevista de prácticas. ¿Te vendría bien empezar mañana mismo?
—Eh, sí…
—¿Te viene bien a las cinco en el taller?
—Claro. ¿Necesita…? —intentó añadir, pero Elena no le escuchó.
—Vale, te envío un correo con la ubicación para que no te pierdas. Puedes seguir corriendo, gracias. Hasta mañana, Navin. —Elena colgó.
—Hasta mañana.
El joven presentía que Elena había omitido cierta información al hablarle tan deprisa; él pensaba que el puesto se había cubierto. En el piso, con los pensamientos ocupados, se preparó una tostada de aceite de la sierra de Cádiz con tomate. Se sentó delante del escritorio y buscó en el portátil vídeos de estudios de pintores importantes, como Anselm Kiefer.
—¡Hola! —Fer gritó desde la entrada dejando caer la bolsa del gimnasio en el suelo. Se sentó en el sofá, agotado—. ¿Qué estás mirando?
Navin sonrió con la boca llena de comida.
—Me han llamao.
—¿De las prácticas?
—Sí. —Estiró los labios y sonrió.
—¡No me lo creo! —Fer lo cogió de los hombros agitando a su amigo de un lado a otro lleno de emoción.
Al día siguiente, Lorel se despertó observando la habitación llena de papeles y libros. Se deslizó desde la cama hasta la silla de ruedas. Sigilosa, intentó avanzar de una forma torpe, con una sola mano, hasta llegar a la puerta.
—Cómo odio esta silla, podrían haberme dado una de estas eléctricas. ¡Agh! —murmuró al no poder mover las ruedas con las dos manos.
Elena entró en la cocina donde estaba Susana preparando un café.
—Buenos días, Susana. ¿Se ha despertado ya la artista?
—Seguramente. Apenas pudo pegar ojo en toda la noche. Ayer tuve que lavar la colcha de la cama frotando bien, porque estaba manchada de témperas.
—Iré a hablar con ella, hoy no quiero ningún numerito.
De camino a la habitación, inspeccionó las marcas de arañazos que había dejado con la silla de ruedas en la pared hasta llegar al estudio.
—Ya empezamos… —se dijo para sí misma.
Decidida, corrió la cortina que separaba el pasillo del estudio, descubriendo a la artista lanzando bolas de papel mojado en pintura negra hacia un lienzo.
—¿Todavía sigues con tu etapa de pinturas negras? —Elena no sabía qué hacer ya.
—Sí. En la Quinta del Sordo. —Lorel continuó mojando una bola en un bote de pintura.
Elena dejó la taza de café y se acercó a ella con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Te recuerdo que viene tu mano derecha —remarcó poniéndose delante del cuadro.
—Perfecto. —Lorel miró su mano negra—. Seguro que ni se presenta.
—Me ha confirmado por teléfono que viene a las cinco.
—No creo.
—Deja de ser tan negativa, por favor.
—No sé qué necesidad tienes de que me ayuden a terminar los cuadros. Yo creo que debería presentar estas pinturas negras para la exposición y ya está.
—No digas eso, Lorel. Vamos, que tienes que ducharte. Y nada de pintura a partir de la comida, nada de nada. —Empujó la silla y se la llevó al baño.
La artista dejó caer la cabeza hacia atrás. Estaba cansada de que la movieran de un lado a otro en contra de su voluntad.
Horas antes, en la habitación de Navin, Fer deslizaba las perchas llenas de ropa.
—Esto no, esto tampoco. ¿Solo tienes vaqueros en el armario? —preguntó. Le ayudaba a escoger ropa para su visita al estudio.
—Lo siento, pisha. No tengo toda mi ropa aquí —contestó Navin tumbado en la cama, observando cómo su amigo se estresaba.
—Bueno, yo creo que esto —lanzó una camiseta a su amigo—, esto —lanzó un vaquero oscuro— y, solo por ser tú, por hoy, te dejo mi americana azul marino.
—Muchas gracias, Fer…, eres un máquina. —Navin fue a darle un abrazo.
Su amigo le extendió la chaqueta antes de que se acercara más.
—Anda, vete. ¡Cámbiate, que si no vas a llegar tarde!
—¡Voy! —contestó con una voz grave.
Salió a la calle y bajó las escaleras mecánicas del metro abriéndose paso entre la gente. Desesperado, vio el vagón alejarse sin compasión cogiendo aire haciendo espavientos con los brazos.
El cuadro que estaba pintando Lorel se iba llenando de pintura negra hasta que el sonido del timbre paró uno de sus lanzamientos en seco.
Susana miró por la cámara de la entrada.
—Hola, vengo por las prácticas curriculare, soy Navin Tavira—jadeó apurado.
—Sí, suba.
El joven empujó la pesada y gran puerta de madera. Entró al portal con el suelo de mármol y, a un lado, los buzones dorados. Al fondo, a través de una verja de formas serpenteantes, se veía un patio de luces grande, lleno de plantas. El diseño modernista de aquel lugar le llamó la atención. Al otro lado de las plantas había una hermosa vidriera con garzas a los dos lados que recordaba la arquitectura de Gaudí. Un repartidor bajó las escaleras espabilando a Navin, que se dirigió hacia la puerta del apartamento, que se encontraba entornada con la cadena puesta.
Extrañado, llamó al timbre de todos modos. Una mujer con el pelo corto y un uniforme azul marino se asomó.
—¿Contraseña? —pidió con voz raspada.
—Eh, vengo por una oferta…
—¿Me enseñas tu carnet de identidad?
El joven se lo mostró a la señora, que lo miró entornando los ojos.
—¡Pero bueno, qué jovencito! —Susana abrió la puerta.
—Yo esperaba a alguien más mayor cuando me lo dijeron.
Navin sonrió, observando la acogedora entrada, bien decorada con tonos claros.
Susana lo guio hasta un despacho lleno de catálogos, maquetas, libros, cuadros y títulos colgados en la pared.
—Espere aquí, que estaba ventilando la entrada del olor fuerte a trementina.
Se dirigió a la cocina, desde donde observó a Elena hablando por teléfono en el patio de luces.
—Disculpe, el joven ya está en el despacho.
Navin se quedó observando las diferentes obras acumuladas en la habitación. Le sonaban un montón. Se acercó para leer en detalle uno de los títulos colgados en la pared. No se lo podía creer. ¿¡Lorel Mansot!? Pero si había estado en una de sus exposiciones, tenía una revista en la que hablaban de su obra y hasta la seguía en Instagram. Su temperatura corporal comenzó a elevarse de los nervios.
Respiró hondo. Elena entró en el despacho y cerró la puerta.
—Navin. Gracias por venir. —La mujer le extendió la mano, entusiasmada.
—¿Dónde estoy? —el joven balbuceó, pidiendo una explicación.
—Siéntate. —Elena se percató de que sabía quién era.
Él se sentó, sin palabras.
—Vale, supongo que sabes quién es.
—Pues claro. —Tragó saliva—. Sigo su trabajo. Julia, nuestra profesora de pintura, nos habló de ella y nos enseñó varias entrevistas en YouTube. Fue estudiante de la facultad.
—¿Sabes lo de su accidente?
—Sí, escuché algo de que se resbaló por unas escaleras mientras pintaba un mural. ¿Está muy grave?
—No, bueno, tiene el tobillo y la muñeca escayolados, podría haber sido peor. Pero por eso…
—¿Necesita ayuda? ¿Yo tengo que ayudarla? —Navin sentía angustia.
—Por eso —continuó Elena— quería ofrecerte un puesto como ayudante de taller hasta que le quiten las escayolas. Solo tendrías que pintar a gran escala unas pinturas.
—Pero todavía estoy aprendiendo, no tengo la experiencia de alguien como ella. No puedo copiar su estilo —explicó Navin, negando con la cabeza.
—Mira, tienes excelentes calificaciones y he visto tu porfolio. Tan solo tendrías que pintar a gran escala cuadros pequeños, como los cuadernos estos que tienen numeritos para rellenar y pones el mismo color que en el ejemplo —indicó Elena, suavizando la situación.
Navin la miró serio, pensando en que sería complicado replicar sus obras.
—Creo que hay personas que lo pueden hacer mejor que yo, y lo digo con todo mi respeto hacia el trabajo de Lorel Mansot. —Se levantó de la silla dispuesto a marcharse—. Lo siento, pero no quiero causar ningún problema. —Se acercó a la puerta.
—Por favor, ¿no quieres ni intentarlo?
—Yo le tengo mucho respeto. No podría hacer el trabajo que me piden a la perfección.
—Bueno, por lo menos has venido —suspiró Elena abriéndole la puerta del despacho.
—Seguro que encuentran a alguien mejor.
—Puff, después de varios intentos fallidos, no sé qué más haré. Gracias por venir hasta aquí, Navin.
—Lo siento. —Se puso la mano sobre el pecho.
El joven salió hacia el portal, donde se quedó contemplando el patio de luces. A través de la vidriera aparecieron dos figuras gesticulando, una sentada y otra de pie. Estaba a punto de perder una oportunidad única en el mundo, tenía que aprovecharla, tenía que afrontar sus miedos, por lo menos intentarlo. Y, sobre todo, averiguar qué había tras esa vidriera.
Se dio la vuelta y llamó a la puerta antes de que Susana la cerrara con llave.
—Espere.
Elena se alegró al escuchar su voz y lo empujó a través de un pasillo estrecho hacia una cortina manchada de pintura.
Antes de abrirla miró a Navin y sonrió.
—Seguro que os lleváis muy bien.
Las luces de color de la vidriera se proyectaban en el estudio atrayendo la atención de los ojos del joven. Daban alegría a un espacio blanco bastante organizado hasta que se topó con Lorel y sus pinturas negras.
La pintora cogió un papel mojado de pintura roja y lo apretó en su mano izquierda. Elena, al verla, corrió la cortina, tapando la visión de Navin.
—Dame un minuto —desapareció dejando al estudiante detrás.
—¿Se puede saber qué te pasa? Te lo dije bien clarito, hoy tenías visita.
Navin se asomó a la pequeña ranura que había dejado.
—Estoy haciendo una nueva serie de cuadros, ¿no lo ves? Expresan mi angustia por estar sentada toda la santa mañana.
—Nadie tiene la culpa de que estés así, Lorel. Ya lo hemos hablado, la recuperación es un proceso lento.