3 . No puede ser
Diez años más tarde
—A todos los oyentes que nos estén escuchando, desde sus casas, coches, dispositivos móviles, ¡feliz día 1 de septiembre! Cómo se nota que Madrid vuelve a cobrar vida, Laura. Muchos estarán llorando por volver al trabajo.
—Y otros llorarán de alegría porque se irán de vacaciones por fin, Tony.
—Qué envidia me dan esas personas. —Se rio.
—Bueno, mientras nos enviáis vuestros mensajes de voz sobre el comienzo del mes. A todos los viajeros del mundo, os dejamos esta canción, Cheating, de John Newman, para empezar la semana con el pie derecho, ya sabes. Los mejores éxitos aquí en Sol y Pop FM.
El sonido de la radio provenía de un camión que tenía la ventanilla abierta, parado en doble fila mientras descargaba alimentos para el mercado. Una mujer en traje paseaba por delante de una cafetería donde los clientes se tomaban su café mañanero. Las tiendas levantaban sus persianas y los puestos de lotería ambulante volvían a la plaza de Sol. La mujer continuaba a paso veloz, con su coleta moviéndose de un lado a otro, desde la estación de Atocha hasta la Casa Encendida.
Horas antes, en ese mismo edificio, se encontraba Lorel vestida con un mono azul lleno de pintura, tarareando la canción de la radio, que escuchaba a través de uno de los auriculares de botón que llevaba puesto. El suelo de las escaleras estaba cubierto con papel de pintor, repleto de cubos, brochas y otros utensilios artísticos, que iba esquivando con los pies mientras añadía pinceladas. El mural de la pared adquiría forma a medida que perfeccionaba el efecto visual que alargaba las propias escaleras hacia un cielo que simulaba el mundo de los sueños como un castillo y varios animales fantásticos entre las nubes.
En la planta de arriba, dos mujeres de la limpieza estaban en mitad de su turno. Se asomaron y decidieron hablar con ella. Las dos eran muy diferentes, una más seria que la otra, pero siempre acababan juntas partiéndose de la risa. Mari tenía una fisonomía más robusta que Paqui, con sus finos brazos. Sus conversaciones cotidianas se escuchaban por cada rincón del edificio conforme trabajaban.
—¡No me manches los escalones, que acabo de fregar! —bromeó Mari.
La pintora miró a ambos lados de las escaleras.
—¡Anda, deja a la chica tranquila! —Paqui le dio en el brazo a la otra, que estaba partiéndose de risa.
—¡Discúlpala, es que ella es así! Si necesitas más papel o plástico para cubrir algo, nos dices, ¿vale?
La pintora levantó el dedo gordo mirando a las dos simpáticas mujeres.
—Vale.
—Oye, ¿cómo que, si necesita más papel, se lo damos nosotras? ¿¡Qué te crees que somos, un almacén!?—se indignó Mari.
—¿Quieres que nos manche las escaleras? —inquirió Paqui.
—No, pero siempre me toca bajar a mí a reponer el papel.
—Porque así, mientras tú bajas y haces deporte, yo me termino la barrita de cereales.
Mientras las dos discutían, un estruendo las enmudeció.
Se asomaron a las escaleras y al no ver a la pintora, sus rostros se congelaron. Bajaron atemorizadas y se encontraron con una escena trágica.
La mujer con coleta entró al edificio y apagó el teléfono móvil al ver la escalera chorreando de pintura como si fuera una performance.
—Pero ¿qué ha pasado? —corrió hacia los pies de las escaleras donde vio a la pintora tendida en el suelo.
—Lorel —La chica intentó levantarse—. No te muevas, por favor —le ordenó, mirando cómo la artista se quería levantar con un pie dentro de un bote de pintura y el tobillo torcido. Perdió el equilibrio de inmediato y volvió a tumbarse, dolorida.
Las limpiadoras acudieron al rescate. Mari se paró y sacó una foto de las escaleras con el móvil. Era increíble la mancha que había dejado en las escaleras.
—Pero, ¿qué haces? ¡Pide una ambulancia! —Paqui le quitó el móvil y llamó a emergencias.
Después de unas largas horas en el hospital, Lorel no salió tan mal parada. Tan solo con algunas contusiones, la muñeca y el tobillo escayolados. No obstante, ella veía el fin del mundo, nada más que eso, por tener que estar en reposo y moverse en silla de ruedas.
—¿Qué? ¡No puedo estar tanto tiempo sin moverme! —rechistó tumbada en la camilla del hospital.
—No te preocupes, en unos meses volverás a la normalidad —indicó la doctora.
—¿En unos meses? ¡Usted no lo entiende! ¡Tengo varios proyectos confirmados y tengo que hacer más obras! —Lorel intentaba incorporarse.
La doctora salió de la habitación harta de sus quejas y miró a la mujer que había descubierto el incidente.
—¡¡Oiga!! ¡Elena, dile algo! —gritó Lorel desde la habitación.
—¿Quiere que le recete calmantes? —preguntó la doctora mientras veía cómo se terminaba de peinar la coleta.
—Sí, por si acaso —afirmó Elena alzando las cejas.
—¿Quiere usted algo?
—¿Yo?
—Lo decía por… nada. Que se recupere pronto.
—Gracias, doctora —la asistenta respondió cortés.
Elena entró en la habitación con los brazos en jarra y miró a Lorel.
—Deberías calmarte un poquito. La planta entera te está escuchando y tu madre está al teléfono, toma.
—No puedo hablar ahora.
—Toma —insistió exasperada.
Le acercó el móvil a la oreja, ignorando los gestos de Lorel para no cogerlo, hasta que se lo dejó en el hombro.
—Hola, mamá —contestó Lorel entre dientes—. Estoy bien, de verdad. Elena está al tanto. Qué va, no ha sido nada. —Hizo una mueca mirando su brazo y pie escayolados—. ¿Y tú, qué tal por Estados Unidos?
Mientras tanto, Elena salió al pasillo y se topó con Daniela, una amiga de Lorel que trabajaba en el sector de la moda y diseñaba joyas con ella.
—Daniela, tenemos que hablar —se apresuró cogiéndola por los hombros para llevársela hacia la sala de espera.
—¡Pero si acabo de llegar, no le he dado ni las flores! —exclamó.
—Siéntate. Te explico la situación, ¿vale? —Elena estaba agobiada.
—Vale…
—Yo lo sabía, si es que ya decía yo que ese sitio no era bueno para pintar un mural —murmuró Elena paseando de un lado a otro—. Por donde pasa todo el mundo, estrecho. Mira que se lo dije. «¿Lorel, estás segura?». Y ella: «Claro». No puede decir que no a nada, se cree imparable, y ahora qué, ¿eh?
Elena sacó de su exclusivo bolso Vuitton un KitKat y empezó a comerse la chocolatina.
—¿¡Acaso tú sabes la cantidad de proyectos y trabajos que voy a tener que posponer y cancelar!? Madre mía, y muchos de ellos no dejan margen. ¿Qué voy a hacer? —Daniela observó a Elena terminar el KitKat sin apenas haberlo visto entero, y sacar una bolsa del bolso unas almendras tostadas—. También tiene que preparar la feria de arte contemporáneo, con la que no ha empezado todavía.
—Tranquila. ¿Acaso no tenían ayudantes y aprendices los grandes maestros como Leonardo da Vinci y Rodin?
Elena paró un segundo de masticar. Se le abrieron los ojos como si se le hubiera aparecido un espíritu.
—¡Dani, Dani, tú sí que sabes! —exclamó Elena cogiendo entre sus dos manos la cara de su amiga—. Pondremos carteles en la Facultad de Bellas Artes y un anuncio en su página web, tendrán que rellenar un documento previo… como si fueran prácticas curriculares. ¡Así tendrá un becario para cargarlo de trabajo! —exclamó con una risa de villana—. ¡Te debo una!
Volvió a la habitación frotándose las manos.
—Tenemos que hablar contigo.
—¡Dani! —Lorel la abrazó, aplastando el ramo de flores entre las dos.
—Cuidado, cuidado con las flores.
—¡Ay, muchas gracias! No tenías por qué, qué bonitas son.
—Tal y como te encuentras ahora…—interrumpió Elena con una media sonrisa.
—¡Pero qué estás diciendo! Si esto no es nada.
—Daniela y yo pensamos que te vendría bien algo de ayuda…
Lorel volteó los ojos al escuchar a Elena.
—¿Ayuda? Yo no necesito ayuda —resopló enojada.
—¿Y cómo piensas pintar lienzos de dos metros en silla de ruedas?
—Apoyándolos en una mesa.
—¿Con un solo brazo? Te vas a agotar más y no te vas a recuperar. ¿Y si te caes sobre la escayola?
—¡Yo puedo!
Elena empezó a girar el móvil entre sus dedos gordo e índice, intentando no hacer caso de su comportamiento.
—Lorel, de verdad, no puedes. Tú sola no puedes acabar los cuadros a tiempo. Necesitas ayuda, de verdad, yo me encargo de todo, confía en mí…
—No necesito ayuda…
—No va a ser cualquier ayudante…
—Que no.
—Alguien que valore tu trabajo…
—¡Que no quiero! —Lorel gritó y Elena, harta de su cabezonería, salió de la habitación.
—Lorel… —Dani la miró con los brazos cruzados.
La artista resopló, reposando la cabeza en la almohada. Sabía que Elena tenía razón. Tal y como estaba, no podría acabar un cuadro en los plazos que antes cumplía.
—Dani, yo no quiero que alguien esté a mi lado todo el día, y encima estudiantes. Todo el rato pendiente de que hagan lo que les diga sí o sí.
—Mira, el lado bueno es que podrás acabar los cuadros a tiempo. No todos vienen de una familia de artistas como tú. Además, es una forma de acercar el mundo laboral artístico a los estudiantes.
—Pero yo no estoy para enseñar nada, mírame. No me puedo ni mover. —Lorel no tenía muchas esperanzas en que esa idea fuera a dar resultado.
—Todo saldrá bien, confía en nosotras —Daniela la tranquilizó dejando el ramo de flores en la mesa.
En cuanto recibió el alta, volvió a su apartamento, un bajo de un bloque de pisos con un patio de luces que iluminaba el estudio a través de un gran ventanal. Los primeros días los pasó tumbada en la cama, llenando cuadernos y pequeños lienzos de dibujos abstractos, hasta que sus dolores fueron disminuyendo. Pronto se las ingenió con la silla de ruedas para moverse desde la habitación al estudio. Elena, al ver que no aguantaría mucho tiempo sin estar quieta, contrató a Susana, una asistenta que trabajaba para la vecina del cuarto piso y se pasaba a menudo para vigilar que no le faltara nada.
—¿Otra vez?
Susana vio unas marcas en el marco de la puerta de la habitación y fue directa hacia el estudio.
—¿Cuántas veces le tengo que decir que tiene que estar en reposo?
—Necesitaba mirar una cosa en el ordenador.
—Pues usted me lo dice y yo se lo traigo a la habitación.
—Aquí hay más luz, Susana. No me voy a encerrar en mi habitación hasta que vuelva a andar.
—Bueno, pero usted me lo dice y yo la ayudo. Debe tener cuidado con las fracturas, los huesos son delicados.
—Fracturas… ¿No tiene nada que hacer en el piso de su señora?
—No, hoy se ha marchado a la casa de campo.
—Vaya, pues… puede tomarse el día libre, aquí no está Elena.
—No crea que se va a deshacer de mí tan rápido. Usted no me ha contratado.
—Intento fallido. —La artista hizo un gesto con su brazo escayolado—. ¡Ay!, ¡ay!
—Voy a por el ibuprofeno. No se mueva, por el amor de Dios.
El teléfono de Lorel, que colgaba de su cuello, empezó a sonar.
—Dime —contestó con voz dolorida.
—Espero que no estés en el estudio otra vez… —gruñó Elena.
—Que no…
Susana entró en el estudio con la caja de ibuprofeno y un vaso de agua.
—Bueno, tú verás. Te he enviado al correo una selección de los currículos que me han llegado para ayudarte con las pinturas.
Lorel la escuchaba mientras se tomaba el ibuprofeno, poniendo los ojos en blanco.
—Míralos por encima y si hay alguno que no te guste me lo dices. La próxima semana los llamaré para entrevistarlos en persona.
—Yo quiero un brazo nuevo, eso es lo que quiero.
—¿Está Susana?
—Sí, aquí está.
—Sé amable y míralos, por favor. Te dejo.
—Adiós.
La artista abrió el correo en la tablet.
—Susana, toma asiento —la invitó Lorel mientras abría el correo.
—¿Quiere mi opinión?
—Claro, así cotilleamos un poco.
Abrió todos los currículos y fue señalando los que eran más decentes hasta quedarse con tres.
—Se los voy a enviar a Elena.
—¿Solo tres? —dudó Susana.
—¿Algún problema?
—No, claro que no.
Susana se levantó y salió del estudio, dejando a Lorel pensando en los currículos que había dejado sin mandar. ¿Acaso se podía decidir sin ver cómo pintaban esas personas?