2 . Bonjour #2
Días más tarde, los estudiantes de tercer curso expusieron los cuadros del primer proyecto del semestre, dejando el centro de la sala libre para que los profesores y alumnos de otros cursos pudieran pasear alrededor. Lorel pensaba que la crítica de los maestros sería estricta, pero, al parecer, eran los compañeros de cursos superiores los que más mostraban desagrado.
Mientras hablaba con sus compañeros al lado de su cuadro, cerca se encontraba un grupo de estudiantes, entre los que estaba Agnes, una alumna de cuarto curso que admiraba el arte minimalista, ordenado y limpio, por lo que todo lo que se saliera de esos cánones no era digno de existir.
—Pero ¿qué es esto? —enseñó los dientes, burlándose al ver el cuadro de la joven española, lleno de colores llamativos, brochazos expresivos, todo anti-Agnes—. ¿A dónde va a parar el arte con estas obras? ¿Acaso se cree Picasso? Yo habría hecho otra cosa, no sé. Algo… algo más conceptual —lo soltó con tanta soberbia que le salió saliva al hablar—. Qué poco nivel.
Los acompañantes se rieron.
—No le hagas caso. Es que ella es así. —Margot agarró el brazo de Lorel al ver que salían llamas de sus ojos, pero la española se acercó a unos botes de pintura y se manchó un poco la mano—. Oye, la venganza no te va a servir de nada. —Margot intentó retenerla al intuir su intención, pero sus palabras fueron en vano.
—No te preocupes.
Agnes sujetaba un vaso de plástico, observando el cuadro de al lado, cuando Lorel se acercó.
—Yo también habría hecho otra cosa.
Margot y Pierre se asomaron para ver la escena.
—No tiene nada de interesante —añadió Agnes volviendo la mirada al cuadro.
—Demasiado caótico, diría yo —continuó Lorel con el mismo tono despectivo.
—Demasiado color.
Agnes le sonrió. Parecía haberse ganado su amistad y esta le extendió la mano.
—Soy Agnes Durand. ¿Y tú?
—Lorel, Lorel Mansot.
En cuanto Agnes escuchó su nombre, recordó la firma del cuadro que había criticado y se mezcló con la sensación del apretón de manos pegajoso de pintura.
—Agh. Pero ¿qué?
—Oh, lo siento mucho. Es que estaba recogiendo…
Agnes la miró con desprecio, sabiendo que no se estaba disculpando de verdad. Margot salió al rescate y le dio un trozo de papel para que se limpiara la mano. La chica le dirigió una última mirada amenazante y abandonó la sala seguida de sus acompañantes.
Pierre soltó un suspiro en forma de silbido.
—Madre mía, cuánta tensión.
—La que se podía haber liado… —suspiró Margot.
—¿Vamos a La Rotonde? —sugirió Lorel, orgullosa de su venganza.
—Sííí, fiestaaa. —Pierre se animó.
—Mantén alejada esa mano de mí, eh —exclamó Margot dándole un trapo.
El grupo de profesores se acercó al cuadro de Lorel y los tres amigos se quedaron callados hasta que los miraron y saludaron con discreción.
—¿Quién es la autora de este cuadro? ¿Tú?
Margot y Pierre señalaron a Lorel.
—Ah, sí. Soy yo.
—Me parece curiosa la mezcla de colores y texturas. Espero ver sus próximos trabajos.
—Señorita Claudel, nuestra amiga Lorel es de España, viene de Erasmus. Solo estará este año aquí —indicó Margot.
—Oh, vaya. En ese caso, hay cursos de verano de la escuela, por si quieres quedarte más tiempo.
—¡Están muy bien! Yo hice uno de grabado —añadió Pierre.
—Muchas gracias, señorita Claudel —se despidió Lorel.
Jules, que andaba por la sala haciendo fotos para la revista digital de la escuela, se acercó a los tres.
—Hola, Lorel, ¿qué tal?
La pintora se sonrojó al ver que la había llamado por su nombre.
—Muy bien.
—Agnes Durand le ha hecho una crítica flipante —saltó Pierre.
—La he visto bajar con su grupillo limpiándose la mano. Creo que me he perdido algo.
—No, nada, solo una pringosa venganza —respondió Margot.
Lorel levantó las manos, una de ellas manchada.
—No sé a qué te refieres.
Los tres se rieron ante la mirada del fotógrafo.
—¿Te vienes a La Rotonde después y te cuento el resto de la historia?
—Claro, pero solo si me dejáis que os haga una foto para la revista.
El flash los deslumbró y capturó la imagen de Pierre, Margot y Lorel, con la mano manchada de pintura, delante del llamativo cuadro.
Después de la presentación de los cuadros, todos se reunieron en La Rotonde. Margot hablaba con Lorel sujetando unas cervezas, animadas por la música que ponía uno de sus compañeros de clase.
—Vamos a decirle a Jules que nos saque una foto con su Polaroid.
Margot agarró del brazo a Lorel.
—¡Jules! Saca una foto de estas dos artistas.
Él capturó la instantánea de las dos sacando la lengua y el dedo del medio.
—¡Qué fieras! Tomad, son tres euros.
—Haznos precio de amigas, Jules —se quejó Margot.
—No puedo, la vida está muy cara.
—Habló el que se compra camisas de Hermés —le susurró a Lorel.
—Pero ¿qué dices? Exagerada. No le hagas caso, Lorel.
—No, si yo digo la verdad.
Jules vio a Margot mareada.
—¿Debería llevarla a casa? —preguntó Lorel.
—Yo sé dónde vive. Te acompaño.
Los tres se despidieron y acercaron a Margot, que empezó andando hasta que Jules terminó llevándola en brazos. Lorel no pudo resistir y les sacó una foto con la Polaroid.Una vez asegurados de que su amiga estaba en casa, los dos se dirigieron paseando hacia el piso de Lorel.
—¿Qué tal tu experiencia en París?
—De momento bien, no me puedo quejar. Un apartamento un poco pequeño y frío, pero…
—¡Eso es quejarse!
—No. Quería decir que, aparte de algunas cosas, estoy bien.
—Menos mal, porque vivir en un país que no es el tuyo puede llegar a ser abrumador.
—¿Abrumador? —repitió Lorel en francés al desconocer esa palabra.
—Asustarte —le contestó en francés y luego en inglés.
—Perdona, tengo que seguir estudiando francés.
—Te puedo ayudar si quieres.
—Tú no, gracias.
—¿Por qué no? Además, te enseñaría palabras oscuras —bromeó Jules en inglés.
Lorel se rio.
—Palabras oscuras.
—Nivel avanzado superior.
—¿Élite?
—Grand élite.
La presencia del fotógrafo hacía que Lorel perdiese el control de la razón, hablando de una forma torpe en francés. Jules se daba cuenta de ello, algo que le parecía adorable en comparación con sus impresionantes habilidades artísticas.
—¿Vives aquí?
—Sí. —Empujó la puerta de madera deseando que no se quedara atascada de lo vieja que era.
—Gracias por acompañarme.
Jules se quedó mirando cómo le quedaba un mechón suelto delante de su delicada cara, que pedía a gritos que se lo colocara detrás de la oreja. Sonrió estirando los labios al darse cuenta de que no había contestado.
—¿Vives lejos? —le preguntó ella colocándose el pelo.
—Sí, pero… no pasa nada —dio unos pasos para atrás.
—¿Quieres pedir un taxi?
—No, de verdad, estoy bien así. Buenas noches.
—Buenas noches.
Él se alejó frotándose las manos por el frío hasta que escuchó unos pasos detrás. Se giró sorprendido por un fugaz beso en la mejilla y se quedó tocándose la cara mientras Lorel corría de vuelta al apartamento.
Durante su estancia en la capital francesa, Lorel aprendió el idioma y la cultura en las tertulias que hacían después de clase. Creó un vínculo con Pierre y Margot y algo más especial con Jules. Pero el tiempo se iba agotando y el día de regreso a Madrid estaba cada vez más cerca. Jules lo sabía y no podía evitar pensar en su despedida.
Los dos estaban concentrados dentro de un cuarto oscuro, revelando fotografías para la entrega del proyecto final. No habían dicho nada, sintiendo el ambiente tenso.
—Con que vuelves a España…—comentó Jules.
—Sí… Tengo que terminar mi último año de carrera. —Lorel seguía concentrada en revelar las fotografías.
—¿Y después qué vas a hacer? —Jules colgó una de las fotografías con una pinza.
—Puede que estudie algo de moda…, tal vez.
—¿En París? —Él alzó un poco la voz.
—No lo sé, todavía lo estoy pensando. Solo he barajado opciones en Madrid, no he mirado nada aquí.
—Puedo buscar algunos másteres en París, mi tía trabaja en la universidad. Seguro que sabe algo.
—¿Tú crees?
—Seguro. Y ya, bueno…, tú eliges.
—Claro.
—París es la capital de la moda, lo quieras o no.
Lorel puso los ojos en blanco y continuó colocando las fotografías.
—¿Qué quieres, que me haga francesa?
—Sí, con tu tabla de quesos.
—Eso viene de España.
—Con grandes museos.
—Eso también.
—Conmigo.
—Bueno, eso no.
Lorel le lanzó una mirada pícara pensando que bromeaba, pero le cambió la cara al verlo serio mientras comprobaba una de las fotografías.
—¿Ha salido mal?
Lorel acarició la espalda de Jules hasta posar la mano en su hombro.
La luz roja de la habitación los sumergía aún más en el dolor.
—No quiero que te vayas. Te echaré mucho de menos. —Jules inclinó la cabeza buscando la caricia de ella.
Lorel sintió sobre la palma de la mano el rostro de Jules, que la rodeó con los brazos, acercándose. Ella posó la nariz contra su mejilla, sintiendo su respiración contra la de él. Jules bajó la cabeza, rozando sus labios con torpeza, provocando que Lorel levantara la cara mirándolo a los ojos. «Je t’aime», susurró abrazándola con fuerza.
Ella no dudó en besarlo con todas las ganas del mundo sin mover los labios, absorbiendo el deseo de cada uno. Lorel cogió aire contestando con un suspiro: «Et moi». Los dedos de Jules se entrelazaron en el cabello de ella, fundiendo sus cuerpos en uno. Sus labios no podían dejar de tocarse, haciendo tambalear a Jules contra la mesa del cuarto, que golpeó una de las bandejas de revelado.