2 . Bonjour
Al aterrizar en París, Lorel sintió que no había marcha atrás. Ya estaba en otro país con otro idioma. A pesar de que dominaba el inglés, su francés se había quedado dentro de los libros de texto sin apenas usarlo en la vida real. Se dirigió a la salida después de coger su maleta y dar gracias de no haberla perdido, observó los múltiples carteles de los choferes con nombres y apellidos de varias nacionalidades y, finalmente, encontró el suyo: «Lorel Mansot». Lo sujetaba una mujer con una vestimenta de colores llamativos y pendientes que le estiraban los lóbulos.
—¿Eres Lorel?
—Sí, soy yo. Usted debe ser René Rouge.
—Sí. ¿No me viste en el funeral de tu padre? —René hablaba en español con acento francés.
—No, no me acuerdo.
—Lo siento mucho. —La mujer apretó los labios y abrazó a Lorel sin pensarlo.
La chica se quedó un poco extrañada. Parecía más española que francesa y, por algún motivo, su cara le sonaba de algo.
—Perdón por el abrazo, estoy un poco sentimental.
Lorel no dijo nada, intentando contener la tristeza de su corazón.
—Mejor continuamos hablando en otro sitio más tranquilo. ¿Qué tal el viaje?
Tardaron en llegar a la ciudad desde el aeropuerto. René parecía haber dejado unos asuntos pendientes a cargo de los trabajadores de su galería y Lorel aprovechó para mandar un audio a su madre y decirle que había llegado sana y salva. El tráfico la atemorizó un poco, pensando en cómo aguantaría allí un curso entero.
El taxi paró en una calle poco concurrida y las dos bajaron con el equipaje. René abrió la puerta del pequeño, más bien diminuto, apartamento de la última planta.
—Una cama, el baño, fregadero, aquí un pequeño frigorífico. Debajo de la cama puedes poner la maleta para aprovechar el espacio, y aquí guardado tienes un calefactor.
Lorel no podía creer lo antiguo que era el edificio, parecía que había vuelto atrás en el tiempo.
—Toma tus llaves, antes de que se me olviden. Me puedes llamar siempre que lo necesites o si se rompe algo, por ejemplo. —René captó un brillo melancólico en los ojos de Lorel y sintió la responsabilidad de enseñarle la ciudad.
—¿Quieres tomar algo y descansar del viaje? —sugirió al verla tan sola.
—No quiero molestarte.
—Qué va, al contrario. —hizo un gesto con la mano. —Me recuerdas un montón a tu padre. Cuánto me alegro de que estés estudiando Bellas Artes.
René la invitó a tomar un café. Su piso era de paredes blancas, lleno de obras de arte de todos los colores que nunca antes había visto.
—Tu padre fue un buen amigo mío, me salvó de una mala situación, ¿sabes?
—¿Ah, ¿sí? —paró de mover la cuchara.
—Sí, iba con la bicicleta cerca de la acera, al lado del canal y un perro sin correa se cruzó y lo atropellé. Yo frené; no era mi culpa que ese perro estuviese suelto, yo iba por el carril bici. El dueño se puso furioso hasta que Enzo se acercó y muy amable habló con el dueño, pagándole el veterinario. —Lorel se asombró. —Qué buenos tiempos aquellos. Así lo conocí y empezó a exponer en mi galería que llenábamos de compradores y clientes. Gracias a eso, pude seguir trabajando en ella. Por aquel entonces, éramos jóvenes y no teníamos la experiencia de ahora. —René sonrió, antes de beber su café solo.
—Vaya, fue muy bueno contigo —agarró la taza con fuerza— Gracias por hacerme compañía.
Los ojos de la chica se empezaron a llenar de lágrimas que intentaba detener parpadeando.
—Eh, no pasa nada, lo estás haciendo muy bien. ¡Que estás en París, mon amour!
—Sí. —Lorel se restregó los ojos. — Es que no pude terminar de hablar muchas cosas con él. Yo sentía que había cambiado y no pude decirle lo mucho que le quería.
René le ofreció una caja de pañuelos hasta que se calmó.
—Tu padre se hizo famoso en París, vendiendo todas las obras de mi galería, pero él no estaba tan feliz como yo. Un día fui en su busca para hablar con él y lo saqué del estudio en el que no paraba de pintar. Nos quedamos sentados cerca del río Sena y sentí que quería tirarse. Le agarré con todas mis fuerzas de la chaqueta hasta que me confesó que se había enamorado de un hombre. Estaba aterrado de él mismo y no sabía qué hacer. Yo lo tranquilicé, pero él quería negar esa parte de él hasta que conoció a tu madre.
—¿No le dijiste nada?
—Apenas tenía contacto con ella y tu padre estaba empeñado en borrar su orientación sexual, que tanto le avergonzaba. Pero eso no quiere decir que no la amara.
—¿Tú me vas a ayudar también, como a mi padre?
René sonrió con los ojos llorosos y brindó con ella.
Así, durante su estancia, se convirtió en costumbre que ambas quedaran para pasear por los alrededores del barrio de Montmartre, acompañando a la galerista de compras por tiendas de segunda mano, llenas de prendas que acabarían en su peculiar armario. Lorel hacía fotos con su móvil a todo lo que veía: una fachada de color rosa, una pastelería dorada, perros elegantes, grafitis y pegatinas en las farolas. René era un apoyo vital en una ciudad con apenas conocidos, lo cual hacía que se sintiera más segura por las calles parisinas. Ambas repasaron el poco francés que sabía Lorel antes de que empezaran las clases en la Escuela Superior de Artes para que pudiera relacionarse mejor con sus compañeros.
—Recuerda, siempre es mejor que hables de forma educada con quien sea.
—Vale.
—Y si tienes que preguntar cualquier cosa, no dudes en hacerlo, ¿d’accord? Aunque sea en inglés.
—Madre mía, qué nervios.
—Lo harás muy bien.
A pesar de que las nubes cubrían el cielo, los ornamentos dorados de los edificios parisinos resaltaban todavía más. Lorel se encontraba a la entrada de la escuela, mirando su móvil, en el que había apuntado varias indicaciones del día de bienvenida a la universidad.
—¡Oh, perdón! —exclamó en español al chocarse con una chica que pasaba por allí. Miró su cara amable y aprovechó el momento para preguntarle en un francés poco fluido.
—Perdona, ¿podrías ayudarme?
—Sí, claro.
—Gracias. No sé cómo llegar a la clase 015.
—Yo también me dirijo allí. ¿Estudias Bellas Artes?
—Sí, vengo de Erasmus.
—¿De dónde?
—España.
—¡España! Yo estuve hace unos años de vacaciones.
—¡Qué bien!
Las dos llegaron hasta la clase abarrotada de estudiantes hablando en francés. Lorel estaba un poco abrumada al ver tantas caras desconocidas.
—¿Puedo sentarme contigo?
—Claro, no te preocupes.
Se sentaron en las gradas de madera.
—Por cierto, no me he presentado. Me llamo Margot.
—Encantada. Yo, Lorel.
—Bonito nombre —chocaron los puños enseñándole un saludo especial.
Margot llevaba el pelo rubio ondulado con la oreja izquierda llena de piercings y unos pantalones llamativos.
—Mar, no he podido traer tus pinceles.
Un chico con pelo rapado por los lados y vestido con una cazadora de cuero negra subió las escaleras de la grada.
—Lorel, te presento a Pierre. Ella viene de España.
—Hola, encantado. ¿Cómo se decía? —Chasqueó los dedos pensando cómo saludarla en español—: ¿Hola?
—Hola. Sí, muy bien. —Lorel asintió, haciendo un gesto con los dedos de perfecto.
Las dos se levantaron y dejaron pasar a Pierre, que se sentó al otro lado de Margot.
—¿Al final vamos a ir al Louvre el jueves? —preguntó el joven.
—¿Tú puedes? Como me dijiste que tenías que cuidar de tu hermano pequeño.
—Sí, pero al final no hace falta. Se va a quedar con mi tía.
Pierre miró a Lorel, que estaba escribiendo en su libreta.
—Podemos decirle algo.
Margott asintió.
—Lorel, estábamos pensando en ir al Museo del Louvre, ¿te gustaría venir?
—Por supuesto, ¿cuándo vais?
Pierre y Margot sonrieron. Estaban emocionados de poder enseñarle las majestuosas obras arquitectónicas de la ciudad.
Aquel día, los tres recorrieron las largas salas de exposiciones con cuadros y esculturas memorables en la historia del arte. Subiendo la escalera Daru, Margot se puso delante de Lorel, haciendo que tenía alas como la Victoria de Samotracia.
«Ya sé lo que voy a dibujar para el primer trabajo de pintura», pensó al ver la escultura sin brazos.
Las horas de trabajo en la escuela de arte fueron aumentando, llenándose los talleres de pintura con trozos de hojaldre por el suelo para revivir a los estudiantes con música variada de fondo.
Lorel se estiraba la espalda después de darle unos últimos retoques a su cuadro.
—¿Alguien quiere algo de la máquina?
—Toma, sácame una Coca-Cola —pidió Margot dándole unas monedas.
Lorel se dirigió hacia el pasillo donde estaba Pierre secándose las manos al salir del servicio. A su lado estaba un chico alto y delgado al que ya había visto en las clases de revelado fotográfico.
—Lorel, ¿vas a sacar algo de la máquina? —comentó Pierre.
—Sí, hay que coger energía. ¿Tú quieres algo o ya te vas?
—Ya he terminado por hoy. Oh, este es Jules.
—Hola. —Lorel sonrió, perdiéndose en sus ojos grises.
—Hola… —la saludó inclinando la cabeza.
—Yo soy Lorel.
—Encantado.
—Eres más fotógrafo que pintor, ¿no? —siguió la joven.
—Me estoy especializando más en ello, sí. Pero la pintura también la admiro.
—La admiras a lo lejos. Te he visto en los talleres de revelado.
—¿Ah, sí? Estoy liado con un proyecto. —A Jules le sorprendió que le dijera eso.
—Sí, a mí también me interesa la fotografía analógica.
—¿Ah, sí? —Pierre se metió en la conversación hablando al mismo tiempo que Jules.
Lorel se giró hacia su amigo y recordó a lo que había venido.
—Bueno, voy a sacar el refresco de lady Margot, antes de que se haga más tarde —bromeó.
—Ah, sí —asintió Jules.
—Nos vemos en la presentación de cuadros —se alejó Pierre empujando a Jules.
—Allí os veré, adiós. —Lorel sonrió girándose hacia la máquina.
Pierre se despidió alcanzando a Jules.
—¿Qué pasa contigo? —murmuró Pierre conforme bajaban las escaleras.
—¿Conmigo?
—Todo el rato: «¿Ah, sí?, ¿ah, sí?», como si fueras un disco rayado.
Jules empezó a reírse de forma nerviosa.
—No me digas eso.
—No te rías. Voy a tener que darte clases de conversación.
—Que me ha dicho que me ha visto…
—Jules, Jules, siempre llamando la atención.
—¿Yo? Nah.