1. Una niña de renombre #3
Debido a la ausencia de Lorel en casa, sus padres se empezaron a distanciar. Su madre se relacionaba más con personas del entorno sanitario y su padre pasaba más horas encerrado en el estudio, creando obras y organizando exposiciones. Los dos vivían en sus propias burbujas hasta que decidieron contárselo a su hija.
Cuando llegó el calor del verano, Lorel preparó unos lienzos para trabajar en el estudio de su padre, que, sin ningún problema, siempre le dejaba un sitio.
—Tengo que ir a organizar la exposición del Lagunheim de Bilbao; disfruta del estudio.
—¿Cuándo vuelves?
—Creo que el lunes. —Dudó su padre dándole un abrazo.
—Vale. Ten cuidado.
Ana también se despidió de él con un beso en la mejilla, quedándose las dos mirando cómo se alejaba el taxi. Lorel volvió al estudio y ella la siguió.
—¿Quieres? —Su madre le tendió un trozo de mandarina.
—No, gracias.
—Tengo que decirte una cosa.
—¿El qué? ¿Que me vaya fuera a estudiar?
—Sí, eso te vendría bien. Tu padre tiene muchos contactos. —Se comió un gajo.
—Sé que ya estáis separados; me di cuenta cuando fuisteis a recogerme a Ourense. No sé cuándo pensabais decírmelo. ¿Cuándo lo supiera todo el mundo antes que yo, si es que ya lo saben?
—Lo siento, el tiempo fue pasando y no nos poníamos de acuerdo para decírtelo.
Lorel continuó trabajando en un cuadro mientras su madre intentaba asimilar la reacción de su hija.
—¿Y qué opinas? —preguntó confusa.
—Ya me lo esperaba. —respondió arrugando los labios.
—No queríamos hacerte daño. —Ana le acarició el pelo.
—¿Lo sigues queriendo?
—Sí, pero de otra forma.
—¿Y a mí?
Su madre la abrazó.
—Pues claro que te quiero, siempre te querré.
—Entonces siempre serás mi madre, a pesar de todo.
—A pesar de todo.
Lorel la abrazó con fuerza, intentando no pensar en la nueva situación de tener a sus padres separados.
Pasaron las horas entre pinceladas y Lorel decidió llamar a su padre por teléfono para preguntarle por la separación.
«Estará ocupado», pensó al ver que no lo cogía.
Su madre se había marchado con unas amigas del trabajo para celebrar una fiesta de despedida, mientras ella estaba en el silencioso estudio con las puertas abiertas, por donde se colaba la música del vecino de al lado. Lorel se preparó un bocadillo y salió fuera. El olor a comida hizo que aparecieran Gala y Dalí. Su padre bautizó a los gatos así por sus bigotes de tanto verlos rondar por el patio de su casa. Los dos contemplaban con ojos piadosos el plato de Lorel, la cual ya se había percatado del interés de ambos. Mientras les daba un trozo del bocadillo de atún, miró los mensajes sin responder de su padre. Probó a llamarlo una y otra vez, pero, frustrada, escuchaba cómo saltaba el contestador.
Alimentó un poco más a los gatos hasta que decidió irse a la cama.
En sueños, no podía dejar de escuchar la voz de su padre diciendo: «Estaré de vuelta el lunes». Hasta que otra voz la acabó despertando.
—Lorel, Lorel, despierta. Tenemos que irnos.
Elena, la asistenta que gestionaba las finanzas de la familia de su padre, la incorporó y le sacó ropa negra del armario. Lorel no comprendía nada, la mujer se movía demasiado deprisa.
—¿Qué pasa? —preguntó medio dormida.
La asistenta la miró a los ojos y rompió a llorar, intentando explicarle cómo las autoridades habían encontrado al conductor y a su padre sin vida. Los detalles del accidente de tráfico y el resultado de la autopsia no los podía asimilar, por lo que abrazó a Elena para que parase de soltar palabras que la apuñalaban una a una.
Después de la misa, el camino hacia el cementerio se hacía asfixiante debido al calor atraído por la ropa negra. Lorel pensaba que estaba viviendo en un infierno, sintiendo el sudor de su frente caer a chorros y sus manos temblorosas. Por más que familiares y amigos le daban el pésame, lo único que oía en su cabeza era ruido.
Al llegar a casa, se encerró en su habitación, se quitó la ropa empapada y se tumbó en la cama con los ojos y la garganta doloridos.
Los días abrasadores de verano pasaron y su madre intentaba retomar su vida laboral en el hospital. Lorel no tenía la misma energía que ella; se sentía perdida.
Mientras dormía, lo único que le venía a la cabeza era la voz de su padre:
—Un día tenía que seguir con un cuadro al óleo para una exposición grupal y empecé a buscar el tiento para hacer unos detalles. Lo busqué por toda la casa, pero no lo encontraba. Después de estar toda la mañana sin él, fui al colegio a recogerte. Y saliste todo feliz diciendo: «Hoy hemos tocado el tambor en clase de Música». Abriste la mochila y sacaste el tiento que estaba buscando.
—¿Te alarmaste al verlo? ¿Lo había roto?
—Qué va, me puse a decir: «¡Lorel, eso…! ¡Eso no es para tocar el tambor!» Y tú me mirabas confundida: «Pero si…». «Esto lo usa papá para apoyar la mano y hacer detalles en los cuadros. ¿Lo entiendes ahora?». Me miraste con una cara… ¡Qué poema!, así, de morros, sin entenderlo.
La voz de su padre se quedó grabada en ella, volviendo a la realidad en la que nunca más volvería a escucharla.
Ana sentía un gran dolor al ver la cara triste de su hija y el estudio de su marido lleno de obras sin vender; no sabía cómo Lorel iba a seguir estudiando Bellas Artes sin su mayor inspiración. Ella estaba acostumbrada a ver tantas muertes y nacimientos en el hospital que el duelo lo había asumido de una forma natural.
Elena, la asistenta de su padre, pasó a ser un pilar fundamental en la vida de Lorel. Tenía muchos documentos que arreglar para dejar parte de la gestión de las obras de la familia en manos de su heredera. Lorel la trataba como una hermana mayor y no podía dejar que se derrumbara teniendo la responsabilidad de mantener el apellido Mansot en el mundo del arte.
Una mañana, Lorel abrió la puerta de su tenebrosa habitación y bajó las escaleras al escuchar ruido proveniente del estudio. Se asomó y vio a su madre y a Elena guardando unos cuadros en unas cajas de madera con un equipo de trabajadores.
—¿Qué hacéis? —Se tocó la frente como si tuviera dolor de cabeza al ver a tanta gente.
—Estamos ordenando para que las obras no cojan polvo.
—Están bien ahí.
—Lorel —Elena intentó calmarla—. Se pueden romper.
—Cariño, solo las estamos guardando en unas cajas.
La chica leyó la espalda de la camiseta de uno de los trabajadores, en la que ponía «Mudanzas». Ella no quería marcharse de allí ni por encima de su cadáver. Su angustia hizo que empezara a sacar cosas de las cajas hasta que Elena se la llevó.
—¡Te he dicho que lo dejes! —Lorel estalló y se derrumbó en lágrimas.
Al ver su situación inestable, Elena contrató a un psicólogo, compañero de su madre, para que hablara con Lorel y así poder dar luz a su futuro, antes de que se mudara a un piso que había heredado en el centro de Madrid con su madre.
—Cariño, ya sé que he estado un poco ausente en casa y sé que estás enfadada conmigo y que no entiendes mi forma de ser, pero no puedes dejar que la tristeza te domine. Tienes que seguir adelante… por él.
Lorel aceptó su abrazo preocupada; no podía tomarse la sopa de verduras, se le hacía un nudo en el estómago, sintiendo el gran vacío que le había dejado su padre.
—Lo sé, pero a veces es difícil. —Su hija se limpió las lágrimas.
—Papá estaba muy orgulloso de ti, Lorel; siempre estará contigo, siempre. Desde el cielo te estará observando y dando ánimos. No lo olvides.
—Sí.
Su madre le dio un beso en la mejilla para consolarla.
—Me han ofrecido colaborar en una investigación en el hospital universitario de Estocolmo. Quiero aportar mis resultados en varias operaciones, pero primero quería consultarlo contigo.
Su hija pensó en lo mucho que su madre deseaba coger esa oportunidad fuera de España.
—Ve. Seguro que lo harás muy bien —admitió sonriendo para tranquilizarla.
—¿De verdad? Será poco tiempo, no te preocupes. Además, he pedido que este curso te vayas de Erasmus a París. Ya hablé con tus profesores y me dijeron que te vendría bien.
Lorel dejó caer la cuchara en el plato, salpicando la bandeja.
—Pero…
—Es una oportunidad perfecta para ti, Lorel, sobre todo si vas a dedicarte al mundo del arte. Así podrás conocer a gente nueva.
—Pero… ¿Cuándo?
—Este curso, en la Escuela de Artes de París. Elena me comentó que René Rouge tiene un piso para alquilar a estudiantes, así que no hay problema de alojamiento. Seguro que lo pasarás genial y así las dos nos contaremos nuestros avances.
—Voy a tener que refrescar mi francés —añadió Lorel, sonriendo.