Un compromiso con el arte 1. Una niña de renombre #2
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1. Una niña de renombre #2

Se asomó al balcón y barrió con la mirada el jardín con la respiración alterada. Apretó los labios y se quedó en silencio hasta que escuchó algo metálico caerse al suelo. Asustada, se agachó agarrando los barrotes del balcón delante de su cara, aguantando la respiración, hasta que se giró al escuchar pasos por el lado contrario al que estaba mirando. Terminó cazando la sombra de un hombre encapuchado que se movió rápido sin poder verlo mejor. Su instinto por perseguirlo se vio interrumpido por la voz de su padre.

—¿Lorel?

—Voy. —gritó.

Bajó corriendo y entró al estudio lleno de cuadros apilados en el suelo, piezas de cerámica, esculturas, dibujos enrollados y, en las paredes, retratos de familiares y obras abstractas. También había un sofá rojo manchado de pintura donde su padre se había dejado el cinturón. Lorel se quedó mirándolo mientras se le formaba un nudo en la garganta.

—Creo que he visto a un señor en el jardín —murmuró.

—No te preocupes, será el modelo. —Le cortó Enzo.

Ella se puso delante del cuadro y dos focos de luz. Era un retrato encargado por una familia de clase alta que admiraba el trabajo de Enzo.

—¿Te queda mucho? —comentó observando las telas hiperrealistas de los retratados todavía sin terminar.

Su padre se giró, cerrando el grifo del fregadero.

—No, no, en un par de días yo creo que estará listo. —explicó secándose las manos.

—Tienes tu cinturón en el sofá. —Lorel lo señaló con el dedo.

—Sí, es que me apretaba. —Su padre carraspeó la garganta, incómodo—¿Quieres cenar?

Enzo salió del estudio como si no hubiera pasado nada, dejando a Lorel pensando sin quitarle el ojo de encima.

—Hago una tortilla francesa, con dos huevos. —Sugirió desde la cocina.

—¿Y mamá? Casi nunca está en casa y cuando está, siempre está cansada.

La adolescente se sentó desanimada en una silla.

—No digas eso, Lorel. Tu madre trabaja mucho para que las personas que están enfermas se recuperen y puedan disfrutar de la vida. Tú podrías ser como ella, una excelente cirujana en el Hospital Dolores Aleu. —recalcó el final.

—Yo no quiero abrir cuerpos, papá. Yo quiero pintar como tú —contestó.

Él la miró, exhausto ante su cabezonería, y suspiró.

—¿Podemos ver una película esta noche, porfa?

—No, mañana tienes clase, Lorel.

—Solo un poquito —le rogó con las manos juntas y poniendo cara de pena.

—Bueno, está bien. Pero solo hasta las diez y media, que luego no te duermes.

—Vale, vale, lo que tú digas.

Sus padres comenzaron a hablar del futuro de su hija antes de que terminara el instituto y tuviera que elegir una carrera universitaria. Su madre quería que siguiera sus pasos en medicina. Al fin y al cabo, la niña era excelente en asignaturas como Biología o Química. Su padre lo entendía y hacía todo lo posible para desviar cualquier conversación del arte hacia la medicina.

Una mañana en la que Lorel no estaba en casa.

—¿A que no sabes lo que me ha dicho tu hija cuando la llevaba a casa de Lucía? —preguntó Ana cerrando la puerta de casa.

—¿El qué? —Enzo se limpiaba las manos de pintura en el estudio.

—Que está pensando en ser como tú. Pintar cuadros y venderlos por el mundo.

—Habrá visto otro documental, no le des más importancia.

—Sí, sí que le doy importancia, Enzo. Ella no deja de pensar en ser artista como tú y en estudiar Bellas Artes. Vivir del arte. —pronunció con voz grave— Si no tuviera tu apellido, verás qué rápido se le quitaban las ganas.

—Podemos mandarla a un internado en el extranjero —sugirió Enzo.

—No, ni se te ocurra. Ya la veo poco, como para que esté en otro país.

—Yo siempre la animo diciéndole que es muy buena en Química y que debería aprovechar su potencial. No sé qué más hacer. ¿Que no pase más al estudio lleno de cuadros, por ejemplo? ¿Crees que así cambiará de opinión?

—Es una buena idea. Así se centrará más en sus exámenes de acceso a la universidad.

Cuando Lorel volvió a casa por la tarde, se dirigió hacia el estudio, pero la puerta estaba cerrada. Extrañada, salió al patio y se asomó por una ventana desde donde lo veía pintar.

—¿Por qué tienes el cerrojo echado? —sospechó con la vista clavada en la puerta que había intentado abrir antes.

—Cariño, mira, en unas semanas estarás liada con los exámenes finales. Tienes que estudiar mucho y yo también necesito terminar unos cuadros. Los dos tenemos cosas pendientes que hacer y concentrarnos al máximo.

Su hija no lo reconocía diciendo esas palabras. Le gustaba compartir su espacio de trabajo con ella y siempre le pedía ayuda. Furiosa, se alejó de la ventana y subió pisando fuerte las escaleras, que retumbaron en el techo del estudio.

—Es por tu bien y el mío —susurró Enzo limpiando el pincel pensando en el modelo.

Aquella noche había espinacas para cenar. Lorel las miraba con asco colgadas del tenedor.

—¿Y esa cara? —preguntó su madre.

—¿Qué pasa si no saco la nota de corte para Medicina?

—Bueno, primero lo tienes que intentar, seguro que llegas. —Su madre le sirvió el pescado al ajillo en el plato.

—¿Y si no?

—Hay otras opciones, como Enfermería o Bioquímica.

—¿Y si suspendo?

Sus padres pararon de comer.

—Si suspendes, te vas al pueblo con el tío. ¡A su bodega y durante la vendimia, a recoger uvas bajo el sol desde las cinco de la mañana! —saltó su padre para que dejara de hablar.

—Pues, ¡vale! —respondió Lorel metiéndose espinacas en la boca.

—¿Qué? —Ana miró a su marido—. ¡No irás a ningún sitio! ¡Sacarás un 10 y harás Medicina! No se hable más.

—Porque tú lo digas, ¿no? —Lorel se levantó de la mesa y se quedó al lado de la puerta donde pudo escuchar el resto de la conversación.

—Tenía que haberle dicho lo del internado, en vez del pueblo; sonaba peor.

—Déjalo, no ayudes.

—Cariño, hago lo que puedo.

—Pues tienes que hacer más. Tu hija va a empezar una carrera universitaria y es importante.

—Vale, sí, es muy importante, pero ¿dónde estás tú para que te cuente cómo le ha ido en el instituto? ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo con ella?

—¿Y yo? ¿Cuándo fue la última vez que fuimos a cenar juntos? Ya no te reconozco. —Tomó un sorbo de Sauvignon para calmarse.

—Lo siento, creo que… estoy cambiando.

Al terminar los exámenes de acceso, Lorel no sacó la nota que tanto esperaba su madre para acceder a Medicina. Dicho esto, su padre la llevó a Ribadavia, Ourense.

—Estarás aquí todo el verano ayudando al tío Ánxel en lo que haga falta. Por las tardes estudiarás para sacar la nota que necesitas y si te quedase tiempo libre, algo que dudo mucho, ahí te he dejado unos lienzos que no necesito. Si realmente quieres acceder a la Facultad de Bellas Artes, tendrás que demostrarlo.

Lorel se vio aislada en la casa bodega entre viñedos con unas vistas preciosas cerca del río. No sabía qué hacer lejos de casa, se sentía abandonada hasta que se dio cuenta de la oportunidad que tenía de pintar sin el control de nadie.

Al alba, con un capazo en el suelo, guantes y unas tijeras de poda, fue echando racimo a racimo hasta que el calor la detuvo. Su tío Ánxel, que no hablaba mucho y tenía dos galgos de compañía, se la llevó de vuelta sin verle ningún sentido a la decisión de sus padres. La conversación no sería muy buena, pero por lo menos la comida que preparaba sí que lo era.

—Gracias por el pulpo con papas —sonrió Lorel.

—No hay de qué —le retiró el plato.

Lorel abrió y cerró los puños, sintiendo dolor en los dedos. No podía imaginar que la vendimia fuera tan dura; le dolía todo el cuerpo.

—¿Ya sabes qué vas a pintar? —preguntó su tío con un palillo entre los dientes.

—No. No lo sé. —Lorel acarició uno de los perros.

—Pinta a los galgos por lo menos y así pongo el cuadro en mi salón.

Lorel se quedó pensando, observando la servilleta de papel manchada de vino tinto, y su lado creativo se despertó. Empezó a usar el vino igual que la tinta china.

Los días se consumieron hasta que sus padres fueron a por ella. En una cochera que daba al patio estaban los cuadros apoyados en la pared, algunos envueltos en plástico.

—¿Y esto? —preguntó Enzo.

—Ah, esos están vendidos junto a una caja de albariño.

Su madre se quedó impresionada.

—¿Quién los ha comprado? ¿Tú? —bromeó Ana.

—No, no. Yo me iba a quedar con algunos de los galgos pintados, pero unos clientes vinieron a casa y les gustaron.

Lorel apareció con las maletas preparadas en la puerta. Su aspecto era más relajado, lista para afrontar su destino. Alcanzó la nota de acceso para Medicina, dejando a su madre satisfecha, dejando la elección en sus manos. Ana no quería sufrir más por una vida que no era ya suya.

—Cariño, decidas lo que decidas, hazlo bien y sé feliz. —La abrazó fuerte.

La hija se fijó en la mano de su madre y luego en la de su padre. No llevaban los anillos de casados.

Antes de que cerraran la matrícula, Lorel fue aceptada en la Facultad de Bellas Artes donde había estudiado su padre.

El primer día de universidad, observó la fachada del edificio antiguo de ventanas altas, columnas dóricas y una placa de metal con «Facultad de Bellas Artes de Madrid» grabado en ella. Su estómago se encogió.

Entró y reconoció varias caras que había visto en inauguraciones de exposiciones, ferias de artes, bares y cafés. Pensaba que estaría sola, pero en menos de quince minutos ya estaba hablando con un grupo de compañeros cercanos a su círculo social. Durante el discurso de bienvenida, Lorel contemplaba a cada profesor sabiendo que habían estado en las exposiciones de su padre; su garganta se tensó al sentir presión por dar la talla.

Las clases comenzaron y la joven artista ya tenía buenas habilidades para dibujar y pintar figuras realistas sin ningún problema. Los bodegones y dibujos de modelos al natural los realizaba rápido. Los profesores, al saber de dónde venía, eran más exigentes y ella, al recibir sus duras valoraciones, empezó a perder interés por los estilos realistas, llegando a odiarlos. Así que, cuando acabó el primer año, decidió experimentar, adentrándose en las vanguardias y las manchas abstractas.