Un compromiso con el arte
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1. Una niña de renombre
Las ventanas del Colegio Isabel Quintanilla en Pozuelo de Alarcón, Madrid, estaban abiertas. El aire de la primavera era agradable y los pequeños artistas que estaban sentados alrededor de mesas redondas, no paraban de mover los pinceles, chorreando pintura.
En medio de este bullicio se encontraba una niña con un babi muy peculiar. En el bolsillo delantero llevaba su nombre bordado de forma delicada por su madre y en la espalda unas letras pintadas a brochazos que decían «Gran artista». Por eso mismo las profesoras la identificaban rápidamente; sabían que esas letras las había hecho con su padre, un pintor de una familia de artistas muy reconocidos en la sociedad española.
—Seño, ya lo tengo. —La niña alzó la mano orgullosa de cómo le había quedado.
—¡Muy bien, Lorel! Toma, pinta este.
La maestra le dio otra ficha y se marchó sin escuchar el resoplido de la niña, cansada de pintar lo mismo una y otra vez.
Limpió el pincel, recordando cómo lo hacía su padre, mientras miraba la fotocopia con recelo y rellenó de color amarillo el interior de la silueta de una mochila.
—Mira, Lorel. —El amigo que estaba al lado mojó el dedo índice en el bote de pintura verde y empezó a pintar en el folio restregándolo con gusto.
—Yo también quiero. —La niña hizo lo mismo y se rio.
—Mira qué pegajoso. —Josef le manchó la mano.
—Toma, ahora tienes un lunar. —Lorel le tocó el moflete.
—Oye… —El niño se restregó la cara con más pintura.
—Mira, Josef, estoy llorando. —Ella se pintó dos líneas cayendo por debajo de los ojos.
—Yo quiero un bigote como mi papá.
—Pues yo me voy a teñir el pelo como mi mamá.
La profesora volvió al lugar, encontrándose a los dos niños con la mesa llena de pintura verde, los dibujos sin hacer, las manos chorreando y las caras irreconocibles.
—¡Hola! —exclamó Lorel al verla.
Los dos salieron de la clase en un temible silencio, acabando en el despacho de la directora.
La niña escuchó descolgar el teléfono.
—Hola, buenas tardes. Llamo del colegio; soy la directora. ¿Puede venir a recoger a su hija?
Enzo Mansot llegó al edificio en chándal, con restos de pintura seca en sus dedos y zapatos. Antes de entrar al despacho miró a los dos niños y resopló, levantando el mechón de pelo que le caía sobre la cara.
Lorel escuchó a la directora hablar con su padre sobre lo ocurrido y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Muchas gracias, tomaremos medidas en casa, no volverá a pasar. Buenas tardes.
Él la agarró del hombro saliendo con prisa de allí.
De camino al coche, el silencio la incomodaba.
—Papá, lo siento. Es que Josef ha empezado a…
—No, Lorel. Ya sabes perfectamente que en clase no se juega con la pintura.
La niña se cruzó de brazos cogiendo aire.
Su padre se agachó con las llaves del coche en las manos y la abrazó para subirla al vehículo. Se fijó en las manchas de pintura que tenía en la cara y sacó de su bolsillo un pañuelo blanco de tela.
—Suena —le pidió, limpiándole los mocos de la nariz que salían con pintura verde—.¿Sabes qué vamos a hacer? Mañana le llevaremos unas galletas a la profesora y le pedimos perdón; no te preocupes.
—Vale.
Su padre dobló el pañuelo suspirando.
—Mira, cuando lleguemos a casa puedes pintar con las manos todo lo que quieras, pero en clase, por favor. Hazle caso a la profesora. —Lorel asintió esbozando una sonrisa.
Su padre le puso el cinturón de seguridad y los dos sonrieron cómplices.
—Te voy a enseñar unos cuadros de Jackson Pollock que te van a gustar.
La niña fue aprendiendo historia del arte a medida que pasaban los cursos, teniendo como referente a su padre pintor, hasta llegar a la secundaria, la loca adolescencia.
Lorel y su amiga Lucía no paraban de bailar, pintarse las uñas y hablar del futuro de ser grandes artistas para ganar dinero y vivir juntas en una gran casa con piscina. Un día, delante de ellas se sentó un alumno nuevo: Jeremy, con su melena rubia, sonrisa radiante que no necesitaba brackets y una piel sin un solo grano; era atractivo en cada gesto que hacía. Lorel suspiraba sin quitarle el ojo de encima. Durante una presentación en la clase de Inglés, Jeremy explicó que acudía al conservatorio para aprender a tocar el oboe, le gustaba leer y hacer deporte; era perfecto. Toda la clase le aplaudía. Al terminar repartió invitaciones para su recital de fin de curso, en el que también participaba Lucía, tocando el violín.
Lorel cogió la invitación y se entusiasmó.
—Podrías hacerle un dibujo para el recital —sugirió Lucía dándole un codazo.
—¿Qué? ¡No! No sé qué le puede gustar —respondió Lorel sonrojada, guardando las cosas en la mochila.
—Tía, dibújale algo de música, seguro que le encanta.
Todos acudieron al recital de primavera del conservatorio. Lucía salió al escenario con su violín y saludó a Lorel con la mano; después apareció Jeremy, recibiendo una gran ovación por parte de sus amigos y familiares.
A la salida del auditorio, Lorel se acercó a él para darle el dibujo que le había dedicado con toda su emoción.
—Jeremy, esto es para ti; espero que te guste —susurró esperando nerviosa su reacción.
—¡Oh, vaya! Muchas gracias. —Miró el dibujo sin mucho interés—. Lo pondré en mi habitación.
Lorel sonrió y pensó en decir que le había gustado mucho cómo había tocado, pero el chico empezó a doblar el dibujo por la mitad y la mitad de la mitad, repasando sin piedad los pliegues con la uña para guardarlo en el bolsillo de la chaqueta.
Ella no pudo soportarlo y le arrebató el dibujo de las manos.
—¿Qué haces? No lo dobles.
—Pero si solo es un papel.
Decepcionada, huyó abriéndose paso entre los amigos de Jeremy, sintiendo cómo las ideas que se había creado en su cabeza se derrumbaban al mismo tiempo que alisaba los pliegues del dibujo. Una ráfaga de viento se lo quitó y lo arrastró hasta unas deportivas blancas con brillos plateados. Lucía, que estaba hablando con una profesora de Música, se agachó y lo recogió.
—Lorel. —Vio la cara de enfado—. No le hagas caso; es tonto. Debería tener más cuidado con las cosas que le regalan.
—Ya… —Suspiró—. Gracias por salvarlo.
—¿Quieres guardarlo en mi carpeta? —sugirió Lucía.
—Sí, será lo mejor —respondió desanimada—. Por cierto, me ha gustado mucho cómo has tocado el violín.
—Gracias. Eso lo dices porque eres mi amiga, ¿no?
—No, de verdad, me ha gustado mucho —insistió Lorel.
Un coche blanco Seat 1500, llamativo por su estructura antigua y alargada, se paró cerca de la acera. Lucía se alegró al verlo.
—¿Nos vamos a casa?
—¿En ese coche? —dudó Lorel, sorprendida al verlo.
—Sí, es que mi tía tiene varios coches que alquila para eventos y películas. ¿No lo sabías?
—No —respondió asombrada.
—Hola, chicas.
Una mujer con pulseras doradas y uñas largas pintadas de rojo, abrió el maletero para meter las cosas de su sobrina.
—¿Qué tal está tu padre?—preguntó mascando chicle, pero la niña no respondió.
—Es chulo, ¿eh?
—¿Funciona bien? —preguntó Lorel, inspeccionando con la mirada el interior del vehículo.
—Que si funciona bien —la tía comentó y se rio.
—¡Claro! Hasta va la radio. Pon música —Lucía dio una palmada al aire.
Su tía encendió la radio y tras divagar entre las distintas emisoras, una canción de Aretha Franklin animó a las dos chicas que, empezaron a bailar y aplaudir.
En casa, Enzo Mansot dejó el pincel en la mesa junto a la paleta llena de colores mezclados para sacar diferentes tonos de piel para un cuadro que le habían encargado.
—Ha estado bien por hoy. —Enzo movió los dedos de las manos mientras se limpiaba con un trapo.
—¿Puedo verlo? —El modelo que había contratado para pintar mejor la anatomía de los cuerpos se asomó por detrás del lienzo.
—Claro, todavía le queda bastante.
—Umm, ya me va gustando más. —comentó sobre el cuadro mientras se cubría los abdominales con la chaqueta de chándal.
El pintor movió los hombros y se tocó el cuello con la mano, algo molesto.
—Creo que necesitas un masaje. —le susurró el modelo pasando la mano por detrás de la espalda de Enzo.
—Lo que necesito es terminar este cuadro cuanto antes. —Echó la cabeza hacia atrás.
—No puedes. —El modelo se pegó más al pintor, susurrándole al oído, rozándole con los labios.
—¿Por? —Enzo se giró esbozando una sonrisa.
—Si no, no podrás verme más. —deslizó la mano por el cuello del pintor acercándose a él.
—Mmm qué pena... —pronunció despacio, robándole un beso al modelo.
Sus labios no se despegaron del modelo mientras el pintor se quitaba la camisa. Los dos se dejaron caer en el sofá con la respiración acelerada.
—Espera. —Enzo lo agarró de las muñecas antes de que le quitase el cinturón y observó su reloj de muñeca.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—No mucho.
El modelo alzó una ceja y tiró del cinturón, besando al pintor con un apetito desmedido.
Minutos después, Lorel se bajó del vehículo y se despidió de Lucía.
—¡Lorel, espera! Te has olvidado el dibujo —gritó por la ventanilla.
—Para ti. Quédatelo —respondió con una sonrisa.
—¿En serio?
—Sí, te lo regalo. Nos vemos en clase.
Lucía cogió el papel arrugado y miró el dibujo que había hecho su amiga. Un corazón anatómico del cual salían notas musicales. Ella sí que merecía su regalo.
—¡Lo pondré en mi habitación! —gritó Lucía mientras el coche se alejaba.
Lorel se despidió de ella, entrando en una casa de techos altos y un asombroso jardín frontal como todas las del vecindario, lleno de edificios grandiosos, blancos, con cristales y diseños únicos.
—¡Ya estoy en casa!— Dejó la mochila a los pies de la escalera y colgó la chaqueta vaquera.
Al ver que nadie respondía, se asomó por la ranura de la puerta del estudio sigilosamente. Su padre estaba nervioso, abrochándose la camisa y peinándose el pelo. Se alejó asustada, cogió la mochila y subió a su habitación a toda prisa.