Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

B az y yo nos apartamos mientras la policía tomaba fotos y recogía pruebas. Baz no dejaba de mirarme con cara rara.

—¿Por qué me miras así? Estoy bien —le dije.

—Ya lo sé. La has derribado con treinta y cinco kilos de queso como si nada —respondió.

—Treinta y seis. Ya había cargado con ese peso antes, aunque no de esa manera. El mérito es de la adrenalina.

—Aun así, estoy impresionado, Wil. Tenías razón: no eres una damisela en apuros.

—Gracias. No obstante, agradezco que Heath y tú llegarais en el momento oportuno.

El detective Heath había esposado a Vivian y la habían trasladado al hospital bajo vigilancia policial.

Tal vez sufriera una conmoción cerebral, aunque parecía estar consciente cuando se la llevaron.

Yo ya había prestado declaración ante Heath y unos cuantos agentes estaban terminando de recoger el cuchillo y la Rueda de Cheddar Monstruosa como pruebas.

No debí entristecerme tanto al ver que se la llevaban, ya que, al fin yal cabo, podría haber sido yo quien saliera de allí metida en una bolsa.

Heath se acercó y me llevó a un lado.

—¿Cómo se encuentra, Willa?

—Creo que bien.

—Tardará un tiempo en procesar todas sus emociones. Concédase un par de días libres al menos.

—No puedo. Tengo una tienda que atender. Por favor, no me diga que va a precintar la tienda. El negocio no sobreviviría a algo así.

—No, esta noche dejaremos de molestar. Vivian comenzó a confesar en la ambulancia e intentó justificar sus acciones.

—¿Cómo supo usted que debía venir? ¿Lo llamó Baz?

—Vine a hablar con usted, pero vi que Baz venía corriendo hacia la puerta principal.

—He tenido suerte entonces.

—Bueno, parecía tenerlo todo bastante controlado. Me gustaría que mañana, cuando se sienta con fuerzas, viniera a la comisaría para volver a prestar declaración. Pregunte por mí.

—De acuerdo.

Empezó a darse la vuelta, pero cambió de opinión y pareció observarme.

—Me alegro de que esté bien.

—Gracias. —Abrí la boca para decir algo más, para disculparme por el comentario sobre su esposa— su difunta esposa, —cuando oí que un coro de voces gritaba mi nombre.

Eran Archie, la señora Schultz y Roman, que intentaban esquivar al policía de la puerta principal. Corrí hacia ellos e intercambiamos abrazos.

—Roman nos dijo que vio a la policía y una ambulancia enfrente. ¿Estás bien? —La señora Schultz estaba bajo la lluvia, junto a los demás, sin preocuparse lo más mínimo de que se le mojara el pelo.

—Estoy bien —les dije. Baz vino a la puerta y se colocó a mi lado—. Estamos bien. —Hablé por los dos.

—Se acabó —dijo Baz—. Willa la noqueó como una campeona.

—¿A quién? —preguntó Archie.

—Vais a tener que sentaros para oír esto —expliqué.