Epílogo
EPÍLOGO
E l mercado semanal de productores de Yarrow Glen comenzaba el fin de semana del Día de los Caídos. Entre las flores silvestres que bordeaban tres de los cuatro lados del parque, abundaba la milenrama que daba nombre al pueblo, de colores blanco, amarillo y rosa.
Por fin conseguí un puesto, situado junto a la bonita exposición de esculturas en madera de Baz. Habían colocado un micrófono y unos altavoces para la música en directo, pero antes anunciarían los ganadores de los premios Calidad Sonoma.
Incapaz de quedarme quieta, me puse a pasear por delante de nuestras mesas.
Solo habíamos tenido dos meses para causar buena impresión, por lo que era bastante improbable que no nos hubieran votado suficientes personas para «El mejor…
» lo que fuera. Esta vez no había interiorizado ninguno de los sabios consejos de mis padres, en especial el de «El buen trabajo es la recompensa».
No podía evitarlo: quería ganar en alguna de las categorías, y no solo para hacer más negocio.
Como era la gente quien votaba en esos premios, una victoria significaría que me habían acogido en la comunidad.
La señora Schultz percibió mi impaciencia.
—¿Hacemos nuestros ejercicios de respiración, Willa?
El chillido agudo del micrófono me salvó de tener que emitir ruidos vergonzosos de alce en celo. El discurso de apertura de la alcaldesa sonó en todo el parque. Creo que contuve la respiración hasta que llegó a los anuncios de los premios.
Para mi absoluta sorpresa, ¿Qué Sería? ganó el premio Calidad Sonoma al mejor negocio nuevo.
Archie, la señora Schultz y yo nos abrazamos, saltamos y gritamos de alegría, como si acabaran de anunciar nuestro número en la lotería.
Me arrancaron de sus brazos para que fuera a recoger el certificado del premio.
Tuve la tentación de agarrar el micrófono para dar un discurso de agradecimiento tipo Sally Field en los Oscar: «Os gusto. Os gusto de verdad».
En lugar de eso, me limité a dar las gracias, estreché la mano de la alcaldesa y le llevé el diploma a mi equipo. Roman estaba allí para felicitarme.
La noche en que todo acabó, Roman me explicó su relación empresarial con Guy.
Me contó que Guy le prestó el dinero para renovar su sala de catas a cambio de un porcentaje de los ingresos durante los diez años siguientes.
Habían firmado un acuerdo por escrito y eso fue lo que Roman le dijo al detective Heath cuando le interrogó.
La policía solicitó las cuentas para asegurarse de que todo estaba en orden y de que les había dicho la verdad.
Roman no nos lo había contado, ni a mí ni a nadie, debido a la mala reputación de Guy, ya que ninguno de los dos quería que su relación comercial perjudicara a la destilería de hidromiel.
Ambos nos disculpamos: él por mentir y yo por sospechar de él.
Con la misma rapidez, todo quedó perdonado.
Cuando terminaron con los premios Calidad Sonoma, Baz dijo que él también tenía algo especial que anunciar.
Se metió debajo de la mesa, rebuscó en una caja y sacó algo que escondió detrás de la espalda.
De manera muy teatral mostró una tabla de quesos que había tallado con mi nombre y las palabras N UESTRA QUESERA FAVORITA grabados.
—Baz. —Tuve que contenerme para no echarme a llorar.
—Es de parte de los tres —dijo—, por si no ganabas ningún premio Calidad Sonoma.
—¡Basil! —le reprendió la señora Schultz—. No teníamos duda de que la tienda de Willa ganaría —dijo mirándome.
—Bueno… —rebatió Archie.
—En cualquier caso, solo queríamos demostrarte lo que sentimos por ti —añadió la señora Schultz con los ojos un poco llorosos.
Archie y Baz asintieron. Me emocioné.
—Yo también debería haberos regalado algo. No habría superado estos dos últimos meses sin vosotros. Tampoco sin ti, Roman. —Pasé la mano por la tabla de quesos de nogal—. Esto es mejor que cualquier premio que me pueda dar el pueblo.
—Tampoco te pases —dijo Baz.
—Vale, puede que no, pero me encanta. Muchísimas gracias, chicos.
Nos dimos un abrazo grupal y le hice un gesto a Roman para que se uniera.
No me creía que todo hubiera salido tan bien.
Me habían aceptado en esa pequeña y bien avenida comunidad, y había hecho cuatro amigos increíbles que me apoyaban en las duras y en las maduras.
Quizá siempre tuve razón: el queso es capaz de resolver la mayoría de los problemas de la vida. O, al menos, un asesinato.