Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo treinta y cinco
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Capítulo treinta y cinco

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

S olté el teléfono como me había ordenado sin apartar la vista del cuchillo.

—¿Cómo has entrado aquí?

—La puerta principal estaba abierta. Me lo has puesto fácil.

Había olvidado cerrar con llave después de que Archie y Baz volvieran del apartamento de Hope.

Estaba tan absorta en mis pensamientos que ni siquiera la había oído entrar.

La puerta principal parecía lejanísima. Estaba más cerca la puerta batiente del almacén, pero Vivian podría interceptarme con facilidad.

Iba a tener que entretenerla hasta que Baz volviera.

—Vivian, ¿qué estás haciendo?

—Creo que lo sabes. Intuí que tú y la señora Schultz estabais atando cabos cuando aparecisteis en la panadería, y al ver salir a Archie y Baz del apartamento de Hope, supe que lo averiguaríais todo. ¿Recordaba Baz haber encontrado el diario?

Quise tomarme tiempo para calibrar mi respuesta, pero estaba demasiado nerviosa para mentir.

—Sí, dijo que te lo entregó hace unos meses. ¿Lo utilizaste para chantajear a Guy?

—Muy astuta, Willa. —Se apartó el flequillo húmedo con el dorso de una mano y volvió a agarrar con ambas el cuchillo que apuntaba en mi dirección. Tenía que conseguir que siguiera hablando.

—¿Y Hope lo ha sabido durante todo este tiempo? —Miré por detrás de ella, hacia la puerta principal, para ver si había alguien más—. ¿Ella también está metida en esto?

—No. Ella no tiene nada que ver. Tendría que haberme deshecho del diario después de matar a Guy, pero era de mi hermana y no pude desprenderme de él.

—Entonces, ¿cómo lo encontró Hope y pensó que tú no lo habías visto? No tiene sentido.

—¿Me estás llamando mentirosa?

—No —contesté deprisa—. Pero me acabas de decir que Hope no tiene nada que ver con todo esto. Solo quiero saber cómo lo encontró.

Solo quiero que sigas hablando.

En un primer momento, Vivian no dijo nada, pero después cambió de opinión.

—Le enseñé el diario a Guy para demostrarle que lo sabía todo y él registró mi casa para buscarlo y destruirlo.

Fue una suerte que no estuviera allí, se me había olvidado sacarlo del bolso.

Así que lo puse a buen recaudo en un lugar donde él nunca miraría: el entresuelo de la panadería.

Pero Jasmine, nuestra nueva empleada, confundió ese espacio con la despensa, lo encontró de casualidad y se lo dio a Hope.

—¿Y por qué no dejaste que todo el mundo se enterara de que él era su padre? Podrías haberle hecho pagar por la manutención de todos estos años.

—Su familia es experta en juicios. Además, quería respetar el deseo de mi hermana de que Hope no supiera nada sobre el irresponsable de su padre. Intenté hacer lo correcto.

—Entonces, ¿por qué lo chantajeaste? ¿Y si hubiera decidido contárselo a su mujer sin más?

—Quien le preocupaba no era su mujer, sino Birdie.

Pero ella rompió con él y entonces Guy anunció que dejaría de pagarme.

Me dijo que lo contara todo si quería, porque él tenía más cosas sobre mí que yo sobre él: llevaba seis meses haciéndome unos pagos de los que Hope no tenía ni idea.

Hizo honor a su mala fama y le dio la vuelta a la tortilla.

Pensé que era pura palabrería hasta que aquella noche amenazó con contarle a todo el mundo que yo lo había chantajeado.

—¿Por qué no se lo contaste a Hope en ese momento? Podrías haberle explicado que había muy pocas probabilidades de ganar a los abogados de Guy. Hope habría entendido que lo hiciste por ella.

Vivian soltó una de sus risas cansadas.

—¿Crees que lo hice por ella? Llevo ocupándome de la panadería desde que mi hermana enfermó.

Mantuve la promesa que le hice y seguí con el negocio; siempre ha sabido que Hope se convertiría en la propietaria cuando cumpliera veintiún años, pero pensé que ella no querría quedárselo cuando se diera cuenta de lo complicado que es dirigirlo.

Decidí ocultarle los aspectos legales hasta que estuviera preparada para marcharse y cederme la tienda.

Pero luego dijo que la quería e incluso llevó los papeles de su madre a un abogado.

Cuando Hope se dio cuenta de que se convertiría en la propietaria de la panadería al cumplir veintiún años, todo cambió.

Intentó dirigir el cotarro ella sola. ¿Y qué pasaba conmigo?

Las únicas opciones que me quedaban eran trabajar para mi sobrina o largarme con las manos vacías y dejar que Hope llevara la panadería a la ruina.

Ninguna de las dos opciones me gustaba. Si voy a marcharme, merezco algo a cambio de mi esfuerzo.

—¿Y qué pasa con Hope? El dinero que le quitaste a Guy era legítimamente suyo.

—Ella tiene la panadería de su madre. De todos modos, no iba a tener nada más.

Baz, ¿dónde estás?

Tenía que hacer que siguiera hablando.

—¿Y Derrick? ¿Por qué lo mataste?

—Por tu culpa. Ayer por la mañana Jasmine me dijo que había encontrado el diario la noche anterior, cuando ella y Hope cerraban la panadería, y entonces caí en la cuenta de por qué había huido mi sobrina.

Necesitaba encontrarla antes de que le contara a alguien lo que ponía en el diario.

Cuando me enviaste el mensaje donde me decías que ibas a buscar a Archie a La Parrilla del Damasco, yo también fui.

Sabía que si Baz se enteraba de lo del diario, ataría cabos y se daría cuenta de que yo conocía esa información desde hacía meses.

Pero oí algo mucho peor cuando Derrick hablaba con vosotros dos: dijo que me vio en el coche con Guy la noche que lo mataron y que iba a contárselo a la policía.

—No te vio a ti, vio a Birdie.

—¿Qué dices? Os oí decirlo. ¿Por qué me mientes ahora, Willa?

—No te estoy mintiendo. Birdie confesó haber estado con Guy en el coche esa noche. Derrick iba a contarle a la policía que vio a Birdie. Incluso la llamó para que se lo explicara a la policía ella misma.

La implacable calma exterior de Vivian se transformó en confusión. Sacudió la cabeza como para negar lo que yo estaba diciendo.

—No tenías por qué matarlo. No tenías por qué matar a ninguno de los dos —dije. Si creía que así se arrepentiría, estaba muy equivocada.

Vivian salió de su desconcierto. Me miró fijamente, con los ojos entrecerrados por la ira.

—Tienes razón. No tenía por qué matar a Guy.

Pero me sentí muy bien al vengar a mi hermana.

¿Sabes por qué murió ella? Porque no tuvo tiempo de ir al médico.

Llevaba meses sintiéndose mal, pero no quiso quitarle un minuto a la panadería para ver qué pasaba.

Si él le hubiera pagado la manutención de su hija durante todos esos años, mi hermana no habría tenido que trabajar tanto.

Habría tenido asistencia sanitaria y le habrían detectado el cáncer lo bastante pronto como para curarlo.

Yo no tendría que haber renunciado a mi vida para salvar sus ahorros y los ahorros de mis padres.

No he vivido mi vida, he vivido la vida de mi hermana. Nunca elegí esto.

»Pensé que el padre de Hope la había dejado y que mi hermana había tenido que apañárselas sola, pero no fue así.

Por muy asustada o avergonzada que se sintiera, tendría que habérmelo contado.

En vez de eso, prefirió llevárselo a la tumba y dejar que yo cargara con su responsabilidad.

Por eso, cuando me enteré por fin de todo, tomé las riendas del asunto.

Quiero a Hope, pero estoy harta de trabajar doce horas al día por una niña que no aprecia nada de lo que hago.

He cumplido con los deseos de mi hermana, me ocupé de su hija, no le dije que Guy era su padre cuando me enteré de ello y voy a entregarle una panadería que va viento en popa.

Me he pasado los mejores años de mi vida cumpliendo con mi deber y ahora merezco una pequeña recompensa.

No es suficiente para comprar una casita en la playa y jubilarme, pero podré descansar los fines de semana, tener una cita si me apetece o ir a hacerme la manicura, cosas que nunca he podido hacer porque estaba sumergida en su vida.

Ahora puedo largarme de aquí y decidir, por fin, cómo quiero vivir la mía.

Vivian no iba a cambiar de opinión. ¿Dónde estaba la Vivian que conocí, con su gran sentido del humor, que bromeaba con Roman y se preocupaba tanto por mis pedidos? Tenía que estar en alguna parte.

—Vivian, sé que no quieres hacerme esto. Hemos llegado a ser amigas.

—Tienes razón. Yo no quería que fuera así.

—Dejé que un rayo de esperanza penetrara en mi cuerpo cargado de adrenalina—.

Si tú y Baz os hubierais caído del porche como planeé, esto ya se habría acabado —dijo—.

Pero ahora lo sabe más gente, ¿no? Involucraste también a Archie y a la señora Schultz en todo esto.

Me recorrió un escalofrío. ¿También iría a por mis amigos?

—Ellos no saben nada, te lo juro. ¿Vas a seguir matando gente para borrar tu rastro? ¿Cuándo acabará esto, Vivian?

—No te preocupes por mí. ¿Recuerdas mi lema? «Los problemas, de uno en uno». O, en este caso, las muertes.

Avanzó hacia mí y sus zapatos húmedos chirriaron contra el suelo de madera.

Me hice a un lado para que la isla de la cocina se interpusiera entre nosotras mientras emprendíamos una especie de danza macabra.

Dejó a un lado la prudencia y vino hacia mí con el cuchillo en la mano, que cada segundo parecía más grande.

Viré a la izquierda y ella hizo lo propio, así que me desvié a la derecha.

Avanzábamos y retrocedíamos como imágenes especulares, con una insignificante isla de cocina como único obstáculo entre su cuchillo y mi cuerpo.

Sonó el interfono de la puerta de atrás. ¡Baz! Pero yo estaba en el lado más alejado de la isla y no podía echar a correr hacia la puerta del almacén.

—¡Baz! ¡Socorro! —grité, aunque sabía que no me oiría.

Eso bastó para sacar a Vivian de su calmada intimidación.

Se abalanzó sobre mí. Salí disparada hacia la parte delantera de la tienda, pero Vivian casi me pisaba los talones.

Se le salió un zapato mojado, lo cual bastó para proporcionarme unos cuantos pasos de ventaja hacia la puerta principal.

Oí sus pisadas a poca distancia de mí. Lo único que tenía que hacer para atraparme era arremeter con aquel enorme cuchillo.

Llegué a la caja con la sensación de tener a Vivian prácticamente encima.

Jamás llegaría a la puerta. Agarré con ambas manos la Rueda de Cheddar Monstruosa, me di la vuelta y la golpeé con ella en un lado de la cabeza.

Vivian se desplomó en el suelo. El cuchillo salió volando de su mano.

Ella intentó levantarse, pero la cabeza se le volvió a caer.

En ese momento, Baz y el detective Heath entraron corriendo a la vez por la puerta principal y me vieron con la Rueda de Cheddar Monstruosa aún en las manos junto a una Vivian tumbada bocabajo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Heath mientras se acercaba con la mano en la funda de la pistola.

—¿Cómo has…? —empezó a decir Baz.

Respirando con dificultad y tras cerciorarme de que Vivian no se movía, bajé la rueda de queso.

—Con treinta y seis kilos de cheddar curado.