Capítulo treinta y tres
CAPÍTULO TREINTA Y TRES
S oñé que participaba en un concurso en el que estaba rodeada de espectadores. El presentador, un tipo corpulento con carillas dentales blancas, grandes y llamativas, dijo:
—La pregunta es… ¿quién asesinó al crítico de la revista? Todos los ojos me miraron.
—Ehhh… ¿Hope? —respondí.
Meeeec. Sonó un fuerte pitido. Respuesta incorrecta.
—¿Vivian?
Meeeec.
—¿Birdie?
Meeeec.
Oh, no. Tenía que contestar. El tiempo corría. Sabía que algo malo ocurriría si no daba la respuesta correcta.
—¿Roman? ¿Baz?
Meeeec. Meeeec. Meeeec.
Abrí los párpados de golpe. Tardé unos segundos en situarme. Estaba en mi despacho. El sueño se desvaneció con rapidez. Meeeec. Meeeec. Meeeec.
La puerta de servicio de la tienda.
Aparté la manta, encontré el interruptor y salí con torpeza del despacho hacia la puerta lateral para detener aquel ruido incesante. Pulsé el botón del interfono.
—¿Quién es?
—¡Estás ahí! Somos nosotros. —Reconocí la voz de Baz.
Empujé la barra para abrir la puerta metálica.
Estaba nublado, pero aun así entorné los ojos al recibir la luz del sol.
Mis tres amigos estaban en el umbral: Archie con el monopatín apoyado en la pierna y la señora Schultz sujetando la bicicleta por el manillar.
Ahora sí que estaba confusa: la tienda cerraba los lunes. Y era lunes, ¿no?
—¿Qué pasa? —dije mientras los dejaba entrar.
La señora Schultz metió la bicicleta y la apoyó contra la pared junto al monopatín de Archie. La pesada puerta se cerró con estrépito por detrás de nosotros.
—¿Por qué no contestas al móvil desde ayer? Esta mañana llamé a la puerta de tu apartamento, pero tampoco abrías —dijo Baz, con una voz bastante irritada por la preocupación.
—Mi móvil. —Me palpé los muslos en vano como si a mis pantalones de yoga le hubieran salido bolsillos. Revisé el despacho: la bolsa de viaje, Loretta, la almohada. Ni rastro del teléfono.
—Debí de dejármelo en la tienda cuando trasladé la pecera de Loretta al despacho.
Los tres, en la puerta del despacho, miraban con escepticismo mi despliegue para dormir.
—¿Has pasado aquí la noche? —preguntó la señora Schultz mientras me seguía hasta la cocina.
En efecto, mi móvil seguía sobre la mesa rústica.
—Aquí está. —Lo cogí. Había un montón de mensajes y llamadas perdidas de los tres—. Siento haberos preocupado. No era mi intención. Necesitaba dormir en condiciones, supongo. Sabéis que hoy no trabajamos, ¿verdad?
—Hemos venido porque estábamos preocupados por ti —dijo la señora Schultz.
—Esta mañana he leído en las noticias que Derrick ha muerto. —Archie se dejó caer en uno de los bancos de la mesa—. Llamé a la señora Schultz y más tarde Baz nos envió un mensaje diciendo que no sabía dónde estabas.
—Nos contó cómo encontrasteis a Derrick. ¿Por qué no me lo dijiste anoche cuando hablamos por teléfono? —Era la primera vez que oía a la señora Schultz con voz de profesora. Sentí que me regañaba con razón.
—Quería que disfrutaras de la noche. Te lo habías ganado. Además, no hay nada que podamos hacer. ¿Han dicho algo más en la prensa? ¿Alguna detención? —pregunté, esperanzada.
—Todavía no hay detenciones —dijo la señora Schultz.
Con la conmoción de la muerte de Derrick no se me había ocurrido contarle a Heath lo que Hope había descubierto. Pero ahora tenía que abordar el tema con Archie. Me senté a su lado en el banco.
—A lo mejor ha llegado el momento de contarle al detective Heath que Guy es el padre de Hope.
—Espera, ¿qué? —Baz asomó la cabeza entre nosotros como un gallo—. ¿Guy era el padre de Hope?
—Ay, sí, perdona. Nunca llegué a contártelo. Han pasado demasiadas cosas.
—Pues no es algo que se olvide así como así.
—Hope dijo que se acababa de enterar, por eso estaba tan disgustada y desapareció ayer por la mañana.
—¿Quién más lo sabía? ¿Vivian?
Me encogí de hombros.
—Hope dice que no, pero en caso de que Vivian lo hubiera sabido antes, es probable que no lo admitiera delante de Hope.
Como me di cuenta de que estaba dispuesto a hacer más preguntas, le hice un gesto furtivo para señalar a Archie. Baz entonces se dio cuenta de que Archie tenía aspecto sombrío y se guardó el resto de las preguntas.
—Podemos hablar de eso más tarde —dije—.
¿Habéis desayunado ya? —Solo eran poco más de las nueve—.
Puedo preparar café y alguna cosa dulce y rica.
Creo que nos lo merecemos. —Repasé las recetas de dulces con queso que me sabía de memoria y chasqueé los dedos—.
Blintzes de queso. Bueno, en una versión cutre.
Tengo crema agria en la nevera y… —Me dirigí hacia la vitrina refrigerada y saqué un poco de queso de granja para mostrárselo a los demás como si fuera una azafata de El precio justo .
Un destello de mi sueño de esa noche apareció durante un instante y me dejó una sensación de inquietud.
—Nunca he oído hablar de los blintzes —dijo Archie sin darme tiempo a reflexionar.
—En esencia, son tortitas con una mezcla de queso dulce. Mi suegra los preparaba de vez en cuando —nos contó la señora Schultz.
—Suena muy bien. Me apunto.
—El único problema es que no tengo tortitas —dije.
—Puedo pasarme por el colmado de Lou —se ofreció la señora Schultz.
Mandé a Archie y a la señora Schultz al colmado con una pequeña lista de la compra. En realidad fue una excusa para hablar a solas con Baz, pero si además servía para preparar los blintzes , mejor que mejor.
Baz se apoyó en la encimera con los brazos cruzados mientras yo preparaba la cafetera.
—No he querido preguntarte nada delante de los demás, pero ¿cómo fue el interrogatorio con Heath?
—¿Tú qué crees? Estoy explicándole a ese tío que la barandilla de la terraza no se rompió sola y en cuanto se da la vuelta piensa que he sido yo. Está intentando cazar moscas a cañonazos. No sabe ni dónde tiene la cara.
—Eso no es ningún consuelo.
—No, no lo es. Le conté dónde estuve ayer antes de quedar contigo en la comisaría. Hay testigos que me vieron llegar y marcharme. Espero que con eso baste.
—Tiene que bastar. Necesita centrarse en los verdaderos sospechosos.
Baz se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros holgados y miró con interés sus botas de trabajo.
—Entonces, ¿no te preocupa que pueda ser yo? —No me miró al decirlo.
—Ni por un minuto.
—Temía que tú también sospecharas de mí y que por eso no respondieras a mis mensajes.
—Para nada. Le dije a Heath que estaba loco.
—Gracias por apoyarme. Sabes, eres como la hermana que nunca tuve.
—Pensé que tenías tres hermanas.
—Sí. Tú eres como la que siempre quise tener pero nunca tuve.
Me eché a reír, pero me sentí conmovida, más que nada porque yo tenía la misma sensación.
—Y tú eres como el hermano que sí tuve. —Puso cara de no entender, pero no preguntó—. Algún día te hablaré de él —prometí.
Baz asintió y dejó el tema.
—Siento haberte metido en esto —añadí.
—Tu no me has metido, me metí yo solo. Sin embargo, tengo que admitir que me asustó que me interrogaran así. Cuando llegué a casa llamé a Richie.
—¿Richie Musculitos?
Baz soltó una carcajada.
—Sí, el mismo. ¿Recuerdas que nos dijo que era amigo del agente Shepherd? Pues le pedí que intentara averiguar, a través de él, algo más sobre el detective Heath. Quería saber hasta qué punto debía preocuparme.
—¿Y averiguaste algo sobre él? Heath no habló mucho de sí mismo cuando estuve con él en El Sótano.
—¿Estuviste con él en El Sótano?
—Un rato corto, el viernes por la noche. Heath quería estar seguro de que yo no hablaba con nadie que pudiera ayudarme con el caso. Una lata. Y no solo eso, sino que además coqueteó conmigo ¡estando casado! No sé si alguien así merece confianza.
—Shep dijo que no está casado.
—¿Y por qué lleva anillo entonces? ¿Está divorciado y sigue colado por la mujer?
—Es viudo.
—¿Qué? —Mi rectitud moral de repente se vino abajo.
—Es un hombre reservado, lo único que saben de él es que su mujer murió y que por eso se marchó de San Francisco.
—Qué horror. —Me sentí fatal por él. Entonces recordé las palabras que le dije y mi angustia aumentó—. Ay, no.
—¿Qué pasa?
—Aquella noche, después de salir de El Sótano, le dije que se fuera a casa con su mujer. Madre mía.
—Arándanos, diría yo.
—Si no se ha quitado el anillo, es que aún no lo ha superado. Tendré que encontrar alguna forma de disculparme.
—Yo en tu lugar lo dejaría. Shep le dijo a Richie que nunca habla de ese tema.
Al momento, Archie y la señora Schultz volvieron con los ingredientes que me faltaban.
—Es una suerte que el colmado esté solo dos locales más abajo, porque ha empezado a llover —dijo la señora Schultz mientras se daba golpecitos en el pelo rizado.
—Viene bien que llueva, sobre todo hoy que estamos cerrados y no tenemos que preocuparnos de que la lluvia reduzca el tránsito de viandantes.
Mezclé el queso de granja blanco y blando con yemas de huevo, azúcar y vainilla para hacer el relleno dulce y cremoso de los falsos blintzes .
Les dije a los demás que se sentaran y disfrutaran del café, pero Archie no era de los que se quedan quietos, así que le encargué que rellenara y envolviera las tortitas como si fueran burritos.
Las hinchó demasiado y algunas reventaron por los bordes como un animal de peluche muy usado, pero aun así resistieron cuando las puse sobre una sartén untada con mantequilla y les di la vuelta para que se doraran bien.
Cuando todos tuvimos delante un plato de blintzes , nos pasamos la salsa de moras que la señora Schultz había tenido a bien comprar en el colmado y la untamos por encima.
Las caras de deleite de mis amigos tras el primer bocado resultaron tan satisfactorias como los propios blintzes . Miré hacia arriba.
—Gracias, señora Hornstein, por permitirme ciertas licencias poéticas con su receta. —Entonces les expliqué a los demás—: Era mi vecina de Oregón, que en paz descanse. Ella elaboraba todo esto desde cero, incluso el queso.
—Me siento un poco culpable por disfrutar —dijo Archie—. No me creo que Derrick esté muerto. Me hace sentir mal que no me cayera bien.