Capítulo treinta y dos
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
V olví a mi edificio de mal humor. ¿Roman y Baz eran ahora los principales sospechosos? No sabía qué pensar de todo aquello.
Recorrí el camino hasta la escalera que subía a mi porche antes de que la cinta amarilla me recordara que no podía pasar.
Estudié mis opciones. Le había prometido a Heath que no dormiría en mi apartamento esa noche, pero nunca dije que no entraría.
A fin de cuentas, tenía que rescatar a un pez hambriento y solitario.
Pasé a toda prisa bajo la cinta y corrí escaleras arriba hacia mi puerta.
El corazón se me aceleró al llegar de nuevo al porche, donde una endeble cinta policial sustituía la barandilla.
Empujé la puerta tan rápido como pude y cerré al entrar.
Me puse ropa cómoda y recogí algunas cosas que iba a necesitar para pasar la noche fuera; luego recogí la pecera de Loretta y su comida para peces por si no podía volver al apartamento hasta última hora del día siguiente.
Llevé como pude el bolso, la almohada y la pecera hasta la acera y entré a la tienda por la puerta de servicio.
Palpé la pared hasta dar con el interruptor y los fluorescentes del techo iluminaron la oscuridad.
La zona trasera de la tienda incluía un almacén, una zona de descanso improvisada y mi despacho, una estancia reducida y sin ventanas que rara vez utilizaba, que contenía un escritorio desordenado, una caja fuerte y el cómodo sofá que me había traído de mi último apartamento, más espacioso.
Dejé el bolso y la almohada en el sofá y seguí por la puerta batiente hasta la tienda.
Encendí solo las luces de la cocina y coloqué la pecera sobre la mesa rústica.
Tuve que enderezar su casa en forma de piña de Bob Esponja, que se había torcido.
Cinco minutos antes, la pobre Loretta no tenía ni idea de que nadaría en alta mar.
Saqué el teléfono del bolso. Ignoré los dos mensajes de Roman y llamé a la señora Schultz, como le había prometido a Heath, ya que por una vez quizá debiera hacerle caso.
Nada más contestar, me preguntó cómo estaba. Cuando le aseguré que se me había pasado el disgusto de la baranda, quiso que la pusiera al día.
—¿Averiguaste algo en el restaurante?
—Bueno… —Mientras me debatía sobre cuánto revelar por teléfono, oí unas voces de fondo al otro lado de la línea—. ¿Estás con alguien? —De repente sonó un fuerte zumbido en el teléfono.
—Son las chicas. Hoy toca noche de póquer en casa. Disculpa el ruido. Estamos preparando martinis de chocolate.
—Lo siento, entonces te dejo. Hablamos mejor mañana.
—¿Estás segura?
—Por supuesto. Pasa una buena noche.
—Tú también. Dile a Baz que te cuide.
Toqué la pantalla del teléfono para colgar.
Quizá fuera mejor así. Me senté, sin saber qué hacer a continuación, hasta que el gorgoteo de mi estómago me recordó que hacía tiempo que no comía.
Calmar las emociones con comida era sin duda lo que mejor me venía.
Había un montón de buenos restaurantes cerca para cenar, pero no estaba de humor para salir.
Prefería quedarme allí y esperar a que la policía terminara de interrogar a Baz.
Por suerte, tenía los mejores alimentos al alcance de la mano.
Recorrí la tienda mientras seleccionaba de entre los expositores los ingredientes que iba a necesitar para elaborar una sabrosa tabla de embutidos.
Rellené unas aceitunas verdes con un gorgonzola desmenuzado y fuerte que combinaría bien con un salami picante.
Los albaricoques secos ácidos y un gouda suave harían las delicias de mi paladar.
Esperaba ahogar así el parloteo de mi cabeza.
Me senté a la mesa con Loretta e intenté calmar mi ansiedad y olvidarme del caso.
Roman no me había dicho que la destilería también fuera propiedad de Guy.
Tampoco lo mencionaba ninguno de los artículos que había leído sobre el negocio.
Tal vez fuera un acuerdo secreto. Baz dijo que Roman consiguió de repente el dinero para remodelar la sala de catas.
Mi corazonada era cierta: ese dinero tenía que provenir de Guy, y Roman se había metido en un lío del que le sería difícil salir.
Sus cuentas bancarias mostrarían pérdidas.
Era posible que el dinero que Guy sacaba del banco fuera a parar directamente a la destilería.
Tal vez se enfadó porque Roman no se lo devolvió y se dispuso a revelar su participación en el negocio. Sin duda eso habría hundido a Roman.
Deseé que Baz hubiera estado allí conmigo para hablar del tema. Me inquietaba que Heath lo hubiera citado como sospechoso. Había sido mi primer aliado, mi compinche.
Compinche suena a delincuente.
No, Willa. Baz no es un criminal.
No contemplaba esa idea por una sencilla razón: desde el momento en que comenzamos a hablar a través de la enredadera seca de nuestros respectivos porches, sentí afinidad con él. Era la única relación que se parecía en algo a la que había tenido con mi hermano Grayson desde que éramos pequeños.
Después de que mi prometido y mi mejor amiga se marcharan a vivir su sueño de Willy Wonka, deseché la idea de hacerme experta en quesos.
Volví a la granja y trabajé en nuestra pequeña quesería.
Superé aquellos meses iniciales gracias a Grayson.
Por aquel entonces él ya estaba en la universidad, pero tenía grandes planes en los que quería incluirme.
Hablábamos de hacernos cargo de la quesería familiar y ampliarla, y yo empecé a pensar que las cosas habían salido como tenían que salir.
Que quizá estaba predestinada a volver a trabajar codo con codo con mi hermano.
Ya debería haber sabido que a la vida no le importan tus planes, que la tragedia puede atravesarlos a voluntad.
El fin de semana anterior a su graduación, Grayson tuvo un accidente de coche con sus amigos y murió.
Después de aquello, no fui capaz de quedarme en la granja.
Todos los rincones me recordaban a él. Volví a marcharme de Oregón, tal vez por egoísmo, y fui de pueblo en pueblo para trabajar las horas que me hacían falta para obtener el certificado y poder así dedicarme al queso.
Incluso después de aprobar el examen, seguí trasladándome de una ciudad a otra durante años.
No había ningún lugar que me atrajera tanto como mi casa y no soportaba la idea de volver.
Encontrar Yarrow Glen y conocer a Baz fueron las primeras sensaciones hogareñas que había tenido en diez años. El detective Heath no me obligaría a darle la espalda a mi amigo.
Empecé a pensar en una sospechosa que apenas había considerado hasta entonces: Hope.
Solo contábamos con su versión de que acababa de descubrir que Guy era su padre.
Yo ni siquiera había llegado a hablar de ello con Baz.
Ella estuvo cerca de las cestas de regalo y pudo coger uno de los cuchillos de queso.
Era muy posible que supiera quién era su padre antes.
A lo mejor lo estaba chantajeando. O a lo mejor lo chantajeaba Vivian.
Pero si Guy pretendía revelar ese secreto, el perjudicado hubiera sido él, no ellas.
¿Y por qué iban Hope o Vivian a matar a Derrick?
Birdie era la única con algo que perder si Derrick acudía a la policía.
Tenía la cabeza como un bombo. ¿Cómo era posible que, después de todo lo que había pasado durante los últimos cinco días, aún no me sintiera más cerca de encontrar al asesino?
Miré el móvil, que estaba en silencio, con la esperanza de que hubiera algún mensaje de Baz, pero seguía sin recibir nada suyo.
No quería escribirle mientras siguiera con Heath, porque se suponía que no debía contarle nada.
Me acerqué a la puerta principal de la tienda para comprobar que estaba cerrada.
Ahora veía la destilería de hidromiel al otro lado de la calle con otros ojos.
Las luces del segundo piso de Roman estaban encendidas.
Me dieron ganas de contestar sus mensajes, pero ya me había mentido más de una vez.
¿Cómo sabría que ahora me decía la verdad?
Recogí los platos de la cena y me llevé la pecera de Loretta al despacho con la promesa de que ese sería su último movimiento durante un tiempo.
Yo ya llevaba varios días sin dormir bien.
Qué digo días, meses. Pero tendría que conformarme con el sofá.
Esperaba despertarme al día siguiente y que el detective Heath hubiera resuelto el caso.
Cuando apagué la luz del despacho, el resplandor verde de la señal de salida del pasillo apenas atravesaba la oscuridad. Mi cabeza encontró la almohada. Cogí una de las mantas de ganchillo de mi abuela y caí casi al instante en un profundo sueño.