Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

M e quedé sentada en el bordillo del aparcamiento, con la cabeza entre las manos, y respiré hondo para purificarme, aunque ni la imagen ni los olores de mi memoria podían limpiarse.

El coche del detective Heath se detuvo a toda velocidad en el aparcamiento, ocupando varias plazas.

Baz deambulaba por delante de mí, pero se detuvo en cuanto Heath se bajó y cerró de golpe la puerta del coche.

Lo seguían otros dos coches de policía con las luces rojas encendidas.

Heath vino hacia nosotros.

—¿Dónde? —dijo.

Señalé el recinto del contenedor, pero él miró por encima de mí. No me había dado cuenta de que los dos chicos con los que habíamos estado hablando estaban a mi espalda y también señalaban.

—Que nadie se mueva. Baz, usted incluido. Quédese con los demás y deje de alterar el escenario del crimen.

Baz vino corriendo a sentarse junto a mí en el bordillo.

—¿Por qué está enfadado con nosotros?

Heath se sacó un par de guantes de látex del bolsillo y se los puso antes de entrar en el recinto del contenedor. No me había quedado allí dentro el tiempo suficiente para ver cómo había muerto Derrick, pero recé para que esta vez no fuera con una tabla de quesos con el nombre de mi quesería.

Al momento, apareció Heath. Conversó con uno de sus agentes, que a su vez ordenó a los demás que delimitaran el perímetro.

Heath volvió con nosotros después de deshacerse de los guantes azules.

Noté que el sudor me caía por la nuca. La culpa no era del sol, que ya había empezado a descender tras las montañas, sino del deber de explicarle a Heath por qué me encontraba de nuevo en el escenario de un asesinato.

—¿Estabais todos ahí? —preguntó.

Asentimos.

—Señora Bauer, venga conmigo. — Vaya, ya estamos otra vez con «señora Bauer» . Me levanté del bordillo y lo seguí—. Quedaos por aquí. Hablaré con vosotros después —les dijo a Baz y a los dos chicos.

Miré a Baz en busca de apoyo, pero al verlo solo conseguí ponerme más nerviosa: con la pierna parecía seguir el ritmo de El vuelo del moscardón .

Cuando estuvimos a varios metros de los demás, ya me había puesto la armadura mental.

—Cuéntemelo todo. —Sacó el bolígrafo y el cuadernito que recordaba de la noche en que lo conocí… ¿solo cuatro días atrás?

Le conté toda la logística, desde que llegamos allí hasta que tropecé con el pie de Derrick y salí corriendo del recinto sin parar de gritar.

Guardó el cuaderno y el bolígrafo y se abrió la chaqueta para ponerse las manos en la cadera, una postura que ya había visto antes. Estaba frustrado.

—¿Por qué? —dijo.

—¿Por qué tropecé con él o por qué salí corriendo?

—¿Por qué ha vuelto aquí? ¿No tiene una tienda que atender?

—Sí. Y una vida que vivir sin el miedo de que ese tío vuelva para intentar matarme por segunda vez. Intentaba averiguar dónde estaba.

—Bueno, pues enhorabuena. Lo ha encontrado, ¿no? —dijo con sarcasmo.

—Sí. —Por primera vez me daba cuenta de lo que implicaba haber encontrado a Derrick muerto—.

Entonces no fue él, ¿verdad? —Miré a Heath para encontrar alguna lógica.

De ahí venía su ira. Yo les había lanzado, a él y a sus hombres, a una cacería en busca de Derrick y había resultado que él no era el culpable—.

Quien mató a Guy e intentó matarme a mí sigue suelto y no tenemos ni idea de su identidad.

Heath se movía de un lado para otro como si estuviera en clase de chachachá. Era como si sus pensamientos enfrentados se manifestaran físicamente.

—Puedo detenerla sin motivo durante setenta y dos horas y me estoy planteando hacerlo —dijo.

—¡No puede hacer eso! Es decir, puede, acaba de decirme que puede, pero no puede.

Suspiró. Obviamente, el nivel de mis argumentos confusos no estaba a la altura de su lógica.

—Tiene que apartarse, Willa. Ya no sé cómo decírselo.

—Pero mi hallazgo le viene bien. Ahora ya sabe que hay que buscar a otra persona.

—Lo habríamos descubierto sin necesidad de que usted viniera. —Levantó la mano al intuir que iba a interrumpirlo—. Tenemos un doble asesino entre manos. Alguien que ha matado a dos personas no tendrá problema en matar a una tercera.

—Para eso no había réplica. Acepté mantenerme al margen. —Tras este nuevo suceso, no sé cuándo podremos ocuparnos de su porche— continuó, más tranquilo.

—Entonces tienen que dejarme entrar para recoger algunas cosas antes de trasladarme con Baz.

—No me parece buena idea.

—¿No puedo colarme en mi apartamento un momento?

—Me refiero al traslado con Baz.

—¿Por qué? ¿Tampoco puede entrar él en su apartamento? Son escaleras independientes…

Heath tardó un rato en contestar.

—Nos lo vamos a llevar para interrogarlo.

—¿A comisaría? ¿Por qué? Él vio lo mismo que yo.

—Inspeccionamos el porche. Parece que alguien desatornilló la barandilla a propósito.

—Eso mismo pensó Baz. Por eso lo llamamos a usted. —No me gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.

—Exacto. Él entiende de construcción de porches.

—Ah, entonces, ¿lo llevan en calidad de experto? —El alivio que sentí fue como una brisa fresca.

—No. Debido a su trabajo, creemos que podría haber soltado la barandilla lo suficiente para mantenerla en pie hasta que alguien se apoyara en ella. Lo interrogaremos como sospechoso.

—No puede decirlo en serio. ¡Pero si es Baz! —Vi que Baz seguía sentado en el bordillo moviendo la pierna con nerviosismo.

—Al cual conoce… ¿desde hace cuántos días? —dijo Heath sin reaccionar a mi indignación.

—Ya, pero lo conocen otras personas. —A medida que las palabras salían de mi boca, me daba cuenta de lo poco convincentes que sonaban—. Es decir, todo el mundo confía en él. El culpable tiene que ser otra persona.

—Estaba en la quesería la noche en que Guy apareció, ¿verdad? Y acudió a su lado en cuanto encontró el cadáver.

—Bueno, sí, pero… —Mi cerebro se apresuró a aferrarse a algo que le diera sentido a todo aquello—.

No estaba allí cuando Guy amenazó con contar el secreto.

En ese momento no sabía nada sobre eso. ¿Qué motivo podría tener Baz para matarlo?

—Antes de que le diera tiempo a contestar, proseguí—: ¿Y qué hay del dinero en efectivo que Guy sacaba constantemente de su cuenta bancada?

—¿Y eso cómo lo sabe usted?

O sea, que Roman me dijo la verdad.

—A Baz no le interrogaron sobre ese asunto. No tiene nada que ver con el dinero, ¿a que no?

—No sabemos si ese dinero está relacionado de algún modo con el asesinato de Lippinger.

—¿Y van a sospechar del pueblo entero? Baz no lo hizo.

—Gracias por su aportación, pero necesitamos interrogarle.

Era absurdo. ¿A Baz?

—¿Puedo hablar con él antes de irme?

—No. Voy a dejar que usted se vaya; no haga que me arrepienta. Así que márchese antes de que cambie de opinión. ¿Con quién va a quedarse? No quiero que esté sola.

—Llamaré a la señora Schultz.

El detective asintió, por fin satisfecho con una de mis respuestas.

Llegué hasta la acera, pero no me atreví a marcharme. Intenté llamar la atención de Baz, pero él seguía sentado en el bordillo, mordiéndose los padrastros. Me daba igual lo que hubiera dicho Heath, tenía que advertir a Baz. Me di la vuelta y retrocedí.

—Eh, eh, eh. —Un agente que había montado guardia frente al aparcamiento me detuvo—. No puede pasar nadie.

—Es que yo estaba ahí antes.

—Me da igual. No puede pasar.

Le hice caso; ya tenía suficientes problemas. Empecé a alejarme cuando un coche patrulla se subió al bordillo delante de nosotros y un agente descendió de él.

—Melman, ¿dónde está el detective Heath? —le preguntó al policía obstinado que no me había dejado pasar—. Tengo que hablar con él.

—Vas a tener que esperar. Nunca lo he visto tan cabreado. Por una vez me alegro de tener que hacer guardia aquí —dijo el agente Melman.

—Tengo algo que le gustará. Hemos recibido el requerimiento de las cuentas de Roman Massey. Gracias a eso, averiguaremos si la sociedad que tenía con Lippinger iba mal. Eso nos podría proporcionar un nuevo sospechoso.

¿Una sociedad? Entonces era cierto que Roman había hecho un trato con el diablo.