Capítulo treinta
CAPÍTULO TREINTA
S entí que me agarraban del brazo y que tiraban de mí hacia el interior del porche.
Baz me sostenía ahora con ambos brazos y me apartaba del borde.
Nos quedamos un momento así, aferrados el uno al otro, sin mover un músculo.
Por fin me soltó y yo abrí los puños, que seguían asidos a los costados de su camiseta.
—¿Qué arándanos…? —Miró fijamente por detrás de mí.
Con cuidado, me di la vuelta y vi que la barandilla del porche había desaparecido.
—Vámonos de aquí —dije mientras corría escaleras abajo.
Baz me siguió.
Nos detuvimos al llegar abajo y, una vez en tierra firme, me sentí a salvo.
Nos alejamos un poco hacia donde estaban aparcados los coches.
La barandilla de madera estaba partida en dos sobre la acera.
Justo cuando mi corazón empezaba a ralentizarse, miré hacia arriba y vi mi inestable porche sin su barandilla exterior.
Baz inspeccionó los trozos rotos en el suelo.
—¿Cómo ha sido? —le pregunté.
—Es una buena pregunta. No he oído que se partiera ni que crujiera.
—Tienes razón —respondí, aunque los cuatro segundos en los que había sucedido todo eran como una nebulosa para mí, ya que el susto y la adrenalina habían borrado los detalles.
—Mira —levantó la barandilla para que la viera.
—¿Qué se supone que tengo que ver?
—Los agujeros de los tornillos. Siguen intactos.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que alguien ha desatornillado la barandilla?
Baz la soltó y subió los escalones de dos en dos.
—¿Qué haces? —No lo seguí. La sensación de haber estado a punto de precipitarme al vacío seguía demasiado fresca en mi mente.
Vi que, en el borde del porche, inspeccionaba con atención la unión de las barandillas.
—Ten cuidado —grité inútilmente.
El pulso se me calmó cuando por fin volvió abajo.
—No hay señal de daño ahí arriba, donde la madera que estaba en contacto con los tornillos podría haberse roto. El único daño parece haber sido el provocado por el golpe contra el suelo —añadió.
—¿Y eso qué significa?
—Wil, creo que alguien ha intentado matarte.
Esta vez llamamos a la policía al instante. Se me revolvió el estómago al ver de nuevo un coche patrulla en el callejón. Solo fue cuestión de minutos hasta que Archie llegó trotando hasta nosotros con cara de preocupación.
—¿Qué ha pasado? —nos preguntó.
El coche de paisano del detective Heath aparcó junto al de la policía.
—No pasa nada, Archie. Luego te lo explico. Volveré a la tienda en cuanto pueda.
A regañadientes, Archie retrocedió por la acera y entró de nuevo en ¿Qué Sería? Miró atrás varias veces después de cruzarse con el detective Heath, seguramente para tratar de averiguar qué estaba ocurriendo.
Ya había visto a Heath exasperado por mi culpa otras veces, pero esta superaba incluso nuestro último encuentro en la comisaría. Cuando terminó de inspeccionar la barandilla rota y el balcón, se puso a deambular como un tigre enjaulado mientras un agente uniformado lo observaba.
Por fin, Heath le dijo:
—Llama a Shepherd y, vosotros dos, precintad la zona desde aquí hasta el edificio.
—¿Y cómo se supone que voy a entrar en mi casa? —protesté.
—No puede entrar. Al menos hoy. Tendrá que quedarse en casa de alguien.
—¿Cómo que no puedo entrar? No tengo nadie con quien quedarme.
—Puedes quedarte en… —empezó a ofrecerse Baz, pero le lancé una mirada de advertencia y cerró el pico.
—Es más seguro para usted que duerma en otro sitio. ¿No puede quedarse con la mujer que trabaja en la tienda? —preguntó el detective Heath.
—No recuerdo haberle contratado como asesor de seguridad y no voy a poner en peligro a la señora Schultz —repliqué.
—Usted ignoró mi consejo en el hotel. Ignoró mi consejo también ayer, tras recibir la nota amenazante. Y hoy han intentado acabar con su vida. ¿Va a esperar a que lo consigan?
—Bueno, él ya se ha ido, ¿no?
—¿Quién?
—Derrick. Tiene que ser él y ha actuado por venganza.
—No sabemos quién lo ha hecho. Ni siquiera estamos seguros de que él sea el asesino.
—Oh, venga ya.
—Aún no lo hemos localizado. Podría seguir cerca, escondido en alguna parte.
—Heath me apartó para que habláramos a solas y bajó la voz—.
¿Por qué me lleva la contraria en este asunto?
No quiero que se quede sola hasta que atrapemos a Derrick y tengamos más respuestas.
Es por su seguridad. Puedo hacer que le asignen un policía para que la vigile.
—No se preocupe. Así está bien. —Cuando me calmé, me di cuenta de que Heath intentaba cuidar de mí, pero lo último que necesitaba era que un policía vigilara cada uno de mis movimientos—. Me quedaré con Baz. ¿Hay algún problema en que me quede contigo? —le grité a Baz.
Él negó con la cabeza y levantó los pulgares.
—Pues arreglado. —Sabía que Heath no se lo terminaba de creer, pero tampoco podía hacer nada al respecto.
—¡Willa! —Roman llegó corriendo por el callejón llamándome a gritos—. ¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo más?
—Ha faltado un pelo, pero estamos todos bien —le dije.
El policía llamó a Heath y ambos se apartaron para hablar en privado.
—¿Alguien ha intentado hacerte daño? Cuando te dejé en la comisaría, pensé que estaba todo resuelto —dijo Roman.
—Derrick se ha dado a la fuga.
Roman, sorprendido, se quedó callado. Miró más allá del aparcamiento, hacia el bosque, como si lo hubiera visto allí, y luego se volvió hacia mí. Se dispuso a hablar, pero se detuvo.
—Lo sé, lo sé. Me lo dijiste. Hagámoslo oficial: tenías razón —dije.
—No quería tener razón. ¿De verdad estás bien?
Ahora que se habían despejado las sospechas sobre Roman, me daba cuenta de lo mucho que parecía preocuparse por mí.
De manera impulsiva, le di un abrazo. No me di cuenta de cuánto necesitaba ese abrazo hasta que me lo devolvió.
Habían pasado muchas cosas en muy pocos días y ese conato de accidente me había afectado más de lo que quería admitir.
Nos soltamos y retrocedí algo avergonzada.
—¿Y eso a qué ha venido? No me malinterpretes; me alegro —dijo. Su sonrisa lenta sustituyó su anterior preocupación.
—Es que agradezco que estés aquí y que seas tan comprensivo después de cómo me he comportado.
—¿Necesitas quedarte en algún sitio para pasar desapercibida? En mi casa puedes tumbarte un rato y tomarte un hidromiel.
—Es una idea estupenda, pero tengo que volver y ayudar a cerrar la tienda. He dejado a Archie y a la señora Schultz al mando demasiado tiempo.
—Bueno, aquí estoy si me necesitas.
—Ya lo sé. Gracias.
—No hay de qué. —Me guiñó justo antes de darse la vuelta y al marcharse dejó una migración completa de mariposas en mi estómago.
Llegó al aparcamiento otro coche de policía del que se bajó el agente Shepherd con la espantosa cinta amarilla en la mano para acordonar la zona. Yo tenía que cerrar la tienda, así que me marché con Baz a ¿Qué Sería?
Después del encontronazo con Heath, empecé a temblar de nuevo. Dejé que Baz informara a Archie y a la señora Schultz de lo ocurrido. No sabía por qué, pero la preocupación de mis empleados no me molestaba tanto como la de Heath. Quizá porque sabía que su lealtad sí era firme.
—Espero que lo atrapen pronto. —La señora Schultz me abrazó—. Menos mal que estabas allí, Baz. Eres un héroe. —Acto seguido, lo abrazó a él.
—Sí, te debo una —le dije—. O un millón.
—Solo han sido reflejos. —Restó importancia a mis elogios.
—¿Entonces no pretendías salvarme? ¿Solo fueron reflejos?
Nos echamos a reír. Estaba claro que nos hacía falta. Cerré la puerta de la tienda y puse el cartel de cerrado. Mientras comenzábamos con nuestra rutina del cierre, Baz cogió una escoba para ayudar.
—¿Tiene la policía alguna pista de dónde podría haber ido Derrick? —preguntó la señora Schultz mientras limpiaba los mostradores.
—Ya debe de andar muy lejos —comentó Archie.
—Uno de los agentes me dijo que habían encontrado su coche cerca de la estación de autobuses y que lo estaban inspeccionando, aunque podría ser un señuelo. No saben si se ha largado o si se ha escondido —respondió Baz.
—Si supiéramos más cosas de él, quizá alguien nos facilitara alguna pista sobre su paradero —dije—. ¿Qué sabes tú de él, Archie? ¿Tiene familia o amigos íntimos capaces de ayudarle?
—El pleito es el único asunto personal que conozco sobre su vida, porque se quejó delante de todo el mundo.
Lo único que sé es que cambia mucho de lugar de residencia por razones laborales.
Tal vez si hubiera pasado más tiempo con él junto a la basura durante las pausas para fumar, habría averiguado algo más, pero como no fumo…
Eso me recordó a alguien que sí pasaba el rato con él durante esas pausas: la camarera celosa.
—Me pregunto si la policía seguirá interrogando al personal de La Parrilla del Damasco. A lo mejor podríamos pasarnos por allí cuando acabemos de cerrar.
—No abren para la cena los domingos —me informó Archie—. Es mejor ir pronto.
—Entonces, démonos prisa —dije.
Limpiamos y contamos el dinero en tiempo récord. Dejé la reposición para el día siguiente, aprovechando que cerrábamos los lunes. Cuando se marcharon a casa, les prometí a la señora Schultz y a Archie que les enviaría un mensaje si había alguna novedad.
Baz y yo recorrimos la calle hasta La Parrilla del Damasco, una ruta que se estaba volviendo rutinaria.
—¿De verdad crees que podemos averiguar algo que la policía no haya descubierto? —me preguntó Baz.
—Esa camarera mintió a la policía para proteger la coartada de Derrick. El resto del personal con quien ella habló también estaba dispuesto a guardar el secreto. Derrick podría haber compartido otras cosas con sus empleados, algún dato que ellos luego no le hayan revelado a la policía.
—¿Y crees que nos lo dirán a nosotros?
Me encogí de hombros.
—Merece la pena intentarlo. Si les hago saber que intentó matarme, quizá se muestren comprensivos. —Me recorrió un escalofrío—. ¿Crees que manipuló la barandilla anoche, después de escribir la nota, o que lo hizo hoy después de que nos enfrentáramos a él?
—Depende de si lo hizo para asustarte o para vengarse.
Cruzamos Main Street y revisamos el aparcamiento de La Parrilla del Damasco. Quedaban unos cuantos coches, probablemente de los empleados del restaurante, pero ninguno de la policía. Hasta ahí, perfecto.
—Miremos en la zona del contenedor. Quizá alguno de sus colegas fumadores esté por allí —le dije a Baz.
Caminamos hasta el callejón situado detrás del edificio, donde se encontraba el contenedor vallado.
Nos quedamos un momento frente al portón cerrado.
Sin duda, la visita de la policía y la huida de Derrick habrían sido objeto de cotilleo entre el personal.
Quizá averiguáramos algo sin necesidad de hacer preguntas.
Agucé el oído. Nada. Me volví hacia Baz, que también sacudió la cabeza. No se oía nada. Justo cuando abrí el portón, me llegó el inconfundible sonido de la puerta trasera industrial del restaurante al abrirse.
Salieron dos chicos con camisa blanca, pantalón negro y un delantal grueso de goma como los que llevaban los friegaplatos que vi durante mi breve incursión en la cocina.
Uno de ellos puso una cuña bajo la puerta para apuntalarla y dejarla abierta.
Cada uno de ellos llevaba una gran bolsa de basura que les hacía caminar inclinados hacia el contenedor.
Esperamos a que llegaran y nos miraron con curiosidad.
—Hola, chicos. —Hice todo lo posible por mostrar simpatía sin llegar al límite del acoso.
No dijeron nada, pero nos miraron a Baz y a mí de arriba abajo.
—¿Sois amigos del gerente, Derrick? Quería preguntaros varias cosas.
—¿Amigos? —Uno de ellos soltó una carcajada—. Nadie es amigo de Derrick. Lo soportamos para que no nos eche.
—¿Sois de la policía? —preguntó el otro—. Ya hemos hablado hoy con ellos.
Se me pasó por la cabeza decir que sí, pero no quería que el detective Heath añadiera «suplantación de identidad policial» a la lista de razones por las que estaba interfiriendo en su investigación.
—Estamos investigando su desaparición de manera particular —propuso Baz.
—¿Cómo investigadores privados? Qué guay.
Claro, superguay.
—Bueno, ¿mencionó alguna vez a alguien o tal vez algún lugar en particular donde acudir en caso de querer esconderse?
—No, a nosotros no. Pero podrías preguntarle a Angela. —Quitó el pestillo del portón y lo abrió.
—Angela. ¿La camarera de recepción?
—Sí —dijo sin darse la vuelta.
Ambos metieron las bolsas en el recinto de la basura. Baz y yo los seguimos. Me tapé la nariz para tratar de evitar el hedor del contenedor, que parecía peor que nunca. Los chicos debían de estar acostumbrados.
—Es la única a quien le presta un mínimo de atención —añadió.
—De acuerdo, gracias —dije.
—Pero no creo que le sonsaques mucha información. Todos hemos hablado de ese asunto y la mayoría pensamos que él no lo mató.
—¿Y eso? —preguntó Baz.
—Es un fanfarrón, pero los dos últimos días parecía algo nervioso. Angela cree que se ha largado porque tenía miedo, no porque fuera culpable de nada.
Miedo de que lo pillaran.
Si Baz no hubiera estado allí para salvarme, Derrick tendría dos asesinatos en su cuenta.
El friegaplatos agarró la bolsa como en un lanzamiento de peso. Tuve que apartarme para que no me diera, pero el pie se me quedó enganchado en algo, tropecé y me golpeé contra el lateral de la valla.
—Perdón. ¿Se encuentra bien?
Miré hacia abajo para maldecir el objeto con el que me había tropezado, pero mi mente no acabó de entender lo que veía entre el contenedor y la valla hasta que terminé de recorrer el espacio con la mirada. No era un objeto. Era una pierna, unida al resto del cadáver de Derrick.