Capítulo veinticinco
CAPÍTULO VEINTICINCO
L a camarera, con la espalda apoyada en el lateral del recinto, se estaba enrollando con nuestro sospechoso. Al momento, ambos notaron mi presencia y se separaron.
—¿Qué haces aquí otra vez? —dijo ella—. ¿Derrick? —Le lanzó una mirada acusatoria en busca de una respuesta.
Él levantó las manos en señal de inocencia.
La mujer tensó la boca, con el carmín ligeramente corrido a causa del besuqueo.
Pasó por delante de mí y, al empujar con fuerza el portón, golpeó a Baz, que se encontraba al otro lado.
Sin disculparse, pasó por su lado y volvió al restaurante con el repiqueteo de sus tacones altos por el suelo irregular. Baz se puso a mi lado.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —dijo Derrick mientras se sacaba un cigarrillo electrónico del bolsillo.
—Podríamos preguntarte lo mismo —contesté.
En el centro del recinto, el gran contenedor de basura apenas dejaba espacio libre a su alrededor.
El espacio donde nos encontrábamos consistía en unos dos metros de profundidad desde el contenedor hasta la puerta.
El hedor a basura que desprendía el contenedor tapado no era espantoso, pero jamás habría sido mi primera opción para una cita romántica.
—Os… ¿os enrolláis aquí?
—No me gusta que los clientes, cuando entran o salen del restaurante, vean a los empleados fumar. Pero no has contestado mi pregunta. ¿Por qué me espías?
Mientras me armaba de valor para enfrentarme a él, el estómago no paraba de darme vueltas. ¿Era porque estaba asustada o por todo el queso que había comido últimamente para aliviar el estrés? Me alegraba de que Baz estuviera conmigo.
—Creo que sabes por qué estamos aquí —dijo Baz.
Derrick ignoró a Baz y me dijo:
—Me imaginaba que no te rendirías.
—¿Admites entonces que escribiste la nota amenazante? —dije al recuperar la voz.
—¿Qué nota amenazante? No tendría que haberte contado nada sobre la aventura de Guy. Tenía el presentimiento de que la cosa no quedaría ahí.
—¿Lo chantajeabas? —pregunté.
Derrick se echó a reír, una de esas risas que se fuerzan cuando algo no te hace ni puñetera gracia.
—¿Crees que trabajaría sesenta horas a la semana si lo estuviera chantajeando? Además, él aceptó el acuerdo y ni siquiera me aproveché de eso, aunque podría haberlo hecho. Solo quise recuperar mi reputación.
—¿Y tu reputación incluye mentir? —arremetió Baz, como casi siempre.
—¿Es esto una especie de intimidación pueblerina? No tenéis nada contra mí.
Nos rodeó para marcharse.
—Alguien te vio aquella noche —espeté.
Se detuvo en seco, con la mano en la puerta, y se volvió despacio. Si hubiera podido lanzar rayos mortales por los ojos, lo habría hecho.
—¿Qué quieres decir?
Baz mantuvo la calma.
—La noche que asesinaron a Guy no estuviste aquí todo el tiempo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Eso no importa. Te vieron cerca de su coche alrededor de la hora en que la policía estima que murió. —Subí la apuesta.
Derrick se llevó el cigarrillo electrónico a los labios. Se tomó su tiempo para darle una calada.
—Me lo temía. Pensaba que esa tía guardaría silencio, la verdad.
—Sí, bueno. Será mejor que te sinceres —le tiró de la lengua Baz.
—Estuve fuera quince minutos, veinte como mucho.
Teníamos una gran fiesta a las nueve y me había equivocado con el pedido de productos frescos.
Faltaban un montón de verduras, necesarias en la elaboración de nuestros platos especiales.
Como la estúpida crítica de Guy seguía en la mente de todos, lo último que quería era que la gente supiera que no podíamos ofrecer todos los platos; tampoco quise que se enteraran los empleados.
Me puse en contacto con Lou, del colmado, y le pedí un favor.
—Entonces estabas allí cuando lo mataron.
—¿Por qué creéis que no se lo mencioné a la policía? No pensé que ella lo fuera a contar, al fin y al cabo era ella quien estaba en el coche con Guy. Su situación era peor que la mía.
—¿Quién es ella? —me salió decir.
No pude evitarlo. Había pensado que hablaba de su novia camarera, pero me acababa de dar cuenta de que se refería a otra mujer.
Frunció el ceño.
—Espera, ¿es esto algún tipo de truco? ¿Me habéis puesto un cebo y he caído en la trampa? ¿Y crees que voy a confesar ante la policía solo porque tú lo digas? Me parece a mí que no.
—No exactamente. Pero trabajas con personas que corroborarán que saliste del restaurante aquella noche. Sobre todo una persona en particular que sigue enfadada contigo… —No sentía ninguna lealtad hacia aquella camarera celosa.
Su larga exhalación se hizo visible con el vapor de su cigarrillo electrónico.
—Cómo no he caído antes.
—Cuéntanos. ¿A quién viste en el coche de Guy?
—No os voy a decir nada. Seguro que haréis que se vuelva en mi contra —dijo Derrick.
—Entonces iremos a la policía —repliqué.
—No te metas. Iré yo a la policía. Ella tiene más que perder. Encontrarán sus huellas o su pelo o algo en el coche.
—¿Y cómo sabremos que de verdad se lo has contado a la policía?
—¿A qué velocidad se corre la voz en este pueblo?
—Lo sabremos al cabo de un par de horas —Baz respondió a mi pregunta.
—De acuerdo entonces —acepté—. Pero si tú no vas, iremos nosotros.
—Iré. —Me miró fijamente mientras lo repetía.
Después de aquello, no habría posibilidad de ser amiga de Derrick. Había sobrepasado un límite bastante claro.
Me alegró dejar atrás aquel espacio maloliente y estrecho para volver a la camioneta de Baz. Subí al asiento del copiloto, mientras me preguntaba si sería un error confiar en Derrick.
Baz levantó la mano, con la palma hacia fuera, en el aire.
—No me dejes tirado.
Le choqué los cinco.
—¿Crees que Lou le habrá dicho a la policía que Derrick estuvo en su colmado alrededor de la hora en que mataron a Guy? —pregunté.
—No si ignoraba que Derrick era sospechoso.
Ya lo dijo la señora Schultz: en este pueblo la gente no va a dar información que pueda delatar a sus vecinos.
—¿Quién crees que estuvo en el coche de Guy? ¿Birdie? Supongo que tendremos que esperar a ver a quién detienen —dijo Baz.
—Sí, yo también creo que era Birdie. Vivian vio que discutieron días atrás.
Y Guy hizo el comentario aquel sobre su queso.
Probablemente era con ella con quien tenía la aventura, pero Birdie rompió y él amenazó con contarlo.
Si su marido se divorciaba de ella, podía incluso perder la granja de cabras.
Parece bastante obvio ahora al unir todas las piezas.
La idea de que Birdie fuera la asesina no me hizo sentir demasiado triunfante.
—¿Qué te pasa? Has resuelto el caso. Es lo que querías.
—Lo sé, pero es difícil alegrarse de que detengan a Birdie. Me cae bien.
—Cogió tu cuchillo y mató a un hombre, y estaba dispuesta a cargarte a ti con el muerto. Yo en tu lugar no estaría tan triste. Vamos. —Volvió a levantar la mano—. Choca otra vez.
Volví a chocar, esta vez a regañadientes.
Baz me dejó en ¿Qué Sería? antes de marcharse para trabajar en su chapuza.
La señora Schultz y Archie habían pasado una mañana tranquila en la tienda como auténticos profesionales. Les conté lo que había pasado con Derrick y Archie se fue a su cita con Hope.
—Supongo que ya está —dijo la señora Schultz cuando nos quedamos solas—. Es un alivio para nosotras, ¿verdad?
—Sí, es un alivio. —Repetí en mi cabeza las sabias palabras de Baz, pero aún me sentía mal por Birdie.
—Pero eso no borra lo que pasó, ¿verdad?
—dijo la señora Schultz al percibir mi abatimiento—.
He revisado mis recuerdos del instituto por si había algo del último curso de Guy que pudiera compartir con sus padres en la tarjeta de pésame.
Encontré su último diario de poemas. Debió de olvidar recogerlo antes de graduarse.
—¿Se lo vas a mandar a sus padres?
—Sí. Hay un haiku que quizá quieran incluir en el funeral: «En esta jaula/puedes estar un tiempo/antes de volar». ¿No es increíble? —dijo—. Es probable que tratara sobre un amor perdido, más que sobre la vida y la muerte, pero parece encajar tan bien en este momento…
—Ha sido muy considerada al tomarse la molestia, señora Schultz.
—Un padre nunca debería tener que enterrar a su hijo, tenga este la edad que tenga.
—Desde luego. —Reflexioné. El haiku se repetía en mi cabeza.
En esta jaula
puedes estar un tiempo
antes de volar.
«Antes de volar». ¿Estaría escribiendo sobre Birdie?
Archie tardó menos de una hora en volver. Se mostró callado e introspectivo, unos rasgos que no le pegaban mucho a nuestro afable compañero. Atendimos a los clientes que quedaban en la tienda antes de hablar con él.
—¿Qué ocurre, Archie? ¿Está bien Hope? —pregunté.
—La verdad es que no. —Se pasó la mano por la mata de pelo—. Anoche se enteró de que Guy Lippinger era su padre.