Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

CAPÍTULO VEINTICUATRO

E staba demasiado preocupada para recorrer a pie la larga manzana que nos separaba de La Parrilla del Damasco, así que subimos a la camioneta de Baz.

Me fijé bien en las aceras con la esperanza de que ya estuviera de vuelta hacia ¿Qué Sería?

No costaría mucho localizarlo, ya que la mayoría de las tiendas acababan de abrir, y las aceras aún estaban despejadas.

Cuando nos detuvimos en el semáforo en rojo de la esquina de Pleasant con Main —el único semáforo de Yarrow Glen—, estuve a punto de saltar del coche.

Desde allí veía La Parrilla del Damasco, en la esquina opuesta, con su moderna fachada negra y gris que se diferenciaba de la mayoría de los edificios del centro, más antiguos.

Estaban sirviendo el brunch de los domingos, de manera que la terraza cubierta de Main Street empezaba a llenarse de nuevo.

Mi teléfono sonó e inmediatamente comprobé los mensajes por si se trataba de Archie o de la señora Schultz.

—¿Es Archie? —preguntó Baz.

—No, es Vivian. Lleva desde anoche sin ver a Hope y me pregunta si he hablado con Archie.

—¿Hope ha desaparecido?

—No ha desaparecido. Le ha mandado un mensaje, imagino que habrán discutido.

—¿Vivian está segura de que no le ha pasado nada a Hope? Hay un asesino suelto por el pueblo. Cualquiera ha podido mandar un mensaje desde el móvil de Hope.

—No se me había ocurrido.

—Quizá a Vivian sí. No es de las que reconocen estar preocupadas, a veces es un poco mendruga. —Se echó a reír de su propio chiste.

—Es probable. Voy a decirle que, en cuanto encontremos a Archie en el restaurante, le preguntaremos por Hope.

El semáforo se puso en verde y la camioneta de Baz enfiló Main Street hacia La Parrilla del Damasco.

—Deja la camioneta detrás del aparcamiento —le ordené a Baz—. Si Archie ha venido a hablar con sus amigos, es probable que haya entrado por la puerta de servicio del callejón.

Nos bajamos del vehículo y vimos que Birdie venía desde el callejón trasero del restaurante hacia su coche.

La saludé con un gesto y la llamé. Estaba deseando preguntarle por su discusión con Guy, pero ese no era el momento.

Me preocupaba más Archie. Hizo un gesto al verme y se acercó a mí. Baz se quedó atrás.

—Últimamente te veo mucho por el pueblo —comenté.

—Y que lo digas. Ha sido una visita de emergencia para traer más queso. Derrick calculó mal la cantidad necesaria para hacer esas bolas de queso de cabra que quiere añadir a la carta.

—Es estupendo que vaya a usar tu queso.

—Gracias a que nos presentaste en tu clase.

—Me alegro de haberos puesto en contacto. Escucha, ¿no habrás visto por casualidad a Archie mientras estabas dentro?

—¿El chico que trabaja en tu tienda?

—Sí, ¿te acuerdas de él?

—Claro, pero no lo he visto, lo siento.

—No pasa nada.

—Tengo que irme. ¡Un placer volver a verte!

Se marchó hacia su coche y me dejó allí con mis preguntas. Baz me alcanzó.

—¿Dónde estará Archie? —le pregunté, cada vez más preocupada.

—Puede que Birdie no lo haya reconocido, en realidad no lo conoce tanto.

—Será eso. No me apetece nada entrar. Lo último que querrá Derrick es verme de nuevo en su cocina. Y a la camarera de hace dos noches, si está trabajando hoy, tampoco le hará ninguna gracia mi presencia.

—Además, puede que Archie intente pasar desapercibido mientras interroga a sus amigos. En ese caso, lo estarías delatando. ¿Qué tal si entro yo? —propuso Baz.

Justo entonces vimos a uno de los empleados de cocina, vestido con delantal, que salía por la puerta de servicio trasera y venía en nuestra dirección.

Encendió un cigarrillo y desapareció tras la valla de madera de dos metros y medio de altura que rodeaba el recinto del contenedor de basura.

Baz y yo continuamos. Mientras caminábamos desde el lado opuesto, dispuestos a entrar en el restaurante, el portón volvió a abrirse y me sorprendió ver salir a Archie con otro empleado con delantal, este último de su misma edad.

Archie se quedó igual de sorprendido que nosotros.

—¿Tan tarde llego al trabajo? —Archie sacó el teléfono del bolsillo de sus bermudas para comprobar la hora.

—No, vas bien. Solo estábamos preocupados por ti.

—Recuerda, lo has prometido —le dijo el chico que lo acompañaba.

—Tranqui —respondió Archie.

Se chocaron los puños y el tipo volvió por el callejón y entró en el restaurante.

—¿De qué iba eso? —dije.

Archie miró hacia el recinto por donde había entrado el otro empleado e inclinó la cabeza hacia el aparcamiento para indicarnos que nos alejáramos del recinto de la basura.

—No quiero que nadie nos oiga —dijo cuando nos alejamos lo suficiente—. La coartada de Derrick es falsa. Esa noche estuvo fuera del restaurante al menos durante veinte minutos.

—¿Estás seguro?

—Le dijo a la camarera de recepción que tenía que ir a buscar algo que se les había acabado y le pidió que no dijera nada si preguntaban por él, porque no quería que nadie se enterara de que se había equivocado al hacer el pedido.

Luego, cuando llegó la policía tras el asesinato de Guy, le rogó que le guardara el secreto.

—¿Y ella por qué se lo guardó? ¿Por miedo a perder el trabajo?

—Porque están liados. Sin embargo, la otra noche debió de pasar algo entre ellos, porque la camarera estaba muy enfadada con Derrick y se lo contó todo a mi amigo Lester.

—¿Lester es el chico con el que hablabas?

Archie asintió.

—Tenemos que contárselo a la policía —dijo Baz.

—No podemos. Le he prometido a Lester que no diría nada —replicó Archie con gesto de preocupación.

—Pero nosotros no se lo hemos prometido —repuso Baz.

—Me ha dicho que, si alguien se entera, lo negará todo. Teme por su trabajo. Acaba de tener un bebé. —Archie nos miró con ojos suplicantes.

Mierda.

—A lo mejor podemos conseguir que la camarera se lo cuente a la policía.

—Están juntos de nuevo, desde anoche, así que ha amenazado a Lester para que no cuente nada.

Desconcertados, no nos movimos del aparcamiento. Entonces sonó el teléfono de Archie.

—Es Hope —dijo.

—¡Hope! Casi se me olvida. ¿Te ha dicho dónde está? Vivian lleva toda la mañana buscándola —le expliqué.

—¿A qué te refieres? ¿No estaba en la panadería?

—No. Vivian está preocupada por ella y, si te digo la verdad, nosotros también.

Archie leyó el mensaje.

—Solo dice que quiere hablar conmigo.

—Contéstale. Averigua qué está pasando.

Archie movió los pulgares por el teléfono a la velocidad del rayo. Lo miramos impacientes. El teléfono volvió a sonar.

—Quiere quedar conmigo en el parque. No aclara qué está pasando. Le diré que puedo quedar con ella a las dos, durante mi pausa para comer.

—No hace falta que esperes tanto. Vuelve a la tienda para ayudar a la señora Schultz y, en cuanto yo llegue, puedes quedar con Hope. Dile que no tardarás mucho.

—¿Seguro?

—Sí. Hoy ya has cumplido de sobra con tus obligaciones.

—De acuerdo, gracias. ¿Y qué vais a hacer con Derrick? No le podéis contar ni a él ni a la policía lo que sabéis.

—No se lo contaremos. Prometido.

Archie asintió. Cogió el monopatín, que estaba apoyado en el recinto de la basura y se marchó hacia ¿Qué Sería?

—¿De verdad que no le vas a contar nada de esto al detective Heath? —dijo Baz con escepticismo.

—No quiero ser responsable de que alguien pierda su trabajo. Y, de todos modos, si después lo van a negar, tampoco nos servirá de mucho contarlo. Además, Heath me echaría otro rapapolvo por meter las narices en la investigación.

—Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados.

—No pensaba quedarme de brazos cruzados. Habrá que encontrar otro camino.

Estábamos a punto de volver a la camioneta cuando oímos de nuevo la puerta de servicio.

Esta vez era Derrick, que salía por la parte trasera del restaurante en dirección al recinto de la basura.

Baz y yo nos apresuramos a escondernos detrás de la valla de madera, desde donde oímos que Derrick gritaba que los platos se estaban amontonando.

Eché un vistazo y vi que el lavaplatos que se había tomado un descanso para fumar volvía a toda prisa al restaurante y se cruzaba con la camarera de la otra noche, que se reunió con Derrick.

Baz y yo pegamos la oreja a la madera, pero no oímos ninguna conversación.

Salí de nuestro escondite y le hice señas a Baz para que me siguiera hasta la parte delantera del recinto de la basura, cuyo portón estaba entornado. Seguíamos sin oír nada.

La impaciencia pudo conmigo. Le indiqué a Baz que iba a entrar. Abrí el portón lo suficiente para deslizarme dentro. Y, al instante, me arrepentí.