Capítulo veintitrés
CAPÍTULO VEINTITRÉS
M e desperté en algún momento de la noche con un tirón en la pierna y me fui cojeando a la cama, donde me puse a dar vueltas durante las pocas horas que me quedaban de sueño.
En cuanto sonó el despertador, caí en la cuenta de que se me había olvidado atrasarlo una hora para la apertura dominical de la tienda, pero no había manera de volver a dormir.
Recordé que, de todos modos, me había ofrecido para recoger el pan antes y así hablar con Vivian.
Pensé en cómo le sacaría el tema de Birdie.
Tendría que ser un poco más disimulada a la hora de hacer preguntas, porque ya había demostrado que se me daba bastante mal.
Iba repasando mentalmente mi guión con Vivian cuando doblé la esquina de mi callejón y casi me choqué con Roman.
Me tambaleé para evitar la colisión y él tuvo que sostenerme.
Cuando recuperé el equilibrio, ambos estábamos agarrados.
Lo solté como si acabara de tocar el mango de una sartén recién salida del horno.
—Perdona —dijo él mientras también me soltaba.
—No, ha sido culpa mía. Iba distraída.
—Venía a verte. Ayer no tuvimos oportunidad de hablar. —Hizo un gesto para que nos sentáramos en el banco de la acera que había delante de mi tienda. Tras el veredicto alcanzado la noche antes con mis amigos, sentí cierto reparo.
—Supongo que tendría que haberte traído un café o algún tipo de ofrenda como señal de paz —dijo.
—Con la verdad será suficiente.
—Buena respuesta. Iré directo al grano entonces.
Parece que averiguaste que mi familia es la propietaria de los viñedos Enora, llamados así por mi abuela.
Me pasé toda mi infancia aprendiendo sobre vinos y siempre trabajé allí.
Sé que debería estar agradecido por haber nacido en un negocio familiar tan próspero, pero quería crear algo propio.
Cuando me metí en la elaboración de hidromiel, descubrí mi pasión.
—¿Y por qué lo mantienes en secreto?
—He intentado hacer otras cosas en el pasado, otros proyectos, pero siempre me juzgaron por mi familia.
La gente pensaba que me lo habían regalado todo y que era imposible que yo fuera una persona trabajadora, o que las cosas debían irme mucho mejor de lo que me iban.
Cuando llegué a Yarrow Glen para abrir mi destilería de hidromiel, decidí que me juzgarían solo por mi carácter y mi negocio.
Es tan sencillo como eso, pero comprendo que te sientas engañada y lo siento.
Estupendo. Ahora no podía estar enfadada con él. Me sentía identificada en eso de romper con la familia, algo que Baz también había hecho. Y, qué puñetas, a ambos los admiraba por ello.
—Lo entiendo. —Ahora era yo quien se sentía culpable—. Tienes todo el derecho del mundo a mantener tu vida personal en privado.
—Gracias por comprenderlo. Como compensación, pregúntame lo que quieras. Seré sincero contigo.
Se merecía que lo dejara en paz, pero necesitaba algunas respuestas sobre otro secreto distinto.
—Si insistes… ¿De qué quería hablar contigo el detective Heath ayer?
Vaciló y tuve la sensación de que se había arrepentido de darme carta blanca.
—Quería saber más cosas sobre Guy.
—¿Y qué cree que sabes tú?
Roman cambió de postura.
—Han revisado sus cuentas bancarias. Guy sacaba grandes sumas de efectivo de manera periódica y el detective quería saber si yo conocía el destino de ese dinero.
—¿Y por qué creyó que tú podrías conocerlo?
Se encogió de hombros.
—A saber.
—Bueno, ¿y lo conoces?
—No tengo ni idea, ¿por qué iba yo a saberlo?
—La policía piensa que podrías saberlo, en caso contrario no te habrían preguntado.
—Doy por hecho que se lo han preguntado a todos los conocidos de Guy. Si tienes algo que decirme, Willa, adelante. ¿Piensas que soy culpable de algo solo porque era simpático con él?
—Claro que no. — No si lo dices así —. ¿No te pone nervioso que la policía sospeche de ti? De mí también sospecha, si te sirve de consuelo.
—No me sirve de consuelo. No quiero que ninguno de los dos estemos en esta encrucijada.
—Si al menos tuviéramos una coartada como Derrick…
—Yo la tengo.
—¿Tienes coartada? Pero si me dijiste que estuviste solo en tu apartamento.
—Te dije que estuve en mi apartamento, no que estuviera solo.
Sentí que el calor me subía por el cuello hasta las mejillas.
—Entiendo.
—No es nada serio.
—No me tienes que dar explicaciones, Roman.
—Es una vieja amiga…
—De verdad, no tienes que explicarme nada. No debí dar nada por sentado. —Por primera vez, no deseaba oír más detalles de esa noche—. Tengo que ir a recoger el pan de Vivian antes de abrir la tienda. —Me levanté de un salto, pero me agarró de la mano.
—Oye, me pediste que fuera sincero.
—Tienes razón. Por supuesto. Y agradezco tu sinceridad.
Traté de marcharme con una sonrisa, pero mis emociones no colaboraron.
Aparté la mano de la suya y me alejé por la acera hacia Hora de Levantarse sin mirar atrás.
No sabía si estaba más decepcionada con él o conmigo.
Vivian ya me había advertido. Era mucho mejor mantenerse a distancia de Roman.
Saber que estaba con otra me había escocido tanto como admitir que empezaba a sentir algo por él.
Me reprendí a mí misma durante todo el trayecto, de manera que, al entrar en la panadería, ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí.
El aroma del pan caliente y el azúcar me sacó de mi ensoñación.
Detrás del mostrador estaba la misma cajera del otro día, que no era Hope, ayudando a media docena de clientes.
La puerta de la cocina se abrió y Vivian salió a toda prisa con una bandeja de pan.
—Willa, me alegro de verte —dijo mientras inclinaba la bandeja para volcar su contenido sobre una cesta ancha.
Mierda . Roman me había despistado tanto que había olvidado lo que iba a decir. Me apresuré a poner en orden mis pensamientos.
—Hola, Vivian. Hoy recojo yo el pan en vez de Archie.
—¿Has hablado con Archie esta mañana? —preguntó mientras se ajustaba el pañuelo azulón que le mantenía recogido el pelo rojizo y el flequillo en su sitio.
—Todavía no. ¿Por qué?
Vivian me llamó hacia el lateral del mostrador, donde ambas nos apoyamos para hablar en privado.
—Hope no ha venido esta mañana. Pensaba que quizá Archie sabría dónde está.
—¿No has tenido noticias de ella?
—La he llamado y le he mandado varios mensajes. Me respondió con un mensaje corto y tajante. A veces se pone así conmigo, pero por lo general conozco la razón. Esta vez no tengo ni idea de qué le pasa.
—Se lo preguntaré a Archie cuando lo vea.
—Gracias.
Antes de alejarse, le pregunté:
—¿Vino ayer Birdie?
—No, ¿por qué?
—Va a organizar unas visitas a su granja y, como le encantó el pan de mis degustaciones, dijo que quería hablar contigo para hacerte un encargo.
—Ah. —Vivian asintió y no dijo nada más.
Así que su extraña reacción al ver a Birdie no había sido imaginación mía. No supe bien cómo abordar el tema, así que decidí seguir el ejemplo de Roman y actuar con sinceridad.
—¿Puedo decirte una cosa, Vivian?
—Claro.
—Ayer me dio la impresión de que tratabas de evitar a Birdie. Durante la clase de elaboración de queso parecíais muy amigas, por eso me extrañó.
De repente, Vivian se concentró en quitarse la harina del delantal. Al cabo de un rato, dijo:
—Me siento un poco incómoda a su lado, porque no estoy segura de cómo comportarme. Quizá sea bueno que hayas sacado el tema, porque necesito hablarlo con alguien.
—Puedes hablar conmigo.
—No soy amiga de Birdie, pero sé que en el pueblo la respetan mucho. No me gustaría hacer nada que le hiciera daño.
—¿A qué te refieres?
Miró hacia atrás y por un momento pensé que me iba a decir que tenía que volver al trabajo, justo cuando mi curiosidad estaba en su máximo apogeo.
—La vi discutiendo con Guy Lippinger —soltó por fin.
No pude ocultar mi sorpresa.
—¿La noche en que lo mataron?
—No, varios días antes. No me gusta meterme donde no me llaman, así que lo borré de mi cabeza; pero ahora que lo han asesinado, siento cierto cargo de conciencia. No se lo conté al detective Heath, pero a lo mejor debería haberlo hecho. Tal vez no sea nada, pero…
—Tal vez sea algo —terminé la frase.
Ella asintió.
—¿Te enteraste de por qué discutían?
—No oí las palabras, pero su lenguaje corporal demostraba que era algo personal, íntimo, incluso, íntimo .
—Creo que se lo deberías contar a la policía. Si no es nada, ellos lo aclararán.
—De acuerdo. Iré esta tarde. Ahora mismo me falta personal y Jasmine no lleva mucho con nosotras.
—¿ Serás capaz de arreglártelas?
—Ya conoces mi lema: «Los problemas, de uno en uno». De momento estamos bien.
—Voy a preguntarle a Archie y te digo si sabe algo de Hope.
—Gracias. Hope es propensa al drama, pero al menos suele avisarme de qué va la cosa.
Salí de la panadería con el pan del día: dos hogazas de pan de centeno enriquecido con miel de caña. Cuando crucé la calle, vi que Baz salía de la librería-cafetería con un elaboradísimo café helado extragrande. Me vio y esperó a que lo alcanzara.
—¿Tomando un poquito de café mezclado con la nata montada de las mañanas? —me burlé.
—Hasta que añadan cafeína a los batidos. ¡Salud! —Hizo ademán de tomar un enorme sorbo de la pajita con las mejillas hundidas.
—Me alegro de haberte pillado antes de trabajar —dije.
—Hoy solo tengo una chapuza, más tarde. Los domingos intento estar tranquilo.
—Entonces, acompáñame. Tengo muchas cosas que contarte.
El tintineo agudo de un timbre desvió nuestra atención hacia la calle.
Era la señora Schultz, que, con la falda remetida entre el trasero y el sillín de la bicicleta, pedaleaba por nuestro lado hacia ¿Qué Sería?
Nos reunimos con ella en la puerta mientras yo trataba de abrir con el pan en los brazos.
Una vez dentro, les conté lo que Vivian había dicho sobre Birdie.
—Entonces quizá fuera Birdie quien tenía una aventura con Guy —concluyó Baz.
—Como mínimo, Birdie me mintió cuando dijo que no había mantenido ningún contacto con él. Porque algo pasó —dije.
Me siguieron a la cocina, donde corté uno de los sabrosos panes de centeno, primero en rebanadas y luego en porciones de un solo bocado.
Había pensado en una selección de nuestros quesos tilsit —danés, alemán y suizo—, equivalentes al havarti pero más atrevidos.
Ese tipo de queso se fabricó por casualidad cuando los holandeses se establecieron en Prusia Oriental e intentaron recrear su apreciado gouda.
Las cuevas donde lo maduraban eran húmedas y estaban llenas de mohos, levaduras y bacterias que dieron lugar a este nuevo queso bautizado con el nombre de la ciudad.
Para degustarlo, hacía falta un pan igual de audaz, por eso había escogido el de centeno, de sabor ácido e intenso.
—Tal vez nos equivocamos con Roman —dijo la señora Schultz.
—También tengo novedades respecto a él. —Les expliqué por qué el detective Heath lo había interrogado por segunda vez.
—¿Alguna idea de para qué era el dinero? —preguntó Baz.
—Estaba pensando… Recordáis que Guy aceptó un acuerdo con Derrick para zanjar el tema del juicio, ¿no?
—Sí —contestaron al unísono.
—¿Y si a Derrick le pudo la avaricia? A lo mejor, al ver que Guy había aceptado el acuerdo a cambio de no desvelar lo de su aventura, siguió chantajeándolo después.
—Quizá le hayamos dado demasiada credibilidad a la coartada de Derrick —Baz sorbió el último resto de su empalagoso café.
—Ay, madre —la señora Schultz empezó a frotar con nerviosismo las borlas de su fular como si fueran las cuentas de un kombolói griego.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Ahora me preocupa Archie —dijo.
—¿A qué te refieres? ¿Y dónde está, por cierto? —No era propio de él llegar tarde al trabajo.
—Me mandó un mensaje esta mañana para avisarme de que quizá llegara unos minutos tarde. Me dijo que iba a La Parrilla del Damasco para hablar con unos amigos suyos que trabajan allí y averiguar si había algún chisme sobre Derrick.
—No me gusta —dije—. Si Derrick es el asesino, no quiero que Archie ande por allí indagando cosas sobre él. Le prometimos a su madre que lo vigilaríamos. Señora Schultz, ¿le importa quedarse sola un momento?
—Claro que no.
—Ven conmigo, Baz. Vamos a buscar a Archie.