Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

CAPÍTULO VEINTE

P or la mañana el detective Heath ya se había ido.

Los pensamientos sobre él salieron por la puerta a la vez que yo, ya que me esperaba un día grande en la tienda.

A las pocas horas de abrir, la animada caza del queso estaba ya en todo su apogeo.

El anuncio en la página web de la ruta del queso parecía haber funcionado: los clientes que visitaban por primera vez Yarrow Gleny ¿Qué Sería? llegaban en tropel.

Incluso aquellos que al principio parecían reacios a participar acabaron contagiándose del espíritu general y aplaudían cada vez que alguien traía el queso correcto al mostrador.

A la gente le encantaba aprender datos divertidos mientras buscaban el queso correspondiente.

Por una vez, todo el mundo estaba tan entusiasmado con el queso como yo.

Ni siquiera nuestra gran inauguración había resultado tan animada.

Vivian se acercó corriendo a la caja registradora con una cuña de parmigiano reggiano en una mano y una pista en la otra, como una concursante de El precio justo a la que llaman… ¡a jugar! Me entregó su pista.

—¿He acertado?

Este queso solo se elabora en tres provincias italianas y tiene una corteza dura de color dorado claro y un interior de color pajizo.

—¡Correcto! —anuncié mientras golpeaba varias veces el timbre metálico, cuyo tintineo vino acompañado de un «¡yuju!» colectivo de los clientes. Había dejado que la señora Schultz aumentara la teatralidad del juego con uno de esos timbres que se usan en la recepción de los hoteles.

—Tienes un quince por ciento de descuento en tu compra. ¿Quieres llevarte este queso o prefieres otro?

—Me gustaría probar este. Nunca lo he comido fresco; solo conozco el que viene envasado en un bote verde.

—Entonces prepárate para que se te despierte el paladar, porque este producto es muy distinto del que se vende en los supermercados.

En Italia, el parmesano solo lleva tres ingredientes por ley y tiene que estar producido en un plazo de veinte horas desde que se ordeña la vaca hasta que se elabora el queso en la provincia de Reggio Emilia.

—No tenía ni idea. Qué ganas de probarlo.

Le di la cuña a la señora Schultz para que se la cobrara a Vivian.

—Por cierto, gracias por haber venido.

—De nada. ¡Es muy divertido! Además, me has mandado varios clientes desde que abriste. No dejan de decirme que han probado mi pan aquí. Empiezo a pensar que debería dejar pan en todos los negocios.

—Como un rastro de migas que lleve hasta tu panadería.

—¡Eso es! —Su risa desbordante inundó la tienda.

Traté de conciliar las sospechas pasajeras que había albergado sobre ella el día anterior con la simpática mujer a la que empezaba a conocer y que tan bien me caía.

Quería pensar que a lo mejor me había equivocado y el asesino de Guy no era ninguno de mis recientes amigos.

Por desgracia, el hecho de que el arma del crimen solo pudiera proceder de alguno de los asistentes a la clase de preparación de quesos prevalecía por encima de mis ilusiones.

Por el rabillo del ojo vi que llegaba Birdie. La recibió Archie, que se encontraba cerca de la puerta para informar a los clientes de las reglas del juego.

—Ay, mira, ha venido Birdie —dije.

La señora Schultz y Vivian se percataron de su llegada.

—Tus barras y el pan plano combinaron a la perfección con su queso de cabra ayer. Dijo que hoy iría a comprarte pan. —Salí de detrás del mostrador y Vivian y yo nos acercamos a saludar a Birdie.

Sin embargo, Vivian no me siguió y su entusiasmo desapareció.

—Hope quería venir un rato, así que tengo que relevarla en la panadería. Gracias por el queso. —Agarró el parmigiano reggiano y salió de la tienda sin siquiera levantar la vista para saludar a Birdie.

—Qué raro —comentó la señora Schultz.

Le di la razón.

—¿No te ha dado la sensación de que no quería ver a Birdie? En la clase de quesos parecían estar bien. Me pregunto qué habrá pasado.

Me acerqué a ver a Birdie. Mencioné que acababa de despedirme de Vivian para calibrar su reacción, pero lo único que dijo es que se pasaría por la panadería más tarde. No parecía ser consciente de que Vivian tuviera algún problema con ella, si es que lo tenía.

Tres amigas procedentes de San Francisco acertaron con el chévre de Cabras Sonrientes y se mostraron encantadas de que les presentara a la mujer que lo elaboraba.

Dejé que Birdie deleitara a los clientes con anécdotas sobre las cabras y el proceso de elaboración del queso y me volví para ayudar a la señora Schultz con el siguiente grupo de clientes que se encontraba junto a la caja registradora.

Me alegró ver que el tarro para las estimaciones de la Rueda de Cheddar Monstruosa estaba lleno de papelitos y tarjetas de visita.

—Parece que la mayoría de nuestros clientes proceden de otros lugares, ¿no le parece, señora Schultz? ¿Ha visto hoy a algún conocido del pueblo?

—A unos cuantos, sí. Pero tienes razón. Por las conversaciones que estoy oyendo, la mayoría son turistas.

—Me alegra que la publicidad haya funcionado, pero estoy un poco decepcionada por no haber atraído a más gente de aquí.

Que Archie se disfrazara de mascota no había surtido tanto efecto como yo esperaba.

Me pregunté si el rumor sobre el asesinato estaría afectando al negocio.

Recordé la reacción inicial de incomodidad que mostró Constance al conocerme.

Los turistas eran estupendos para el negocio, pero no iría bien si no lográbamos establecernos en la comunidad.

—Ahí hay alguien del pueblo. —La señora Schultz señaló a Roman, que estaba en la zona de la cocina probando unas muestras gratuitas dispuestas en una bandeja.

No lo había visto llegar. Las tres mujeres de San Francisco parecían mirarlo con interés y sentí una indeseada punzada de celos.

Mis sentimientos hacia él eran encontrados, aunque, según parecía, mi subconsciente seguía sintiendo atracción.

En otras circunstancias lo habría ignorado, pero tenía que hablar con él y averiguar por qué me había mentido. Dejé mi puesto para saludarlo.

—Gracias por venir —le dije, tratando de sonar lo más neutra posible.

—No me lo habría perdido por nada del mundo, siento no haber llegado antes. Parece que la tienda va bien —dijo sin mirar a nadie más que a mí.

Aparté la mirada y lamenté mi falta de autocontrol. Enseguida volví a mi zona segura: la conversación sobre quesos.

—Sí, todo el mundo se lo está pasando genial. La mayoría de los clientes están usando el código de descuento para comprar el queso que han encontrado en la caza, cosa que me alegra. Me encanta que compren tipos de queso que de otro modo no probarían.

—Es un juego muy astuto. A lo mejor yo también debería ser más creativo con el marketing .

—Seguro que sabes bastante de marketing después de haberte criado en una familia de viticultores.

Hala, ahí lo llevas.

Agachó la cabeza a sabiendas de que lo había pillado.

—¿Por qué me mentiste? —continué—. Te pregunté por la marca del vino en tu tienda y no me dijiste ni media palabra de que perteneciera a tu familia.

—Escucha, Willa…

Se quedó callado a mitad de frase y vimos entrar al detective Heath. ¿Cómo era posible que Heath siempre supiera cuándo me iban a dar información? Vi que Birdie también se fijaba en él. ¿También parecía nerviosa?

Vino directo hacia donde estábamos Roman y yo, y nos saludamos con educación, tal vez con incomodidad.

Bajé la voz.

—Este no es el mejor momento para preguntas. Como ve, hay bastante gente.

Heath se dirigió a Roman.

—Me dijeron en la destilería que lo encontraría aquí.

—¿Qué puedo hacer por usted, detective? —dijo Roman, imperturbable en apariencia.

—Es mejor que salgamos.

Me alivió saber que no hablarían del asesinato en mi tienda llena de compradores, pero me moría por salir con ellos y enterarme de la razón que había traído a Heath en busca de Roman.

Ya lo había interrogado una vez. ¿Sería ahora el sospechoso principal?

Me pregunté si mi teoría sobre su conexión con Guy sería cierta.

Quizá yo no fuera la única a quien Roman había mentido.

Sentí que debía decirle algo reconfortante a Roman antes de que se marchara, pero no supe si lo merecía. Crucé la mirada un instante con Birdie, que también los observó mientras salían de la tienda.

Tras esperar un par de minutos, me acerqué a la puerta abierta para ver si me enteraba de algo.

Los dos hombres habían cruzado la calle y estaban hablando en la acera, delante de la destilería de Roman.

Hope subió trotando por la calle y pasó por mi lado al entrar.

A Archie se le iluminó la cara. Terminé de salir para tomar un poco el aire.

Me sentí aliviada al ver que no habían arrestado a Roman y después enfadada por sentir ese alivio.

¿Acaso no quería que se resolviera el asesinato?

Era frustrante que los posibles sospechosos fueran personas que me caían bien.

Estaba enfadada con Roman por no haber sido sincero conmigo, pero ¿era yo sincera con él?

Es más, ¿era yo sincera con todos ellos?

Vivian y Birdie ya me habían ayudado en la tienda, incluso Derrick había intentado ser amable al venir a la clase de fabricación de queso.

Y mi leal empleado Archie estaba enamorado de Hope, que también estaba en mi lista de sospechosos.

Una vez más, me planteé que tal vez el asesino no fuera uno de ellos. Tal vez, de alguna manera, alguien más había tenido acceso al cuchillo para queso de mi cesta de regalo y lo había utilizado para matar a Guy.

Entré de nuevo en la tienda, aún intrigada por saber qué quería el detective Heath de Roman. ¿Me lo contaría Roman ahora, después de que lo hubiera llamado mentiroso un momento antes?

Intenté apartar de mi mente todo aquel asunto y disfrutar del éxito de la jornada. Birdie se marchó un poco después, antes del resto de la multitud, y Hope dejó a Archie con una sonrisa de oreja a oreja.