Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

CAPÍTULO DIECINUEVE

E n cuanto terminó la canción, Heath me soltó la mano.

—Deberíamos tomar el aire —dijo.

Dejó algo de dinero en la mesa antes de que subiéramos la escalera y saliéramos al porche del hotel.

Heath se quedó con las manos en los bolsillos y la chaqueta del traje apartada hacia atrás.

Esperé a que dijera algo, pero se limitó a sacudir la cabeza y mirarse los zapatos.

Miré de reojo sus rasgos fuertes iluminados por la luz exterior.

Tenía un gesto duro en la boca, una expresión que no esperaba.

—¿Está enfadado por algo?

Por fin me miró.

—No. Pero necesito que me prometa que dejará de husmear por ahí.

—No sé si puedo prometer eso. Al menos mientras mi nombre siga en entredicho.

—Me resultará difícil limpiar su nombre si tengo que perseguirla.

—¿Y quién le ha pedido que me persiga? — ¿Por eso ha bailado conmigo? Me fui del porche con grandes zancadas en dirección a mi apartamento.

—¡Willa! —me llamó.

Oí sus pasos por detrás, pero seguí caminando hasta que el semáforo de Main Street me detuvo. Si no hubiera tenido a un detective de la policía a mi espalda, habría cruzado en rojo, pero en ese momento lo único que podía hacer era esperar a que la luz cambiara.

Se puso a mi lado.

—Willa, no quería decir eso.

Clavé mi mirada láser en la mano roja del semáforo deseando que se pusiera verde.

—Hay un conflicto de intereses —continuó.

—Porque aún sospecha de mí, ¿no?

En cuanto aparté la mirada de la luz roja, el semáforo empezó a pitar para permitir el paso.

—Porque usted es parte de una investigación —dijo mientras seguía mi ritmo acelerado.

—Lo entiendo perfectamente, detective Heath. No se preocupe. —Recorrí con prisa el resto de la manzana en silencio, pero sus largas zancadas me seguían sin esfuerzo—. Voy directa a casa, se lo prometo. No tiene que seguirme.

—Está oscuro. Quiero asegurarme de que llega a salvo.

—Puedo cuidar de mí misma.

Con la barbilla levantada como muestra, doblé la esquina y entré en el callejón que se abría junto a mi tienda.

Una nube de pánico me agarró del pecho y me detuvo en seco como un gas invisible.

Los potentes focos del edificio apuntaban hacia la acera, pero solo formaban dos círculos de luz en la oscuridad.

Era allí donde había encontrado muerto dos días antes a Guy Lippinger.

La escena me cruzaba la cabeza cada vez que pasaba por allí, pero era la primera vez que entraba en el callejón a esas horas de la noche. Era imposible que mis sentidos no pulsaran el botón de repetición.

—La acompaño hasta la puerta —dijo.

Aunque en ese momento no hubiera nada que deseara más que atravesar ese callejón a su lado, mi ego herido no me lo permitió.

—No hace falta. Es solo un callejón. —Y entonces, para mi disgusto, lo miré en busca de refuerzo.

—Es lógico sentir miedo al volver al escenario del crimen. No tiene que demostrarme su fortaleza. —Estiró la mano en busca de la mía y la luz de la farola hizo destellar la alianza de su mano izquierda.

Entonces lo entendí. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¿Por qué había bailado conmigo?

—Vuelva a casa con su mujer, Heath.

La rabia venció al miedo y me impulsó a toda prisa por el callejón. Cuando llegué a la escalera que conducía a mi apartamento, el detector de movimiento que mi padre había insistido en instalar parpadeó y lanzó un haz de luz que iluminó los escalones. Puede que los padres siempre tuvieran razón.

Troté escalones arriba hacia el porche y al instante me encontré en el interior de mi casa y cerré la puerta. Menuda nochecita. ¡Y menudo idiota!

Tenía que sacudirme el mal rollo. Al día siguiente era la caza del queso en ¿Qué Sería? y era imprescindible que todo saliera a pedir de boca, así que necesitaba descansar. Seguí mi rutina previa a acostarme, aunque supe que no dormiría. No podía quitarme a Heath de la cabeza.

¿Y quería que confiara en él? ¡Ja!

Ahora sí que tenía que resolver aquello sola. Me llevé la almohada al salón para estar cómoda en el sofá, encendí la tele y llevé la pecera de Loretta al banco que usaba como mesa de centro.

—Me da igual lo que opine Baz, Loretta. Sigo pensando que eres una chica, porque los tíos dan asco.

Me empezaron a sonar las tripas con el programa Trinchado , que me recordó que las patatas fritas con trufa no eran una cena en condiciones.

Ver el canal Food Network acabó con la decisión que había tomado ocho minutos atrás de no picar nada por la noche.

Me merecía algo rico. Dejé de enfrentarme al hambre, me puse a registrar los armarios de la cocina y encontré una cebolla y una barra de pan sobrante de la degustación de queso de cabra de aquella tarde.

Por suerte, tenía bastantes ingredientes básicos.

Con caldo de ternera y jerez preparé una sopa de cebolla.

¿Qué mejor plato para cenar sola? No había una manera elegante de disfrutar de las hebras largas y sabrosas de queso suizo y provolone fundidas sobre la rebanada de pan ligeramente inmersa en el caldo.

Ya que solo estaba Loretta para juzgarme, sorbí con desenfreno hasta vaciar la sopera. Ya podía irme a dormir.

Al apagar la lámpara de la esquina, el salón se quedó completamente a oscuras, salvo el débil fulgor que llegaba desde el aparcamiento.

Cuando me acerqué a recoger la almohada del sofá, el brillante foco blanco que se reflejó en la pared me hizo saltar como un gato asustado.

Tardé un segundo en darme cuenta de que era el detector de movimiento que se encendía de manera automática cuando alguien subía las escaleras.

Eso no me reconfortó. Significaba que había alguien ahí fuera.

Me agaché y me dirigí a cuatro patas hasta la ventana para asomarme por encima del alféizar.

El porche estaba vacío. Tal vez la luz había asustado a quienquiera que fuera.

Entonces me arrodillé y pegué la mejilla contra el cristal para ver el final de la escalera.

Había alguien allí abajo y lo reconocí de inmediato.

Era Heath, sentado en el último escalón. ¿Qué hacía?

La luz volvió a apagarse. Me deslicé hasta el suelo y me quedé sentada con la espalda contra la pared a la espera de que la luz invadiera de nuevo el salón, pero no lo hizo. ¿Pensaba quedarse ahí toda la noche? ¿Estaba en la escalera porque quería protegerme o porque sospechaba de mí?