Capítulo dieciocho
CAPÍTULO DIECIOCHO
E ntró el detective Heath. Arándanos .
—Encantada de conocerla —le dije a Constance a toda prisa mientras agarraba mis patatas fritas con trufa.
Quería largarme de allí antes de que ella tuviera la oportunidad de soltarse de la lengua y contarle al detective que había hablado conmigo del asesinato. Pero al darme la vuelta vi que venía directo hacia mí. No podía escaquearme con un simple saludo.
—Hola, detective —gritó Constance con voz coqueta.
—Hola, señorita Yi —contestó el detective Heath. A continuación me miró—: Volvemos a encontrarnos.
De repente, me sentí como una adolescente a la que acababan de pillar volviendo tarde a casa después de la hora acordada. Era ridículo. Podía ir donde me diera la gana. Aun así, me vi dándole explicaciones:
—Estaba buscando el bar.
—¿Le importa si la acompaño?
Como si pudiera negarme.
—Por supuesto que no.
Le lancé una mirada fugaz a Constance, que me respondió levantando los pulgares, supongo que porque me iba a tomar una copa con el detective buenorro. Si ella supiera…
Encontré la puerta roja al fondo del pasillo, tal y como Constance me había indicado antes.
Nada más abrirla, la tranquilidad que desprendía el vestíbulo del hotel cambió de golpe.
La música country se mezclaba con las conversaciones solapadas, un sonido cada vez más fuerte a medida que descendíamos los escalones.
El Sótano parecía un pub inglés dentro de una mazmorra medieval.
Del techo colgaban unas lámparas de araña de hierro forjado, cuyas bombillas en forma de vela hacían destacar los elementos propios de un castillo que se repartían por las paredes y el suelo de piedra.
La sala parecía albergar tantas mesas y sillas como cabían, y solo quedaban libres varios pasillos estrechos para ir a la barra.
Más allá de esta, al fondo, había un espacio despejado para la banda de música.
Las cinco o seis parejas que bailaban delante no parecían incómodas al chocar de vez en cuando entre sí.
Los parroquianos tenían un aire parsimonioso y despreocupado, parecido a la balada californiana que sonaba en ese momento.
La larga pared estaba interrumpida por varias hornacinas forradas de roble que tenían el espacio justo para una mesita con dos asientos. Al acercarnos, vimos que una pareja estaba a punto de marcharse y ocupamos su mesa.
Me alegró comprobar que aquel hueco amortiguaba un poco la música.
—Qué sitio tan interesante. No suelen verse sótanos en California —dije.
—He oído que en sus orígenes era una bodega.
—Me lo imaginaba. Es muy distinto del bar que tienen en La Parrilla del Damasco; ya entiendo que ambos puedan coexistir en un pueblo tan pequeño.
Una camarera se detuvo en nuestra mesa y retiró los vasos usados mientras tomaba nota.
Pedí un borgoña blanco improvisadamente, aunque no tenía previsto beber.
Miré con tristeza la barra, segura de que el hombre que había detrás sería Del.
Esa noche no iba a poder interrogarle por culpa de Heath, que se había convertido en mi canguro.
La camarera se marchó entre las mesas de camino a la barra.
—Sé lo que está pensando —dijo Heath mientras miraba también hacia la barra.
—¿Ah, sí?
—Este es el último lugar donde lo vieron con vida, así que también es uno de los primeros sitios donde vinimos.
—¿De quién me habla? —Me hice la tonta.
Heath ignoró mi despiste simulado.
—Cualquier cosa que quiera saber, ya lo habremos preguntado nosotros.
—Puede que solo haya venido a tomar una copa.
—¿Y unas patatas con trufa?
—Sí. Y unas patatas con trufa. —Abrí la caja olvidada, que desprendió un aroma terroso.
—¿Suele traer su propia comida cuando viene a un bar?
Me encogí de hombros.
—No soy tan exigente con la bebida como con la comida. —Cogí una patata delicadamente cubierta con parmesano y me dispuse a comérmela. Estaba a temperatura ambiente, pero me sorprendió que estuviera tan deliciosa—. Mmm, están buenísimas. —Empujé la caja hacia Heath, que declinó mi ofrecimiento.
—Es peligroso ir por ahí haciendo preguntas —me dijo.
Estuve a punto de replicar, pero aún tenía grabada la imagen del cuchillo que había encontrado clavado en el queso esa misma mañana. Se me pasó por la cabeza contárselo, pero eso solo hubiera servido para aumentar su actitud controladora. Preferí tirarle de la lengua.
—¿Y si le interrogo a usted? Así ahorraríamos tiempo los dos. ¿Hay algo que quiera contarme?
Examinó las mesas que nos rodeaban y luego se inclinó sobre la nuestra para acercarse más a mí.
—Esta mañana…
—¿Sí? —Yo también me incliné, porque no quería perderme ni una palabra.
—Un coche pasó a toda velocidad por la zona escolar.
Me aparté, frustrada.
—Me refería a algo importante.
—Respetar la velocidad en la zona escolar es importantísimo —dijo con seriedad.
Puse cara de fastidio.
—Me refería al caso. —Lo miré fijamente, deseando que me contestara.
—Ahhh, el caso. —Asintió y puso fin a la pantomima con una sonrisa exagerada.
Ese gesto le cambió el rostro por completo, como si se hubiera quitado una máscara, y de pronto fui consciente de que, además de detective, era una persona. Una persona peligrosamente atractiva.
La camarera volvió con nuestra comanda y, por suerte, rompió el momento. No sabía qué hacer con esa nueva sensación. No debía sentir hormigueo por un señor del que no sabía ni su nombre.
—Un borgoña blanco para usted y un refresco de grosella para el detective —dijo mientras dejaba las bebidas. Sonrió a Heath antes de marcharse.
Agarré mi copa y tomé mucho más de un sorbo. Me concentré en las patatas por miedo a mirarlo de nuevo y ver algo más que a un frustrante detective.
—Este vino le va muy bien a las patatas bañadas en trufa.
—Willa.
Me atreví a mirarlo. Vaya. En ese momento vi lo que Constance había visto, salvo que para mí no era un tío mayor. No mucho mayor que yo, en cualquier caso. Me dieron ganas de apurar la copa, pero me contuve.
—Va a tener que confiar en mí —añadió.
Quería confiar en él, pero también quería comer queso durante siete horas al día… y no siempre era bueno dejarse llevar por los deseos. Por si acaso, tragué otro poco de vino.
—Hábleme de usted entonces —dije por fin—. Me gustaría saber un poco más sobre la persona en la que debo confiar.
—Quiere mi currículum.
—No exactamente, pero usted lo sabe todo sobre mí y yo no sé nada sobre usted. —No respondió—. A menos que prefiera hablar del caso… —propuse con alegría.
Su sonrisa hizo una breve aparición.
—¿Qué quiere saber?
¿Está usted soltero?
Aparté de mi cabeza aquel pensamiento indeseado.
—¿Le obligan a llevar traje? —preferí decir.
Pese a estar rodeados de bodegas y viñedos, la mayoría de los habitantes de Yarrow Glen eran obreros de clase media o agricultores y ganaderos.
Ni siquiera los viticultores pijos llevaban traje de manera habitual.
Para los hombres, ponerse un polo con los vaqueros era sinónimo de ir arreglado—. No pasa desapercibido vestido así.
—No voy de incógnito, no me importa llamar la atención.
La verdad es que llamaba la atención en varios aspectos.
Me obligué a retomar una conversación neutral.
—Me dijo que era nuevo en el pueblo, ¿no? Estaba un poco asustada cuando le pregunté y no recuerdo qué me contestó.
—Me trasladé aquí a principios de año. Antes trabajaba en la policía de San Francisco.
—Menudo cambio. ¿Y qué le hizo marcharse de la ciudad?
Vaciló antes de contestar con demasiada indiferencia:
—Necesitaba un cambio de aires.
No insistí en el tema, aunque percibí que había algo más. Cuando la gente me preguntaba por qué me había marchado de Oregón, siempre contestaba que para hacerme experta en quesos. No era mentira, pero tampoco era toda la verdad.
Me llevé la copa de vino a los labios por última vez y la apuré. Heath no había tocado su refresco.
—¿Suele venir a los bares para no beber? —Si él podía incidir en mi mala excusa para venir a El Sótano, yo también.
Una sonrisa volvió a iluminar su rostro. A diferencia de la de Roman, que aparecía poco a poco, la de Heath siempre me pillaba por sorpresa y con la guardia baja.
—A lo mejor solo vengo por la música —replicó.
—Vale. Vamos a bailar entonces. — Oh, oh. Willa la achispada está tomando el mando .
Es probable que solo fuera por no dejarse ganar, pero para mi sorpresa se levantó y esperó a que yo hiciera lo mismo.
En cuanto llegamos al pequeño espacio reservado para el baile, nos vimos empujados por las demás parejas.
Una pizca de colonia se coló en mis sentidos cuando me pasó el brazo por la cintura y nos agarramos de la mano.
Sentí varias descargas de electricidad en el cuerpo.
Le lancé una mirada furtiva, pero cuando nuestros ojos se cruzaron, no pude apartarla. Ni él tampoco.
Había sido una mala idea.