Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

C on mi escaso metro sesenta de altura, nunca había deseado ser más bajita… hasta ese momento, en que me hubiera encogido por detrás de los fogones para alejarme del detective Heath. ¿Era posible que no me hubiera oído?

Puse cara de no haber roto un plato y utilicé el mostrador de la comida a modo de inspiración.

—Detective. ¿Ha venido también por las patatas fritas con trufa? Archie me dijo que eran espectaculares, así que voy a llevarme una ración a casa.

Le lancé a Derrick una mirada suplicante. Por alguna razón, se apiadó de mí y se alejó por la cocina.

—¿Ah, sí? —dijo el detective Heath.

A lo mejor me dejé llevar demasiado por su cara de poker , porque era obvio que aquello no había colado.

—No me gustaría que se le enfriara la cena —dije. En otras palabras: ¡largo de aquí!

—Solo estaba en la barra tomando una copa.

Qué rabia no haberlo visto al entrar. Estaba demasiado concentrada en llegar hasta Derrick.

Al momento, Derrick me pasó un recipiente de cartón cerrado, una versión más alta de una caja de comida china para llevar. Noté que estaba caliente.

—Patatas con trufa —anunció—. Invita la casa. Ya te puedes marchar.

— Okey makey . Gracias. Encantada de volver a verle, detective. — Pues no .

Salí de la cocina y, al atravesar el restaurante, pasé por delante de la camarera antipática, que me miró con cara de pocos amigos hasta que salí a la noche helada.

Bueno, menudo fracaso.

Me quedé frente al restaurante mientras me reponía de la derrota.

Sin embargo, estaba cortándole el paso a la gente.

Le pedí disculpas a una familia por bloquear la puerta y me aparté.

Al mirar calle arriba, me llamó la atención el hotel Yarrow Glen, cuyo letrero de madera sobresalía por encima de la escalera que unía la acera con el porche.

Cuando descubrí Yarrow Glen, más de una década atrás, seguía la ruta del queso de California en busca de tiendas que quisieran acoger a una aspirante a experta en quesos.

Todas las indicaciones que recibía para llegar al pueblo mencionaban aquel hotel histórico, un lugar muy conocido.

Incluso me detuve para echarle un vistazo y acabé descansando en el vestíbulo con una degustación gratuita de té y galletas.

¿Por qué no había acudido allí antes? Su bar, El Sótano, era el último sitio donde habían visto con vida a Guy Lippinger.

Según el detective Heath, aquella noche salió del bar alrededor de las nueve y se dirigió, probablemente dando tumbos, hasta su coche, a dos manzanas de allí.

¿Estaba demasiado borracho para darse cuenta del peligro que corría? ¿O se encontró con su agresor antes?

Hasta entonces había estado tan concentrada en interrogar a mis sospechosos que no me había planteado con quién más podría haber hablado Guy esa noche. Tenía la posibilidad de retroceder sobre sus pasos hacia mi edificio o de seguirlos hacia El Sótano. Era hora de adoptar un nuevo enfoque.

Pasé frente al aparcamiento del restaurante y por delante de dos tiendas más hasta llegar al hotel, flanqueado por dos hileras de árboles de hoja perenne.

A la izquierda había un camino de acceso al aparcamiento que se extendía más allá del patio trasero cerrado.

Al igual que los habitantes de Yarrow Glen, el hotel de principios de siglo no era nada ostentoso.

Tenía nueve habitaciones y un balcón en el segundo piso que rodeaba toda la estructura blanca y cuadrada.

Allí era donde Guy Lippinger pasó sus últimas horas.

Esquivé a un cliente que entraba y que me abrió la puerta. La empleada menuda que ojeaba el periódico en el mostrador de recepción levantó la vista. El hombre que me había sostenido la puerta se desvió por un pasillo a la izquierda y nos dejó en el vestíbulo a mí y la joven recepcionista.

El espacio que servía de vestíbulo era modesto, pero tenía todo lo que cabía esperar de un hotel antiguo.

Tenía un aire más actual que el vago recuerdo que conservaba de años atrás.

Incluía una reducida zona de estar con sillones orejeros y un sofá a juego sobre una alfombra de estampado oscuro en el lustrosísimo suelo de madera.

En la mesa de centro había un cuenco con manzanas verdes perfectamente colocadas.

El acogedor espacio se completaba con una chimenea arqueada, coronada con una sencilla repisa blanca con apliques a ambos lados.

Pasé por delante de una escalera con balaustrada para acercarme a la recepción, situada al fondo. La empleada, con su media melena negra tan impecable como su blusa ceñida color ciruela, me recibió con una sonrisa.

—Bienvenida al Hotel Yarrow Glen —dijo mientras me aproximaba. Apartó el periódico que estaba leyendo—. Soy Constance, estaré aquí toda la noche para lo que necesite.

—Hola. No me alojo aquí, pero he oído que tienen bar.

—Sí. Al final de ese pasillo verá una puerta roja a la derecha. —Señaló el pasillo por el que había entrado el hombre.

—Gracias. —Estaba a punto de irme directa a El Sótano cuando decidí, ya que estaba allí, hacer un poco de publicidad.

Dejé las patatas fritas con trufa sobre el mostrador y saqué del bolso otro folleto de la caza del queso.

Hay que estar siempre preparada —. Soy Willa Bauer, la dueña de la quesería ¿Qué Sería?

, que está calle abajo, y mañana celebramos una actividad en la tienda.

Quizá alguno de sus huéspedes quiera pasarse.

—¿Es usted la señora del queso? —Abrió los ojos de par en par, como si me hubieran brotado palitos de queso de la cabeza.

—Eh… sí. —Me alisé el pelo, con una repentina timidez. Como no dijo nada más, volví al folleto que había aceptado pero que no había mirado—. Entonces, ¿podría usted dejar el folleto en algún lugar visible para los huéspedes? Sería solo hasta mañana…

Por fin se fijó en él.

—Claro.

Lo colocó a su lado, junto a la Gaceta de Glen que había estado leyendo. Posó la mirada en el periódico y luego, despacio, en mí.

Entonces lo entendí todo.

—Supongo que ha leído algo sobre el horrible crimen cometido junto a mi negocio.

Ella se inclinó hacia delante.

—Aquí dice que usted encontró el cadáver. —La aprensión que hubiera sentido al principio se convirtió de repente en una curiosidad morbosa—. Los Stewart dijeron que menos mal que no acudieron a la clase de quesos aquella noche. No se lo tome a mal.

Había invitado a la pareja propietaria del hotel a la clase de elaboración de queso del jueves, pero no habían podido venir.

—No se preocupe, si lo entiendo… —Ya estaban relacionados con el último lugar donde lo habían visto con vida, así que comprendía su alivio al no tener conexión también con el lugar donde se descubrió el cadáver.

—Es rarísimo. Aquí nunca pasan esas cosas. Y menos a alguien conocido —dijo.

—¿Lo conocía usted?

—No exactamente, pero lo vi aquí esa noche. Lo recordaba porque ese día vino dos veces y ninguna de ellas fue muy agradable que digamos.

Su primera visita a El Sótano tuvo que ser antes de venir a mi tienda, según aprecié… y según olí.

—¿Lo vio marcharse la segunda vez?

—Claro que lo vi. Se fue dando voces porque Del le había cortado el grifo. Le pedí un Uber, pero se marchó a pie, calle abajo, antes de que llegara el coche. Tampoco pude hacer más.

—¿Quién es Del?

—El camarero. Antes no le dejaban echarlo y me contó que esa noche se dio el gustazo de hacerlo.

—¿A qué se refiere con que antes no le dejaban echarlo?

Dudó un instante, por decoro, pero luego se lanzó:

—Los Stewart compraron el hotel a los anteriores propietarios hace unos tres años. Fue más o menos al mismo tiempo que abrió sus puertas el restaurante que hay en esta misma calle, antes de convertirse en La Parrilla del Damasco. ¿Sabe dónde es?

—Sí, lo sé.

—Bueno, pues Guy le hizo tal destrozo con una crítica que el pobre restaurante no pudo continuar.

Así que ya se imaginará lo nerviosos que se pusieron los Stewart solo de pensar que nosotros fuéramos los siguientes.

—Como propietaria de un negocio, era consciente de que los nuevos eran más vulnerables a las malas críticas—.

Pero eso no llegó a suceder —continuó Constance—.

Los lugareños llevan toda la vida viniendo a El Sótano, así que es posible que su opinión no fuera tan relevante.

Pero el hotel sí habría recibido un buen palo con una mala crítica suya.

Y por eso al camarero no le permitían echarlo del bar.

—¿Qué cambió para que ahora sí pudiera echarlo?

—No conozco los detalles. Del se niega a contármelo, no sé por qué, pero al gerente del nuevo restaurante sí que se lo contaron, a pesar de que no lo conocen demasiado.

—¿Se lo contaron a Derrick?

—¿Se llama así?

—Sí. El gerente de La Parrilla del Damasco.

—Eso es. No querían que quebrara otro restaurante por culpa de Guy Lippinger.

—¿Y no sabe usted nada de lo que le contaron? —insistí.

Se mordió el labio como para evitar decir algo más. Me quedé callada con la esperanza de que su fuerza de voluntad se quebrara.

—Solo puedo decir que se enteraron de algo sobre Guy y que se lo guardaron por si alguna vez intentaba ir en contra del hotel.

—¿Un secreto sobre Guy?

Ella se encogió de hombros.

—Tal vez.

—¿Alguien le ha contado esto a la policía?

—Nooo. —Sacudió la cabeza con rotundidad—.

Los Stewart no quieren que asocien a Guy con el hotel.

Insisten en no tener nada que ver con el asesinato.

Tuvimos que hablar con un detective, cosa que tampoco me importó, porque está bastante bueno para ser tan mayor, pero solo preguntó por lo sucedido durante la noche del asesinato.

No estaba en condiciones de discutir, pero los secretos eran un buen motivo para el asesinato. Era un tema recurrente que había aparecido por primera vez en boca del propio Guy la noche en que lo mataron.

—Los Stewart ni siquiera me dejan hablar con la prensa —continuó e hizo un mohín con los labios—. He estado bastante solicitada, ya que podría haber sido la última persona que lo vio con vida. Sin contar al asesino, claro. —Miró por detrás de mí—. Hablando del rey de Roma.

¿El asesino? Me volví para ver a quién se refería.