Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

E sa misma noche, después de cerrar la tienda y darme una ducha rápida, bajé por la calle con paso firme para hablar con Derrick.

Las luces festivas que cubrían el toldo de la acogedora terraza lateral de La Parrilla del Damasco me llamaron la atención antes incluso de cruzar la esquina de Pleasant con Main.

Las estufas altas de gas brillaban entre las mesas llenas de clientes.

Esa imagen de la terraza ya me indicó, incluso antes de entrar y descubrir una larga cola de clientes que esperaban mesa, que acababa de llegar sin avisar en pleno apogeo del viernes noche.

Me acerqué al pequeño mostrador de recepción.

Para mi sorpresa, el alboroto del vestíbulo no se correspondía con el interior del restaurante.

Este último, despejado y con mesas relucientes y reservados semicirculares, daba sensación de calma, al igual que la combinación entre los distintos tonos azules y la madera oscura.

Las bombillitas entrelazadas en grandes bolas de bambú colgadas del techo derramaban una suave luz en la sala, cuyo lado izquierdo estaba provisto de una larga barra.

Lamenté no haber visitado antes los negocios de mis vecinos.

Si no hubiera estado tan desbordada con la apertura de mi tienda, habría repartido yo misma las invitaciones para la clase de elaboración de queso en vez de enviarlas por correo electrónico.

No cabía duda de que trabajaba demasiado, ya que la única razón que me había sacado de mi negocio era la investigación de un asesinato.

La camarera encargada de la recepción, situada detrás del atril, me recibió con una sonrisa que no se extendía a sus ojos. Sus rasgos angulosos estaban resaltados por una cabellera lustrosa recogida en la nuca con una coleta tirante. Miré hacia el restaurante en busca de Derrick.

—¿Tiene reserva? —me preguntó.

—No he venido a cenar, sino a hablar con Derrick, el gerente.

—¿Hay algún problema?

—No, ninguno. Es un asunto personal.

La sonrisa se desvaneció de su cara y me miró de arriba abajo.

—Está ocupado.

—Lo esperaré. ¿Podría decirle que estoy aquí? Solo le robaré unos minutos.

Volvió a pasarme revista con descaro, lo cual me hizo evaluarme a mí misma. Mi chaqueta vaquera corta sobre pantalones a juego y una camiseta de Daughtry no era el mejor atuendo para acudir al único restaurante de lujo de Yarrow Glen.

—¿Cómo se llama? —me preguntó la mujer.

—Soy Willa, de la quesería. Tome, también puede entregarle esto. —Busqué en mi bolsito uno de los folletos de la caza del queso que había llevado para entablar conversación, aunque no parecía que fuera a tener tiempo de andarme con muchos rodeos.

—Como ve, yo también estoy ocupada —dijo.

—¿Está en la cocina? Puedo… —Le indiqué con un gesto que podía ir a buscarlo.

—No, déjelo. Voy yo.

Recogió el folleto y atravesó el comedor con paso decidido y unos tacones altísimos.

Me maravilló que aguantara una jornada entera con ellos.

Yo usaba zapatillas Keds y al acabar el día me dolían los pies.

Se detuvo a poca distancia del aparador de servicio, donde vi que Derrick ordenaba a un ayudante de camarero que limpiara una mesa.

La mujer se acercó a él mientras yo observaba su interacción.

Él miró hacia mí un instante y me dejó con la mano en el aire a mitad de saludo.

Uy. Por el cambio que se produjo en el lenguaje corporal de ambos, entendí que mi presencia allí era un problema.

No quería molestar a la camarera y tendría que haber recordado el mal carácter de Derrick.

Crucé la barrera invisible y me acerqué al rincón del fondo donde seguían hablando con vehemencia.

—No pasa nada. Tiene una tienda al final de la calle —le oí decir antes de que se diera cuenta de que estaba detrás de él.

¡Qué cosa tan rara!

—Yo solo… eh… —Pensaba acudir en ayuda de la mujer, pero parecía que era él quien necesitaba que lo rescatara.

—Willa, estoy muy ocupado para esto —dijo.

—Dejo que os ocupéis de vuestros asuntos «personales» —le espetó la camarera antes de marcharse con gesto airado.

—No pretendía molestarte —dije.

Me miró con el ceño fruncido —aunque tal vez esa era su expresión en reposo, empezaba a darme cuenta— y se alejó sin decir una palabra. Después de haber llegado hasta allí, no tenía sentido que me marchara, así que lo seguí a través de la puerta batiente hasta la cocina.

En comparación con el constante murmullo del comedor, la cocina era una estación de tren abarrotada y estruendosa.

Los platos tintineaban, los camareros danzaban unos alrededor de otros y los cocineros gritaban órdenes.

Derrick sacó una hoja de comanda del estante térmico y comenzó a colocar platos de pescado y pasta dignos de Instagram en una bandeja.

Atraje su atención, pero no se detuvo.

—No sé qué quieres, pero no es buen momento —dijo.

Hablé alto para que me oyera por encima del estruendo.

—Ya lo veo. ¿Puedes pasarte mañana por mi tienda? Tenemos que hablar. Es sobre el asesinato de Guy Lippinger.

Eso último hizo que se detuviera para prestar atención, pero me di cuenta de que no era por mí. Justo a mi espalda estaba el detective Heath.