Capítulo quince
CAPÍTULO QUINCE
A la mañana siguiente acudí al colmado de Lou casi en cuanto abrió para comprar los ingredientes frescos que compondrían el smörgåsbord que iba a ofrecer para acompañar los quesos de cabra de Birdie.
Por suerte, en el callejón ya no quedaba ningún rastro del asesinato y la policía por fin se había largado.
De vuelta a mi tienda, me fijé en que la máquina expendedora de la acera estaba llena con los periódicos de la mañana.
Por lo general, lo más destacado de la Gaceta de Glen eran las secciones de acontecimientos locales, reuniones municipales y venta de artículos de segunda mano, pero ese día el asesinato de Guy Lippinger aparecía en la portada.
Tuve el impulso de cogerlos todos y tirarlos al contenedor, pero no hubiera servido de nada.
Si había aprendido algo sobre ese pueblo era que con el boca a boca se difundían las noticias incluso más rápido que con los periódicos gratuitos.
Ansiosa por leerlo, cogí uno mientras hacía malabarismos con las bolsas de la compra, abría la puerta principal y entraba en ¿Qué Sería?
Dejé las luces de la tienda apagadas y el cartel de cerrado en la puerta, ya que aún faltaban tres cuartos de hora para abrir al público.
Sin prestar mucha atención, solté las bolsas sobre el mostrador de la cocina, mientras miraba el titular casi asustada por lo que pudiera encontrar en la noticia.
Decidí ignorarlo, al menos de momento. No quería que el día se me estropeara por culpa de lo que el periódico dijera de mí y de mi tienda en relación con el asesinato.
Lo doblé y lo llevé a mi despacho en la trastienda con la intención de leerlo después. Sin embargo, al llegar al escritorio, mi determinación se esfumó. Me senté y lo devoré.
Los antecedentes que narraba sobre Guy Lippinger coincidían con todo lo que me habían contado de él.
En ese aspecto no había nada nuevo. El detective Heath no debió de ser muy explícito en su nota de prensa, ya que el periódico ofrecía pocos detalles sobre el asesinato.
No me implicaba en el caso —solo decía que era yo quien había encontrado el cadáver en el callejón—, pero que me relacionaran en algún aspecto con aquel crimen no daba buena imagen de ¿Qué Sería?
Inspiré hondo varias veces, aunque en aquel despacho estrecho y sin ventanas no sirvió de mucho. Me di cuenta de que no tendría que haberlo leído.
Bueno, ponte las pilas, Willa.
La señora Schultz llegaría en cualquier momento para ayudarme a preparar los entremeses de queso de cabra para la charla de Birdie. Teníamos mucho que hacer antes de abrir.
Solté el periódico y regresé a la cocina arrepentida de haberlo leído. Encendí las luces de atrás, pero me detuve en seco ante la isla.
En una rueda de queso manchego había un enorme cuchillo clavado, cuyo mango sobresalía por encima.
¿Estaba eso ahí cuando entré?
La piel de la nuca se me erizó y me la froté.
—¿Señora Schultz? —la llamé. No hubo respuesta.
Desde donde estaba, eché un vistazo rápido a la tienda. Al entrar no había echado la llave, a sabiendas de que mi empleada estaba al llegar, pero la puerta seguía cerrada y no había nadie dentro. Revisé el cajón de los cuchillos de la cocina. Faltaba el más grande.
El sonido de la puerta principal hizo que me diera la vuelta. Sin pensarlo, saqué el cuchillo del queso y lo sostuve con ambas manos por delante de mí como si fuera una espada.
—Buenos días —dijo la señora Schultz con voz cantarína desde la parte delantera.
Solté un suspiro y, temblorosa, bajé el arma.
—Buenos días —le devolví el saludo para enmascarar mi angustia.
La señora Schultz entró con uno de sus vestidos de vuelo, esta vez con un estampado de amapolas rojas que hacían juego con la manicura del día anterior.
Cogió un delantal limpio del armario y dejó una bolsita de papel sobre la encimera.
—He traído hierbas aromáticas de mi jardín por si quieres usarlas hoy.
—Qué detalle. Gracias. —No podía concentrarme en la preparación de la comida—. Señora Schultz, ¿dejó usted aquí esta rueda de queso cuando cerramos anoche? —Por lo general la isla se quedaba limpia y despejada antes del cierre.
—¿Qué es eso? ¿Manchego? Ayer no tuve que reponerlo, así que creo que no. —Empezó a sacar cosas de las bolsas de la compra.
—¿Lo dejaría Archie?
—No creo. ¿Pasa algo?
Esa era la pregunta, ¿verdad? No sabía qué pensar.
¿Era una amenaza? ¿Una broma? O tal vez se trataba simplemente de un descuido del día anterior.
Pero el cuchillo… De repente me di cuenta de lo que acababa de hacer.
Si se trataba de algún tipo de amenaza, era demasiado tarde para avisar al detective Heath: había alterado las pruebas.
Decidí no empañar el entusiasmo de la señora Schultz. No había nada que hacer al respecto.
—No, todo en orden.
Nos pusimos a preparar los aperitivos. Pronto la mañana volvió a la normalidad y en mi mente solo hubo espacio para las recetas con queso de cabra.
Utilizamos los productos locales del colmado, nuestras conservas de calidad superior y los panes crujientes de Vivian, que Archie nos entregó más tarde.
Rellenamos las hojas de endivia con el queso de cabra al romero de Birdie y las cubrimos con remolacha picada dulce y terrosa, y con nueces crujientes para darle un toque colorido y sabroso.
Adornamos el plato con ramitas de romero fresco de la señora Schultz.
Para la ocasión, había pedido un pan plano que cubrí con cucharaditas de mermelada de higos, queso de cabra, jamón curado muy fino y una cebolla caramelizada que la señora Schultz acunó en la sartén durante una hora.
También corté las peras que había comprado en rodajas de medio centímetro de grosor para que se hicieran al horno mientras Birdie daba la charla.
Había publicitado mucho aquella actividad y, poco antes del inicio, Archie se encargó de avisar también a los viandantes que se paraban a mirar el escaparate.
Solo quedaba sitio de pie, porque unos veinte clientes ya se habían congregado al fondo de ¿Qué Sería?
Si habían leído el periódico esa mañana, no parecía que les hubiera importado.
Mientras el público para la charla de Birdie crecía, me sentí un poco culpable por querer interrogarla.
Era una persona muy trabajadora, apasionada de su granja y de su queso, y había accedido a dar una charla para mis clientes.
Aun así, tendría que encontrar la manera de sacar el tema de sus padres en algún momento, pero lo haría más tarde.
Mientras tanto, estaba encantada con la concurrencia.
Después de las pésimas ventas del día anterior, me emocionaba ver la tienda llena de clientes interesados que curioseaban entre los quesos envasados y estaba deseando responder todas las preguntas relacionadas con los productos para que se llevaran a casa sabores maravillosos e inesperados.
El tarro de cristal que habíamos colocado junto a nuestra Rueda de Cheddar Monstruosa, como la habíamos llamado, empezaba a llenarse de estimaciones sobre su peso.
La señora Schultz ayudaba a los clientes a escoger las galletas saladas o panecillos tostados que mejor acompañaran sus quesos seleccionados, mientras Archie se ocupaba de la caja y conversaba con los clientes acerca de las degustaciones para que se atrevieran con sabores nuevos.
No había previsto ser la mentora de nadie, ya que había pasado muy poco tiempo desde la apertura de la tienda, pero agradecía que mis empleados estuvieran tan ávidos como yo de difundir el amor por el queso.
Casi no reconocí a Birdie cuando llegó. El pelo, liso y castaño, le caía suelto sobre los tirantes finos de un vestido veraniego con los colores del arcoíris.
Creí percibir incluso una pizca de carmín rosa en sus labios.
Se me fueron los ojos hacia sus manos para ver algún rastro de manicura, pero tenía las uñas cortas y funcionales, como cualquier granjera.
Aunque intercambiamos varios cumplidos, se mantuvo tan reservada como la otra noche. Me puse algo nerviosa por la presentación, pero en realidad no tenía motivos. En cuanto empezó a hablar de su granja de cabras y del proceso de convertir la leche en queso, se entusiasmó.
Al llegar el turno de preguntas, metí en el horno las peras en rodajas. Se me aguzaron los oídos cuando alguien le preguntó a Birdie por su infancia.
—Crecí aquí en Yarrow Glen, en la granja lechera de mis padres.
No fabricábamos queso en la granja, sino que vendíamos la leche a distintas queserías locales.
Fue entonces cuando me enamoré de este mundo —dijo.
Hasta entonces todo coincidía con lo que yo había averiguado la noche anterior—.
Cuando mi marido y yo decidimos volver a la ganadería, regresamos a mi pueblo natal.
Nos dimos cuenta de que las vacas eran una obligación mayor de la que podíamos asumir, por eso nos decantamos por las cabras.
Busqué a Archie. Un rato antes habíamos hablado de la información que necesitaba obtener sobre los padres de Birdie.
Él había accedido a preguntar por ellos si se le presentaba la oportunidad, cosa que acababa de ocurrir.
Vi que se encontraba junto a la mesa rústica que habíamos colocado en un lado para servir los aperitivos a los clientes.
No me pareció que estuviera dispuesto a preguntar nada.
Tosí con la intención de llamar su atención, pero no funcionó.
Lo último que quería era fingir un ataque de tos con toda esa comida alrededor.
Traté de hacerle señas, pero no se percató hasta que sonó el horno.