Capítulo catorce #3
—Glenda y Dale Ormond, y su hija, Birdie… —Baz y yo nos miramos. Así que sus padres tenían una granja lechera cuando ella era niña. ¿Serían unos de los damnificados por la venta de tierras de los Lippinger?
Esta vez añadí «Lippinger» a «Granja Ormond» y pulsé en buscar.
¡Bingo! Otro artículo de periódico archivado, esta vez de hacía veinte años. Pinché en él. El titular decía: «Una venta de tierras desmantela quince granjas».
Se me aceleró la respiración, como si leer deprisa fuera un ejercicio físico.
En el artículo aparecían tres familias que tuvieron que vender sus animales y su maquinaria porque trabajaban en tierras arrendadas.
Recorrí el artículo con el dedo mientras los dos lo leíamos rápido y en silencio. Una de las familias era…
—Glenda y Dale Ormond —leí en voz alta.
—Los padres de Birdie —dijo Baz.
—Yo tenía razón. Tuvieron que vender la granja familiar. Birdie no tendría ni veinte años. Me pregunto qué pasaría con sus padres…
—Aquí dice que vendieron las vacas y la maquinaria.
—Entonces no trasladaron la granja a otras tierras, sino que la perdieron. —Casi me caí del taburete al inclinarme hacia atrás para asumir el peso de toda esa información—. No es poco.
—Pero ha tenido veinte años para vengarse. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?
—Buena pregunta. Quizá haya habido algún detonante, como la muerte de sus padres. Si nunca se recuperaron de la pérdida de la granja, tal vez acabaron arruinados. Pudo haberse guardado el resentimiento todos estos años y ahora que Guy había vuelto al pueblo…
—Es posible.
Sabía que Baz seguía sin estar convencido.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dije.
—Que es… ¿cuál?
—Ir allí y preguntárselo a Birdie.
Baz asintió mientras parecía considerar mi teoría.
—Y luego, como es lógico, te invitarán a unirte al cuerpo de policía una vez que ella haya confesado ante ti.
—Me da la sensación de que lo dices con retintín.
—Confía en esa sensación.
—¿Y cómo voy a averiguarlo si no?
—No lo sé, pero si le dices a una asesina que crees que es culpable, serás la siguiente en irte al otro barrio, no sé si me explico. Tendrás que disimular.
—No se me da bien disimular.
Me di cuenta de que Baz no lo negaba.
—Lo único que digo es que vayas con pies de plomo —me aconsejó.
—Mañana hablará sobre su granja en la quesería, así que le pediré a Archie o a la señora Schultz que le hagan alguna pregunta sobre sus antecedentes granjeros. Con un poco de suerte, se extenderá y hablará de sus padres.
—Podría funcionar. Aun así, me sigue pareciendo mucho tiempo para saldar deudas pendientes.
—De momento es el único motivo que tenemos si excluimos a Derrick.
—Tienes razón. Algo es algo.
Charlamos durante un rato más y mis bostezos acabaron con la visita.
Cuando Baz se fue, me preparé para acostarme, pero agarré el portátil antes de meterme bajo las sábanas.
Había sido una jornada larguísima; sin embargo, ahuequé las almohadas detrás de mi espalda para sentarme.
Era la primera vez que salía de la tienda antes de las diez, aunque esa no era razón suficiente para no elaborar gráficos y diagramas de ventas y comprobar una vez más el inventario y los pedidos.
Entonces mi cabeza volvió a lo que acabábamos de averiguar sobre Birdie. Me pregunté si de verdad sería la asesina de Guy. Abrí el portátil, pero no entré en mis hojas de cálculo, sino que tecleé el nombre de Roman Massey y pulsé en buscar.
Aparecieron varios artículos sobre él; uno de ellos, de Todo Sonoma , fue el primero que leí.
Derrick tenía razón: Guy le había dedicado una reseña espectacular a la destilería de hidromiel justo después de que Roman abriera la sala de catas.
Se deshacía en elogios. Mi teoría tenía que ser cierta.
¿Por qué si no iba a defender con tanto énfasis el negocio de Roman y a ser tan duro con La Parrilla del Damasco y con los dos restaurantes anteriores?
Y lo había visto más que dispuesto a despedazar mi quesería.
Recordé la expresión de Roman cuando Derrick mencionó la buena crítica que recibió.
En aquel momento, interpreté que Roman no quería que Derrick se sintiera despreciado, pero ahora me preguntaba: ¿y si era algo más que humildad?
Revisé los demás resultados con el nombre de Roman.
Pinché en otro artículo escrito en la época en que abrió, también muy elogioso.
Por lo que había comprobado en el local, los halagos eran merecidos.
Continué leyendo: «La incursión de Roman Massey en la elaboración de hidromiel podría parecer un camino inusual para este treintañero que lleva la viticultura en los genes.
Nieto del fundador de Bodegas Enora, Massey es… ».
Enora era la marca de todo el vino que vendía Roman en su tienda. ¿Por qué no me dijo que pertenecía a su familia?
Tecleé «Bodegas Enora» y entré en su página web.
Decía que la gestión de la empresa corría a cargo de la tercera generación de la familia Massey.
Leí el puñado de artículos que mencionaban la bodega familiar, llamada Enora en honor a su abuela.
No había nada destacable, salvo el hecho de que Roman me lo hubiera ocultado. ¿Cuántos secretos más escondía?