Capítulo catorce #2
—Sí, tiene un aire relajado, el típico tío fuerte y callado —coincidí.
—A las mujeres parece gustarles eso. —Sentí que me sonrojaba y volví la cara para beber agua, no antes de percibir una sonrisilla por su parte—.
Pero siempre me ha parecido buena gente.
Y no cabe duda de que es una persona de palabra.
Cumplió la promesa de darme a mí el trabajo —dijo Baz mientras se terminaba el segundo sándwich.
—¿A qué te refieres?
—Una noche, en El Sótano, empezamos a hablar de nuestras profesiones.
Yo prefiero trabajar haciendo chapuzas, como te dije, pero a veces necesito ganar más dinero y acepto proyectos más grandes.
Él tenía muchas ganas de convertir la trastienda en una sala de catas.
Dijo que eso marcaría la diferencia en su negocio, pero no podía permitírselo.
Como no consiguió un préstamo lo bastante cuantioso como para remodelarlo todo, se limitó a hacer obras en la parte delantera de la tienda.
Luego, unos cuatro meses después, me encargó a mí la reforma de la sala de catas. Y me pagó en metálico.
—¿Y no te pareció raro que de repente tuviera el dinero?
—¿Qué más me daba? Era un buen pellizco y resultaba fácil trabajar con él.
Yo sabía, mejor que nadie, que hacía falta suerte para mantenerse a flote los dos primeros años tras la apertura de un negocio. Conseguir beneficios suficientes como para reunir todo ese dinero en efectivo era complicado…, a menos que alguien rico te lo prestara.
—¿Y si Guy Lippinger le prestó el dinero? —dije sin pensar.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
Le conté a Baz lo que había oído en el parque.
—¿Y qué más da si se lo prestó? Eso tampoco tendría nada de malo.
—A primera vista, no. Pero ¿y si Guy pidió que se lo devolviera con un tipo de interés muy alto y Roman no pudo pagarle? Podría haber sido un motivo para matarlo.
Baz lo pensó.
—No sé. Roman parece más listo que eso.
—A veces, cuando deseas algo con todas tus fuerzas, haces estupideces.
Me acabas de decir que, para él, la sala de catas «marcaría la diferencia» en su negocio.
Tal vez sobrestimó el beneficio que le reportaría esa sala de catas y pensó que amortizaría el préstamo.
No sería el primero que se mete en líos con un prestamista.
Y también es probable que Guy hubiera aprendido de sus padres a aprovecharse de la gente.
—Necesitaríamos pruebas. ¿Cómo las conseguimos? —dijo Baz, que aún no sonaba del todo convencido.
—No lo sé. No es una información a la que tengamos acceso así como así. Intenté preguntarle a Roman de una forma indirecta y se ofendió un poco, así que tuve que dar marcha atrás.
—No estoy seguro de tu teoría. Es como lanzar dardos contra un vendaval.
—Hagamos una lista de lo que sabemos hasta ahora. —Agarré un bolígrafo y mi lista de la compra abandonada para escribir por la parte de atrás—. Creo que podemos afirmar que la mujer de Guy lleva bastante tiempo sin venir.
—Lo que significa que la tarjeta del salón de manicura podría ser una pista, ya que, si no es de su mujer, podría pertenecer a la persona que cometió el asesinato. ¿Averiguó algo la señora Schultz esta tarde en el salón?
—No se equivocó al decir que todo el mundo estaría hablando de la visita del detective Heath.
Averiguó que la mujer de Guy, cuando vivía aquí, jamás fue a ese salón de manicura.
Todos sobrentendían que su salón no estaba a la altura, ya que no servían champán.
El detective no preguntó por nadie más en concreto.
A menos que queramos meter en nuestra lista de sospechosos a la mitad de las mujeres de Yarrow Glen, no creo que esa pista sea un buen punto de partida.
Tendremos que dejar ese asunto en manos de la policía y ceñirnos a la lista de sospechosos que ya tenemos.
—De acuerdo. Entonces, ¿Derrick es el único que tiene coartada?
—Eso parece. Vivian se fue de casa de Hope durante la franja de tiempo en que se cometió el asesinato.
—Eso también deja a Hope sola —me recordó Baz.
—Cierto. Y solo contamos con la palabra de Roman cuando afirma que estuvo en su apartamento. Por otra parte, Birdie viene mañana a dar una charla sobre la cría de cabras y la elaboración de queso, así que le preguntaré. ¿La conoces? Me dijo que creció aquí, pero que luego se mudó a otro lugar.
—Creo que no la conozco.
—La otra noche llevaba el pelo recogido en una coleta, con camiseta, vaqueros y Crocs.
—Recuerdo que la vi, pero no sabía quién era. ¿Cómo se apellida?
Me quedé pensando.
—¿No es terrible? No me acuerdo, pero está en las facturas. Deja que vaya a por mi ordenador.
Cogí el portátil del dormitorio y busqué las facturas. Leí en voz alta:
—Granja Cabras Sonrientes. Ronald Dellacourt. Es su marido. Aquí está ella: Birdie Ormond. Ese debe de ser su apellido de soltera.
—Pues no me suena de nada —dijo Baz.
—No me sorprende. Es mayor que tú. De hecho, calculo que tendrá la edad de Vivian y Guy, tal vez ellos sí la conocieran. Por cierto, ¿les preguntaste a tus hermanos por Guy?
—Sí, estaba en un curso más que ellos. No se acordaban de nada que no supiéramos ya. Lo siento.
—Qué pena.
Me quedé pensando en Birdie. Sentía cierta conexión con ella, porque las dos éramos granjeras y a ambas nos fascinaba el queso. Hice algunas averiguaciones acerca de su granja:
habían comenzado a elaborar queso hacía solo siete años. Lo que más me atrajo es que lo elaboraban con el mínimo número de ingredientes posible. Sin embargo, no sabía mucho sobre su vida personal.
—¿La buscamos en Google? —Cuando lo pregunté ya había cerrado el archivo de mi negocio y estaba tecleando su nombre.
Apareció un artículo sobre granjas lecheras donde mencionaban Cabras Sonrientes.
Aparte de eso, solo vi artículos sobre la película Un beso para Birdie —. No hay mucho —dije decepcionada.
—A menos que Birdie no sea su verdadero nombre.
Eliminé el nombre y añadí la palabra «granja» a su apellido. Tal vez eso diera algún otro resultado.
—Aquí hay un artículo sobre ganadería. —Baz lo señaló.
Pinché en él, pero decía que estaba archivado y que no podía leerse sin suscripción.
—De todas formas, no puede ser ella. Es de hace demasiado tiempo. —Volví a la lista de resultados—. Aquí hay otra entrada antigua, pero ella tenía que ser muy pequeña en esa época.
Pinché y esta vez sí que apareció un artículo sobre granjas lecheras que Baz y yo leímos en silencio. Debimos de llegar a su nombre a la vez, porque los dos inspiramos de forma audible al mismo tiempo.