Capítulo catorce
CAPÍTULO CATORCE
M e convencí de que era absurdo preocuparse y seguí vacilante a Roman hasta la habitación desconocida, tal y como me había indicado.
Bajé cinco escalones y entré en un espacio iluminado por lámparas fluorescentes.
Los techos abovedados de la tienda y de la sala de catas no continuaban en ese espacio, parecido a una destilería, donde Roman avanzaba a grandes zancadas por delante de mí.
Había dos filas de seis tanques de acero inoxidable con patas que parecían calentadores de agua enormes y, a un lado, un fregadero de gran tamaño con varias mangueras alrededor.
Enseguida me percaté de la ausencia de ventanas.
Unos escalofríos ligeros como plumas me cosquillearon el cuello.
Después de haber menospreciado los intentos de Baz de acompañarme, no tenía derecho a asustarme.
Recordé lo que le había dicho a Baz: no hay ninguna razón para que Roman me haga daño…
aunque sea el asesino. ¿Por qué ya no sonaba tan convincente como antes?
—¿Qué es esto?
—Es donde elaboro el hidromiel. La visita guiada que ofrezco empieza aquí. —Desapareció por detrás de los tanques.
Esta vez no lo seguí. Y no le quité ojo a la puerta por donde habíamos entrado.
—No necesito una visita guiada, gracias —dije hacia un tanque. Estuve a punto de darle otro sorbo al hidromiel que me había servido y me di cuenta de que eso tampoco me hacía falta.
Roman reapareció con aspecto confuso, pero yo solo quería volver a cruzar la puerta por la que habíamos entrado, que podía cerrarse con llave en cualquier momento y que me resultaba demasiado lejana para sentirme cómoda. Decidí mandar a la porra la vergüenza y me fui directa a la puerta.
—Willa. —Roman se apresuró a seguirme.
Cuando llegué a la sala de catas, me temblaban las manos. Dejé el vaso de hidromiel y pensé en las respiraciones profundas de la señora Schultz. Los gemidos graves también me resultarían útiles si necesitaba espantarlo.
—Willa, ¿estás bien?
—Lo siento… Me ha entrado un poco de claustrofobia ahí dentro. —Era una forma diplomática de decir que no me gustaba la posibilidad de estar encerrada en una habitación con un posible asesino.
—Vaya, lo siento. ¿Te traigo agua o algo?
Su mirada de preocupación me hizo dudar de mis sentimientos. Una vez fuera de aquel espacio tan reducido, el miedo se disipó. De hecho, casi me sentí tonta, pero luego recordé que él estaba en mi reducida lista de sospechosos.
—Creo que es mejor que me vaya.
—Claro, por supuesto.
Antes de dar un paso más, oí claramente un fuerte zumbido que parecía proceder de la zona de la tienda. Roman también debió de notarlo, porque miró hacia la puerta y aguzó el oído. Por la forma en que frunció las cejas, él tampoco lo esperaba.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—No lo sé. A menos que a Chet se le haya olvidado cerrar la puerta…
Tras un golpe, sonó un ruido metálico que, ya no cabía duda, provenía de la tienda. Roman se llevó el dedo a los labios para hacerme callar.
Durante todo ese tiempo había tenido miedo de Roman cuando era posible que el asesino estuviera persiguiéndolo.
Agarró por el cuello una botella de hidromiel sin abrir y probó su peso.
—Espera aquí —susurró.
¿Se creía que nunca había visto una película de terror?
Ese «espera aquí» nunca traía nada bueno.
Lo seguí por la sala de catas mientras sacaba el móvil del bolso y preparaba el dedo para pulsar el teléfono de Emergencias.
Paso a paso, me deslicé por detrás de él.
Justo cuando se detuvo, yo estaba mirando hacia atrás y me estampé contra su espalda.
—¿Cómo has entrado? —le dijo Roman al intruso.
Me asomé por detrás, con el teléfono en la mano como si fuera una pistola paralizante. No sé qué pensaba hacer…, ¿cegarlo con la linterna?
En cualquier caso, no hizo falta.
—¿Baz? —La tensión de mis hombros se suavizó al ver que estaba agachado y recogía unos alicates que parecían habérsele caído al suelo.
—Juraría que te fuiste hace un rato —le dijo Roman.
Baz se enderezó.
—Fui a buscar una herramienta que me faltaba. Chet me vio volver. Perdona, creí que lo sabías.
—No pasa nada.
—El secador de manos del baño ya está arreglado.
El zumbido de antes . ¿Cuántas posibilidades había de que a Roman se le hubiera roto un secador de manos justo antes de la hora de cierre de la noche en que yo venía? El hecho de que Baz no me mirara a los ojos me dio la respuesta.
—Tienes suerte de que Willa y yo estuviéramos en una cata, porque si no te habrías quedado encerrado —dijo Roman.
—Sí, tienes suerte —repetí.
—Vamos a tener que idear un nuevo sistema —dije, mientras Baz y yo cruzábamos la calle y recorríamos el callejón hacia nuestros apartamentos.
—Por ejemplo, ponernos de acuerdo para hablar juntos con los sospechosos y así no tener que esconderme en un baño durante más de una hora.
—Para ser incapaz de creer que alguien que conoces pueda ser un asesino, eres terriblemente suspicaz. Tengo treinta y tres años, Baz. Llevo mucho tiempo sola. Puedo cuidar de mí misma.
—¿Has tratado alguna vez con un asesino?
—De acuerdo, en eso tienes razón. —¿Iba a admitir delante de Baz que me había asustado en la sala de elaboración de hidromiel con Roman?
Ni pensarlo. Pero ante mí misma tenía que admitirlo—.
Vamos a mejorar el sistema para que ambos estemos a salvo, ¿vale?
Pero, solo para dejarlo claro, no soy una damisela en apuros.
—Lo pillo.
—¿Quieres un poco de queso? —Todavía quedaba bastante en la bandeja que le había llevado a Roman.
—¿Hay cheddar ?
—Si vamos a ser amigos, tienes que aumentar tu repertorio quesero.
—En cualquier caso, necesito comida de verdad. No podía llevarme un bocadillo a mi puesto de vigilancia en el baño.
—¿Puesto de vigilancia? ¿Estás seguro de que nunca fuiste a clase de teatro con la señora Schultz? Porque eres un pelín dramático.
Me lanzó una mirada de odio.
Me ablandé.
—Pero ya que has estado allí para protegerme, deja que te prepare algo de comer.
Ya en mi apartamento, me dirigí hacia la despensa para ver qué podía cocinar con los pocos alimentos que tenía. Loretta y yo veíamos muchos programas de cocina, así que se me daba bien mezclar ingredientes dispares.
—¿Te importa darle de comer a Loretta? —le pregunté a Baz.
Baz miró a su alrededor en busca de alguna mascota que alimentar.
—¿Quién es Loretta?
—Mi pez. Está ahí, junto al sillón. Desde ese sitio ve las montañas por un lado y la televisión por el otro. Su comida está aquí. No le pongas demasiada.
Baz se agachó para ver mejor a Loretta.
—Siento en el alma tener que decírtelo, pero puede que no se llame Loretta.
—¿Cómo que no? Le puse yo el nombre. Mírala. Es maravillosa. Y tiene toda la pinta de llamarse Loretta.
—En los peces betta, solo los machos son de colores. Las hembras son más apagadas, como sucede con las aves.
—¿Qué? Bueno, eso explicaría el amor de Loretta por el presentador Ted Alien.
Baz me lanzó una mirada confusa, pero la ignoré y seguí sacando cosas de la nevera y de los armarios. Veinte minutos más tarde, serví unos falsos sándwiches croque-monsieur .
—En realidad es un bocadillo de jamón y queso, pero más elaborado —le expliqué.
El exterior estaba cocinado a la plancha después de cubrirlo con la misma mezcla de queso que había untado en el interior junto con el jamón y un poco de mostaza de Dijon.
La mezcla estaba compuesta de gruyer y una pizca de nata para montar, que sustituía la salsa bechamel, más laboriosa.
También le puse un poco de emmental: un suizo cremoso que se funde bien y que combina a la perfección con el sabor a nuez del gruyer.
—¿También lleva queso por fuera? Estos son los sándwiches que me gustan. —Baz le dio un buen mordisco. Esperé su reacción con cierto escepticismo, ya que no llevaba el cheddar que él tanto apreciaba. Mientras masticaba, levantó el dedo pulgar.
—¿Lo ves? Tienes un paladar más fino de lo que creías. —Su aprobación me resultó más satisfactoria que el propio bocadillo. Me encantaba convertir a los comedores de queso timoratos.
Sentados en lados opuestos de la isla de la cocina, disfrutamos de nuestros sencillos emparedados de inspiración francesa.
Hasta que empecé a comer no me di cuenta del hambre que tenía y de lo mucho que el hidromiel se me había subido a la cabeza.
Cuando iba por la mitad de mi bocadillo, empecé a sentirme más yo.
—Entonces, ¿ha merecido la pena? ¿Qué información has conseguido esta noche? —me preguntó Baz entre bocado y bocado.
—No mucha. La razón por la que nadie ha visto a la mujer de Guy por el pueblo, como tú dijiste, es que, según Roman, estaban separados. Así que tal vez no esté cerca de Yarrow Glen, de ahí la falta de interés de la policía por ella.
—Tiene sentido…, a menos que lo hiciera un asesino a sueldo.
—¿Con mi cuchillo de queso?
—Lo había olvidado.
Deseé olvidarlo yo también.
—No pude sonsacarle mucho a Roman. Defendió a Guy, pero no me contó casi nada sobre él. También se mostró bastante discreto respecto a sí mismo. Me dio la sensación de que ocultaba algo. ¿Qué sabes tú de Roman?
—No mucho. En alguna ocasión hemos tomado una copa juntos en El Sótano, pero nunca me ha dicho nada relevante.
—¿Viste alguna vez a Roman con Guy Lippinger allí? —Quería confirmar lo que había oído en el parque.
—Yo nunca los vi, pero tampoco paso mucho tiempo en el bar.
Casi por lo mismo que pago allí por una cerveza de barril me compro un paquete de seis latas en la licorería.
—Baz se comió un cuarto del sándwich de un bocado.
Me alegré de haberle preparado dos—. Trabajé en su sala de catas el año pasado y pasé mucho tiempo con él eligiendo los acabados.
Ahora que lo pienso, nunca me contó mucho sobre su pasado.
Hablaba de la fábrica de hidromiel, pero no de cómo había llegado hasta aquí.
No le di importancia, porque de todos modos no es muy hablador.
Es probable que fuera yo quien más hablara.
Yo ya había experimentado eso con Baz.