Capítulo trece #2
—Y, ¿sabes qué? También compartimos un dios de la mitología griega: Aristeo.
—El dios de la elaboración de queso. —Por supuesto que lo sabía.
—Y del hidromiel, entre otras cosas.
—Cierto. Lo había olvidado.
—Entonces, ¿me das la razón en que tenemos mucho en común?
No se me ocurrió ninguna respuesta aguda. Tenía razón, pero no iba a darle la satisfacción de admitirlo. Me di cuenta de que tenía ganas de saber más sobre él.
—¿Qué te hizo venir a Yarrow Glen, en medio de una región vinícola, a vender hidromiel?
—Esa es justo la razón, que es una región vinícola. Quería destacar.
No me dio más explicaciones.
—¿Y te gusta estar aquí? ¿Cuánto tiempo llevas en el pueblo?
—Casi cuatro años.
—Parecía que Vivian insinuaba que habías hecho muchas… amistades.
—Soy una persona sociable.
—Eso he oído.
—A Vivian le gusta tocarme las narices. No me importaría encontrar a alguien con quien tener algo más que una relación. Alguien que comprenda las exigencias de poseer un negocio propio, con quien tener cosas en común…
Si antes provocaba chispas, ahora eran auténticos cortocircuitos.
Me ofreció más hidromiel y lo acepté con tal de no responder. Desvié la conversación hacia el queso. Maridamos cinco tipos de queso más antes de darme cuenta de que me lo estaba pasando tan bien que estaba descuidando mis pesquisas, pero entonces fue Roman quien sacó el tema del asesinato.
—He visto a la policía junto a tu puerta durante todo el día. ¿Cómo vas? Supongo que te habrán interrogado… —dijo.
—Es que fui yo quien encontró el cadáver.
—Ay, Willa. ¿Y estás bien? —Acercó su mano a la mía.
Asentí y aparté la mano de debajo. Me bebí el hidromiel sin soltar el tallo de la copa para evitar más contacto.
—Es increíble que lo hayan matado —dijo.
—Y justo después de que estuviéramos con él. Tú lo conocías, ¿verdad?
—Sí. Por lo que deduje del interrogatorio del detective Heath, la policía sospecha que lo sucedido en la quesería esa noche tuvo algo que ver con el asesinato.
—Lo sé.
—¿Y te preocupa?
—Bueno, él dice que se limitan a recoger información, pero da la impresión de que solo me investigan a mí. No estoy segura de por qué no muestra interés por los demás.
—¿Por quiénes?
Uy.
—Por su mujer, por ejemplo.
Bien salvado, Willa.
—Guy mencionó una vez que estaban separados. A lo mejor ella vive lejos y tiene una coartada.
—He oído que vive en Isla Santa Catalina, lo cual explicaría que no sea la principal sospechosa de la policía.
—Tal vez.
—¿Sabes por qué volvió Guy? En el pueblo nadie parece tener muy buena opinión de él —dije.
—No era tan mal tío como todo el mundo cree.
—¿Erais muy amigos?
—Solo nos llevábamos bien. Pero creo que lo conocí mejor que la mayoría de la gente de por aquí. Nadie le dio muchas oportunidades.
—Entonces, ¿solo erais conocidos? ¿Nada más?
—¿Adónde quieres llegar?
—Es que me provoca curiosidad —reculé un poco.
—No sé mucho más de él. Era muy reservado. —Roman apuró la copa.
—¿Por qué crees que Guy te dedicó una buena crítica?
Roman pareció desconcertado.
—¿Perdona?
—No digo que no la merecieras. Es obvio que tienes un local estupendo y que tu hidromiel es excelente. Pero tienes que admitir que a los demás negocios no les dio la más mínima oportunidad.
La veracidad de mis palabras pareció relajar sus nervios.
—No tengo ni idea, pero no soy el único. A la panadería también la dejó en paz.
—¿Y por qué crees que lo hizo?
Roman se encogió de hombros.
—Ni lo sé ni me importa demasiado. Vivian mantiene a flote la panadería porque se lo prometió a su hermana.
Quizá Guy tuviera corazón, después de todo.
O puede que la panadería exista desde hace tanto tiempo que su reseña no fuera relevante.
Tampoco tocó El Sótano. Ambos lugares son fijos en el pueblo.
Sea cual sea el motivo, me alegro de que no se metiera con ellos.
—Hope me contó lo de su madre y Vivian. Qué triste todo. ¿Sabes a qué se dedicaba Vivian antes de venir a Yarrow Glen para ayudar a su hermana?
—Una vez me contó que trabajaba en una tienda mientras estudiaba en la universidad; estaba acostumbrada a trabajar mucho.
Me dijo que ver a su hermana tan mal fue mucho más duro que aprender a hacer pan y llevar la panadería.
Pero que lo peor fue intentar criar a una adolescente que acababa de perder a su madre. En mi opinión, Vivian es una santa.
Pensé que Hope se quejaba demasiado de su tía.
—Hope no parece muy agradecida, teniendo en cuenta lo que Vivian ha hecho por ella.
—¿Alguna vez has visto a una adolescente agradecida?
Me eché a reír.
—Tiene casi veintiún años, pero sí, te entiendo. Seguro que yo también refunfuñé mucho en la granja.
—Cuéntame más cosas sobre tu infancia allí.
Parecía una petición sencilla, pero no se podía hablar de mi vida en la granja sin hablar también de mi hermano. Me di cuenta de que, con tanta degustación, empezaba a achisparme, lo cual siempre avivaba mis emociones. No quería acabar la noche llorando en una barra, nunca mejor dicho.
—Otro día. Me interesas más tú.
—¿Ah, sí?
Eso ha sonado a coqueteo más de lo que pretendía.
—Eh… ¿Dónde te criaste? —Traté de sonarlo más profesional posible.
—Cerca de aquí.
Apoyó los antebrazos en la barra, como desafiándome a que lo interrogara mientras él respondía con vaguedades. Resultaba extraño que fuera tan efusivo al hablar de Guy Lippingery Vivian, y que dijera tan poco sobre sí mismo.
—¿Conocías a alguien del pueblo antes de mudarte aquí?
—No —contestó.
—Entonces, ¿no sabes qué secreto pensaba contarle Guy a todo el mundo la otra noche?
La energía insinuante de Roman cambió. Se apartó de la barra.
—No sé a qué se refería. Y tampoco le daría mucha importancia. Era obvio que había bebido. Probablemente solo intentara fastidiar a Derrick.
—Desde luego parecían enemigos. ¿Estabas aquí en la destilería cuando se produjo el asesinato?
—Empiezas a sonar como la policía.
Sí, sin duda su energía había cambiado. Solté una risa nerviosa.
—No, yo… eh…
—No pasa nada. Sí, estaba arriba, en mi apartamento.
Entonces, no tiene coartada. Mi pésima racha con los hombres continúa: el primer tío encantador, guapo y con éxito al que parezco gustarle tal vez sea un asesino. Fabuloso.
Continuó:
—Bajé cuando oí las sirenas de policía. No dejaban pasar a nadie al otro lado de la manzana, pero si te hubiera visto habría encontrado la forma de cruzar.
Nuestros ojos se encontraron. Esta vez no parecía intentar ser encantador, sino que sonaba sincero, lo cual entraba en conflicto con que fuera uno de mis sospechosos de asesinato. Tardé un rato en apartar la mirada.
—¿Cuál te gusta más? —Volvió al hidromiel.
Era difícil elegir, pero me había gustado el de canela, que me provocaba un cosquilleo picante en la lengua. Quería recordar aquel sabor para buscar en la tienda un queso que lo acompañara bien. Ya pensaba en la opción de un muenster cremoso.
Sirvió dos copas llenas de hidromiel de canela y me puso una delante.
—Por el placer, no por los negocios —dijo, levantando la copa en un simulacro de brindis antes de darle un largo trago—. Coge la copa y ven conmigo —dijo de repente.
Sacó un llavero de debajo de la barra y abrió una puerta cerrada que estaba cerca de la esquina y que yo había supuesto que era un armario. Mi estado de relajación desapareció.
—Vamos —dijo, e inclinó la cabeza hacia esa estancia.