Capítulo trece
CAPÍTULO TRECE
M e di cuenta enseguida de que la señora Schultz tenía una gran variedad de experiencias en su haber y una de ellas era haber probado el hidromiel.
Por desgracia, los cotilleos del salón de manicura no habían proporcionado ninguna información reseñable, pero su paladar excepcional me ayudó mucho a elegir las muestras para el maridaje.
Estaba segura de que entre los quesos seleccionados habría alguno que maridaría bien con el hidromiel de Roman.
Sin embrago, mi confianza no se extendió a mi apariencia física.
Fui incapaz de repetir el peinado atrevido con el que había salido de la peluquería seis semanas antes, cuando me corté el pelo.
Si me alborotaba el flequillo, parecía recién levantada de la siesta.
Me volví a maquillar y me recordé, mientras me perfilaba los ojos, que no iba a una cita.
En sentido estricto, era una colaboración laboral y una forma de obtener más información sobre Roman, sobre Vivian y sobre Guy.
No necesitaba que otro hombre desbaratara mis planes. Ya había escarmentado años atrás.
En la universidad creí haber conocido al chico perfecto.
Él, mi mejor amiga y yo nos llamábamos «los tres mosqueteros».
Tras volver del semestre en Francia, la idea de abrir una tienda de quesos les entusiasmó tanto como a mí.
Pasamos gran parte del tiempo haciendo planes para el negocio.
Decidimos abrirlo juntos, ellos se ocuparían de la parte financiera y yo, del queso.
Cuando mi novio me propuso matrimonio después del último curso, todo parecía encajar.
Pero antes, para obtener el certificado de experta en quesos, necesitaba adquirir cuatro mil horas de experiencia laboral, lo que significaba hacer algo más que fabricar queso en la granja lechera de mis padres en Eugene.
Por esa razón, trabajé en varias tiendas y fábricas de queso de la Costa Oeste, aunque volvía a casa tan a menudo como podía.
Ya contaba con un año de experiencia cuando mi novio rompió nuestro compromiso con la excusa de no querer una relación a distancia.
Después descubrí la verdadera razón: él y la tercera mosquetera se habían enamorado.
Incluso utilizaron el anillo de compromiso, que yo le había devuelto, como anticipo para abrir una pequeña chocolatería en Eugene.
En resumidas cuentas, mi corazón roto financió su sueño.
Por no hablar de que, por si fuera poco, me fastidiaron el gusto por el chocolate para siempre.
Por suerte, siempre preferí lo salado a lo dulce.
Después de aquello, me entregué por completo, « hopelessly devoted » como dice Sandy en la canción de Grease , aunque esta vez solo al queso.
Aun así, las mariposas de mi estómago no desaparecían. Fui al salón y posé para mi pez con los vaqueros y un jersey ligero.
—¿Qué te parece, Loretta? ¿Estoy mona sin que parezca que pretendo ir mona?
Loretta se sacudía detrás de la casa en forma de piña de Bob Esponja sin aparentar mucho entusiasmo.
—Qué dura eres. No todo el mundo puede estar tan fabulosa como tú, ¿sabes?
Cogí mi impresionante bandeja y uno de los folletos de la caza del queso y enfilé la calle hacia la destilería de hidromiel El Valle de Oro.
Me alivió ver que uno de los empleados seguía allí barriendo el suelo cuando llegué, justo después de que hubieran cerrado.
Roman y yo no estaríamos solos. El chico se apresuró a abrir la puerta para dejarme pasar.
—Gracias —En su chapa identificativa ponía Chet.
Seguro que Roman le había dicho a su empleado que me estaba esperando, ya que ni siquiera me dio tiempo a explicar la razón de mi visita. Chet desapareció por una puerta corredera que había al fondo, semejante a la de un granero, mientras yo esperaba en la tienda.
Solamente había pasado por allí una vez, pero ahora que Roman se estaba convirtiendo en algo más que un conocido, admiré su negocio con otros ojos.
El techo con vigas de madera estaba pintado de gris y el suelo era de hormigón, pero el ladrillo visto entre las estanterías de hidromiel horizontales aportaba calidez al ambiente.
Mientras que en ¿Qué Sería? se estimulaban todos los sentidos del visitante, esta austeridad permitía que el hidromiel fuera el protagonista.
Las elegantes botellas de cuello largo ofrecían una gama de tonos dorados que iban desde el amanecer claro hasta el coñac oscuro.
Miré más de cerca las etiquetas de El Valle de Oro: grosella negra, néctar de pera, miel seca, romero.
No estaba segura de qué esperaba encontrar, pero me di cuenta de que me había sorprendido gratamente.
—Willa.
Levanté la vista de las etiquetas y vi que Roman venía a mi encuentro mientras Chet cerraba la puerta. Me enfadé con mi estómago, que se empeñó en dar volteretas cuando la sonrisa de Roman ascendió hasta sus ojos.
—Qué alegría volver a verte —dijo él.
—Estaba contemplando la tienda. Siento no haber venido antes.
—No te preocupes. Sé que poner en marcha un negocio es una locura. Tampoco hace tanto que abrí yo. —Entonces se volvió hacia Chet, que estaba tras él—. ¿Todo listo?
—Me falta guardar esto y ya me largo. —Chet agarró la escoba y el recogedor.
Así que Roman y yo sí íbamos a estar a solas después de todo. No hay de qué preocuparse, Willa .
—Buenas noches entonces —le dijo Roman a Chet antes de centrar toda su atención en mí.
Me mostró el resto de la tienda. Además de hidromiel, en la parte delantera se exhibían diversos accesorios divertidos como tazas en forma de cuerno y jarras de peltre. La pared del fondo estaba consagrada a una pequeña selección de vinos que solo mencionó de pasada.
Leí en voz alta la única etiqueta que tenían.
—Enora. Es la marca local que Vivian elogió la otra noche, ¿verdad? ¿Tienes buen trato con ellos? He estado pensando en vender vino en mi tienda, aunque para eso debería saber algo más de enología y prefiero concentrarme solo en los quesos.
—No te molestes, hay muchas bodegas de vino en los alrededores.
Yo solo lo vendo para atraer a los clientes que vienen buscándolo, pero siempre les ofrezco el hidromiel después, que para la mayoría de la gente es bastante desconocido.
En realidad preferiría eliminar el vino poco a poco, ya que no me dedico a eso.
Bueno, ¿estás preparada para la joya de la corona?
—Abrió la puerta corredera—. La sala de catas.
Pasamos a una sala acogedora e iluminada con suavidad, muy distinta del ambiente industrial de la tienda.
Una ristra de mesas de cóctel redondas y altas rodeaba las paredes formando una herradura que enmarcaba un grupo de sillones de cuero desgastado de aspecto cómodo situados en el centro.
Sin embargo, el principal foco de atención era la barra de nogal negro tallada a mano con taburetes para ocho personas.
Tras ella, colgado en una pared verde aceituna, había un gran cuadro de la marca El Valle de Oro de Roman.
El hidromiel se exhibía en una vitrina de cristal justo debajo.
—Qué bonito —dije mientras me empapaba del ambiente acogedor y masculino de la sala.
A lo largo de la pared más alejada, unas ventanas con montantes aportaban iluminación natural incluso en ese momento en que empezaba a oscurecer.
—Gracias. Sé que es más pequeña de lo habitual, pero prefiero hablar con la gente en un entorno más íntimo.
Llevó la bandeja de queso a la barra y giró uno de los taburetes para que me sentara.
—Puede que en la tienda haya algún queso que maride mejor con tu hidromiel, pero creo que estos nos servirán para empezar —dije.
—Y esto también —De debajo de la barra, sacó una botella de un color pajizo claro—. De momento, te daré a probar mi hidromiel seco original antes de pasar a los afrutados y los botánicos.
Estaba deseando catarlo.
—¿Esto empezó como un pasatiempo o siempre tuviste la intención de que fuera un negocio?
—Siempre quise crear algo propio. No tuve claro que fuera esto, pero pronto se convirtió en una pasión. —Llenó la cuarta parte de dos copas de cristal y removió una de ellas antes de deslizaría delante de mí—. Esta fue la receta original con la que me pasé dos años entretenido.
Moví la copa como había hecho él, pero con tanta fuerza que estuve a punto de derramar su contenido. Dejé de actuar como si supiera lo que hacía.
—Entonces, ¿es un vino o una cerveza?
—Algo intermedio. El vino se elabora con uvas y la cerveza, normalmente con cebada. Aquí la base es la miel.
Se acercó el vaso a la nariz y yo lo imité. Tenía matices de roble, lo cual me sorprendió, porque había pensado que, si la base era la miel, olería dulce.
—Por la mezcla de los negocios y el placer. —Inclinó la copa, que chocó suavemente con la mía.
Ay, Dios . Por suerte, tenía una copa en la mano, porque de repente necesitaba un trago. Recordé que debía centrarme solo en la parte de los negocios.
Le di el primer sorbo al hidromiel. Tenía la ligereza de un vino blanco y un sabor acorde a su aroma amaderado.
Enseguida supe cuál sería el queso adecuado: un queso francés cremoso y semiblando de estilo tomme , de la región de Saboya, que no ahogaría el persistente sabor a miel que la bebida dejaba en la lengua.
Cogió el queso y lo probó.
—Tienes razón. Qué bueno. —Lo regó con más hidromiel—. Me alegro de que hayas venido. Creo que tenemos mucho en común.
—¿Ah, sí? ¿Como qué?
Se acercó más.
—Química, por ejemplo.
Vivian ya me había advertido de que Roman era un donjuán, pero su estilo despreocupado me hizo creer que iría más despacio.
—¿No es eso un poco presuntuoso? —pregunté.
—Me refería al queso y el hidromiel. Ambos son pura química en acción. —Contemplé el hidromiel en la copa hasta que se me pasó el bochorno—. Como yo y tú —añadió.
Vale, no iba yo tan desencaminada entonces.
—Tú y yo.
—¿Me estás corrigiendo o estás de acuerdo conmigo?
Me encogí un poco de hombros. Él no merecía saberlo.
Sin inmutarse, añadió: