Capítulo doce
CAPÍTULO DOCE
C uando retomamos el reparto de folletos y queso por el mercado al aire libre, me siguieron llegando conversaciones sobre Guy Lippinger.
—Qué lista su mujer, que se pasaba la vida en Isla Santa Catalina…
—¿Y por qué lo han asesinado? Si total, el hígado tampoco le iba a aguantar demasiado…
—No creas. He oído que la otra noche era la primera vez que pisaba El Sótano desde hacía meses.
Un galante «¿Qué tal?» me interrumpió como un anuncio televisivo a un volumen demasiado alto.
Me di la vuelta para toparme con Richie Musculitos (como yo lo llamaba), el conductor de grúa de la mañana anterior. Llevaba en la mano un bonito botellero de madera tallado a mano.
—¿Te acuerdas de mí? Soy Richie —dijo a una distancia demasiado corta como para sentirme cómoda.
Retrocedí un paso.
—Claro que me acuerdo.
—No es fácil olvidarme, ¿eh?
Me reí para mis adentros. Tenía tanto músculo como confianza en sí mismo.
—¿Es madera de teca? —señalé el botellero.
—Sí. Baz me lo ha hecho a medida.
—¿Eso lo ha hecho Baz?
Richie extendió el pulgar y señaló hacia atrás. Por detrás de él, vi que Baz estaba sentado junto a una de las mesas.
Me separé de Richie, que pareció sorprendido de que lo abandonara tan pronto.
La señora Schultz y yo corrimos a ver las creaciones de Baz.
Tenía dos mesas repletas de una maravillosa artesanía en madera: botelleros, cajas, servilleteros, ingeniosas casitas para pájaros e incluso un tablero de ajedrez con todas sus piezas talladas a la perfección.
—Hola, señora Schultz; hola, Willa —nos saludó.
—¿Todo esto lo has hecho tú? —Levanté la tapa de un joyero en forma de corazón tallado en madera de nogal—. Es precioso.
—Es una afición que tengo.
—Pues menuda afición. —Estaba más que impresionada.
—Recuerdo que eras una estrella en clase de carpintería —apuntó la señora Schultz—. Pero no tenía ni idea de que hubieras perfeccionado tu destreza hasta este punto. Tienes mucho talento, Basil.
—¿Basil? —Sentí como si acabara de recibir información privilegiada.
Baz se sonrojó.
—Señora Schultz, nadie me llama así salvo usted y mi madre.
—Ya sabes que soy algo más formal que la mayoría de la gente.
—Mi madre es inglesa —me explicó Baz—. Siempre he odiado ese nombre, por eso lo acorté. A lo mejor te sientes identificada, ¿no?
—¿Estás diciendo que debería avergonzarme de mi nombre?
—Ah, no, no. Me refiero a que Willa será el diminutivo de un nombre que no te gusta. Como… qué sé yo, ¿Wilhemina?
Me hizo gracia ver a Baz tartamudear y recular.
—No. Es Willa, sin más. Me lo pusieron por mi padre, William. Mis padres no pensaban que tendrían tanta suerte como para tener un segundo hijo.
—Ah, perdón. No te lo tomes a mal.
Me eché a reír.
—Tranquilo.
—Basil es un nombre muy ilustre. Como el gran actor Basil Rathbone. —La señora Schultz trató de remediar el azaramiento de Baz.
—Exacto. Representó a uno de los primeros Sherlock Holmes. Te viene como anillo al dedo —dije.
Baz pareció animarse un poco.
—¿Vosotras de qué os conocéis?
—La señora Schultz trabaja en ¿Qué Sería? —contesté.
—Me alegro por usted, señora Schultz.
Aprovechando que la mesa se había quedado sin clientes, le pregunté en voz baja:
—¿Has averiguado algo esta mañana?
—Bueno, eh… —Miró de reojo a la señora Schultz.
—No pasa nada. Ella sabe que intentamos resolver el caso.
—Pensé que dejaría el drama al jubilarme, ¿quién me iba a decir que no? —dijo la señora Schultz.
—He averiguado de qué salón de manicura proviene la tarjeta —declaró Baz.
—¿Cómo? —Coloqué la bandeja con queso encima de la otra bandeja vacía y apoyé ambas en una esquina de la mesa para descansar los brazos.
—¿Salón de manicura? —La señora Schultz también le prestó toda su atención.
Le expliqué en un momento lo de la posible pista de la tarjeta.
Baz continuó:
—Solo hay dos en el pueblo y me he enterado de que el detective Heath estuvo en el salón Las Diez Perfectas, situado en Laurel Avenue.
—¿Y averiguó si algún cliente del salón tiene relación con Guy? —pregunté.
—Lo único que sé es que se ha incautado de la agenda del negocio.
Me miré las uñas, cortas, limpias y sin pintar, y me alegré por una vez de llevarlas tan descuidadas.
—Por suerte no soy de las que se hacen las uñas y mi nombre no aparecerá en esa agenda. Pero no tenemos ni idea de a quién pertenecía la tarjeta. Supongo que lo importante es que lo sepa el detective Heath, pero tiene que haber algún modo de que nosotros también nos enteremos.
La señora Schultz suspiró con determinación y estiró los dedos.
—Pues resulta que me vendría bien hacerme la manicura. Ya que estamos fuera de la tienda, ¿te importa que me tome ahora mi descanso para comer?
—Pero señora Schultz…
Su idea era buena, pero no estaba muy segura de sentirme cómoda con ella.
—¿Cómo piensa averiguar algo? No puede entrar allí y preguntar sin más —dijo Baz.
—Ah, no pienso preguntar. No me va a hacer falta.
—Entonces, ¿cómo va a averiguar nada? —Yo también tenía curiosidad.
—Si la policía ha estado en el salón de manicura esta mañana, será el tema de conversación durante el resto del día.
Soy experta en pegar la oreja y tengo más de sesenta años, lo que me hace invisible para la mayoría de los jóvenes, porque suponen que no les presto atención.
La señorita Marple utilizó su avanzada edad en beneficio propio una infinidad de veces.
—Porque Agatha Christie lo escribió así —le recordé a la señora Schultz.
—Porque es una verdad universal.
—Siempre y cuando no corra ningún riesgo… —añadí.
—Allí el mayor peligro sería volver a dejar que una veinteañera eligiera mi color de uñas.
Una vez me convencieron para probar el tono coral isleño, que resultó ser naranja fluorescente.
Eso sí que fue un error. Ya te contaré lo que averiguo.
—La señora Schultz sacudió los dedos para despedirse y se marchó.
Baz y yo nos miramos sin saber muy bien si alegrarnos o preocuparnos.
—¿Crees que es buena idea incluirla en esto? —me preguntó Baz.
—A ella y a Archie. Pues no lo sé. Espero no haber cometido ningún error, pero no me sentía bien dejándolos al margen. Los tres trabajamos codo con codo durante varias semanas para montar la tienda antes de abrirla. Los conozco mejor que a nadie del pueblo.
—Tú eres quien se la está jugando, así que es decisión tuya.
—Confío en ella y en Archie. Me defendieron cuando el detective Heath los interrogó.
—Baz suspiró a sabiendas de que no tenía más remedio que aceptar—.
Creo que debería volver con Archie para terminar de repartir las degustaciones.
Él es quien llama la atención. ¿Quieres un poco de queso antes de que me vaya?
—Le ofrecí un trozo de feta y arrugó la nariz—.
No tengas miedo del queso, Baz. Este feta está fetén. —Y me eché a reír con mi propio chiste.
—Prefiero los de toda la vida. ¿No tienes cheddar ?
Tomé dos trozos de un cheddar irlandés fuerte y añejo. Los exuberantes pastos de Irlanda donde pacía el ganado daban como resultado aquel clásico color amarillo intenso con el que sabía que Baz se sentiría a gusto.
—Aquí tienes.
Se metió los dos cuadraditos en la boca.
—¿Cómo vas a apreciarlo si te comes los dos trozos de una vez? —dije.
—Es cheddar . Debería estar derretido en un sándwich de Bolonia. —Se pasó la lengua por los labios—. Puede que este sea demasiado elegante para uno de esos sándwiches, pero está bueno. Tal vez acompañado de un merlot…
—¿Tomas vino con los sándwiches de mortadela y queso?
—Pues claro. A ver si te crees que soy un salvaje.
Sacudí la cabeza y me reí por lo bajini.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó.
—Antes le mandé un mensaje a Roman. He quedado con él esta noche.
—¿Después de cerrar?
—Sí, en su destilería de hidromiel.
—¿A qué hora? Te acompaño.
—¿Y qué excusa pongo para que vengas conmigo?
—Entonces dile que quedáis en tu tienda. Puedo fingir que estoy arreglando algo allí.
—Baz. —Me dieron ganas de contarle lo que había oído sobre Roman, pero me di cuenta de que su carácter protector se había disparado y no quería que me envolviera en una burbuja—. No me va a pasar nada.
—¿No me dijiste que crees que uno de ellos es el asesino?
—Entiendo tu postura, pero no hay razón para que Roman me haga daño. Le dejaré claro que varias personas saben que he ido a verlo. ¿Te sientes mejor así, «papá»?
—Vuelve a casa a tu hora —dijo para seguir con la broma. Entonces se puso serio—. De verdad, Willa, ten cuidado.