Capítulo once
CAPÍTULO ONCE
C uando volví de la panadería, solo quedaba un policía, pero la horrible cinta amarilla, que se agitaba con la brisa, aún llamaba la atención en el callejón. Entré en ¿Qué Sería?, que seguía tan silenciosa como antes, con cierto desánimo.
—¿Algún cliente en mi ausencia? —Le pregunté a la señora Schultz.
—Solo uno, pero preguntó más cosas sobre lo que pasaba con la policía que sobre el queso.
Miré el reloj de la pared.
—El mercado al aire libre del mediodía ya ha empezado, así que tampoco habrá muchos transeúntes a esta hora. ¿Dónde está Archie? ¿En su descanso para el almuerzo? Os he traído unas galletas de la panadería.
—Nosotros también tenemos una sorpresa para ti.
—¿Una sorpresa? —Intenté corresponder a la expresión de alegría de la señora Schultz, aunque ya había alcanzado mi límite de sorpresas.
—¿Estás listo, Archie? —gritó la señora Schultz.
Archie salió con torpeza del almacén trasero portando un disfraz de cuña de queso amarillo chillón, cuya parte inferior, más ancha, se quedó enganchada en la puerta batiente.
Sus largas extremidades estaban envueltas en nailon amarillo ajustado y a través de un agujero redondo le asomaba la cara pecosa y un mechón de pelo rebelde.
—¿Qué te parece? —Con cuidado, se abrió paso entre las mesas expositoras.
Por suerte, la señora Schultz me dio una explicación, ya que yo estaba demasiado estupefacta para contestar.
—Dijiste que necesitábamos llamar la atención y como se me da bastante bien diseñar disfraces después de tantos años en el teatro…
—Puedo ir al parque y repartir los folletos de la caza del queso. Para eso no hace falta tener una mesa —sugirió Archie—. Así la gente tal vez se acuerde de nosotros y nos proponga para los premios Calidad Sonoma.
Que ambos se preocuparan tanto como yo por ¿Qué Sería? me provocó tal nudo en la garganta que, si hubiera hablado, me habrían temblado los labios y las palabras.
—Podrías llevar una bandeja de degustaciones —propuso con timidez la señora Schultz en vista de que yo seguía muda.
—Sois fantásticos. Me encanta —conseguí decir sin gimotear—. Archie, ¿no te importa?
—¡Si ha sido idea suya! —dijo la señora Schultz.
—Fui la mascota deportiva del instituto —me contó él.
—Estaba dispuesto a ponerse cualquier disfraz que yo confeccionara para ¿Qué Sería? siempre y cuando no fuera de pastorcilla.
—Me disfrazo de cualquier cosa, pero todo tiene un límite.
Me eché a reír.
—Le estás haciendo la competencia a nuestra Rueda de Cheddar Monstruosa. Esto debería darnos visibilidad. Visto que en la tienda no hay ningún movimiento, vámonos todos al parque.
Dejamos una nota en la puerta para avisar de que estaríamos en el mercado al aire libre durante una hora y nos llevamos los folletos y dos bandejas con queso.
Nos alegramos de dejar atrás, aunque fuera por un rato, a la policía con su espantoso escenario del crimen.
Subimos la calle llamando bastante la atención y giramos a la izquierda hacia Main Street, dejando a la derecha la biblioteca pública, la oficina de correos y la estación de servicio de Ron, donde se podía comprar una de esas botellas antiguas de cristal de Coca-Cola por un dólar mientras llenabas el depósito de gasolina, lavabas el coche o lo ponías a punto.
A la izquierda, el ayuntamiento y la iglesia quedaban separados por un aparcamiento y ocupaban la manzana entera.
Y por detrás se extendía el parque municipal.
Se trataba de un parque informal, sin arcos de entrada ni vallas, que solo contaba con una bonita extensión de césped bordeada de flores. El pueblo de Yarrow Glen seguía aferrado a sus raíces agrícolas, por lo que carecía de la sofisticación de los pueblos vinícolas circundantes.
En una zona había mesas y varias carpas desmontables.
Delante de la mesa del colmado de Lou se apilaban varios cajones con fruta y verdura, y la mesa de la librería ofrecía algunos de sus supervenías junto con varios postres veganos de la cafetería.
Por lo que me habían contado, el mercado de mediodía de los jueves era como un ensayo general del mercado semanal de productores que comenzaba el fin de semana del Día de los Caídos y se prolongaba hasta el otoño.
Aunque el mercado primaveral solo duraba un par de horas a mitad de semana, sacaba a la gente de casa, tras las lluvias del invierno, para hacer pícnics, curiosear y consumir productos locales.
También daba la oportunidad a los artesanos de vender sus productos.
El día cálido y soleado atrajo a muchos residentes. Nosotros tres, en equipo, nos pusimos a repartir queso y folletos con la esperanza de promocionar ¿Qué Sería? dentro de la comunidad.
Mientras caminábamos por el mercado me llegaron retazos de conversación, pero ninguno me llamó la atención hasta que oí el nombre de Guy Lippinger. Entonces se sucedieron otras palabras que no pude ignorar como «muerto», «asesinato» y «quesería».
Parecía imposible que lo ocurrido se mantuviera en secreto. Tenía que asumirlo: todavía no había aparecido en el periódico y la gente ya se había enterado de la noticia. Ya que todo el mundo estaba hablando de aquel suceso, tendría que sacarle partido.
Agucé el oído y advertí de nuevo varias palabras clave antes de captar una conversación entre dos mujeres que ojeaban la mesa de joyas y fulares artesanales.
Ambas aparentaban unos cuarenta y tantos años.
La que tenía el pelo largo y rubio recogido sobre el hombro parecía vestida de oficina e iba maquilladísima.
Mordisqueaba los restos de un bocadillo, probablemente en su pausa para el almuerzo.
La otra llevaba una camiseta, pantalones de yoga y zapatillas, pero también iba peinada a la perfección.
—Señora Schultz, ¿nos acercamos a ver esos fulares? —le propuse.
—Ya sabes que me encantan los pañuelos, pero ¿en horas de trabajo? —contestó.
Me aproximé a ella y le susurré:
—Quiero oír la conversación de esas dos mujeres. Creo que están hablando del asesinato.
Al instante, la señora Schultz se puso en modo señorita Marple. Colocó los folletos debajo de mi bandeja de queso para que yo los agarrara y se quitó el delantal de ¿Qué Sería?
—Puedes ofrecerme un poco de queso mientras yo «miro los fulares». —Dibujó unas comillas con los dedos.
—Buena idea.
Ella se acercó primero a la mesa para interpretar su papel y yo la seguí. Le tendí la bandeja y ella fingió decidir qué tipo de queso quería, sin que mediáramos palabra, para poder escuchar con atención.
La mujer vestida con ropa deportiva estaba hablando.
—Paul me dijo que siempre lo veía en El Sótano.
¿A que sí, Paul? —Se dirigió a un hombre barrigón en el que no había reparado y que se encontraba detrás de ella.
Supuse que era su marido. Estaba ocupado con el móvil y no levantó la vista hasta que ella le dio unos golpecitos en el brazo con el revés de la mano—.
¿No me decías siempre que habías visto a Guy Lippinger en El Sótano?
Iba mucho por allí, aunque nunca hablaba con nadie, ¿no fue eso lo que me contaste, Paul?
—Menos con Massey. Con él sí que lo vi bebiendo muchas veces —dijo Paul, el marido, sin darle importancia—. Ese chico es demasiado amable.
¿Roman? Noté que me sonrojaba con solo oír su nombre. A lo mejor se trataba de otro hombre que se apellidaba Massey.
—Conozco a Roman —dijo la amiga rubia—. Tienes razón, es amigo de todo el mundo. Una monada. Si no estuviera casada…
Se desvanecieron mis escasas esperanzas. Sí que era Roman.
—Paul intentó advertirle. ¿No es así, Paul? —dijo la esposa.
—Pero Massey nunca escuchó mis advertencias. Decía que Guy solo estaba interesado en la destilería de hidromiel. Le dije que no se fiara, que Guy se la tenía jurada a este pueblo, pero… —Se encogió de hombros—. Él no tiene la misma experiencia que el resto del pueblo con esa familia.
Una mujer se disculpó antes de interponerse entre nosotros para echar un vistazo a los fulares. Paul, su esposa y la amiga se apartaron de la mesa y fuimos tras ellos mientras la señora Schultz mantenía el ademán de elegir un cubito de queso.
—Quizá Roman fue listo al hacerse amigo suyo. Al parecer, el tipo le dedicó una buena crítica a su destilería de hidromiel —dijo la amiga rubia.
—Lippinger no era amable con ningún negocio del pueblo si no obtenía algo a cambio —contestó Paul, el marido.
—¿Crees que Roman pudo haberlo sobornado para que le hiciera una buena crítica? No parece muy propio de él.
—Nah. Massey es un buen tipo, tal vez un poco ingenuo.
—Pero creemos que tuvo que haber algo más —dijo la esposa yogui—. Puede que no un soborno, pero sí algún tipo de intercambio. Paul temía que Roman hubiera hecho un trato con el diablo, ¿verdad, Paul?
Paul había vuelto a concentrarse en su móvil.
—Fuera lo que fuera, Roman ya no tiene de qué preocuparse —murmuró la otra.
Las amigas se marcharon y la esposa le pidió a Paul que las siguiera hacia la mesa de lámparas de sal del Himalaya.
Un hombre se acercó y me pidió una degustación. Le tendí la bandeja sin abrir la boca. Tenía la cabeza demasiado ocupada con lo que acababa de oír sobre Roman. ¿Habría hecho algún tipo de trato con Guy del que se hubiera arrepentido?
El hombre se marchó tan contento con su queso. La señora Schultz volvió a ponerse el delantal mientras Archie se acercaba a nosotras con pesadez.
—Mi bandeja está vacía. Creo que está funcionando estupendamente —dijo.
Deseé compartir su entusiasmo. Además de las nuevas sospechas sobre Roman, me costaba saber hasta qué punto aparecía ¿Qué Sería? en las conversaciones sobre el asesinato de Guy.
Unos aullidos insistentes atrajeron mi atención y vi que un chihuahua tricolor tiraba de su dueña hasta acercarse lo suficiente como para ladrarle al disfraz de queso de Archie.
—Mamá, ¿qué haces aquí? —le dijo Archie a la mujer que sostenía la correa.
Dada su constitución alta y desgarbada, y su abundancia de pecas, era fácil identificarla como su madre.
Archie se dirigió al perro.
—¿A quién le ladras? Si soy yo… —Archie, incapaz de arrodillarse con el disfraz, estiró los brazos, pero el chihuahua no estaba del todo convencido—. ¡Batman, soy yo!
Me di cuenta de por qué le habían puesto ese nombre: tenía un antifaz de pelo negro encima del hocico marrón y blanco, y unas orejas enormes y puntiagudas. La madre de Archie lo levantó para que Archie lo acariciara y lo calmara. Al cabo de un segundo, Batman le estaba lamiendo la nariz.
Nos presenté a mí y a la señora Schultz.
—Archie nos está ayudando muchísimo esta tarde. De hecho, se ha vuelto indispensable para mí. Tiene una ética del trabajo maravillosa y una verdadera curiosidad por el queso, además de que es estupendo con los clientes —lo halagué con total sinceridad.
Llevar un absurdo disfraz de queso no le molestaba lo más mínimo, pero se mostró avergonzado ante mis elogios.
—Es muy trabajador. Y quiere impresionarte —dijo su madre.
—Mamááá…
Batman salvó a Archie del bochorno cuando estuvo a punto de arrebatarme las degustaciones de queso de la bandeja, pero yo lo esquivé justo a tiempo.
—Ha estado cerca. Casi coge un trozo del cheddar de trufa negra, que es este de aquí. Debe su nombre a las trufas negras italianas que lleva, además de una pizca de aceite de trufa blanca. Suave y maravilloso. No es para perros, pero ¿te gustaría probarlo a ti? —le pregunté a la madre de Archie.
—Por desgracia, soy intolerante a la lactosa, aunque tiene una pinta estupenda. Archie me traía patatas fritas con trufa cuando trabajaba como friegaplatos en el restaurante. En casa nos encantaban.
—Bueno, será mejor que volvamos al trabajo —se apresuró a decir Archie. Era obvio que no quería que oyéramos más historias familiares.
—Vale, vale —su madre captó la indirecta—. Solo quería asegurarme de que estabas bien. Me he pasado por ¿Qué Sería? antes de venir para acá y me he preocupado al ver la tienda cerrada y la policía delante, hasta que he leído la nota de la puerta.
—Estamos bien —insistió Archie—. Sé que estás aquí por lo que pasó anoche, no tienes que venir a controlarme.
Sus hombros y su sonrisa se desplomaron al admitirlo.
—¿Cómo no me voy a preocupar? He oído que mataron a un hombre justo al lado de ¿Qué Sería?
Mi instinto de defender la tienda se vio eclipsado por la preocupación que ella sentía por su hijo.
—No sé si te tranquilizará saber que el detective vino a la tienda esta mañana. Están haciendo todo lo que está en su mano —le aseguré.
Archie pareció aliviado cuando no mencioné que lo habían interrogado.
—¿Tienen idea de quién lo hizo? ¿Hay un asesino suelto por Yarrow Glen? —preguntó.
—Es probable que se trate de alguien que lo conocía —dijo Archie—. Lo están investigando. Todo está bien, mamá, te lo prometo.
La mujer suspiró.
—Hoy, en cuanto salgas de trabajar, te vienes a casa. ¿Me oyes?
—Cuidaremos de él —aseguró la señora Schultz.
La mujer recuperó la sonrisa cuando nos despedimos educadamente. Archie acarició una vez más a Batman en la cabeza antes de que su madre se lo llevara.
—Tengo que ahorrar para irme de casa —dijo sacudiendo la cabeza enorme y triangular. Cambió la bandeja vacía por unos folletos y se acercó a un grupo que acababa de llegar al parque.
—Es difícil soltar amarras —dijo la señora Schultz cuando él se alejó—. Mi hija es mayor que tú y todavía me preocupo por ella.
—No sabía que tuviera usted una hija.
—Vive fuera del estado. Da igual lo mayores que sean y lo lejos que estén, siempre serán nuestros bebés. —La señora Schultz levantó los folletos—. Ya quedan pocos. Me da a mí que asistirá bastante gente a la caza del queso.
—Esperemos que podamos convencerlos para que piensen en el queso en vez de en el asesinato.