Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo diez
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Capítulo diez

CAPÍTULO DIEZ

P asé por delante de la ferretería de Carl, el colmado de Lou, y la librería y cafetería Lee y Más hasta cruzar la intersección en forma de T en cuya esquina se situaba la panadería Hora de Levantarse.

Me encantaba estar en la misma manzana que ese establecimiento tan esencial en Yarrow Glen, pues su buena fama atraía a los turistas de la zona más concurrida de Main Street hacia el extremo de Pleasant Avenue donde nos encontrábamos nosotros, más alejada.

Los negocios de Pleasant Avenue se repartían uniformemente en parejas, ya que los edificios estaban flanqueados por callejones que separaban cada par de tiendas del siguiente.

Sin embargo, Hora de Levantarse era la excepción, ya que se ubicaba en una casita de madera de una sola planta con los tablones descoloridos.

Un toldo azul, así como dos ventanales de guillotina de seis cuarterones sobre seis, situados a la derecha de la puerta, daban sombra y decoraban la fachada.

Me pregunté si alguien habría vivido allí en algún momento.

Desde luego, era el lugar perfecto para una panadería acogedora.

En cuanto entré en el local, cálido y agradable, me envolvió el dulce aroma a mantequilla de la bollería.

No conseguí avanzar más que unos pasos, ya que una multitud de clientes se había agolpado en el pequeño espacio entre la entrada y el mostrador.

Tuve la sensación de que la mayoría eran clientes habituales, ya que ninguno parecía confuso por no tener que hacer cola.

A diferencia de mi tienda esa mañana, en Hora de Levantarse no cabía un alfiler.

Me quedé al fondo y vislumbré a una mujer de la edad de Hope con un delantal azul vivo que registraba los pedidos en el mostrador en forma de curva.

También vi a Hope, que sacaba pasteles de frutas y magdalenas cubiertas de azúcar de los expositores de cristal a ambos lados de la caja registradora.

Por detrás del mostrador había cestas llenas de roscas recién horneadas y, según conté, al menos siete tipos de pan.

Arriba, un letrero indicaba una lista de productos con sus respectivos precios.

También advertí, colgados en la pared, varios premios de Calidad Sonoma de años anteriores.

No vi a Vivian, así que esperé mi turno mientras observaba los exquisitos productos. Yo no era muy de dulces, pero después de un rato allí podría haber cambiado de opinión. Los rollos de canela volaban. Recordé que Vivian había mencionado el día anterior que Hope le había reservado uno a Archie.

Cuando por fin me tocó, hubo una pausa: era la única clienta que quedaba en el local. La cajera de pelo oscuro, impaciente, esperaba mi pedido. Tenía un brazo entero tatuado y llevaba un aro en la nariz que me hizo, de manera instintiva, arrugar la mía.

—Quería hablar con Hope —dije mientras hacía un esfuerzo para no rascarme.

Hope estaba ordenando los productos horneados y levantó la vista en cuanto dije su nombre.

Ese día llevaba una diadema de florecitas sobre el pelo rubio, con corte pixie y unas mechas turquesas que combinaban con el mono que vestía bajo el delantal.

El esmalte de las uñas en forma de garra también hacía juego con lo demás, y me pregunté cómo era capaz de trabajar con ellas.

Sus ojos se abrieron de par en par al verme y al instante se acercó a mí.

—¿No es increíble lo que pasó anoche? Te has enterado, ¿no? Bueno, seguro que sí, porque prácticamente lo mataron en tu puerta. ¿Quieres café? Yo necesito uno.

No parecía que necesitara café, ya parecía bastante enérgica.

—Jasmine, te encargas de esto, ¿vale? —le dijo a su compañera.

Hope no esperó la confirmación de Jasmine para servir café en dos vasos de papel y pasarme uno de ellos.

Me hizo un gesto para que la siguiera alrededor del mostrador hacia la zona donde estaban la nata y el azúcar.

Ella se sirvió bastante cantidad de ambas cosas, pero yo decliné el ofrecimiento.

Si no era un café con leche o un capuchino, prefería tomar la cafeína sin paliativos, sobre todo en horas de trabajo.

—Ayer ya me asusté bastante con el comportamiento tan extraño de aquel tipo en tu tienda, pero cuando la policía vino aquí esta mañana a primera hora y nos dijo que lo habían asesinado… —Exageró un estremecimiento.

—¿Podrías bajar la voz? Imagino que será mejor mantenerlo en secreto —dije bajito con la esperanza de que imitara mi tono.

—Ah, claro, claro —contestó Hope con un susurro.

—¿A vosotras también os ha interrogado? —pregunté.

—Sí. La tía Vivian lleva quejándose desde esta mañana de que ha tenido que retrasar su agenda por hablar con ellos. Se pasará así el día entero. —Hope puso los ojos en blanco.

—Archie ha recogido el pedido de pan a su hora, así que no irá tan mal.

—Sí, he visto a Archie antes. No para de hablar de ti, ¿sabes?

—Cosas buenas, espero.

—Sí, claro. Piensa que eres muy guay. Incluso empecé a ponerme celosa hasta que me contó que eras muy mayor.

—Se referiría a la señora Schultz. Ella también trabaja conmigo.

—¿La que era profesora? No, esa es vieja.

Quizá sí que tendría que haberme arrancado las canas esa mañana, después de todo.

—¿Por casualidad oíste algo anoche después de llegar a casa? —pregunté con la intención de volver al asunto por el que había acudido a la panadería.

—No. No me enteré de nada hasta que vi las luces intermitentes a través de la ventana, pero pensé que tal vez habían abierto un coche o algo así.

Ni por asomo se me ocurrió que hubieran asesinado a alguien.

Aquí no pasan esas cosas. El año pasado robaron en el piso de la tía Vivian. Y eso ya fue suficiente.

—Qué horror.

—Según dijo, no se llevaron mucho, pero lo dejaron todo patas arriba. Si buscaban joyas o cosas caras se equivocaron de piso. —Hope soltó una risita y retomó el gesto serio—. Por suerte, ella no estaba en casa, habíamos ido a casa de mis abuelos en Oakland por Acción de Gracias.

—¿Eres de allí?

—No, de allí es mi tía. Y mi madre. ¿Y tú de dónde eres?

—De Oregón.

—¿Y decidiste venir aquí para poner en marcha tu negocio o conocías a alguien en el pueblo?

—El pueblo me… me habló.

Era difícil de describir. Yarrow Glen era el primer lugar donde consideraba la posibilidad de asentarme.

En él sentía una comodidad que no había encontrado en ningún otro sitio, tal vez porque las montañas me recordaban a Oregón.

O tal vez porque el pueblo estaba cerca de mis padres, pero ofrecía un mundo de posibilidades en vez de penurias.

—Guau. Eso es lo que le pasó a mi madre —dijo Hope—.

Al menos eso es lo que me cuenta la gente.

Nunca se me ocurrió preguntarle cuando vivía.

Mi madre descubrió Yarrow Glen y se trasladó aquí.

Luego se hizo cargo de la panadería cuando tenía veintidós años o así.

Sin conocer a nadie. Hay que tener agallas para hacer lo que ella hizo o lo que has hecho tú.

—Nunca me lo había planteado de ese modo, pero supongo que sí. —Jamás me había vanagloriado de ser experta quesera y abrir mi propia tienda. Cuando me marché de la granja, sentí que huía de algo, pero creo que habría llegado a ser la propietaria de una quesería de un modo u otro.

—La tía Vivian se mudó aquí para ayudarnos cuando mi madre se puso mala con cáncer, porque yo solo tenía trece años y ella no podía hacerlo todo sola. Luego murió. —Hope se quedó mirando su café y le dio vueltas con el agitador de manera hipnótica.

—Lo siento. No tenía ni idea.

Se encogió de hombros.

—¿Cómo ibas a saberlo? Es un rollo. La echo de menos.

Con Archie, hablo de ella todo el tiempo.

A él se le da bien escuchar. —Le di la razón: Archie era una joya—.

Como mi padre volvió a Alaska después de que mi madre se quedara embarazada, la tía Vivian era la única que le podía echar una mano, así que ya llevamos juntas ocho años.

—Lo siento. ¿Él nunca volvió? ¿Ni siquiera cuando enfermó tu madre?

—Se dedica a la pesca de altura, así que se pasa la mayor parte del tiempo en un barco pesquero.

Antes me escribía unas cartas muy bonitas, pero mi madre no quería que me marchara a Alaska.

Algún día me gustaría ir allí a conocerlo, pero quiero vivir aquí y quedarme en la panadería.

Es lo único que me queda de mi madre. —Se sacudió para salir de su estado melancólico—.

Estoy deseando darle mi toque personal… Espera un segundo.

—Levantó el dedo para detener la conversación y, con la ayuda de un papel encerado, cogió algo de uno de los expositores.

Puso una servilleta debajo y lo deslizó por el mostrador delante de mí—.

Es mi última creación, el rollo de canela definitivo. Pruébalo.

Separé un trozo de masa esponjosa untada con una capa gruesa de glaseado blanco y me llegó el olor de la canela entre las capas. Prácticamente se me disolvió en la lengua sin tener que masticar mientras los sabores augurados se fundían en mi boca.

—Es increíble —dije con sinceridad.

A Hope se le iluminó la cara.

—Ha sido un exitazo, aunque la tía Vivian no quiera admitirlo.

Tenemos un negocio estable con el pan, pero somos más que eso.

Quiero que tengamos pasteles, tartas y repostería francesa de lujo.

La tía Vivian dice que no tengo formación y que no contamos con el dinero necesario para contratar a los pasteleros idóneos, pero yo creo que es poco flexible.

Ni siquiera quiere pintar las paredes de otro color.

El año pasado tuvimos que repintarlas después de una gotera en el tejado y propuse pintarlas de rosa.

No hay nada más propio para una pastelería que el rosa, ¿verdad?

Pero ella no quiso cambiar este blanco tan soso.

Por lo menos pude decorar mi apartamento con el color que me dio la gana.

—Señaló con el pulgar la parte trasera de la panadería.

Había visto una segunda entrada en la parte posterior de la casa, pero no sabía que era el apartamento de Hope.