Capítulo ocho
CAPÍTULO OCHO
P ara cuando abrí mi tienda, Richie Musculitos ya se había llevado el todoterreno, pero varios agentes seguían rastreando la zona acordonada. Por desgracia, habían aparcado los coches de policía delante del callejón y de mi tienda, a la vista de todo el mundo.
Había llamado a la señora Schultz y a Archie para informarles de lo sucedido y asegurarme de que, a pesar de todo, no les importaba acudir a trabajar. De alguna manera, ya se había corrido la voz y se mostraron ansiosos por venir.
La señora Schultz salió por octava vez en ocho minutos para echar un vistazo a lo que sucedía en la esquina. Acababa de cortar y envolver medio kilo de queso de Cheshire para un pedido online vegetariano y aún sostenía en la mano la cuña británica, densa y aromática.
No se lo reprochaba, era imposible concentrarse en el trabajo. Les conté a ella y a Archie los detalles del asesinato en cuanto llegaron. Pensé que lo correcto era informarles de la posibilidad de que estuviera implicada en la investigación policial.
—¿Cuánto tiempo crees que estará la policía ahí fuera? —La señora Schultz volvió dentro y se puso a mi lado en el mostrador de degustaciones.
—¿Quién sabe? Es una lata que aún no nos hayan dado permiso para poner una mesa en el parque.
Hoy sería un día perfecto para vender quesos en el mercado al aire libre en vez de estar aquí.
No vamos a conseguir ni un solo voto para los premios Calidad Sonoma si la gente tiene miedo de venir a la tienda.
Cada dos años, los periódicos gratuitos del condado de Sonoma patrocinaban un concurso en el que el público proponía su negocio local favorito para distintas categorías.
Teniendo en cuenta que acabábamos de abrir, era probable que estuviera sometiendo mi negocio a demasiada presión, pero me habían dicho que quien ganaba en la categoría de mejor negocio nuevo siempre se convertía en uno de los comercios principales de Yarrow Glen.
Quería que mi queso —y mi tienda— estuviera en boca de todo el pueblo.
—Todavía nos queda la caza del queso del sábado —dijo Archie—. ¿Habéis visto los folletos que he imprimido?
—Claro. Están muy bien. Tenemos que sacar un rato durante estos dos días para repartirlos. —Se nos había ocurrido una actividad interactiva divertida para los clientes que incluía preguntas sobre queso—. Espero que eso nos proporcione algo de atención…, atención de la que queremos.
La señora Schultz aún no había terminado con el tema del asesinato.
—La policía no pensará de verdad que lo hiciste tú, ¿verdad? Es un disparate.
Me encogí de hombros. De acuerdo con las pruebas que tenían hasta entonces, no era tan descabellado como podía parecer en un principio.
Intenté concentrarme en preparar una bandeja con degustaciones.
Elegí un surtido de ahumados de Alemania, España y Vermont.
Le di un trozo a la señora Schultz y le ofrecí otro a Archie.
—Este es un ammerlander ahumado. En sus inicios lo elaboraban unos monjes trapenses en un monasterio de Bavaria. Todavía se fabrica según la receta tradicional alemana con un ahumado natural sobre un fuego de madera de haya que forma esta corteza marrón de aquí. La corteza también es comestible.
La señora Schultz se llevó el trozo de queso bajo la nariz antes de metérselo en la boca.
—Mmm. Suave, ahumado…
—Con un ligero sabor a nuez —propuso Archie mientras saboreaba su trozo—.
Pero es una idiotez. No me refiero al queso.
¿Cómo lo has llamado? ¿ Ammerlander ahumado?
Está muy bueno. Me refiero a la idea de que tú lo mataras: es una idiotez.
Como si fueras tan tonta como para dejar el cuchillo de ¿Qué Sería?
como prueba. Creo que alguien ha intentado tenderte una trampa.
—¿Y quién iba a hacer eso? —dijo la señora Schultz—. Acaba de mudarse al pueblo. Todavía no puede tener enemigos, ¿verdad, Willa?
—Espero que no. —Me comí otro cubito de queso, esta vez un cheddar ahumado de la localidad de Grafton, en Vermont.
Tras el periodo de maduración, reposa sobre leña de arce, cuyo humo le proporciona un acabado ligeramente dulce.
Si ese asesinato no se resolvía pronto, me iba a comer todas mis ganancias.
—¿Y con uno de esos cuchillos de doble punta se puede matar a alguien? —preguntó Archie.
Yo se lo había visto clavado en el cuello antes de saber lo que era y no cabía duda de que Guy estaba muerto, por lo que mi respuesta era que sí.
—Supongo que, si le alcanzó la carótida, no hizo falta mucha profundidad —explicó la señora Schultz.
—Si no ha sido una trampa, tiene que haber sido una forma de ponerte bajo sospecha —sugirió Archie—. Lo que significa que lo planearon de antemano.
—Con premeditación, lo llaman —aclaró la señora Schultz—. Un año dirigí la obra Doce hombres sin piedad y me aprendí toda la jerga legal.
—Yo también creo que fue planeado —reconocí—. Lo que no sé es con cuánta antelación.
Mi teoría era buena. Aunque ya me sentía bastante unida a la señora Schultz y a Archie, todavía no estaba segura de dónde depositarían su lealtad, sobre todo porque Archie estaba colado por Hope.
No me parecía prudente dejar entrever que sospechaba de nuestros vecinos de Yarrow Glen. Les había contado lo que pasó con Guy en la tienda la noche anterior, pero prefería que sacaran sus propias conclusiones. Por suerte para mí, nuestras deducciones coincidieron.
—Derrick lo odiaba —soltó Archie—. Es una de las razones por las que dejé de trabajar en su restaurante. Siempre fue un jefe duro, pero después de la crítica que escribió Guy Lippinger, se enfadaba a diario y la pagaba con nosotros.
—Así que Derrick tiene mal genio —dije. Baz ya me lo había contado.
—Uy, sí. No paraba de decir que iba a matarlo por haber escrito esa reseña. Nunca pensé que lo dijera en sentido literal, pero ahora… Apuesto a que él es el asesino.
—Eso se lo deberías contar al detective Heath.
El rostro de Archie adquirió un tono extra de palidez que le resaltó las pecas.
—Supongo que… que sí. Pero no quiero acusar a nadie. A ver, hablando con vosotras estoy cómodo, pero con la policía…
Una clienta interrumpió esas últimas palabras, una mujer de mediana edad con un vestido vaporoso y una cartera grande colgada del hombro. Nos callamos de inmediato y la saludé, encantada de recibir por fin al primer visitante del día.
—Hola. ¿Alguna de ustedes es Willa Bauer, la propietaria? —Nos miró a mí y a la señora Schultz con una amplia sonrisa.
—Soy yo. ¿Qué desea?
—Desde que abrió he querido venir a hablar con usted. —Hurgó en el bolso y sacó una tarjeta de visita que me entregó.
—Soy Deandra Patterson. Escribo para la Gaceta de Glen , el periódico gratuito de Yarrow Glen.
¡Publicidad gratuita! Puede que las cosas empezaran a cambiar.
—Encantada de conocerla. Y encantada de hablar con usted.
—Estupendo. Me gustaría recoger sus declaraciones sobre el asesinato de Guy Lippinger.