Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo siete
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Capítulo siete

CAPÍTULO SIETE

S aqué un capuchino para Baz después de ofrecerme a preparárselo. Tuve que rebuscar en mi caja etiquetada como «Cocina» para encontrar el azúcar con el que quiso acompañarlo. Se lo pasé rodeando la celosía.

—Mil gracias —dijo.

—Un placer.

—Bueno, ¿por dónde empezamos? ¿Cómo demostramos que no mataste a Lippinger?

—No estoy segura. Esto es nuevo para mí. —Me quedé pensándolo un poco más—. Por casualidad no serás amigo del detective Heath, ¿verdad?

—Lo siento, pero no.

—Claro, me dijo que era nuevo en el pueblo. Estoy pensando que, si supiéramos lo que han descubierto en el cadáver y en el escenario del crimen, tendríamos algo más en lo que apoyarnos. —Eso me dio una idea—. ¿Crees que se habrán llevado ya el coche de Guy?

—No lo sé. ¿Por qué? Ah, espera… ¿Estás pensando en…?

—Si no tienen a nadie junto al coche, podríamos ir a inspeccionarlo.

—¿Y dejar nuestras huellas digitales y nuestro ADN en el escenario del crimen?

—Mis huellas ya están por allí, pero tienes razón.

Es mejor no interferir en las pruebas. —No me gustaba sentirme tan indefensa.

Me levanté con la repentina sensación de estar atrapada en mi diminuto porche—.

Quiero revisar la fachada de la tienda para asegurarme de que no está precintada y de que es posible el acceso para mis clientes y para mí.

Estaba mirando las escaleras, pero no me dirigí hacia ellas hasta que terminé de hablar. La idea de ver de nuevo el callejón me helaba la sangre.

Baz debió de percibir mi indecisión.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, qué tontería. Estoy bien.

Le di un sorbo reconfortante a mi capuchino frío y deseé haberlo preparado doble. Necesitaba su empuje.

Dejé atrás la taza y a Baz, y descendí por los escalones adosados al muro trasero del edificio.

Me encontraba rodeando el edificio cuando el precinto policial me cortó el paso.

Habían acordonado todo el callejón. Y allí, al fondo, seguía el costoso todoterreno Mercedes Benz.

Me recorrió un escalofrío. Entonces, al igual que la noche anterior, vi a Baz a mi lado.

Tenía el cabello rubio oscuro despeinado y una barba incipiente le cubría las mejillas blandas, algo que yo no había notado a través de la enredadera muerta de la celosía.

Su vestimenta era más adecuada que la mía: botas de trabajo en lugar de zapatillas y una chaqueta corta.

Llevaba las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros.

—Necesitaba un poco de ejercicio —anunció.

Acepté su excusa barata para venir conmigo. Por mucho que fuera un golpe para mi orgullo de persona autosuficiente, me alegré de que me acompañara.

—Vamos a tener que ir por el otro lado —dije.

No lamenté tener que evitar el callejón.

En su lugar, recorrimos la franja de asfalto que se extendía por la parte trasera del edificio y atravesamos una fila de plazas de aparcamiento, cuatro de las cuales nos correspondían a Baz y a mí por ser residentes.

Los coches solo podían acceder al aparcamiento por el callejón de la ferretería de Carl.

El callejón de mi lado, más estrecho, que era donde se encontraban los contenedores y la entrada lateral de mi tienda, solo servía para los camiones de reparto.

Guy había aparcado allí de manera ilegal.

Tomamos pues el de la ferretería hacia Pleasant Avenue.

El sol ya había superado por completo las montañas, pero la calle seguía vacía.

Era demasiado temprano para que los negocios abrieran, incluso para la panadería.

Enseguida vi que no habían acordonado mi tienda, por suerte.

El cordón policial comenzaba en la esquina, donde se veía la parte trasera del todoterreno de Guy.

Un hombre, justo al lado de la cinta, miraba el interior del vehículo.

Estiré el brazo por delante de Baz y lo empujé hacia la fachada de la ferretería para que no nos viera.

—Hay un hombre mirando el coche —susurré. No llevaba uniforme de policía y tampoco había ningún coche patrulla a la vista—. ¿Crees que intenta borrar pruebas?

Baz entornó los ojos.

—Conozco a ese tío.

—¿Quién es?

Baz no contestó. Abandonó nuestro escondite y se dirigió hacia él. No tuve más remedio que seguirlo.

—Hola, Richie —dijo Baz cuando nos acercamos.

—Baz —saludó Richie. Se dieron un medio abrazo medio apretón de manos. Bajo el polo ceñido, Richie era todo músculo, como si lo hubieran inflado con una bomba para bicicletas.

—¿Has venido a remolcar el Mercedes? —le preguntó Baz.

Me di cuenta, tarde, de que había una grúa aparcada en la calle.

—Sí, estoy esperando a que el sargento me dé la autorización final. Quieren mantenerla bajo custodia. Shep ha ido a por café y le he dicho que yo lo vigilaría mientras tanto. El coche es una pasada ¿eh?

—¿Quién es Shep? —pregunté mientras me acercaba a Baz.

Richie me miró de arriba abajo y sonrió.

—El agente Shepherd. Nos conocemos hace mucho. —A continuación, miró a Baz con las cejas levantadas e hizo un gesto con la cabeza para señalarme. La sonrisa improcedente aumentó.

—Vamos Richie, no flipes. Es mi vecina —dijo Baz con rotundidad. No es que hubiera pensado en Baz desde un punto de vista romántico, pero me bajé el gorro con timidez para taparme el pelo revuelto y crucé los brazos sobre la sudadera ancha—. Ella fue quien encontró al muerto —continuó Baz.

La sonrisa se le borró del rostro.

—Uy, lo siento. Imagino que no te apetece nada volver a ver este trasto. Me lo llevaré en cuanto Shep reciba la orden del sargento.

—Entonces, si se lo van a llevar, ¿significa que no han encontrado nada? —pregunté.

—No. Es probable que quieran llevar a cabo más análisis forenses. Estará más protegido bajo custodia que aquí en la calle. Ya he trabajado otras veces con ellos cuando hay un coche involucrado en algún caso. Pero esta vez ya han encontrado una cosa.

A Shep se le escapó que estaban nerviosos por una tarjeta de visita que se había colado junto al asiento del copiloto.

—¿Una tarjeta de visita de quién? —Apenas pude contener mi nerviosismo.

—De un salón de manicura.

—Un salón de manicura. ¿Y había alguna fecha apuntada en la tarjeta o algo?

—No, nada. —El teléfono de Richie sonó. Contestó y se apartó para hablar.

—¿Qué posibilidades hay de que lo matara una manicurista? —preguntó Baz.

—Lo más probable es que la tarjeta perteneciera a alguien que acuda a ese tipo de negocios, tal vez a Guy. Me pregunto si se hacía las uñas…

—¿Por casualidad te fijaste en sus manos?

—No. Supongo que el forense las examinará y que su mujer lo sabrá. También podría ser de ella… Podría habérsele caído de la chaqueta o del bolso en cualquier momento.

—Si es que ha estado por aquí.

—Si no es de su mujer, ¿crees que pudo dejarla por error alguno de nuestros sospechosos?

—En cualquier caso, es algo. Podríamos preguntar por ahí.

—Pero debemos tener cuidado. No quiero que ninguno sepa que sospechamos de ellos. Acabo de llegar al pueblo, no puedo permitirme el lujo de crearme enemigos y que me odien tanto como a Guy.

—Te entiendo.

—Tal vez sea más fácil preguntar por él y averiguar algo sobre sus relaciones con las cuatro personas que estuvieron anoche en mi tienda: Derrick, Vivian, Birdie y Roman.

—Y Hope.

—Tienes razón. Imagino que habría que incluirla también a ella.

—Mantendré los oídos alerta. Mientras trabajo, la gente suele olvidarse de mi presencia.

—Eso podría venirnos bien. A lo mejor así averigüemos quién tenía un secreto tan gordo como para matar por él.