Capítulo seis
CAPÍTULO SEIS
D ormí a ratos. Noté, con los ojos cerrados, que la habitación se teñía de luz y me desperté antes de que sonara la alarma.
Me quedé un rato en la cama para intentar dormir de nuevo, pero no podía apagar el botón de mi mente que repetía sin cesar los acontecimientos de la noche anterior.
Al final me cansé. Retiré las sábanas, me puse unos pantalones de yoga y una sudadera ancha de la Universidad de Oregón, y me dirigí al baño.
Dios, que mal aspecto tenía. Cuando me froté las ojeras, me alivió ver que la mayor parte de aquella sombra oscura era máscara de pestañas corrida del día anterior.
Me lavé la cara y me recoloqué el flequillo en un intento de aparentar mejor aspecto de como en realidad me encontraba.
Si no iba pronto a una peluquería, el flequillo me taparía los ojos como un perro pastor.
Las dos canas ásperas que me había descubierto el día anterior tenían el descaro de seguir ahí.
En contraste con el negro de mi pelo, eran tan llamativas como un letrero de neón.
Se me pasó por la cabeza arrancármelas, pero tampoco era algo que me quitara el sueño.
Parecía una bobada preocuparse por una cosa así después de lo del día anterior.
Y lo mismo pasaba con hacer la cama, solo que el decreto de mi madre de que «la cama hecha es la primera tarea de un día cumplido» seguía en mi cabeza y no me permitía dejarla sin hacer.
Cumplí con mi obligación diaria de alisar la colcha y ahuecar los cojines, aunque, a decir verdad, más que ahuecarlos les metí varios puñetazos, pero me sentí bastante bien.
Me dirigí al salón y pulsé el mando a distancia del televisor.
Loretta, mi pez betta iridiscente rojo y azul, empezó a contonearse con nerviosismo por la pecera en cuanto apareció el canal Food Network .
La gente pretendía convencerme de que esos peces solo reaccionaban a los colores o al movimiento de la pantalla, pero yo sabía que Loretta tenía debilidad por Ted Alien.
Mi apartamento de dos dormitorios y un baño era, en palabras de los agentes inmobiliarios, «una cucada».
La cocina y el salón se encontraban enfrentados en un espacio abierto, ambas zonas divididas por una isla con encimera de madera y tres taburetes a cada lado.
La cocina, orientada hacia el este, disfrutaba de unas vistas estupendas hacia las montañas, con un ventanal en arco a juego en el salón.
El apartamento era encantador si se pasaba por alto la ligera inclinación del parqué.
Mi pez continuó sacudiendo la cola roja en forma de corona como una bailaora de flamenco.
—Loretta, estás demasiado activa para ser tan temprano.
Espolvoreé un poco de comida para peces en su pecera y la dejé disfrutar del desayuno viendo el programa Trinchado mientras yo me preparaba mi capuchino.
La leche estaba solitaria en la nevera prácticamente vacía.
Desde que me mudé a Yarrow Glen, me había preocupado más por abastecer la tienda que por llenar mi apartamento con lo necesario.
La despensa estaba en un lejano segundo plano, excepto por el queso que siempre atesoraba para las emergencias, como por ejemplo cuando me daban unas ganas locas de tomar algo a altas horas de la noche.
Me había llevado un chasco al enterarme de que el apartamento y la tienda no estaban conectados mediante una escalera interior, pero más tarde, cuando lo reconsideré, pensé que no tener acceso directo a esa cantidad de queso me salvaría de aumentar en unos cuantos centímetros el volumen de mis caderas.
El salón estaba más o menos listo gracias a los muebles antiguos que me había llevado de la granja de mi abuela: la consola donde había puesto la tele, el taburete metálico alto que servía de soporte para Loretta y el banco ancho que hacía las veces de mesa de centro.
Eso sí, había tenido que reubicar mi cómodo sofá en el despacho de abajo, en la tienda, ya que era demasiado grande para ese espacio.
El sofá de dos plazas, más pequeño, junto con unas butacas, me habían acompañado en la enésima mudanza, aunque con tanto trote su original aspecto chic-desaliñado había pasado a ser desaliñado sin más.
Por suerte, también conservaba la manta de punto de mi abuela para cubrir el respaldo.
Mi cafetera expreso, que valía hasta el último centavo que me había costado, ya estaba desempaquetada, pero las demás cajas aún se apilaban en un par de rincones del apartamento.
Si no desembalaba mis pertenencias a lo largo de ese mes, tal vez acabara convirtiéndome en minimalista y dejara de necesitarlas para siempre.
Abrí la tapa de una de las que estaban junto a mis pies. Dos puntos negros y brillantes me miraron. ¡Ay, Ululín! Agarré el búho de peluche y le di un abrazo. Llevaba conmigo desde los siete años. Lo del minimalismo no era para mí.
Ululín ocupó el sitio de honor en mi butaca de lectura.
Ya que me había levantado temprano, consideré la posibilidad dedesempaquetar algo más.
Pero las vistas de las montañas al amanecer me invocaron.
Me puse un gorro de lana, recuperé mi capuchino y me dirigí a la puerta, que en realidad daba a la parte trasera del edificio, para salir al pequeño porche, que tenía el tamaño de un sello de correos.
En él había colocado una mesita auxiliar lo bastante grande como para sostener un vaso y un plato de postre con queso.
El espacio se terminaba de llenar si desplegaba la única silla de camping que tenía a un lado, así que la dejé apoyada contra la pared de piedra.
La taza caliente impedía que los dedos se me agarrotaran con el frío de la mañana mientras me apoyaba en la baranda de madera chirriante que daba a una parcela de seis hectáreas de terreno protegido.
Desde allí, se veía parte del sendero que serpenteaba entre robles maduros hasta el parque de detrás del ayuntamiento.
La superficie herbosa del parque tenía distintos usos, como el mercado al aire libre de abril, que se desarrollaba los jueves y servía como preludio para el posterior mercado de productores de verano.
La niebla se había instalado en las montañas lejanas. El amanecer teñía el cielo con su paleta amarilla, roja y naranja, y atrapaba poco a poco las sombras de las colinas y viñedos ondulados. ¿Cómo podía suceder algo tan feo como lo de anoche cuando había tanta belleza alrededor?
Una tos intencionada sonó por encima de mi hombro y me sobresaltó tanto que casi derramé el capuchino.
Había alguien en el porche contiguo, al otro lado de la celosía, en una silla.
Miré a través de los restos de enredadera seca del año anterior que aún seguían aferrados.
Se trataba del chico del váter, otra vez.
—¡Tú! —dije.
—Hola, vecina. Willa, ¿verdad?
—Eso es. Y tú eres…
—Baz. Baz Tooney.
—Baz. —Gracias a Dios no tendría que seguir recordándolo como «el chico del váter»—. Había olvidado que me dijiste que vivías aquí. Anoche no tuve oportunidad de darte las gracias por quedarte conmigo hasta que llegó la policía. Así que gracias.
—De nada.
—Supongo que, si viniste a desatorar el váter, es porque trabajas para la ferretería de Carl. —La señora Schultz me dijo que había llamado a la ferretería para que mandaran a alguien.
—Me subcontratan como hombre para todo… Cualquier chapuza que haga falta.
—Un manitas, qué envidia. A mí se me dan bien las tareas del campo, pero para arreglar cosas del apartamento o de la tienda ya no soy tan buena.
—Eres granjera, ¿eh? Mi padre es constructor de casas.
Aprendí de todo cuando trabajaba con él, pero aquello no era para mí.
Demasiada presión. Me gusta ayudar a la gente con las tareas pequeñas, que tengan a alguien en quien confiar cuando algo se les estropea.
Así conoces a otras personas en vez de pasarte el día entero con el sonido de las radiales y los taladros.
—Seguro que por eso la señora Schultz llamó a la ferretería. Lo tendré en cuenta. Entonces, ¿sueles levantarte temprano? ¿Eres de los que salen pronto a la calle?
—No madrugo mucho, pero después de lo de anoche me ha costado dormir. No todos los días ves un…, ya sabes…
—Ya. —En mi mente apareció la imagen de Guy Lippinger muerto con un cuchillo en el cuello, mi cuchillo, y tuve que borrarla—. Tú lo conocías, ¿no? Anoche, cuando entraste en mi tienda, lo llamaste…
—Dippy Lippy. Era un mote estúpido que tenía en el instituto. Pero en realidad no lo conocía tanto, porque era mucho mayor que yo. Creo que fue mi hermano o alguna de mis hermanas quien coincidió con él en clase.
—¿Cuántas hermanas tienes?
—Tres. Mi hermano y yo vamos en los extremos, él es el mayor y yo el pequeño. Pero, vaya, que había oído hablar de Guy, como todo el mundo.
—¿Por su faceta de crítico culinario?
—Ah, no. Su familia tiene bastante mala fama en el pueblo.
Durante mucho tiempo los llamaron «Los Barones».
Gente avara. Hicieron la vida imposible a muchas personas antes de vender sus propiedades y largarse.
Guy se llevó lo peor de ese odio a pesar de ser solo un niño.
Supongo que por eso ahora es un adulto tan repugnante.
Bueno, era. Jolín. —Dejó caer la cabeza.
Por eso Guy no quería que nadie tuviera éxito en el pueblo.
—Como somos vecinos, quiero contarte algo para que no te asustes —dije.
—¿Asustarme más que anoche? Prueba.
Le di otro sorbo al capuchino antes de hablar.
—Creo que soy sospechosa del asesinato de Guy.
—¿Por haberlo encontrado? No creo que una asesina gritara tanto como tú. Todavía me pitan los oídos.
—Lo siento. Me alegro de que tú no lo creas, pero uno de mis cuchillos de queso estaba clavado en su cuello.
—Eso no demuestra nada. Cualquiera podría haberlo cogido.
Me apoyé en la celosía que nos separaba.
—Antes de que llegaras anoche a mi tienda, Guy estaba de mal humor. Había bebido, pero había algo más. Parecía nervioso por algo y no creo que tuviera nada que ver conmigo.