Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

CAPÍTULO CINCO

N o estoy segura de si fueron solo mis gritos los que atrajeron a la policía o si fue el chico que me había desatorado el váter, que de pronto había aparecido a mi lado, quien dio el aviso.

El caso es que él se quedó conmigo hasta que llegaron los agentes.

Después de señalar el cadáver, la policía me dejó sentada en la acera de enfrente bajo la luz de una farola, envuelta en una de esas mantas térmicas de emergencia como una patata asada.

El chico del váter se sentó a mi lado y sacudió la cabeza despacio.

—¿Qué arándanos ha pasado?

Me quedé mirándolo, confusa.

—¿Qué has dicho?

¿Ya no era capaz de entender las frases? ¿Estaba entrando en estado de shock?

—Perdona, es una vieja costumbre. Qué arándanos. Cuando éramos pequeños, mi madre obligaba a mi padre a decirlo así en vez de usar una palabrota delante de nosotros. A todos se nos quedó grabado.

—Ah.

—¿Estás bien?

—Creo que no. ¿Tú también lo has visto?

Asintió.

Apreté los ojos, pero la escena seguía en mi memoria.

—¿Cómo has llegado tan rápido?

—Te oí gritar. Vivo aquí arriba.

—Un momento, soy yo quien vive aquí arriba.

—Vivo encima de la ferretería.

—Ah, claro.

La ferretería estaba al lado de mi tienda, en el mismo edificio.

—¿Qué crees que ha pasado? —me preguntó.

—Soy el detective Heath —una voz apacible nos interrumpió antes de que me diera tiempo a responder. Levanté la vista y vi a un hombre que estaba de pie, delante de nosotros, mostrando una placa que enseguida cerró y devolvió al bolsillo de su chaqueta—. ¿Quién ha encontrado el cadáver?

Introduje la mano por un hueco de la manta arrugada y la levanté.

El detective Heath le pidió al chico del váter que nos dejara a solas y ordenó a otro policía que le tomara declaración.

—¿Estarás bien? —me preguntó antes de marcharse con el agente.

—Claro. —Fue una respuesta automática. Nunca me había visto en una situación parecida, ¿cómo iba a saber si estaría bien? Le di las gracias con un hilillo de voz mientras se alejaba.

El detective Heath se agachó frente a mí, de manera que su cabeza me tapaba el resto de la calle, para que pudiera concentrarme en sus ojos oscuros. Percibí un ligero olor a colonia, notas embriagadoras cítricas y amaderadas. Se aplanó la corbata contra el pecho para que no le colgara por delante.

—¿Cómo se llama?

—Willa Bauer. —Vale, recordaba mi nombre. Buena señal.

—¿Qué estaba haciendo aquí, señora Bauer?

—Me disponía a subir a mi apartamento, que está encima de mi tienda. Acabo de salir de trabajar.

Los ojos del detective se desviaron por primera vez para mirar a mi derecha.

—¿Es esa su tienda? —Leyó el letrero—. ¿Qué Sería?

Asentí. La referencia a la quesería, como si fuera un rostro conocido, me sacó del shock inicial. Me puse de pie con torpeza y la manta crujió mientras yo recuperaba la orientación.

El detective Heath se levantó también, se sacó del bolsillo de la chaqueta un bolígrafo y un cuaderno de espiral algo mayor que la palma de su mano y me pidió que le explicara cómo había descubierto el cadáver.

No había mucho que contar. Contenedor de basura. Coche. Hombre muerto.

Cuando terminé de repasar aquella experiencia tan terrible, quiso saber más cosas sobre mí. Titubeé. El mero hecho de que la policía me interrogara ya me hacía sentir culpable, pero el hombre pareció bastante satisfecho con mis respuestas.

—¿Reconoció al fallecido? —preguntó.

Asentí.

—¿Lo conocía?

—De una sola vez.

—¿Cuándo lo conoció?

—Hace unas dos horas.

Si se sorprendió, no lo demostró.

—¿Me explica cómo fue? Despacio. No omita nada.

El embrollo de aquella noche empezó a desenredarse a medida que avanzaba mi narración. Cuando llegué al momento en que Guy Lippinger entró en la tienda, recordé su amenaza de revelar el secreto de alguien. Compartí ese pensamiento con el detective Heath.

Cuando terminé de hablar, me pidió que se lo contara de nuevo. Tomó notas en el cuaderno sin decir nada. Seguro que él no tenía ningún tic delator cuando jugaba al poker como el señor Schultz.

—¿Le importa si vamos dentro de su negocio? —me preguntó cuando terminé de contar lo sucedido por segunda vez.

Me alegré de poder entrar en la tienda. Tenía los pies fríos y empezaba a sentir calambres en las piernas por la falta de movimiento.

Sin pensarlo, me di la vuelta hacia el callejón para desandar el camino que había recorrido un rato antes, pero estaba acordonado y había varios policías apiñados delante.

Saqué las llaves del bolsillo de mis pantalones y guie al detective hacia la puerta principal.

El detective Heath se quedó mirando a su alrededor durante un rato, como un cliente curioso.

Encendí las luces para que viera mejor. Sin duda, era más educado de lo que había sido Guy Lippinger, pero enseguida me sentí culpable por albergar malos pensamientos contra aquel hombre que ahora estaba muerto.

—¿Cuánto tiempo lleva abierta? —preguntó, mientras observaba con atención las cestas llenas de tarjetas de recetas y los paños para el queso doblados, aunque sin mirarme a mí.

—Casi dos semanas. —Me senté en el taburete de detrás del mostrador, pero me levanté de un salto, incapaz de quedarme quieta.

No me gustaba el interés del detective en mi tienda—.

¿Cree que lo que ha pasado aquí antes tiene algo que ver con su muerte?

—El detective Heath hizo caso omiso de mi pregunta—.

¿No habrá sido alguien que intentaba robarle el coche o algo por el estilo?

Ese Mercedes es bastante ostentoso —señalé.

—Estudiaremos todas las posibilidades.

De pronto me sentí acalorada y me quité la manta térmica.

—Tenía entendido que Yarrow Glen era un lugar seguro —dije.

—Es un pueblo muy seguro, pero un asesinato puede suceder en cualquier parte.

—Eso parece —murmuré—. Acabo de mudarme aquí. Bueno, eso ya lo sabe.

Aunque el detective estaba en mi territorio, jamás me había sentido tan vulnerable. Él sabía todo lo básico sobre mí y yo no sabía nada de él, como en una cita a ciegas asimétrica. ¿Era bueno en su trabajo? ¿Me consideraba culpable de algo?

Apreté los labios y lo analicé más en profundidad mientras deambulaba por el local con su cuerpo firme.

El traje a medida le marcaba los hombros anchos y se estrechaba hasta unos pantalones de corte ajustado.

Era el único policía que había visto de paisano esa noche.

Puede que fuera mayor que yo, más cercano a los cuarenta que a los treinta.

Tenía el pelo negro, espeso y ondulado, sin un mechón fuera de su sitio.

Su mandíbula afilada quedaba acentuada por una barba incipiente.

Me pregunté si sería tan preciso como su aspecto.

Lo único que sabía era que su porte tranquilo resultaba desconcertante.

—¿Siempre ha trabajado en Yarrow Glen? —No esperaba una respuesta, pero me costaba permanecer callada más tiempo.

Su respuesta me sorprendió:

—Yo también llevo poco tiempo en el pueblo.

—¿Desde cuándo es policía?

—Policía desde hace trece años; detective desde hace tres.

Así que tenía bastante experiencia. En ese caso, ¿no se daba cuenta de que no había nada que investigar en mi tienda? ¿No era mejor que volviera al escenario del crimen o que interrogara a la gente por si alguien había visto algo?

Atravesó el local hasta el mostrador de degustaciones, donde yo me encontraba. No aguanté más.

—¿Hay alguna razón para que estemos aquí? Lo han asesinado en la calle.

En ese momento, el detective Heath comprobaba las cuatro cestas de regalo que yo había olvidado repartir después de la clase. Entre las cejas oscuras se le grabó una línea de desaprobación.

—Son unas cestas de regalo que preparé —dije impaciente, con la esperanza de que mi explicación le hiciera abreviar.

—¿Puedo? —preguntó mientras se disponía a meter la mano en una de ellas.

—Adelante. —¿Por qué me lo preguntaba? Él era el detective de policía.

Metió la mano en una de las cestas y sacó un cuchillo de queso, puntiagudo y grabado con el nombre de la tienda. Lo levantó y quitó la funda protectora de la hoja.

—¿Estos cuchillos solo los usa para las cestas de regalo o también los vende? —preguntó.

—Tengo previsto hacer las dos cosas. Hasta ahora estas cuatro son las únicas cestas de regalo que he preparado.

—¿Puso los mismos objetos en todas las cestas?

—Sí. —Ahora sí que estaba impaciente—. ¿Por qué tiene tanto interés en mi tienda?

A ese hombre lo han matado en su coche, en una esquina de la calle.

Estuvo aquí antes, pero yo ni siquiera lo conocía.

Hay otras cinco personas a las que pudo haber amenazado y que estuvieron también aquí. Esto no tiene nada que ver conmigo.

—A una de las cestas le falta el cuchillo. Y un cuchillo idéntico a este ha aparecido clavado en el cuello de la víctima. El arma homicida ha salido de su tienda.

Tragué saliva. Sí que tenía que ver conmigo.