Capítulo cuatro
CAPÍTULO CUATRO
D ejé la cocina limpia como una patena, como si de ese modo pudiera borrar lo que había ocurrido.
Aunque tendría que haberme dado por vencida, seguí suplicándole a Guy, durante un buen rato, que me diera otra oportunidad.
Incluso lo seguí hasta su coche, aparcado a la vuelta de la esquina, como una amante despechada.
No era de extrañar que los demás, claramente avergonzados por mí, se marcharan a toda prisa sin ni siquiera llevarse su mozzarella recién hecha.
Me di cuenta de que las cestas de regalo que con tanto esmero había rellenado con mis quesos duros favoritos, una tablita de cortar y un cuchillo a juego con el nombre de la tienda grabado en el mango de madera seguían sobre el mostrador de las degustaciones.
Con el jaleo que puso fin a la clase, me había olvidado de repartirlos.
Estupendo.
Era uno de esos días en los que me planteaba abandonar mi vida nómada. Cuanto más tenías que amar, más tenías que perder. Por desgracia, yo eso lo sabía tan bien como cualquiera.
Merodeé por ¿Qué Sería? para intentar eliminar el mal rollo que Guy Lippinger había traído a la tienda, a mi refugio, pero no sirvió de nada.
Me iba a hacer falta algo más que una meditación alineando cuñas de queso.
Inspeccioné la vitrina refrigerada. Necesitaba una buena loncha de…
challerhocker , un queso suizo sin parangón.
El intenso sabor a cacahuete y tofe, realzado por un persistente final salado, era una delicia.
Tuve que contenerme después de una loncha de aquel queso suizo suave y denso.
Ya me sentía mejor. ¿Quién necesita Trankimazin teniendo queso?
Bostecé. Supongo que las seis semanas con jornadas de dieciocho horas diarias para poner en marcha ¿Qué Sería?
me estaban pasando factura. Otra consecuencia del trabajo hasta altas horas de la noche era que llevaba una semana sin hablar con mis padres.
Saqué el móvil, pero eran más de las diez, demasiado tarde para llamarlos.
Los granjeros tenían fama de empezar el día al amanecer y mis padres no eran una excepción.
Eché un último vistazo antes de apagar las luces.
Hacía trece años, la semilla de ese sueño había germinado en una tiendecita de Francia.
Me entusiasmaba la idea de estar en una ciudad como Lyon, completamente diferente a la granja, pero al cabo de tres semanas empecé a buscar zonas más tranquilas que me hicieran sentir como en casa.
Una excursión a un pueblo cercano me condujo hasta una pequeña quesería y hasta su propietaria, Geneviève, una mujer estoica y apacible que me recordaba a mi madre.
Empecé a frecuentar su tienda, a aprender de quesos y al final me convertí en una especie de aprendiz suya.
Ella esperaba mucho de mí, pero era paciente y cariñosa, también como mi madre.
La vuelta a casa fue agridulce. Deseé que algún día, cuando abriera mi propia tienda, me transportara de vuelta a esa época en Francia con Geneviève.
Me había costado mucho llegar hasta allí.
Era obvio que no iba a dejar que Guy Lippingerme lo arrebatara.
Encontraría la forma de mejorar las cosas al día siguiente.
Volví a la trastienda, donde las cajas de cartón parecían multiplicarse solas y burlarse de mí junto a la puerta trasera.
Cogí todas las que pude, salí tambaleante hacia el callejón lateral y las lancé por encima de mi cabeza para que cayeran en el contenedor de reciclaje.
Por mucho que me dijera a mí misma que no debía pensar en aquel horrible crítico de la revista, las preguntas en torno a él seguían rondándome la cabeza.
¿La tenía tomada con Yarrow Glen como decía Derrick? Y si así era, ¿por qué?
Como no llevaba abrigo en aquella fría noche de abril, comencé a temblar.
Estaba a punto de correr escaleras arriba hacia mi apartamento cuando me sorprendió ver un coche aparcado al final del callejón, junto a la avenida.
Sabía que era raro ver coches por allí a esas horas.
El restaurante de Derricky El Sótano del hotel Yarrow Glen eran los dos únicos sitios cercanos abiertos por la noche.
Ambos estaban bastante arriba de Pleasant Avenue, pasando Main Street, y además tenían aparcamiento.
Guy había aparcado allí antes. ¿Sería ese su coche?
Las farolas de la avenida emitían círculos concéntricos sobre la acera y dejaban la periferia a oscuras, pero un Mercedes Benz Clase G era fácil de distinguir incluso en la penumbra.
Me dirigí hacia el coche. ¿Las sombras me estaban jugando una mala pasada o era él quien estaba dentro?
No me iban a venir mal algunas respuestas y, después de todo, quizá no tuviera que esperar hasta el día siguiente para que mi mala suerte cambiara.
Al acercarme, se confirmó mi sospecha: Guy Lippinger estaba desplomado contra la puerta del conductor, sin duda inconsciente por la borrachera que llevaba.
Me debatí entre dejarlo allí o no. Independientemente de lo sucedido un rato antes, no quería que se despertara y volviera a su casa en semejantes condiciones. Pensé que lo mejor sería quitarle las llaves y llamar a un Uber.
Golpeé la ventanilla. Tenía las gafas torcidas y no se movió. Probé a tirar de la puerta del conductor y se abrió. Me disponía a agarrarlo cuando empezó a caer, pero di un salto repentino hacia atrás al ver el cuchillo que tenía clavado en el cuello. Guy Lippinger se desplomó en el suelo, muerto.