Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo tres
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Capítulo tres

CAPÍTULO TRES

M e sentí palidecer. Supongo que me puse más blanca que la mozzarella que acababa de preparar. Mis manos, antes apoyadas en las caderas, adoptaron una posición suplicante.

—Señor Lippinger. Lo siento mucho. Le esperaba más temprano.

Su mirada de desdén pareció endurecerse cuando vio a los demás.

—¿Qué hacen estos aquí?

—Es… estoy dándoles una clase de elaboración de queso. ¿Le gustaría acompañarnos?

—No —dijo antes de que me diera tiempo a insistirle para que viniera a la parte de atrás—.

No me apetece quedarme. —Ahora estaba en la vitrina refrigerada.

Cogió una barra de queso blando, le echó una ojeada y volvió a soltarlo—.

No me gusta la procedencia de tu queso. Y tu servicio al cliente deja mucho que desear.

—Guy, vamos… —Roman intentó convencerlo, pero Guy no le hizo ni caso.

—Me ha pillado desprevenida —le expliqué—. La clase está a punto de acabar, si me concede diez minutos, le haré un recorrido por la tienda para explicarle todo acerca de nuestros quesos internacionales y locales. Puedo ofrecerle una degustación y…

Casi no me di cuenta de que volvían a llamar a la puerta hasta que todo el mundo prestó atención a la universitaria de pelo corto que entró con grandes zancadas.

Sus pantalones de yoga floreados y sus zapatillas indicaban que no había previsto salir a la calle.

Se abrochó la cremallera de la sudadera que llevaba abierta sobre una camiseta.

—Qué bien, sigues aquí. No me contestabas los mensajes —dijo dirigiéndose al grupo.

—Hope, ahora no es el momento —contestó Vivian.

—Siento interrumpir —dijo la chica con tono sarcástico, dando a entender que no lo sentía—. Solo quería contarte, antes de que te fueras a casa, que no voy a poder terminar la hoja de cálculo esta noche. Es demasiado complicada.

La mirada avergonzada de Vivian nos pasó a todos por encima antes de posarse en su sobrina.

—En cuanto salga, me acercaré a tu apartamento para echarte una mano.

—¿No puedes hacerlo tú? Sabes hacerlo y yo al final aprenderé. —Hope se apoyó en el mostrador de degustaciones, como si le costara demasiado esfuerzo hablar, y apartó con el codo una de las cuatro cestas de regalo que había preparado para los participantes en la clase.

Esta vez Vivian le lanzó una mirada a Guy, sin duda porque hubiera preferido que no oyera todo aquello. Me compadecí de ella, aunque yo también tenía mis preocupaciones. Debía convencer a ese hombre para que le diera una oportunidad a mi tienda antes de marcharse.

—Señor Lippinger, ¿sería posible que volviera usted mañana cuando estamos abiertos? Así se hará una mejor idea de en qué consiste la tienda.

—No hará falta. Ya sé lo suficiente.

—Pero no puede escribir una reseña basándose en los dos minutos que ha estado aquí.

—No pienso volver. No me gusta la compañía que frecuenta. —De repente se tranquilizó—. Tiene que tener cuidado de con quién se relaciona, señora Bauer. La gente no siempre es quien aparenta ser. —Al decirlo, miró fijamente a los cuatro—. Sobre todo quienes tienen algo que esconder.

—Guau —murmuró Hope por detrás de nosotros mientras se enderezaba para prestar atención.

—Quién fue a hablar… —replicó Derrick.

—Exacto, voy a hablar. ¿Queréis saber un secreto? ¿Os lo cuento? —preguntó Guy.

Roman, que se había acercado a Guy, le dio un apretón firme pero amistoso en el hombro.

—Creo que será mejor que te vayas, Guy. Puede que hayas bebido demasiado…

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y entró otro hombre, esta vez con una caja de herramientas.

—¿Dónde está Willa Bauer? —Vino directamente hacia mí, incluso antes de recibir la respuesta.

Sería más o menos de mi edad, fornido y con cara de buena persona—.

Siento llegar tarde. Soy el tipo al que llamaron para arreglar el váter atorado.

— Tierra, trágame —. Así que este es el sitio nuevo que han abierto en el pueblo, la fromagerie , ¿no?

—dijo exagerando la «a»—. Muy bonito. —Hizo un gesto de aprobación mientras miraba a su alrededor—.

¡Hola, chicos! —saludó con una sonrisa a los demás antes de percibir nuestro silencio—. Uy, perdón, ¿he interrumpido algo?

—Guy ya se iba —dijo Derrick.

Al principio Guy no se movió, pero luego se dejó acompañar a la puerta; parecía que había cambiado de opinión acerca de revelar secretos. Tal vez también cambiara de opinión a propósito de mi tienda.

—Por favor, señor Lippinger… —le supliqué una vez más.

—¿Lippinger? —dijo el chico del váter—. Dippy Lippy, ¿eres tú? —Guy Lippinger entornó los ojos—. No sabía que aún honrabas nuestro pueblo con tu presencia —continuó.

Guy lo ignoró y salió por voluntad propia dejando tras de sí un incómodo silencio.