Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

—¿Y tú, Willa? ¿Cuándo decidiste que el queso era tu pasión? —preguntó Roman.

¿Por qué tuve la sensación de que quería cambiar de tema? Tomé nota mental para preguntarle a la señora Schultz si sabía algo más sobre Roman. No porque tuviera interés en él, sino por pura curiosidad.

—Siempre sentí cierta atracción por él mientras me criaba en nuestra granja lechera, pero la afición se consolidó en la universidad, cuando obtuve una beca para estudiar durante un semestre en Francia. Encontré una tiendecita de quesos en las afueras de Lyon y me enganché.

—¡Francia! Sería como un sueño —dijo Vivian. Cerró los ojos un momento y suspiró profundamente—. Me siento como George Bailey, sin haber ido a ninguna parte. Tal vez algún día…

—Recuerda que George Bailey tenía una vida maravillosa —dijo Roman.

Vivian suspiró otra vez.

—Ya, pero…

—Ojalá consigas ir —le dije—. Me imagino que te gustaría ver cómo elaboran el pan los franceses.

—Para ser sincera, me interesa más su vino.

Estallaron varias carcajadas. Me alegraba de que Vivian estuviera de tan buen humor: el ambiente empezaba a mejorar.

Vivian examinó la encimera de la cocina.

—¿No hay vino para acompañar, Willa?

—Como sabía que dispondríamos de poco tiempo, pensé que sería mejor limitarnos al queso.

—Estás en el Valle de Sonoma. Siempre hay tiempo para el vino. Roman vende una marca local de chardonnay bastante buena: Enora, que es mi favorito.

—Tienes un gusto caro —comentó Derrick, aunque su tono parecía indicar que le parecía bien.

—El chardonnay que traigo es, sin duda, una de las mejores marcas de la zona —coincidió Roman—. Pero el hidromiel es mi especialidad. Lo elaboro yo mismo.

—Están montando destilerías de hidromiel por todo el país. Tú te has subido al carro pronto —dijo Derrick—. Eso es bueno si quieres expandirte.

—Me gustaría, con el tiempo. El año pasado por fin añadí una sala de catas.

—¿El hidromiel se considera cerveza o vino, Roman? —Seguí concentrada en el queso mientras preguntaba, dispuesta a no dejarme atrapar por sus ojos verdes moteados.

—Ninguna de las dos cosas, en realidad. Te lo explicaré todo cuando vengas. Porque vas a probarlo, ¿no?

—Tendré que hacerlo para elegir los maridajes de los quesos. Es una tarea ardua, pero alguien tendrá que ocuparse.

Los demás se echaron a reír. Creo que incluso Derrick elevó la comisura de los labios. Estupendo, las cosas sin duda empezaban a mejorar.

Con las mangas subidas, Birdie enrollaba la mozzarella que acababa de estirar.

Me di cuenta de que apenas había abierto la boca en toda la hora.

Era la única que no tenía el negocio en Pleasant Avenue y precisamente por eso la había invitado.

Era una colega granjera. Ella y la granja de cabras de su marido me suministraban el chévre , ese queso de cabra cremoso con un gusto fresco y cítrico que la mayoría de la gente conoce.

También me gustaba ofrecerles a los clientes de paladar más tímido otros tipos de quesos de cabra, como el queso de Murcia al vino, con un sabor ligeramente afrutado.

¿Por qué tomar el vino aparte si puedes disfrutar de un queso curado en él?

Pero eso no quitaba que el queso de cabra clásico de la zona también mereciera un reconocimiento.

—Me hace mucha ilusión que el viernes vengas a dar una charla sobre vuestra granja —le dije.

—Estoy un poco nerviosa. He hablado delante de niños de primaria, pero nunca de adultos —contestó.

—Seguro que lo harás fenomenal. Tendremos un montón de aperitivos para realzar vuestro queso de cabra. Creo que será una buena publicidad.

Sonrió con timidez y arrugó las pecas que le salpicaban la nariz y le daban un aspecto juvenil, pese a que yo sabía que rondaba la edad de Vivian, unos diez años más que yo.

Tenía un aspecto parecido al día en que la conocí en la granja: era una mujer fuerte, con el pelo castaño recogido en una coleta y apenas iba maquillada.

Sin embargo, la persona segura y sociable que en aquella ocasión me había mostrado su fábrica, pequeña y práctica, no estaba presente esa noche.

—¿Cómo se llama la granja? —preguntó Roman.

—Cabras Sonrientes —contestó Birdie.

—Me gusta —dijo él asintiendo con la cabeza.

Eso hizo sonreír a Birdie. Sospeché que, si alguien era capaz de sacar a una persona de su caparazón, ese era Roman.

—Me he planteado la posibilidad de añadir bolas de queso de cabra fritas a nuestra carta de aperitivos. Nos gusta utilizar la máxima cantidad de productos locales posible. Ya hablaremos entonces… —le dijo Derrick a Birdie.

—Claro. —Birdie se animó un poco.

—Bueno. Parece que todo el mundo ha estirado ya el queso.

Ahora vamos a enrollarlo como está haciendo Birdie, así.

—Hice la demostración—. Parece un cruasán, pero ahora le damos forma de bola.

—Lo sostuve con la mano como si fuera un globo—.

Siempre que hayáis estirado la mozzarella despacio para no romper las proteínas, el queso quedará brillante, como este.

—Levanté mi bola de queso y me alegré de ver que las de los demás también tenían buen aspecto—.

¡Qué maravilla! Ahora, ya solo queda probarlo.

—¿Hacemos algo especial para comerlo? —preguntó Vivian.

—Nada. Dadle un pellizquito y saboread vuestra creación.

Por fin estábamos todos en armonía, entre elogiosos mmmm y oooh. Arranqué un trocito de mi suave bola de queso y me la metí en la boca para saborear la cremosa nube lechosa.

Unos golpes insistentes en la puerta de la tienda interrumpieron mi estado zen.

—¿Se me habrá olvidado colocar el cartel de cerrado?

Me limpié las manos y rodeé al grupo congregado en la isla para dirigirme a la puerta. Fuera quien fuese, debía de tener unas ganas locas de queso, porque el aporreo era incesante.

—Lo siento, estamos cerrados. —Desde lejos, grité de forma cantarína para no enfadar a un posible cliente, pero ya parecía demasiado tarde.

De camino a la puerta, pasé por delante de la vitrina refrigerada, de las mesas de quesos curados, del mostrador de caja y del de degustaciones. Los incesantes golpes sacudían los escaparates.

—Lo siento, estamos cerrados —le repetí a aquel cliente tan impaciente.

Eran poco más de las ocho y la mayoría de los comercios de Yarrow Glen ya estaban cerrados. El mío no era una excepción.

Giré la llave y, antes de abrir, analicé un momento, a través de los seis cristales de la puerta, a aquel señor tan insistente.

La luz de la farola iluminaba a un hombre con gafas, de unos cuarenta años, con el pelo ondulado despeinado y entradas.

Su aspecto era pulcro, aunque no moderno: un chaleco encima de una camisa y pantalones beis.

Al verme dejó de llamar a la puerta para que pudiera abrirle.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

El hombre me empujó para pasar y dejó tras de sí una estela de fuerte olor a licor.

—Cerráis a unas horas muy inoportunas —anunció.

Se dirigió a una de las mesas y comenzó a tocar y olisquear distintos quesos envueltos.

—Lo siento, pero el horario está expuesto en la puerta.

Ahora que ya sabe cuál es, puede volver mañana.

—Hizo un gesto de burla y dejó caer una cuña sobre la mesa—.

¡Oiga! —Parecía que el tipo no iba a responder a los buenos modales—.

¡Disculpe! —Esta vez me llevé los puños a las caderas para demostrarle que iba en serio—.

¡No puede entrar aquí fuera de hora y ponerse a… toquetear el queso!

Lo seguí por la tienda tratando de que no alterara mi impecable decoración mientras él revolvía los trozos de cheddar .

—¿Sabe usted quién soy? —Su voz adquirió un tono altivo.

Le eché un segundo vistazo. Pensé que quizá las gafas rectangulares de montura negra me estaban despistando, pero seguía sin ubicarlo. Nadie en el pueblo me había alertado acerca de un borracho con el que tuviera que tener cuidado.

Derrick salió de la parte trasera de la tienda.

—Guy Lippinger.