Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo dos
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Capítulo dos

CAPÍTULO DOS

L a reconfortante flexibilidad de la mozzarella caliente entre los dedos era el elixir que tanto necesitaba en ese momento para calmar mis nervios.

Mantuve la tienda abierta media hora más, pero Guy Lippinger no apareció.

Tenía que dejar de obsesionarme con ese tema y con sus consecuencias, y centrarme en las circunstancias presentes.

Cuatro de mis colegas, propietarios de pequeños negocios, se habían congregado en mi tienda alrededor de la isla adyacente a la cocina.

Esa noche les mostraría la magia de convertir la leche cuajada en queso.

En realidad se trataba de química, pero era consciente de que a la mayoría de la gente esa palabra le intimidaba.

Recordé la emoción que me provocó transformar aquel rinconcito trasero de la tienda en una zona para impartir cursos.

Había instalado una cocina sencilla con un protector contra salpicaduras de azulejos blancos relucientes, armarios azul pato y una encimera de mármol blanco.

Me gustaba la comodidad de tener cerca un fogón y un fregadero para preparar de vez en cuando algunas recetas a base de queso para dárselas a probar a los clientes, como por ejemplo unos espléndidos macarrones con queso elaborados con fontina a las finas hierbas en lugar de con el habitual cheddar .

La larga mesa rústica con bancos serviría para que se sentaran a su alrededor los futuros alumnos y evaluaran sus creaciones, que acompañaríamos tal vez con un poco de pan de ajo italiano, un sabroso jamón serrano o unas aceitunas saladas.

Esa noche, la clase básica de elaboración de quesos era una forma de presentar la tienda a mis nuevos vecinos y, más importante aún, de presentarme yo.

De pequeña, siempre fui una intrusa. No encajaba en el club de los futuros granjeros, pero para el resto de la gente seguía siendo «la chica granjera».

Así que me quedé en medio de los grupos de amigos sin pertenecer a ninguno.

Pero en ese momento, junto a otras personas que dirigían pequeños negocios, era una más.

Necesitaba que me acogieran para que mi tienda prosperara, pero en el ámbito personal, en secreto, esperaba que fuéramos más que simples conocidos y compañeros de profesión.

Ese iba a ser el primer lugar donde echara raíces después de salir de Oregón hacía casi diez años. Quería que me aceptaran.

Sin embargo, al igual que el suero de leche que había en mi cuenco, la velada estaba siendo bastante tibia.

Varios de los invitados al curso no habían podido asistir.

Me sorprendió que Derrick, el gerente de La Parrilla del Damasco, hubiera accedido a participar, ya que no se había mostrado demasiado simpático cuando nos conocimos.

Por desgracia, su actitud esa noche no era muy diferente.

Debía de pensar que las relaciones laborales solo eran relaciones laborales, aunque en nuestro caso implicaran ponerse un delantal y manipular leche cuajada.

Era un tipo alto y delgado, de unos cuarenta y tantos años, un poco intimidante.

Su pelo al cepillo y su camisa y pantalones negros, que le quedaban como un guante, me dieron a entender que le gustaba que las cosas fueran impecables.

Daba la sensación de que estaba acostumbrado a dar órdenes más que a recibirlas.

Me moría de ganas de preguntarle por Guy Lippinger después de que Archie me hubiera hablado de la mala crítica que le había hecho y de la posterior demanda por parte de Derrick. Pero al verlo tan avinagrado, decidí posponer el interrogatorio. Hasta que Vivian habló.

—Por cierto, ¿cómo ha ido la visita de Guy Lippinger esta tarde? —me preguntó mientras manoseaba la mozzarella como si fuera masa de pan.

Se acabó lo de mantener la visita de Guy en secreto.

Vivian se había cambiado de ropa y se había puesto una blusa ceñida con estampado de limones.

El color de su indumentaria competía con su cabello pelirrojo, que ya no estaba sujeto con la bandana, sino que le caía, suelto y ondulado, sobre los hombros.

Su pintalabios rojo era tan llamativo como todo lo demás.

Me recordaba un poco a una de aquellas mujeres explosivas del Hollywood de los años cincuenta en tecnicolor.

El nombre de Guy Lippinger provocó la misma reacción de un rato antes. Tanto Birdie, la propietaria de la granja lechera Cabras Sonrientes, como Derrick aguzaron el oído.

—No ha aparecido —contesté.

—Ese tío es una rata —fue todo lo que Derrick dijo antes de volver a dirigir su irritación hacia la cuajada.

—¿Cuánto tiempo llevas tú en el restaurante? —le pregunté con la intención de darle conversación para atenuar su recelo. Por lo general, a los hombres les gusta hablar de sí mismos.

—En agostó hará un año. Y va bastante bien, dadas las circunstancias —añadió a la defensiva.

—Todas las referencias que me han dado han sido buenas —le aseguré.

—Es un sitio estupendo —intervino Roman.

—Lippinger, sin ayuda de nadie, hizo que quebraran los dos últimos restaurantes que estuvieron allí emplazados —dijo Derrick.

Me dio un vuelco el corazón. Había oído hablar de la revista, pero no sabía que fuera tan influyente.

—No podemos estar seguros de que quebraran por eso —le dijo Roman a Derrick.

—De acuerdo, es cierto que la mayoría de los restaurantes fracasan durante el primer año, pero esas reseñas iniciales tan horribles tampoco ayudaron.

—Si todos los sitios le parecen tan espantosos, ¿cómo es que tiene tanta influencia? —pregunté.

—No le parecen espantosos todos los sitios, solo los de Yarrow Glen. Menos la destilería de Roman, todo sea dicho. —Miró a Roman—. A Roman le hizo una reseña bastante entusiasta.

—¿Ah, sí? —dije gratamente sorprendida.

En lugar de mostrarse orgulloso, Roman mantuvo la cabeza gacha y no dijo nada. ¿Sería por no molestar a Derrick? Derrick explicó:

—No tenía ningún motivo para atacarme, ya que no voy a trabajar aquí durante mucho más tiempo, pero parece tenerle declarada la guerra a este pueblo.

—¿Qué quieres decir? No te irás por su culpa, ¿verdad?

—Claro que no. No le tengo miedo. Si acaso, es él quien debería temerme a mí.

Nunca trabajo demasiado tiempo en ningún sitio.

Los propietarios de los restaurantes me contratan para ponerlos en marcha, para comenzar con buen pie y asegurarse de no formar parte de ese porcentaje de negocios que fracasa.

Más tarde, contrato y formo a un gerente permanente antes de marcharme a otro lugar donde me necesiten.

—Ah, entiendo. O sea, que eres experto en abrir restaurantes.

—Sí. Y no puedo permitir que mi buena fama se vaya al garete porque ese tío la tenga tomada con Yarrow Glen.

Carraspeé y dije con cautela:

—He oído que lo demandaste.

—Vaya si lo demandé.

—También he oído que aceptó un acuerdo.

—Sí, ¿qué te parece? Y en la revista apareció un artículo donde se retractaba de sus declaraciones. Pero, créeme, todo eso le hizo más daño a su ego que a su cartera.

—¿Y no perdió el empleo después?

—Cuenta con el mejor seguro laboral imaginable: su familia es dueña de la revista.

—Ah, no lo sabía.

—Además, tienen viejos amigos en la industria editorial, de manera que sus críticas también aparecen en otros medios. Por eso hacen tanto daño sus malas reseñas.

—Supongo que te viene bien que no se haya presentado hoy por aquí —me dijo Vivian.

Sentí como si acabara de esquivar una bala, pero ¿por cuánto tiempo? A cambio, ¿recibiría la visita cuando menos lo esperara? Esta vez, ninguno de los lemas joviales de mis padres me iba a tranquilizar.

—¿Nos queda mucho? Tengo una fiesta importante a las nueve —dijo Derrick—. Debo asegurarme de que todo esté listo para entonces.

El poco entusiasmo que había demostrado al principio de la clase se había apagado por completo, aunque no podía reprochárselo.

Lamenté haber insistido con mis preguntas sobre Guy Lippinger.

A veces lo mejor era meter la cabeza en un hoyo o, en este caso, en un queso.

No iba a permitir que mi primera clase fuera un fracaso.

Dibujé una sonrisa en mi rostro y alegré la voz.

—¡Bueno! ¿Todo el mundo tiene lista la cuajada? —Miré a mi alrededor para cerciorarme de que la tenían—. Ahora llega la parte divertida: estirar.

—Ay, qué bien. Llevo todo el día de pie y la espalda me está matando —dijo Vivian. Echó los hombros hacia atrás para aliviar el dolor.

—No me refiero a esa clase de estiramientos. Me refiero a estirar la mozzarella . —Les hice la demostración tirando de ella un par de centímetros cada vez, de manera continua, para que la gravedad la dejara caer en cascada de nuevo sobre el cuenco.

El rostro se les iluminó al ver que aquello empezaba a parecerse a lo que ellos entendían por queso. Tal vez funcionara, después de todo.

—Ha sido una idea genial, Willa —dijo Roman, probablemente con más entusiasmo del que sentía en realidad.

Noté que trataba de echarme un cable y agradecí su apoyo.

Llevaba toda la tarde esmerándose en el asunto del queso—.

Me hizo mucha ilusión que te instalaras aquí.

Que instalaras la tienda, quiero decir —se apresuró a aclarar—.

Estoy deseando combinar tus quesos con mi hidromiel.

—Ya organizaremos alguna cata en tu destilería —le dije.

—¿Has probado el hidromiel alguna vez? —preguntó.

—No, creo que no.

—¿Eso no es lo que bebían los vikingos? —El queso de Vivian se estiró y volvió a cubrir el cuenco.

—Ha cambiado mucho desde entonces —contestó Roman—. Vivian, no me creo que no lo hayas probado. Llevo ya cuatro años aquí…

—¿Dónde estuviste antes de venir a Yarrow Glen? —pregunté.

—Rondando por ahí —contestó distraído.

—¡Y tanto! —Murmuró Vivian con una sonrisilla maliciosa y le dio un codazo afectuoso.

Hice como si pasara por alto el comentario, aunque en ese momento recordé lo que Vivian había dicho esa misma tarde sobre la afición de Roman a las mujeres. Pero allí estábamos por negocios, nada más, no podía olvidarlo.