Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo uno #3
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Capítulo uno #3

Le di las gracias e inhalé el aroma que emanaba la bolsa mientras sacaba dos barritas crujientes y una hogaza de centeno para las degustaciones de los quesos blandos.

Mis quesos más cremosos, como el camembert y el brie alcanzaban su máximo esplendor con las baguettes crujientes.

Por su parte, la hogaza de centeno, más intensa y dura, resultaba perfecta con los quesos azules, fuertes y mantecosos.

Ese día quería tener a mano el pan más fresco posible.

—Gracias por acercarme los panecillos. Podría haberlos recogido yo antes de que cerraras —le dijo la señora Schultz a Vivian.

—Temí que se agotaran antes de que viniera y, de todos modos, tenía que traerle el pedido adicional a Willa. Por cierto, Archie, Hope te ha reservado un rollito de canela. No sé por qué no me ha dejado traértelo. —El alegre desconcierto de Vivian indicaba que conocía perfectamente la razón.

Un rubor rosado le ascendió a Archie desde el cuello hasta las mejillas. Yo aún no conocía a la sobrina de Vivian y hasta ese momento no había tenido noticias de que sintieran algo el uno por el otro.

—¿Y para mí no hay nada, Vivian? —Roman extendió las manos vacías.

—No esperaba verte aquí. ¿Ya has empezado el ataque a la chica nueva?

—Le dio un codazo guasón. Él pareció tomárselo a broma, pero yo me quedé ojiplática.

¿Qué significaba ese comentario? —Por lo menos dale tiempo para que se asiente— continuó Vivian.

Y luego, dirigiéndose a mí—: Ten cuidadito con este.

Ha pasado por todas las solteras de Yarrow Glen.

—Todavía no he salido contigo, Vivian —replicó Roman, en el mismo tono amable, y añadió un guiño.

—Si decido volverme una asaltacunas, te lo haré saber.

Me reí entre dientes, pero anoté en mi archivo mental toda aquella información. Las bromas siempre encierran algo de verdad y el encanto de Roman era evidente.

—Siento haber llegado tarde con el pedido extra —me dijo Vivian.

—En realidad, viene perfecto —le aseguré—. Así estará recién hecho cuando llegue el crítico de Todo Sonoma . Si es que viene. Se supone que va a hacer una reseña de mi quesería para su revista.

—¿Va a venir Guy Lippinger? —preguntó Vivian, de pronto boquiabierta. Miró hacia los lados, como si el hombre pudiera estar escondido entre las cuñas de queso manchego.

—¿Lo conoces? ¿Ha escrito sobre tu panadería?

—No, menos mal.

—¿Menos mal? ¿Eso no te daría publicidad? —Estudié las caras que tenía delante y todas reflejaban preocupación.

—Me dijiste que vendría un crítico —intervino Archie—, no que ese crítico fuera Guy Lippinger.

—¿Y qué más da? ¿Qué sabéis que yo no sé?

Nadie estaba dispuesto a hablar. Entonces Vivian dijo:

—Tengo que volver a la panadería. No pasa nada, Willa. Te presto mi lema: «Los problemas, de uno en uno».

—¿Significa eso que Guy Lippinger será un problema?

—A ver, no adelantemos acontecimientos. Te veo esta noche en la clase de quesos.

Se marchó a toda prisa soltando un «¡buena suerte!».

Eso no me hizo sentir mejor.

—Bueno, ¿se puede saber qué pasa? —Miré a los ojos a los tres acusados que tenía delante.

—¿Sabes que yo antes trabajaba en La Parrilla del Damasco? —dijo Archie.

—Sí…

—Archie… —El tono de la señora Schultz parecía de advertencia.

—Cuéntame, Archie —insistí.

Archie continuó a regañadientes:

—Le hizo una crítica bastante dura a Derrick, el gerente. No la leí, pero Derrick lo demandó por difamación.

—¿Tan mala fue? —Era lo último que necesitaba oír antes de su visita.

Archie intentó suavizar el golpe.

—Lippinger acabó aceptando un acuerdo. Así que, si pone verde a la tienda, igual puedes denunciarlo…

—Genial.

Fui detrás del mostrador y saqué las degustaciones de queso que había preparado para la visita.

Me debatía entre la necesidad de engullir un poco de queso reconfortante y la reticencia a estropear la bonita bandeja que había tardado una hora en preparar esa mañana.

Había incluido distintas variedades de producto que el crítico tal vez no conociera.

Me encantaba perderme en las historias que cada uno de esos quesos encerraban, como el queso firme suizo que había escogido, un kaltbach le crémeux .

Su nombre se debe al río que pasa por las cuevas de arenisca de veintidós millones de años próximas a la ciudad de Lucerna, donde se lleva a cabo la maduración.

¿Qué más daba? En ese momento me podría haber comido cuatro kilos del cheddar artesano gigante y, aun así, no habría conseguido calmarme. Dejé la bandeja en su sitio y me dediqué a deambular por el suelo de parqué.

—Te dije que no se lo contaras. —La señora Schultz reprendió a Archie con un susurro que aún oigo.

—Muy bien —dije mientras intentaba tranquilizarme yo y tranquilizarlos a ellos—. Nosotros lo hacemos lo mejor que podemos y no perdemos los nervios. —Madre mía, ahora repetía las frases de mis padres.

De pequeña pasaba mucho tiempo intentando librarme de limpiar los establos y transportar grano y cubos de agua en la granja lechera.

Las tareas del campo no me gustaban tanto como a mi hermano Grayson.

De adolescente, mis padres dieron su brazo a torcer y me permitieron que los fines de semana, en vez de trabajar en la granja, vendiera queso en los mercados de productores.

Al principio me entusiasmé con el acuerdo, no solo porque ya no me pringaría de estiércol hasta los tobillos, sino porque la gente me escuchaba y confiaba en mis conocimientos del producto.

Entonces no me di cuenta de que eso era un destello de lo que sería mi futuro: conectar con los demás a través del queso.

Fue mi primera experiencia exitosa siendo independiente, lo cual no hizo más que avivar mi deseo de demostrar a mis padres que podía ayudarles a mi manera.

Sin embargo, a medida que aumentaron las expectativas que tenía de mí misma, la presión comenzó a abrumarme.

Mi padre decía que así la vida nos mantenía humildes.

Casi oigo su voz ahora: «Lo importante no es el resultado, sino el trabajo».

Empecé a sentirme culpable de que mis padres hubieran cedido a mis quejas, ya que ellos nunca expresaron en voz alta las suyas.

En la familia Bauer, uno no fanfarroneaba y, menos aún, se quejaba.

«Nosotros lo hacemos lo mejor que podemos y no perdemos los nervios».

Según eso, no podía presumir los días que vendía todas las cuñas ni quejarme los días que no.

Al menos delante de mis padres. Grayson, que todavía estaba en secundaria, me chocaba la mano cuando volvía del mercado con la nevera vacía.

Aunque él comprendía mejor a las vacas lecheras que mis preocupaciones por ser yo misma, me escuchaba.

Mis padres apoyaban mi deseo de tener algo más que un trabajo honrado, pero no lo comprendían.

Ellos no entenderían mis temores por la opinión de Guy Lippinger, un desconocido.

Dirían que su criterio no cambiaría mis conocimientos sobre el queso ni el trabajo que le había dedicado a la tienda.

Y tendrían razón. Dejé de deambular, pero el antojo de queso persistió.

Sonaron un par de ¡tilín! Todos revisamos nuestros móviles, salvo la señora Schultz, claro. Ella los odiaba y no llevaba el suyo encima pese a que sus vestidos de vuelo por lo general tenían unos bolsillos envidiables.

El mensaje lo había recibido Roman. Lo miró por encima y dijo:

—Tengo que volver a la destilería. —Dio unos pasos hacia mí y atrapó mi mirada con la suya—. Lo harás genial, no dudes de ti misma. Te veo esta noche. —Les lanzó un saludo a Archie y a la señora Schultz y al salir me dejó una sensación de hormigueo que no me gustó un pelo.

Sin embargo, tenía que admitir que Roman tenía razón.

Puede que aún albergara algunas dudas sobre mi mudanza a un pueblo donde no conocía a nadie, pero nunca desconfiaba de mí misma cuando me encontraba en mi elemento.

Conozco el queso como un vinicultor conoce el vino.

Era imposible que Guy Lippinger no se quedara impresionado.

—La opinión de un crítico no hará que nuestra tienda sea menos increíble. —Ahora sí que hablaba como mis padres.

—Esa es la actitud —dijo la señora Schultz.

Volví a la bandeja de degustación y levanté la tapa de cristal.

—Brindemos por nuestro gran trabajo.

Cogimos cada uno un pedacito de queso con un palillo de dientes, nos pusimos en círculo y lo levantamos como si fuéramos caballeros uniendo nuestras espadas en señal de alianza.

—Por ¿Qué Sería? —brindamos y disfrutamos de nuestro bocado.

—No hay casi nada que un trocito de un queso excepcional no arregle —dije a continuación—. Ya me siento mejor.

El cliente del que me había olvidado salió del aseo. Antes de que me diera tiempo a ofrecerle una muestra de queso, dijo:

—Disculpe, el váter se ha atascado, lo siento. —Y salió corriendo del local.

Miré a Archie y a la señora Schultz y me volví de nuevo hacia la bandeja.

—Creo que voy a necesitar más de un trozo.