Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

Mi otro empleado, Archie, de diecinueve años, se acercó al camión para saludarnos.

Su sonrisa afable siempre estaba tan presente como sus pecas y la mancha de nacimiento color vino de su mejilla izquierda.

Las bermudas apenas le sobrepasaban las rodillas huesudas, pero no parecía pasar frío bajo la camiseta y el delantal de ¿Qué Sería?

El conductor me tendió la carpeta y examiné con atención el albarán.

Era un pedido elaborado especialmente para mí y quería estar segura de que estaba todo bien antes de firmarlo.

—Willa, ¿dónde lo pongo?

La voz forzada de Archie hacía juego con su rostro enrojecido mientras sostenía con brazos flacos la pesada caja de madera.

Tambaleante, se dirigió desde el camión hacia la tienda.

Me apresuré a pasarle la carpeta al conductor, grité un «¡gracias!

» y llegué corriendo al mostrador de caja antes que Archie.

Despejé una esquina para ayudarle a soltar la caja redonda.

Sacudió los brazos y se apretó los inexistentes bíceps, probablemente para que la sangre volviera a fluirle por las extremidades larguiruchas.

—Tendrías que haberme dejado ayudarte —dije.

—No parecía tan pesada y me hacía ilusión traerla dentro. Es lo que esperamos, ¿verdad?

Lo que a mi nuevo empleado le faltaba en conocimiento de quesos, le sobraba en entusiasmo.

Le di las gracias y me coloqué detrás del mostrador para sacar de la caja el cheddar artesano añejo.

Aunque me comprara la ropa en la sección de tallas pequeñas, estaba acostumbrada a tirar de palés y a levantar quesos enteros después de toda una década de trabajo en distintas queserías del país, así que yo sola podía con aquella rueda tan pesada.

—Entonces, ¿este es el cheddar secreto que esperábamos? —preguntó la señora Schultz.

—Exacto. Animaremos a los clientes a adivinar cuánto pesa.

Pondremos un tarro al lado donde introducirán su estimación junto a su dirección de correo electrónico.

Al final del mes, quien más se acerque sin pasarse ganará una muestra de queso, con envío gratis.

Será divertido. Con suerte conseguiremos suficientes direcciones para empezar a enviar un boletín electrónico.

—Va a pesar más de cincuenta kilos. —Archie se aventuró a hacer sus propios cálculos.

No quise corregirle para no herir su ego.

—Las ruedas de queso suelen tener un peso estándar, por eso la encargué a medida, para que nadie buscara la solución en internet.

—¿Y cuánto pesa entonces?

—Será más fácil mantener el secreto si no te lo digo.

Archie pareció abatido, pero la señora Schultz asintió.

—El señor Schultz tenía un tell cuando jugábamos al póquer —nos explicó, lo cual me hizo especular sobre su época como jugadora—. La oreja izquierda se le ponía roja como un tomate cuando llevaba una mano buena de verdad. Nadie más que yo parecía darse cuenta.

A menudo mencionaba a su difunto marido en las conversaciones. Era comprensible… Yo aún recordaba de vez en cuando a mi exnovio y eso que solo estuvimos juntos unos años. Supongo que, después de cuarenta años como «los Schultz», todo le recordaría a él.

—¿Hago una foto para la web? —propuso Archie sacando el teléfono.

—Buena idea. —Giré la rueda de queso hacia un lado y luego hacia el otro con la intención infructuosa de encontrar su mejor ángulo.

Había conseguido incluir ¿Qué Sería? en la ruta del queso de California, una lista virtual de lecherías y queserías recomendadas para los viajeros amantes del queso, así que era importante que nuestra página web estuviera actualizada.

Lo único que tenían que hacer los turistas era apartarse de los lugares más visitados y llegar a este rincón del valle de Sonoma, en el norte de California, para enamorarse de nuestro pequeño pueblo, Yarrow Glen, como yo lo había hecho.

Y, con suerte, también se enamorarían de mi tienda.

—Los carteles de pizarra que diseñé están en la trastienda —le indiqué a Archie—. Búscalos en mi despacho.

Asintió y fue a por ellos.

—Me alegro de que el queso haya llegado antes que el señor Lippinger.

—Miré el reloj de la pared—. Solo faltan dos horas para el cierre, así que tiene que estar al caer, ¿no?

—Me coloqué el pelo detrás de la oreja, un tic nervioso que adquirí cuando me lo corté.

Todavía no me había crecido lo suficiente como para recogérmelo en una coleta.

Era obvio que la señora Schultz percibió mi nerviosismo.

—Cuando mis alumnos de teatro se ponían nerviosos antes de las representaciones, siempre hacíamos un ejercicio.

—Ah, no pasa nada. Yo…

—Respira desde el diafragma, Willa. —Inhaló haciendo ruido para mostrármelo.

Pasó un rato antes de que me diera cuenta de que la señora Schultz seguía conteniendo la respiración a la espera de que yo siguiera su ejemplo, así que inspiré a toda prisa para evitar que se desmayara.

—Ahora, exhala por la boca. —Exhaló como si inflara un globo resistente. Seguí sus instrucciones—. Ahora vamos a proyectar la voz desde el fondo de la garganta.

—Eh… ¿Por qué?

—Porque así expulsas la tensión del cuerpo.

—¿No sería mejor seguir con la respiración?

La señora Schultz emitió un sonido gutural, largo y fuerte como si fuera un alce cabreado. En la tienda no había nadie más, pero miré por las cristaleras para cerciorarme de que no espantábamos a algún cliente.

Se detuvo el tiempo indispensable para decir:

—Hazlo conmigo, Willa. —Y retomó el gemido grave.

Parecía que la única manera de que parara era que yo también lo hiciera, así que me uní a ella y sus ruidos de alce.

Archie vino corriendo desde el almacén.

—¿Estáis bien?

Por fortuna, eso puso fin a la lección de la señora Schultz.

—¿Cómo te sientes ahora? —me preguntó.

Me evalué con rapidez. Aunque pareciera sorprendente, me encontraba mejor.

—La verdad es que me encuentro bastante bien.

En ese momento entró un hombre que tendría una edad cercana a la de la señora Schultz y mi flamante estado de relajación se esfumó.

—Bienvenido a ¿Qué Sería? —anuncié, pero sin darme cuenta soné como el maestro de ceremonias de un circo dando la bienvenida al mayor espectáculo del mundo.

Estaba a punto de preguntarle si era el señor Lippinger cuando pidió permiso para ir al baño. Desalentada, le indiqué dónde estaba nuestro único aseo y se apresuró a entrar.

Le mostré a Archie dónde colocar los carteles de pizarra que animaban a nuestros clientes a adivinar el peso del cheddar .

—Cuando llegue, le encantará tu tienda —dijo la señora Schultz—. ¿Cómo no va a gustarle?

Agradecí su confianza.

—Qué bueno es contar con una voz tranquila y alentadora capaz de silenciar mi ansiedad. Seguro que eras la profesora más popular del colegio.

Sonrió.

—Todos mis alumnos tenían talento, lo que diferenciaba a unos de otros era su nivel de confianza. Mi trabajo consistía en hacer que creyeran en sí mismos para que explotaran al máximo su potencial.

—¿Siempre ha tenido tanta seguridad en sí misma, señora Schultz?

—De joven aún más. Cuando falleció el señor Schultz, ya estaba jubilada y empecé a tener miedo de casi todo. Por eso solicité este empleo. Necesitaba salir de…, ¿cómo lo llamáis ahora?, mi zona de confort.

—Pues me alegro de que se presentara al puesto. Tengo que decir que disimuló usted muy bien los nervios durante la entrevista. Jamás me hubiera dado cuenta.

—Solo tienes que identificar un par de cosas de ti misma que te den seguridad frente a una situación determinada.

Yo ya era capaz de enumerar muchas cualidades de la señora Schultz.

—Recuerdo que me dijo que aprendía rápido y que tenía don de gentes, y ambas cosas son ciertas.

—Es lo típico que se responde en las entrevistas, pero no son mi inyección de confianza.

Me reí de su lucidez.

—¿Puedo preguntar qué es entonces?

—Tengo un paladar excepcional y buenos tobillos.

—¡Mejor aún!

Miré mi tienda, repleta de queso, pero vacía de clientes.

—Yo confío en mi queso, pero me sentiría mejor si hubiera unos cuantos clientes por aquí cuando él llegue.

—¿Te sirvo yo? —Roman Massey entró con paso tranquilo y voz a juego.

Solo lo había visto una vez, en su destilería de hidromiel El Valle de Oro.

Claro que me sirves . De inmediato me reproché ese pensamiento espontáneo.

—¿Qué…, ejem…, qué te trae por aquí? —balbucí.

—Se me ha olvidado la hora a la que dijiste que empezaba el curso de elaboración de quesos de esta noche.

—A las siete. Espero que puedas venir…

—No me lo perdería por nada del mundo. —Esbozó una lenta sonrisa torcida. La barba de tres días no le ocultaba el hoyuelo de la mejilla.

Ostras, qué guapo era… Pero guapo en un sentido accesible, no guapo como Chris Hemsworth.

Aparentaba mi edad, unos treinta y pocos años.

Su comportamiento era tan despreocupado como su camiseta, sus vaqueros y sus botas de cowboy .

Sin embargo, estaba decidida a no dejar que su encanto natural me embaucara.

No iba a dejar que otro hombre me despistara de mi camino.

Cuando viera a Roman, mantendría a raya los nervios en el estómago.

—¿Quieres calcular cuánto pesa, Roman? —la señora Schultz señaló la nueva rueda de cheddar .

—Es monstruoso —añadió Archie mientras se masajeaba el brazo de manera inconsciente.

Antes de que Roman lanzara su propuesta, una mujer de unos cuarenta años entró en la tienda con una sonrisa cálida y dos bolsas de papel cargadas.

Todos reconocimos a Vivian, cuyo flequillo teñido de pelirrojo asomaba por debajo de una bandana.

El delantal que se ceñía a su silueta curvilínea era del mismo tono azul intenso que el toldo de su panadería, Hora de Levantarse.

—Traigo el pedido. —Me pasó la bolsa más grande, que desprendía el calor del pan recién hecho. Le pasó la otra bolsa a la señora Schultz.