Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1) Capítulo uno
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Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1)

Un cheedar para morirse ( Misterios En La Quesería 1)

Por Korina Moss

© inepub.com

Capítulo uno

CAPÍTULO UNO

— T aleggio.

Le ofrecí a la joven pareja una degustación del queso de textura densa y color amarillo claro con corteza naranja comestible.

Observé su reacción, a sabiendas de que captarían la sedosidad propia de un pudín justo antes de deleitarse con el dulzor maduro y el regusto terroso y persistente del taleggio .

Cuando me dieron la razón con la sonrisa, les entregué una ficha con la receta.

—Este risotto con alcachofas queda fenomenal con el queso taleggio . Es muy fácil de preparar, pero seguro que les impresionará.

Los recién casados habían invitado a sus padres por primera vez y sintieron alivio al recibir ayuda con ideas para la cena.

Podría haberles retenido en la tienda durante horas para que probaran multitud de quesos capaces de mejorar las recetas más básicas, pero en mis años de formación en queserías de todo el país había aprendido a no abrumar a los clientes durante su primera visita. Aceptaron llevarse el taleggio .

Corté una porción de la vitrina refrigerada junto al mostrador de caja.

Mi compañera de trabajo, la señora Schultz —«en plena sesentena», como a ella le gustaba decir—, estaba cortando y envolviendo los artículos de charcutería que habían escogido.

Al entrar en el local se habían quedado asombrados por la gran variedad de productos y se fijaron en las recomendaciones del día, anunciadas en varias pizarras colgadas de la pared de detrás del mostrador, revestida de boiseries de madera.

Presa del pánico, pidieron «uno de cada».

Sin embargo, pasé un rato con ellos en el mostrador de las degustaciones, para que escogieran los quesos con algo más de información.

Esa era la razón de que siempre tuviéramos una bandeja con tapa de cristal llena de quesos blandos y curados para degustar acompañados de barritas de pan crujientes o albaricoques secos.

No me gusta que nadie se sienta intimidado por el queso.

Mientras la señora Schultz terminaba de preparar el pedido, escudriñé la tienda para asegurarme de que Guy Lippinger, de Todo Sonoma , no hubiera llegado sin que me diera cuenta.

Apenas llevaba abierta dos semanas, pero el crítico de la revista ya había descubierto mi tienda de quesos de inspiración francesa en el pequeño pueblo de Yarrow Glen.

Su reseña sería determinante para que mi negocio prosperara o muriera… Nada, una minucia.

También tenía todas mis esperanzas puestas en que se publicara alguna crítica favorable antes de los premios Calidad Sonoma, que tendrían lugar al mes siguiente.

Toda la publicidad que recibiera sería poca.

Había invertido en ¿Qué Sería? hasta el último centavo que había ganado durante los últimos ocho años y, encima, había firmado un préstamo cuantioso.

Recibir el mayor número de votos en la categoría de mejor negocio nuevo le daría un impulso a la tienda, así que necesitaba que ¿Qué Sería? se diera a conocer cuanto antes.

Me alisé el delantal color trigo que llevaba sobre la blusa blanca y los pantalones militares con goma por encima de los tobillos.

Me costaba encontrar pantalones que se ajustaran tanto a mi baja estatura como a mis muslos rellenos.

Pero oye, al menos los llevaba con dignidad.

Volví a examinarme los zapatos. Esa mañana había elegido mis Keds más elegantes entre los ocho pares de mi armario.

¿Las deportivas a rayas azul marino de triple plataforma me presentarían como una quesera cualificada?

El señor Lippinger aún no había llegado, lo cual me tenía con los nervios a flor de piel.

Me quedé en la puerta para echar un vistazo a la tienda como él haría cuando llegara.

No se podía negar la inspiración francesa en el diseño.

La superficie rugosa de color oro viejo de los tabiques que quedaban a la vista encima de las boiseries en madera caramelo claro daba la impresión de ser un suntuoso papel pintado.

Y el recubrimiento en roble antiguo de la pared de detrás de los mostradores ponía el contrapunto cromático.

Pero la verdadera estrella de la tienda era el queso.

Sobre varias mesas antiguas de patas torneadas se apilaban ruedas de queso curado recubiertas de cera y cuñas envasadas procedentes de todo el mundo, que sobresalían por encima de distintos tarros de condimentos, aceitunas y mermeladas.

En una de las paredes se alineaban varias estanterías de madera reciclada repletas de más quesos duros.

Otros artículos, como las cestas de pícnic y los manteles de flores, junto con los aperitivos para acompañar —nueces, fruta seca y carnes curadas—, se repartían por toda la tienda.

En una de las esquinas traseras había una pequeña cocina.

A mis ojos todo parecía perfecto, pero eso no me calmaba los nervios.

Me dirigí a uno de los escaparates delanteros para reorganizarlo.

Cambié de sitio algunas de las conocidas cuñas de queso italiano —asiago, romano, pecorino locatelli , parmesano— para atraer a los viandantes, incapaces de oler su embriagador aroma antes de entrar.

Recolocar los trozos de queso para que guardaran armonía con los demás era una actividad contemplativa: ni tan alineados como soldados ni tan caóticos que transmitieran desorganización.

Conseguir un desorden calculado era una habilidad silenciosa.

La señora Schultz terminó de cobrar a la pareja.

Cuando empezó a trabajar conmigo le había sugerido que se pusiera ropa cómoda debajo del delantal de ¿Qué Sería?

, sobre todo porque venía todos los días en bicicleta.

Sin embargo, ella insistía en llevar su atuendo habitual, consistente en un vestido ajustado de falda acampanada a juego con un pañuelo suelto al cuello.

Parecía una versión actualizada de Lucy Ricardo, pero con el cabello rubio rizado de Ethel, su compinche.

Los recién casados nos dieron las gracias al marcharse, y yo les correspondí, tal vez con demasiado énfasis, mientras los acompañaba a la puerta sin dejar de repetir «gracias» y «hasta pronto». No podía evitar sentir agradecimiento cada vez que venía un cliente.

—Van a soñar cosas raras esta noche —anunció la señora Schultz cuando se fueron.

—Ah, ¿y eso por qué?

—Todo el mundo sabe que si comes queso por la noche tienes sueños extraños.

La señora Schultz era como sus declaraciones: muy práctica, pero también un poco imprevisible. Cuando solicitó el puesto, me dijo que prefería que la llamaran señora Schultz. Quizá sus antecedentes como profesora de teatro explicaran su excentricismo.

Un sonoro chirrido metálico llamó nuestra atención desde la calle, donde un camión de reparto acababa de frenar frente a la tienda. Rodeé el mostrador de degustaciones y me apresuré a salir a la acera.

El conductor saltó de la cabina del camión aparcado en doble fila.

—¿Willa Bauer?

—Soy yo —contesté.

Abrió la parte de atrás del vehículo y le echó un segundo vistazo a ¿Qué Sería?

—¿Es suya la tienda?

Asentí y yo también la miré, radiante de orgullo como una madre primeriza.

La fachada tenía unas molduras anchas de color crema con las palabras ¿Qué Sería?

en una tipografía caligráfica azul pato.

Debajo del rótulo, la puerta principal, también azul pato y con una ventana de seis cuarterones, se mantenía abierta al agradable clima de abril para que entrasen los clientes.

A ambos lados de la puerta, sendos ventanales de cristal mostraban los estantes llenos de quesos curados de diferentes formas y tamaños, con las ruedas abiertas para revelar sus texturas moteadas y su variedad de tonos blancos y amarillos.

En la parte más alta de las estanterías de rejilla había jarras de colores vivos para la leche y esculturas metálicas de ovejas y vacas junto a una pila de libros de cocina para los amantes del queso. Era un deleite visual.

Sabía que mi quesería tendría que competir con otra decena de tiendas maravillosas de Pleasant Avenue, que era perpendicular a la concurrida Main Street, en el centro del pueblo.

La avenida era un revoltijo de edificios antiguos de tejado plano convertidos en tiendas y cafés, con oficinas o apartamentos coquetos en la segunda planta.

Los clientes paseaban por las aceras anchas de ladrillo salpicadas de árboles de Júpiter que despertaban para la primavera.

¿Qué Sería? estaba flanqueada por La Ferretería de Carl y por un callejón que la separaba del siguiente par de tiendas.

—Es nueva, ¿eh? —comentó el conductor.

—Recién abierta —respondí—. Tome.

Le ofrecí una servilleta de cóctel con el último taquito de queso de la bandeja de degustación.

—¿Qué es? —Lo cogió.

—Gouda de cabra añejo.

Entrecerró los ojos con escepticismo ante aquel ofrecimiento tan poco común.

—Nunca lo había oído.

—Prometo que le gustará.

Se lo llevó a la nariz. El pliegue entre sus cejas desapareció.

—Huele como a…

—¿Helado de mantequilla y pecanas?

—Suena un poco exagerado.

Me eché a reír.

—Pruébelo.

Se metió el trozo de queso en la boca y movió la cabeza como señal de aprobación.

—No es helado de mantequilla con pecanas, pero me gusta.

Sonreí. Había pocas cosas más satisfactorias que presentarle a la gente sabores y texturas que nunca habían probado.

—Pásese cuando quiera. Tenemos muchos más.

—Sí, creo que volveré. —Prestó de nuevo atención a su carpeta—. Es solo una caja, de lo contrario habría aparcado en el callejón.

—Está bien.

Me froté los brazos por encima de la blusa remangada para contener un escalofrío. Durante el mes de abril, el tiempo en el Valle de Sonoma era cálido cuando el sol estaba alto, pero en cuanto se ponía entre las montañas, a última hora de la tarde, la temperatura también bajaba.