Capítulo 42
Paul
Alana tomó la decisión correcta, y la admiré por ello.
Sé que suena sencillo dicho así, en una frase, como si no hubiera sido nada.
Pero yo llevaba años observándola, y sabía lo que aquella carta al buzón había costado.
La Alana que yo había conocido al principio, la que cargaba heridas bajo la armadura de la ejecutiva brillante, la que se defendía del mundo con sarcasmo y con horarios imposibles, habría tenido dos respuestas posibles ante aquella llamada de California: huir sin dejar rastro, o volar a San Francisco con la cabeza alta y el corazón atrincherado.
La mujer que yo tenía al lado, la de ahora, eligió una tercera vía que no existe en los manuales: la de cerrar el círculo con elegancia, sin drama, sin necesidad de nada.
Una página, un sello, un buzón. Y la vida siguiendo su curso.
No había rencor en ella. Lo comprobé en los días siguientes, en la manera ligera con que retomó sus rutinas, en las risas con los niños, en las noches en que dormía de un tirón, sin despertares con fantasmas.
Eso era madurez. Eso era sanación. Era el fruto de años de amor propio y de amor compartido: entender que hay capítulos que se cierran sin que haga falta quemar el libro, ni releerlo por última vez, ni asistir a su funeral.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —le dije una noche, cuando se lo conté—. Que hiciste lo más difícil: lo más sencillo.
—El tiempo y tres embarazos simplifican mucho a una mujer —rio ella.
—No es eso —dije—. Es que por fin sabes quién eres. Y la gente que sabe quién es no necesita resolver sus cuentas con nadie.
Ella me miró de esa manera suya, y no dijo nada, y no hacía falta. La conversación entera cabía en esa mirada.
Nuestro tercer hijo, Mateo, nació en primavera. Un abril de cielo limpio y cerezos en flor por el parque que David vigilaba desde la ventana con la paciencia de un carcelero, preguntando cada día «¿Y hoy sigue dentro de mamá?».
Mateo llegó en siete horas, Alana dijo que íbamos en progresión descendente y que el cuarto, si algún día lo había, tendría que nacer en el vestíbulo, y desde el primer momento fue otra cosa.
David había sido un tornado, Elena una porcelana serena; Mateo era un sol.
Un bebé tranquilo, sonriente, que se despertaba con una sonrisa y se dormía con una sonrisa, y que parecía pasar la vida entera evaluando el mundo y decidiendo, con toda la información disponible, que le gustaba.
—Este no es nuestro —declaró Alana una madrugada, con Mateo dormido en su pecho y una sonrisa de sueño—. Los nuestros no duermen. Este lo ha cambiado alguien en el hospital.
—Chist —dije yo—. No lo digas muy alto, que nos lo reclaman.
Completaba nuestra familia. Lo supe la primera vez que los tuve a los tres juntos en el sofá, David haciendo un show de magia con una carta que había desaparecido por arte de magia y que en realidad estaba en su manga, Elena dándole de comer a su conejo de peluche con toda la solemnidad del mundo, Mateo mirándolo todo desde mi regazo con su sonrisa de funcionario de la felicidad.
Lo supe y me quedé quieto, sin atreverme a moverme, porque había momentos que se rompían si los tocabas demasiado.
Tres hijos. Una empresa próspera. Una agencia exitosa que salía en las revistas del sector.
Amigos leales que estaban ahí en las buenas y en las malas.
Familias unidas: mis padres y los suyos, que ya no se llamaban «la familia de mi hijo» y «la familia de mi hija» sino «los abuelos», a secas, un solo organismo de gran familia que organizaba veraneos compartidos y disputaba la custodia de los nietos con una diplomacia de tratado internacional.
Era más de lo que jamás había soñado. Más de lo que creía merecer, que era el problema de fondo de media vida.
Porque yo venía de la escuela del sufrimiento meritocrático: que nada bueno te llega sin pagarlo, que la felicidad hay que merecerla con dolor, que si algo sale bien es porque algo va a salir mal después.
David, mi hermano, había sido mi primer y más brutal profesor de esa asignatura.
Pero Alana siempre me recordaba lo contrario, con la paciencia de quien da clases particulares desde hace años:
—El amor no es un premio que se gana con sufrimiento, Paul —me decía, mientras leía con Mateo dormido encima, porque los bebés durmiendo sobre el pecho es el mejor invento de la humanidad—.
Es un regalo. Y los regalos no se merecen: se cultivan.
Cada día. Con gestos pequeños. Con noches malas superadas.
Con perdonarte cuando te portas mal y con dejar que te perdonen.
Eso es todo. No hay tribunal que califique si lo mereces.
Solo hay dos personas que deciden, cada mañana, si siguen regando lo que tienen.
—¿Y si un día no lo riego?
—Entonces ya lo riego yo, y te meto prisa —decía ella, sin levantar la vista del libro—. Por eso somos un equipo.
El quinto aniversario de boda lo celebramos en casa.
No hubo restaurante, ni viaje, ni reserva en ningún sitio con estrellas.
Hubo pizza casera con los niños, David pidió anchoas solo porque las llamaban así y le hacía gracia la palabra, y terminó comiéndose tres trozos de los que le saqué las anchoas antes, un baño colectivo con espuma hasta las orejas, tres cuentos en vez del habitual, una regla del aniversario, negociada con una seriedad impresionante por parte de David, y a las nueve y cuarto, el silencio.
Ese silencio nuestro. El que ya no me daba miedo.
Mayo, noche templada, las luces de la ciudad extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, y una botella de champán. Alana salió con la manta de la boda, la que guardamos en el baúl «por si acaso», y la extendió sobre las tumbonas.
—¿Te acuerdas de esta? —preguntó.
—Me acuerdo de todo lo que pasó encima de ella —dije.
—Qué romántico eres.
—Voy al grano, es mi estilo.
Nos reímos, y brindamos, y hablamos de nada durante un rato: del estreno del nuevo cliente de ella, del golpe de suerte de Mateo que dormía desde las nueve sin guerra, de si David era demasiado pequeño para un perro o el perro demasiado grande para David.
Y luego cayó el silencio bueno, el que compartimos, y ella se apoyó en mí, con la cabeza en mi hombro y su peso cálido contra mi lado, de esa manera exacta que su cuerpo había aprendido hace años y que era, para mí, como la firma de un documento que se renueva a diario.
—¿Alguna vez te arrepientes? —preguntó, de pronto, mirando las luces.
—¿De qué?
—De haberme conocido. De todo el escándalo. Vanessa, los rumores, la prensa, las complicaciones… Podrías haber tenido una vida tranquila, sin dramas. Con una mujer sencilla que no viniera con tanto equipaje.
—¿Estás solicitando referencias para una candidata alternativa? —pregunté.
—Paul. En serio.
La giré hacia ella. Y le dije la verdad, la entera, la de siempre:
—Nunca. Eres lo mejor que me ha pasado. Y no lo digo en sentido romántico de anuncio de colonia: lo digo en sentido literal, de balance de cuentas. Todo lo que soy, todo lo que tengo, toda la vida que vivo… empieza contigo. Eres mi hogar, mi refugio, mi familia.
—Y tú el mío —dijo ella.
Y no hubo más discusión, porque no hacía falta. A veces el amor no se debate: se constata, como la gravedad o los impuestos.
Hicimos el amor allí, con el riesgo de que algún vecino nos viera, con las luces de la ciudad de testigo, con la manta de la boda por debajo y el cielo de mayo por encima.
Y había en ello algo de los primeros tiempos, el riesgo, la risa contenida, la urgencia, y algo de los últimos, el conocimiento absoluto del otro, cada gesto aprendido, cada respuesta esperada.
Éramos jóvenes, y estábamos enamorados y vivos.
Padre y madre de tres, dueños de una empresa y una agencia, veteranos de cinco años de guerra y paz, y, aun así, en aquella terraza, éramos los mismos dos que nos habíamos conocido: los que se eligen, los que no se rinden, los que hacen del amor un verbo.
Cuando terminamos, abrazados bajo las estrellas, con la respiración bajando y la ciudad zumbando abajo, tuve una de mis claridades. No la primera, pero quizás la definitiva.
Supe que habíamos ganado.
Contra el pasado. Contra David, mi hermano, y contra la culpa que me dejó al morir.
Contra los padres de ella y la desconfianza de un corazón traicionado.
Contra Vanessa y su chantaje, contra los rumores, contra los médicos y sus pronósticos prudentes, contra la preeclampsia y los meses de reposo, contra el fantasma que llamaba por teléfono desde California.
Contra todos los miedos que nos dijeron que no podíamos, contra todas las probabilidades que apostaban en nuestra contra.
Habíamos construido algo indestructible.
No porque no se hubiera agrietado nunca, que se agrietó, como se agrietan todas las cosas vivas, sino porque cada grieta la habíamos reparado nosotros, juntos, y las reparaciones habían dejado la estructura más fuerte que antes.
Eso es lo indestructible de verdad: no lo que nunca se rompe, sino lo que aprende a romperse y a volverse a levantar.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, con la voz de sueño.
—En que hemos ganado.
—¿Ganado qué?
—Todo —dije—. Ganamos todo.
Sonrió con los ojos cerrados, buscó mi mano en la oscuridad, y la encontró, como siempre, como habría encontrado mi mano con la luz apagada, con los ojos vendados, al otro lado del mundo.
Y nos quedamos así, los dos, mirando las luces de la ciudad que dormía bajo nosotros, mientras dentro del ático dormían también los tres frutos de esta victoria: un mago con cartas trucadas, una madre de peluche de conejo, y un sol que sonreía dormido.
Cinco años antes, un hombre solo me había dicho una vez, en un avión, que la felicidad era una lotería y que a él no le habían tocado los números.
Tenía razón en algo: era una lotería.
Pero se equivocaba en lo importante: no hace falta que te toquen los números. Basta con comprar el boleto todos los días. Y nosotros, Alana y yo, llevábamos años comprándolo. Juntos. Cada mañana.
Y seguíamos comprándolo.