Un CEO muy provocador Capítulo 41
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Capítulo 41

Alana

Los años pasaron volando. Es la frase que todas las madres dicen, la que yo misma repetía sin creerme del todo hasta que un día me di la vuelta y descubrí que David tenía cuatro años, que Elena iba a cumplir dos, y que yo estaba embarazada de nuestro tercer hijo.

Un accidente feliz. Así lo llamábamos los dos, con esa sonrisa de complicidad de la pareja que sabe que la palabra accidente es solo una formalidad técnica.

Porque sí, técnicamente no lo habíamos buscado: Elena acababa de dejar los biberones de la noche, la agencia iba a pleno rendimiento, David empezaba el colegio, y la vida por fin respiraba una calma de meseta tranquila.

Pero cuando las dos líneas aparecieron de nuevo en la prueba, esta vez ni siquiera me sorprendieron; mi cuerpo, que había tardado meses con David, había entendido al parecer que bebés Blackwood no habría dos sin tres, yo lo supe antes de hacer la prueba.

Y Paul también, porque me vio llegar del baño con la cara de siempre y me dijo, sin levantar la vista del desayuno:

—¿Y esta vez cuándo lo celebramos?

—¿Tan transparente soy?

—Como el cristal. ¿Cuándo?

—Abril, más o menos.

—David será mayor para entonces —dijo, haciendo cálculos—. Podrá ir a la escuela contando que va a tener otro hermano.

—¿Y eso te parece un argumento de venta?

—Para un Blackwood, todo es un argumento de venta.

Nos reímos y Elena, que estaba embadurnándose el pelo con yogur con fines científicos, nos miró como si sus padres hubieran perdido el juicio. Puede que fuera cierto.

La vida era buena. Demasiado buena, quizás.

Y aquí es donde confieso algo que solo Paul sabía: a veces me despertaba de madrugada, en la oscuridad de nuestro dormitorio, con un miedo sordo e inexplicable apretándome el pecho.

No miedo a nada concreto. Miedo a que todo se fuera a romper.

Porque había aprendido, en mi vida anterior, que la felicidad era frágil, que las manos que la sostenían podían abrirse sin aviso, que el suelo desaparecía justo cuando más firme parecía.

Mi historia con mi ex me lo había enseñado.

La traición no avisa; llega un martes cualquiera, con la llave que abre tu puerta y una sonrisa que había sido tuya.

Paul me despertaba a medias, siempre. Notaba mi respiración cambiada, la tensión de mi cuerpo en la cama, aunque ni una palabra pasara entre nosotros.

—¿Otra vez el fantasma? —susurraba, atrayéndome hacia él.

—Otra vez —confesaba yo, con la cara enterrada en su pecho—. Me despierto pensando que esto es demasiado bueno. Que la vida no puede ser tan generosa dos veces con la misma persona.

—Merecemos esta felicidad —decía él, con esa firmeza suya que no admitía discusión—.

La hemos trabajado duro. Con lágrimas, con meses de espera, con sustos de hospital, con noches sin dormir.

Esto no nos ha caído del cielo, Alana. Nos lo hemos ganado.

Y el pasado no define nuestro futuro. El pasado solo sirve para saber cuánto camino hemos andado.

Y con él tumbado a mi lado, con su corazón latiendo bajo mi oído, el fantasma volvía a su escondite. No moría, los fantasmas no mueren del todo, pero se domesticaban. Cada noche un poco más.

Mi agencia era ahora una de las más respetadas de Nueva York.

Recuerdo los primeros años, cuando Alana Elena con su peluche de conejo apretado contra la cara. Mi mundo. Mi presente. Mi todo.

No era mi lugar estar en un hospital de California velando por un hombre que ya no formaba parte de mi vida. Mi lugar estaba aquí, con mi familia, con mi presente, no con mi pasado herido.

A la mañana siguiente, se lo dije a Paul.

—No voy a ir —dije, mientras él untaba mantequilla en las tostadas de David—. Pero voy a escribirles una carta a sus padres. Deseándole una buena recuperación. Porque sí deseo que se recupere. Pero no me corresponde estar allí. Ese capítulo se cerró. Solo falta firmar la última página.

Paul se acercó, me besó en la sien, y dijo:

—Es la respuesta más madura que he oído en mi vida.

—Es la respuesta de una mujer embarazada de siete meses que no piensa subirse a un avión de cinco horas —precisé.

—También —rio él.

La carta fue corta. Una página. Les deseé de corazón su recuperación, y les pedí que, si en algún momento él recordaba su vida anterior y quería saber de mí, supieran que yo estaba bien.

Que mi vida había seguido, y había seguido bien.

Sin rencor. Sin nostalgia. Solo con gratitud por las lecciones, y con la puerta definitivamente cerrada con llave y sin copia.

La eché al buzón un miércoles por la mañana, llevando a Elena de la mano y con David corriendo delante hacia el portal, como siempre.

Y cuando la rejilla del buzón se tragó el sobre, sentí algo liberarse de mi pecho.

No fue dolor, ni tristeza. Fue un cierre.

Un «clic» de caja fuerte que ya no vuelve a abrirse.

No esperaba una respuesta de sus padres y, sinceramente, tampoco la necesitaba. Les había escrito porque era lo que sentía que debía hacer, no porque esperara nada a cambio. No volví a preguntar por Marco. Le deseaba lo mejor, por supuesto, pero su recuperación ya no era asunto mío.

Y aquella noche, tumbada en la cama con Paul a un lado y la barriga de mi tercer embarazo entre nosotros, con el bebé dando patadas que Paul decía que eran dignas de un futbolista, él me preguntó:

—¿Cómo te sientes?

—Liviana —dije—. Rara, ¿no? Esperaba sentir algo más. Pena, o nostalgia, o algo.

—¿Y qué sientes?

—Que el pasado por fin es pasado. Que no me debe nada y no le debo nada. —Me giré hacia él, posé la mano en mi barriga donde se estaba peleando mi hijo—. Que mi vida empezó el día que entraste tú en ella. Y que todo lo demás son solo los capítulos que te llevaron hasta mí.

Paul sonrió en la oscuridad, y me atrajo hacia él con ese cuidado suyo de siempre, como si yo fuera la cosa más frágil y más valiosa del mundo.

—Entonces hemos cerrado bien el libro —dijo.

Cerramos bien el libro. O quizás no: quizás simplemente pasamos de página.

Porque la vida, ya lo he aprendido, no es un libro que se acaba.

Es uno que se sigue escribiendo. Y nosotros, con nuestros dos hijos y el tercero en camino, con nuestros fantasmas domesticados y nuestras puertas cerradas con llave, teníamos todavía muchas páginas por delante.

Y por primera vez en mi vida, mirando hacia ellas, no tenía ningún miedo.

Meses después supe que Marco había sobrevivido. Una antigua compañera de trabajo me mencionó de pasada que «Herrera volvía a trabajar». Me alegré por él, le deseé lo mejor en silencio y seguí con mi vida, peleando con Elena por el puré de verduras y disfrutando de la familia que había formado.