Epílogo
Paul
Cinco años después…
La vida nos había dado todo y más.
Estaba de pie en la terraza de la casa de Connecticut, con un vaso de limonada en la mano y el sol de julio derramándose sobre el jardín, y lo comprobé una vez más, como comprobaba cada mañana de los últimos años: miraba a mis hijos jugando en el césped, y sentía una paz absoluta, esa que no se compra, no se hereda y no se improvisa.
David, ya con nueve años, había canalizado su energía de tornado en algo con reglas: el fútbol.
Dirigía el partido con la autoridad de un seleccionador, repartiendo papeles entre su hermana, sus primos y el perro, porque el perro había acabado llegando, un labrador gigante llamado Turbo, que David había solicitado con un dosier de argumentos de doce páginas.
Elena, de siete, jugaba con esa seriedad elegante suya, pero yo la había visto hacer un regate esa misma tarde que le habría gustado ver a su madre, que en la universidad jugó en el equipo de fútbol sala. Los genes no perdonan.
Y Mateo, el pequeño, de casi cinco años, correteaba detrás de todos con sus piernas cortas, riéndose de todo, porque Mateo seguía siendo Mateo: el sol de la familia, el que se reía con el corazón, el que hacía que hasta los árboles parecieran estar de buen humor.
Más allá, en las mesas de exterior, estaba el resto de mi universo.
Veía a Alana riendo con Ethan sobre algo que tenía pinta de conspiración doméstica, a Victoria defendiendo con gestos teatrales una opinión que nadie le había pedido, a mi padre contándole chistes de economía a mi cuñado, que se reía por cortesía, y a mi madre enseñando a Elena a hacer galletas en la cocina, con las dos cubiertas de harina y riéndose de la misma manera.
Y a mis suegros. Los padres de Alana estaban más que encantados con todos sus nietos.
Mi suegro, que a sus setenta y tantos años había desarrollado una teoría personal sobre la educación consistente en «consentirlo todo y mandárselos a los padres para la devolución», tenía a Mateo rendido; cada visita terminaba con el niño dormido sobre su pecho, escuchando las historias de cuando el abuelo era joven y el mundo era de madera.
Mi suegra, la mujer que había luchado durante años por traer a Alana al mundo, seguía mirando a sus nietos con esa devoción silenciosa de quien sabe lo que cuesta cada milagro.
A mí me había adoptado por completo, con una ternura que al principio me desconcertaba y que ahora me parecía lo más natural del mundo.
Y Emma. Ah, Emma. Mi sobrina, que ya rozaba los quince, alta, pelo largo, con esa mezcla de adolescente despegada y familiar fanática que solo ella sabía equilibrar.
Había pasado de la niñera perfecta a la leyenda viva de la familia: la prima mayor, la que sabía música, la que defendía a los pequeños en el cole, la que aún, y esto era lo que me hacía morir de amor, me seguía llamando Tito Pau-Pau.
—Tito Pau-Pau —me dijo esa tarde, acercándose con Turbo en correa—. David ha inventado que Turbo puede hablar si le das un bocadillo. Es una estafa, pero es de las buenas.
Sonreí, no podía no hacerlo al verla voltear los ojos con resignación ante la locura de mi hijo.
Lo contemplé todo. Todo. Habíamos superado el chantaje de Vanessa, los celos, los miedos, los embarazos complicados, los fantasmas del pasado.
Cada obstáculo nos había unido más, cada prueba había demostrado que éramos invencibles juntos.
Yo seguía siendo el hombre de carácter fuerte que conoció a Alana aquella primera noche, pero ahora también era tierno, vulnerable, un padre amoroso y un esposo devoto.
Y ella seguía siendo fuerte y decidida, pero había aprendido a pedir ayuda, a llorar cuando lo necesitaba y a confiar en que yo estaría ahí para secarle las lágrimas.
Nuestra historia no había sido fácil. Pero era nuestra. Y era perfecta en su imperfección.
Esa tarde de verano, mientras los niños dormían la siesta, milagro posible gracias a la doctrina combinada de dos abuelas, un abuelo con voz de cuento y una sobrina que dirigía el despliegue logístico de sobremesa con mano de hierro, el calor de las tres de la tarde y la casa llena de silencio hicieron lo que llevaban años haciendo: buscarnos.
Nos encontramos en el pasillo. Ella subía, yo bajaba. Y nos miramos, y ese intercambio de miradas, el que llevaba más de una década funcionando sin desgastarse, dijo todo lo que hacía falta.
—Tengo media hora —dijo ella, bajando la voz, con esa sonrisa suya.
—Yo tengo lo que haga falta —respondí.
La puerta de la habitación se cerró detrás de nosotros con un clic que sonó como un cerrojo en el tiempo.
La besé contra la puerta. Sin introducción, sin preámbulos, con toda el hambre acumulada de las semanas de casa llena, de niños en medio de la cama, de prácticas domesticadas.
Y ella respondió igual, hambrienta, con las manos en mi camisa abriendo botones de abajo hacia arriba con una prisa que me volvía loco, porque todos nuestros años de matrimonio no habían enseñado a Alana a ser paciente conmigo cuando no quería serlo.
—Llevas días mirándome así —murmuró contra mi boca, mientras mis manos le levantaban el vestido de verano.
—Llevo mirándote desde que te conozco —dije—. Lo mío contigo no tiene cura.
—Jefe, deja de tentarme…
Mi mano bajó por su muslo hasta encontrarla debajo de la braga fina, de encaje, blanca, demasiado bonita para una tarde de siesta, lo cual significaba que ella también llevaba días mirándome, y cuando la toqué, ya estaba húmeda, caliente, lista para mí, y ese descubrimiento me arrancó un gemido bajo que ella tragó con un beso más profundo.
—Paul…
—Dímelo.
—No te pares.
No me paré. Le bajé la braga con una sola mano, con la práctica exacta de quien conoce cada curva de ese cuerpo mejor que la geografía de su propia casa, y la levanté contra la puerta, ella enroscó las piernas en mi cintura, agarrada a mis hombros, respirando ya entrecortado, y la penetré de un solo movimiento, lento y profundo, hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo se abría a mí y me apretaba, y los dos gimiendo a la vez, bajos, ahogados, conscientes de la casa llena de familia al otro lado de la puerta.
Ese riesgo, conocido, administrado y delicioso, llevaba años siendo nuestro mejor afrodisíaco.
Fui despacio al principio. Lento, profundo, sostenido, con ella arqueada contra la madera y la cabeza echada atrás, el pelo suelto cayendo, la garganta desnuda, y yo hundiendo la cara en su cuello, mordisqueándole la piel, susurrándole al oído las cosas que tantos años de intimidad me permitían decir sin rubor y que aún la hacían temblar.
Sentí sus uñas clavarse en mi espalda cuando empecé a acelerar, el ritmo creciendo como una marea, y su respiración rompiéndose en pedazos contra mi oído.
—Así —jadeó—. Dios, Paul, así, no pares…
Y luego la llevé a la cama. No dejé de estar dentro de ella ni un segundo: la cargué, crucé los dos metros que separaban la puerta de la cama, y la tumbé sin dejar de moverme, ahora yo encima, ahora ella poniendo las manos en la cabecera y empujando hacia mí, tomándome el control con esa avidez suya que el paso de los años no había domado.
La miré mientras lo hacíamos: su cara, su boca abierta, el rubor bajándole por el pecho, y pensé, como cada vez, desde siempre, que era la mujer más hermosa que había visto en mi vida.
Que lo seguía siendo. Que lo sería cuando tuviéramos canas y nietos y el cuerpo pesara más.
Sentí que ella se acercaba: su cuerpo se tensó, sus piernas me apretaron más fuerte, su respiración se hizo corta y alta.
—Mírame —le pedí.
Y me miró. Con esos ojos que ya no eran los de una desconocida desconfiada en un restaurante, sino los de mi mujer, la madre de mis hijos, la dueña de mi vida entera.
Y al mirarme, se fue. Se vino con un gemido roto que tuvo que taparse con mi hombro, temblando entera, apretándome hacia dentro con contracciones que me desarmaron, y su orgasmo me llevó a mí con él, uno de esos que empiezan en la columna y terminan en el alma, derramándome dentro de ella con un gruñido bajo y mi frente pegada a su frente.
Nos quedamos así. Unidos, sudados, con el corazón de los dos golpeando al mismo descompás que acabaría sincronizándose, como se sincronizaba todo lo nuestro si se le daba tiempo.
Después, tumbados en la cama con la persiana bajada a medias y el sol entrando en franjas de oro, ella sobre mi pecho y mis dedos dibujando perezosos caminos por su espalda, la miré con esa intensidad que conservaba después de todos estos años.
Que me seguía asombrando, incluso a mí: que después de tantos años juntos, un parto de trece horas en mi memoria reciente y tres hijos entremedio, siguiera mirándola a ella así.
Como la primera vez. Como todas las veces.
—Te quiero, Alana Blackwood —dije.
—Y yo a ti, Paul Blackwood —respondió, y el apellido sonaba distinto en su boca: sonaba ganado, elegido, suyo.
—Hasta el infinito y más allá.
—Hasta el infinito y más allá —repitió ella, sonriendo.
Y entonces, con esa cabeza suya que nunca dejaba de girar, se enderezó un poco, apoyó la barbilla en mi pecho y me dijo, con una media sonrisa que levantaba un lado de su boca:
—Y pensar que siempre creí que yo no era más que una obsesión para ti.
La miré. Me levanté un poco sobre el codo, con la luz de la persiana dibujándole los hombros, y respondí, guiñándole un ojo:
—Lo eras, preciosa. Tú eras la obsesión del jefe.
Ella sonrió. Esa sonrisa. La entera, la de las comisuras y los ojos, la que había sobrevivido a chantajes, partos, madrugadas y años, y seguía funcionando como el primer día, como si el tiempo solo le hubiera dado capas y capas de significado.
Y la besé con pasión. Lento, profundo, sin prisa, con el sabor nuestro todavía en las dos bocas, con las manos en su cara, con el mundo entero, los hijos, la familia, la casa, el jardín y los años, esperándonos pacientemente al otro lado de la puerta y sin importarnos nada.
Y mientras la besaba, el pensamiento me llegó entero, como llegan las verdades cuando llevan tiempo esperando su momento: la obsesión del jefe había sido lo único que había hecho bien mi instinto desde el principio.
Porque hay dos maneras de amar: la prudente, que evalúa, protege y se guarda; y la obsesiva, que no calcula, que se tira al vacío, que decide que una persona es indispensable antes de tener datos para ello y luego, y esto es lo único que distingue al amor de la locura, dedica el resto de su vida a que esa decisión sea cierta.
Yo había elegido a Alana con los datos de un solo instante.
Y luego había pasado los últimos años, los mejores años de mi vida, cada madrugada, cada biberón, cada susto de hospital, cada victoria, cada regaño, cada siesta robada, convirtiendo aquella obsesión de un día en una verdad de toda una vida.
No la obsesioné yo a ella. Nos obsesionamos el uno al otro, y construimos sobre esa obsesión un hogar, una familia, un imperio pequeño y luminoso.
—¿En qué piensas? —murmuró ella contra mis labios.
—En que el jefe sigue obsesionado —dije.
—Bien —dijo ella, acomodándose en mi pecho con el suspiro de quien se acurruca en casa—. Porque la becaria tampoco se ha curado.
Nos reímos, bajito, para no despertar la casa.
Y afuera, el verano de Connecticut seguía su curso: el césped verde, la fiesta de niños despertándose poco a poco con las voces de las abuelas, Emma organizando la merienda, Turbo ladrando a una ardilla, mis padres y los suyos ocupando el mundo con su ruido amable. Todo seguía ahí. Todo seguía creciendo.
Y yo, con mi mujer en brazos y mi familia al otro lado de la puerta, entendí por última vez, o por primera, que es lo mismo, que la felicidad no había sido el destino del viaje.
Había sido el viaje entero.
Y no se había acabado.