Capítulo 38
Paul
Cuando pusieron a David en mis brazos, supe que mi vida había cambiado para siempre.
Es una frase hecha, lo sé. Una de esas que aparecen en todas las películas, en todos los libros, en todos los discursos de padres saturados en las reuniones de empresa.
La había escuchado mil veces y siempre me había parecido un cliché bienintencionado pero vacío.
Hasta que una enfermera me colocó aquel bulto de manta en los brazos, con la instrucción precisa de «sujeta la cabecita, así, ¿ves?
», y el cliché se convirtió en el único idioma capaz de describir lo que sentía.
Era pequeño. Increíblemente pequeño, aunque los tres kilos y pico que pesaba me parecieron un mundo cuando lo tuve encima.
Era moreno, con esa piel de recién nacido que todavía está decidiendo de qué color va a ser, y unos ojos grises, como los míos, aunque todos decían que eso cambiaría, que me miraban con una curiosidad antigua, como si ya me conociera de siempre y estuviera valorando si yo estaba a la altura.
Tenía las manos de Alana. Delicadas, expresivas, con esos dedos largos que a mí me volvían loco desde el primer día que me los quedé mirando.
Y tenía mi nariz, según declaró mi madre entre lágrimas, que se pasaba los primeros veinte minutos de la visita analizándolo facialmente como un peritaje médico.
«Esta nariz es de los Blackwood», sentenció, y David, con una sabiduría sorprendente, eligió ese momento exacto para estornudar.
Era perfecto. Era nuestro. Era el milagro que no creí merecer.
Alana estaba agotada pero radiante. Había pasado veinte horas de parto, tenía el pelo pegado a la frente, las ojeras de quien no duerme en dos días y las piernas de alguien que ha peleado una guerra.
Y aun así irradiaba una luz que yo no había visto jamás en nadie.
Sonreía mirando a David en mis brazos con una sonrisa de satisfacción plena, la de quien ha cruzado el desierto y ha llegado al oasis.
—Lo hemos hecho —dijo, con voz ronca de gritar y de empujar.
—Sí —respondí, sentándome en el borde de su cama con el bebé en brazos, con muchísimo cuidado, con ese terror de novato que hace que uno se mueva como si llevara una bomba de relojería—. Lo hemos hecho.
—¿Te acuerdas de cuando decías que no sabías si sabías querer? —me preguntó, con una sonrisa pícara agotada.
—Calla —le dije, y ella se rio, y David se sobresaltó con la risa de su madre y abrió una boca diminuta en protesta, y nosotros dos nos quedamos quietos, conteniendo la respiración, mirándolo como si acabara de hacer un milagro. Que, básicamente, era lo que hacía.
Los días siguientes fueron un torbellino de visitas. Nuestro ático, que durante el embarazo había sido un búnker de tranquilidad, se convirtió en una estación de tren de abuelas emocionadas, primas curiosas y amigos con regalos imposibles.
Nuestros padres regresaron el primer día y casi nos tiran la puerta abajo.
Mi madre cogió a David y no lo soltó en dos horas; la madre de Alana hacía lo propio, y entre las dos establecieron una tregua de custodia compartida del nieto que negociaban con la diplomacia de dos cancillerías.
Mis padres y los de Alana se sentaron en nuestro sofá y hablaron de nietos, de niñeras y de veraneos durante lo que me pareció una eternidad.
Ethan y Sofía llegaron con un carrito de regalo enorme.
Sofía, embarazada ya de cuatro meses de su primer hijo, caminaba con esa preciosa lentitud de las embarazadas y no paraba de mirar a David con esos ojos de «yo también tendré uno de estos pronto».
Ethan, por su parte, se acercó a David con el asombro reservado de un hombre que está a punto de descubrir en carne propia lo que significa tener un bebé.
—¿Cómo se siente? —me preguntó en la cocina, mientras Alana y Sofía ocupaban el sofá con el bebé y una conversación que ya sabía que giraría en torno a pañales y lactancia.
—Como si me hubiera partido en dos —dije—. Y la mitad nueva es mejor que la vieja.
Ethan sonrió.
—Eso estoy deseando sentirlo yo.
Le di una palmada en el hombro.
—Prepárate. Y duerme ahora todo lo que puedas. Duerme como si te fueran a quitar el sueño para siempre. Porque te lo van a quitar.
Victoria, Michael y Emma llegaron el fin de semana.
Emma se comportó desde el primer momento como si David fuera un tesoro nacional que le habían confiado en depósito.
Se subió a un taburete, con permiso y supervisión para mirarlo dentro del moisés, y declaró, con el veredicto solemne de los jueces de talento:
—Está bien. Le quiero. Ya dije que sería mi mejor amigo.
—Lo dijiste —confirmó Alana, sonriendo—. Y mira, aquí está.
—¿Ya me puede oír? —preguntó Emma, acercando la boca al oído del bebé—. Hola. Soy Emma. Tu prima. Cuando crezcas, te enseño a pintar y a llamar a tu padre Pau-Pau, como yo.
David respondió con un bostezo que ella interpretó como una firma de contrato. No hubo forma posterior de convencerla de lo contrario, y sinceramente, no tenía ganas de intentarlo.
Pero las visitas pasan, los abuelos vuelven a sus casas, los amigos vuelven a sus vidas. Y lo que queda, lo que de verdad queda, es lo que sucede cuando se apagan las luces y el mundo se reduce a un ático y a un bebé que no duerme.
Era agotador. Hay una razón por la que el sueño se usa como técnica de interrogatorio: porque privar a alguien de él durante semanas lo vuelve capaz de cualquier cosa.
David comía cada tres horas, de día y de noche, sin distinción entre martes y sábado, entre las ocho de la tarde y las cuatro de la madrugada.
Alana amamantaba, y yo me levantaba con ella, le traía agua, le sostenía a David en los cambios, y en las tomas de biberón nocturnas que habíamos acordado, le tocaba a mí.
Y ahí, en esas madrugadas de silencio y luz tenue, descubrí una de las grandes verdades de mi vida: que hay una clase de agotamiento que es la mejor que existe.
Me despertaba a las tres, me levantaba con una diligencia que sorprendía incluso a Alana, calentaba el biberón con la precisión de un barista con insomnio, y cambiaba a David con ese ritual que había perfeccionado: luz baja, pañal nuevo preparado por adelantado, una mano siempre sobre su pecho porque me parecía que sin ella podía rodar, incluso estando perfectamente quieto, incluso sin rodar jamás en la vida.
Y luego lo cogía, me sentaba en la mecedora de su cuarto, y le daba el biberón mientras la ciudad dormía tras los cristales.
Él bebía con esos ruiditos que eran la banda sonora más adictiva del mundo, y yo lo miraba. Simplemente lo miraba. Las pestañas que se le caían sobre las mejillas, la respiración entrecortada, la manita que se agarraba a mi camiseta como si yo fuera una posesión que no pensaba soltar.
A veces se quedaba dormido a mitad de toma, y yo me quedaba allí, quieto, con un bebé dormido en brazos y las piernas dormidas, sin atreverme a moverme. Podría haber pasado horas así. Puede que las pasara alguna vez.
Cuando lloraba sin consuelo, porque había noches malas, noches en las que ni el biberón, ni el cambio, ni el vaivén funcionaban, yo le paseaba por el ático cantando canciones de rock malamente adaptadas.
Lo confieso: convertí a David Bowie en canción de cuna, rebajé a Led Zeppelin a un susurro balbuceante, y compuse, sobre la marcha, letras improvisadas sobre pañales y biberones que sonaban a texto de villancico escrito a las cuatro de la mañana.
—Ya, pequeño David, no llores más —canturreaba, dándole vueltas por el salón—, papá te va a comprar… un pañal mejor…
Alana nos miraba desde el sofá, agotada, con el pelo hecho un desastre y la camiseta de dormir al revés, riendo pese al sueño.
—Ese niño va a tener un gusto musical pésimo por tu culpa —decía.
—Este niño va a tener el mejor gusto musical de su generación —contestaba yo—. Empezando por abajo. Es metodología pedagógica.
Una noche, después de que David finalmente se rindiera ante una de mis versiones adaptadas a cuna, Alana me lo recibió en los brazos, lo tumbó en su moisés, y me miró con esa mirada suya.
—Eres un padre natural —dijo—. Nunca lo habría imaginado hace unos años.
—Yo tampoco —admití. Y era verdad. Hace unos años, yo era el hombre que se levantaba de la mesa cuando alguien sacaba el tema de los hijos, el que las ideas de paternidad llenaban de una angustia sorda que no sabía nombrar—. Pero contigo, todo es posible.
Y ella sonrió, y nos fuimos a la cama, y dormimos dos horas seguidas, que en aquel momento eran como un milagro separado.
Cuando David cumplió un mes, organizamos una fiesta íntima.
No una de esas celebraciones de invitados y catering; queríamos algo pequeño, solo familia y los amigos de siempre.
Alana preparó comida durante dos días, porque el reposo absoluto había terminado y su cuerpo pedía hacer, cocinar, crear, y el ático volvió a llenarse de risas, esta vez con un protagonista central que dormía en su capazo en mitad del salón y se despertaba a demanda, como una estrella de rock.
Fue durante esa fiesta, en un rato de calma, cuando mi padre me tomó aparte.
Nos fuimos al balcón, con el frío de diciembre entrando por los cristales y la conversación de la fiesta sonando de fondo.
Él llevaba una copa de whisky sin tocar, mirando la ciudad, y yo sabía, por la forma en que me había tomado del brazo, que venía con algo importante.
—Se llama David —dijo al fin, sin mirarme.
—Se llama David —confirmé yo.
Mi padre se giró hacia mí. Y entonces me dio un abrazo que duró demasiado tiempo.
Mi padre no era un hombre de abrazos largos; venía de esa generación y de esa manera de ser en la que el afecto se administraba en dosis medidas, en palmadas en la espalda y apretones de mano.
Pero aquel abrazo no se parecía a nada de eso.
Duró, y duró, y durante todo ese tiempo ninguno de los dos dijo nada, porque no había nada que decir que el abrazo no estuviera diciendo ya.
—David estaría orgulloso —dijo al separarse, con la voz más baja que le había oído nunca.
—Yo sé que lo está —respondí.
Y lo dije sin que me temblara la voz. Eso fue lo nuevo. Eso fue lo enorme.
Porque durante veintitrés años, el nombre de mi hermano había sido un peso.
Cada vez que alguien lo pronunciaba, yo sentía aquella culpa antigua apretándome el pecho, aquel «y si no hubiera estado allí», aquel «por qué él y no yo».
Había aprendido a vivir con ella, pero vivir con ella era como vivir con un trasto viejo en medio del salón: te acostumbras a rodearlo, pero sigue ahí, ocupando espacio.
Aquella tarde, hablando con mi padre en el balcón, hablé de David.
De verdad hablé de él. Le conté que le habíamos puesto su nombre a mi hijo, y el porqué.
Le conté que quería que su nieto creciera sabiendo quién había sido su tío: no una sombra trágica que nadie mencionaba, sino un chico que pintaba mal y se reía de sus propias bromas, que me enseñó a montar en bici y me aguantó las peores etapas de la adolescencia.
Le conté que había dejado de preguntarme «por qué él y no yo», y había empezado a preguntarme «qué hago yo con lo que él me dejó».
—¿Y qué es lo que te dejó? —preguntó mi padre.
Lo pensé. Miré a través del cristal, donde Alana sostenía a David y le sonreía, donde Emma le contaba algo a la oreja, donde la vida entera se concentraba en mi salón.
—Me dejó la instrucción de no perder el tiempo —dije—. De no dejar para mañana lo que importa. De amar sin miedo. Por eso ella está ahí, y por eso él existe.
Mi padre asintió lentamente, y le brillaban los ojos, y bebió de su whisky por fin, y dijo:
—Tu madre tiene razón. Esta nariz es de los Blackwood.
Nos reímos los dos, y volvimos a la fiesta, y esa noche no hablé más de David. Pero no hacía falta. Había hablado de él sin que la culpa me apretara. Solo con amor. Solo con gratitud.
Esa noche, cuando todos se fueron y la casa volvió a ser nuestra, Alana y yo hicimos la ronda final de la casa: luces apagadas, ventanas cerradas, David revisado una última vez en su cuna, la pequeña habitación amarilla que olía a él y a recién pintado.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó ella, apoyando la cabeza en mi hombro mientras mirábamos juntos al monitor.
Lo pensé. Un mes. Un mes de biberones a las tres de la madrugada, de canciones de rock a cuchillo, de noches sin dormir y días en piloto automático. Un mes de la vida más intensa que había vivido jamás.
—Completo —dije—. Me siento completo.
Y era verdad. Porque David, mi hermano y mi hijo, los dos, me habían llevado, entre el dolor y la alegría, exactamente hasta aquí.